Lo que enseña la clínica en el Hospital[1]. Por Cynthia Eva Szewach.

Imagen de portada: foto del mural en el interior del Hospital Infanto Juvenil Carolina Tobar García

Cuidado editorial: Gabriela Odena y Gerónimo Daffonchio


“Aquellas cosas que no se ven a través de los vidrios polarizados”

Lucrecia Martel

“Me esfuerzo por decir cosas que se ajusten a mi experiencia de analista. Esta experiencia es algo limitada”

Jacques Lacan “El triunfo de la Religión”

Las huellas, las improntas y los efectos de transitar la práctica psicoanalítica en el hospital público, atestiguan de una enseñanza que no cesa de no concluir. Es una experiencia, que aun con sus límites, nos transforma para siempre la vida que llevamos.

Fueron y son innumerables e ineludibles los obstáculos y las dificultades, ubicados a lo largo de los diversos momentos históricos, pero también, variadas las formas de gratitud. Por ejemplo, a quienes siguen narrando la práctica que realizan allí día y noche, en las salas y en la guardia, en confrontación con la intensidad y el malestar que atañe a una época: exceso de pedidos, urgencias, situaciones extremas y desesperadas, virulencias y burocracias en demasía, redes de sostén averiadas. A quienes siguen apostando al desafío de fabricar tiempo y espacio, para que se pueda nombrar, balbucear, decir, a veces temer, equivocar, huir, juntarse, discutir, pensar.

La clínica en el hospital enseña con imperiosidad, a preguntarnos qué hacemos allí, vez por vez. Se renueva en cada acto de escucha, la subversión freudiana, en los inicios del descubrimiento del inconsciente.

Lo que nos enseña no puede ser sin amor a esa clínica.

Enseña a percibir aquel pequeño musgo en la piedra que brota como albur y abre respiro como desde una pequeña alcantarilla en el fango. “En la ranura de una nada que queda interpuesta entre lo irremediable y la decisión del acto”[2].

Si bien podemos hacer una diferencia entre enseñanza y transmisión, en esta ocasión las usaremos indistintamente, teniendo en cuenta que lo que enseña se configurará en transmisión de manera contingente.

La clínica en el hospital transmite, que se trata de asumir una mirada atenta a los múltiples menoscabos de los lenguajes que habitan quienes llegan[3].

Enseña que vale la pena que soltemos la cadena de la lengua. Las voces que hablan en el hospital público propician, en el mejor de los casos, destartalar eurocentrismos que portamos visibles, sutiles o insospechados. Soltemos la cadena de la lengua, es una voz guaraní que refiere a la revuelta, en relación a la colonización de una lengua oprimida y censurada. Colonización que nos atañe a la hora de narrar nuestra práctica y usar términos no emancipados de prejuicios, siglas, elementos prestados de la jerga o de los discursos imperantes.

¿Acudimos a la cita de narrar? En términos de Walter Benjamín, casi como en un secreto compromiso de encuentro vigente entre las generaciones, incluso en lo indescifrable, asumimos la noción de dejar dicho en algún sitio, compartir, escribir, conversar, leer, lo que vamos haciendo. Pensar en la responsabilidad de la incidencia de nuestros actos cotidianos.

Enseña a preguntarnos por el recorrido que vamos haciendo, al caminar en el hospital. La potencia del camino, también en palabras de Walter Benjamín. Al caminar en el hospital, no somos transeúntes anclados a un itinerario programado, diría Alejandro Kaufman. Inventamos circuitos.

Hace muchos años, editábamos una revista que llamamos Principio. Recordé, que a una de las editoriales la titulé: “Todavía no hice Londres” [4]. Era una especie de ironía a los modos en que ciertas personas hablaban de sus viajes: “hice Salta, hice París, todavía no hice Londres”, pero el viaje, el andar en suelo extranjero, no parece que los haya transformado hasta lo inesperado.

Una clínica en el hospital, enseña que ese recorrido puede ser un andar plagado de escenas, una Psicopatología de la vida cotidiana a cada paso. Subrayo la palabra escenas. Un modo de pensar implica un modo de percibir o de leer, propiciando el advenimiento de la Otra escena.

Enseña a que se proteja un escenario, a veces roto, raído, con andamios, con formas precarias, tambaleantes, pero donde anhelamos que aún aniden sueños por venir. No siempre es posible. Se lidia con sentencias, prejuicios, imperativos de mercado. La práctica en un hospital enseña a persistir, si se puede, en los intersticios mínimos que surgen de allí y a no claudicar rápidamente, pero también enseña al derecho a decir: “no”.

Transmite acerca de la obstinación por la apuesta, a pesar de los tiempos que corren. Podemos adquirir blindajes para no sentir. Es un nombre del acostumbramiento o, en el peor de los casos, de la indiferencia. Nos enseña a no olvidar el efecto en los cuerpos del discurso del poder.

Una cuestión personal, diría Kenzaburo Oé. Estar en un Hospital, enseña que es factible convertirlo en mi hospital. Un lugar de pertenencia, una forma de filiación donde cada institución a su vez, porta una historicidad propia del suelo que vamos pisando, un nombre dado, homenajes, profesionales que han desaparecido en tiempos de dictadura, grafitis, marcas de origen que están presentes, imperceptibles, visibles, omitidas, silenciosas o ruidosas. 

Nos enseña, entonces, en la dimensión poética y material del espacio, que muchas veces se funda un lugar donde poder volver. En mayor medida, en momentos tan extremos de destitución o de situaciones críticas o desoladas que predominan, cada vez más. En especial en las adolescencias en intemperie, inaugura, si hay alguna propuesta colectiva y una recepción personal, no sólo un lugar a donde regresar y construir una nueva historia, sino también un lugar de donde alguna vez poder irse para no volver. “Quiero olvidarme de usted, de este lugar, de la historia que conté acá. Empezar de nuevo en otro lugar, quizá, no sé…” dice una jovencita luego de atenderse varios años en el hospital en circunstancias muy complejas. El analista como ficción rechazada hacia el final del trayecto dice Lacan. Un desecho posible, transferencias que caen.

La clínica en el hospital enseña que a las infancias y adolescencias por diferentes contextos de abusos, violencias, segregaciones, tragedias, pesados diagnósticos apresurados, medicalizaciones, se les ha arrebatado tramos necesarios del vivir lúdico de una infancia y que una manera de restituirla, crearla, bordear una frontera, inventarla, aproximarla, es el juego. Un jugar que no es de recreación ni de entretenimiento, sino ligado a la retórica del disparate o del personaje que asume un lugar en el campo del caleidoscopio ficcional, de los objetos, los juguetes, los dibujos. Son intercambios que adquieren vida propia para nombrar lo innombrable, en una escena protegida. Nos transmite que muchas veces la locura, el síntoma, el grito son recursos para que se recepcione lo expulsado en otro lugar.

La clínica en el hospital nos enseña a incluir siempre las imposibilidades de nuestra acción.

No revistió en sí, para mí, el interés por la pregunta acerca de si es posible o no, el psicoanálisis en el hospital, sino que vibra la posibilidad de estar en estado de escucha donde nos encontremos, en la “extravagancia” dice Lacan entre la oportunidad y la responsabilidad, para transitar la orilla de leer y releer lo que va ocurriendo en cada sitio, para no suturar el valor de lo singular inmerso en lo colectivo.

Nos enseña a trabajar junto a otros lenguajes y discursos como el de la medicina, enfermería, el trabajo social, lo jurídico, lo escolar. Es una compleja labor compartida, sin olvidar, como se puede leer en Freud, que también somos extranjeros en nuestra propia lengua.

Inventar la ocasión, es una de las maneras de llamar a nuestra política, según palabras de Jorge Jinkis. La clínica en el hospital nos enseña con mucha precisión la importancia de cada instante como oportunidad.

¿Tiene el trabajo en cada una de las situaciones singulares a las que acudimos un eco en lo colectivo? Quizá, la escucha analítica es como una especie de “literatura menor”, como dicen Deleuze y Guattari de la escritura de Kafka. Se trata de desterritorializar las expresiones de lo establecido, escuchar los relatos recibidos en sus lenguas inmigratorias, diversas, mezcladas, nómades, minoritarias. A veces se expande el eco de ese mínimo, solitario, desértico, que por su enunciación política, tiene resonancia en dimensiones más amplias.


Notas:

[1] Fragmento de la ponencia oral, en las Jornadas realizadas en el Hospital Tobar García en septiembre de 2026. Agradezco la invitación de Silvina Galloro, a la mesa redonda: “Lo que enseña la clínica del Hospital”, junto a Liliana Donzis y Juan Mitre.

[2] Carlos Kuri, Nada nos impide, nada nos obliga. Contingencia y psicoanálisis, Editorial Nube Negra,  2016.

[3] Es una idea que extraigo de Eduardo Rinesi en su lectura del libro de Horacio González, Humanismo, impugnación y resistencia donde definió humanismo como “Una mirada atenta a los múltiples menoscabos de lo humano”.

[4] Revista Principio, Hospital C. Argerich, Servicio de Psicopatología. Número 6.


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