Reseña: Una lectura del poemario de Luciana Ravazzani*: “Desde las bisagras”. Por Por Leticia Martin.


“El sentido, eso tapona. Pero con la ayuda de lo que se llama la escritura poética, ustedes pueden tener la dimensión de lo que podría ser la interpretación analítica”, dice Lacan, en el Seminario XXVI. No se trata, éste, de un dicho aislado o excepcional a través del cual Lacan condujo a los analistas hacia el terreno de cierta poesía sino que, por el contrario, lo hizo varias veces, de diferentes modos, en el transcurrir de su enseñanza.

Nuestra tarea, como practicantes del psicoanálisis, consiste en leer de qué poesía habla, a qué poesía se refiere o, lo que es lo mismo, procurar encontrar cuál es la poesía que, a diferencias de otras poesías, no esgrime sus destrezas, ni exhibe malabarismos de palabras, ni nos  atiborra hasta empacharnos con sus manjares, sino que, como la poesía de Ravazzani, agujerea, perfora o construye un vacío en el que poder habitar.

Por esta relación de correspondencia entre esta forma de poesía y la interpretación analítica, entre otras cosas, es que En el margen. Revista de psicoanálisis decidió dar lugar a este tipo de reseñas, porque si bien ningún analista encuentra su lugar leyendo poesía tampoco lo halla desconociéndola.

Helga Fernández, edición.


Empecemos por el título. Una bisagra es un mecanismo articulador. Consiste en dos piezas, que se fijan en superficies separadas, iguales o distintas, y que se vinculan gracias a un eje que les es común. Una bisagra da movimiento a bloques de materia que sin ella estarían condenados a permanecer estáticos.

Desde ahí, desde ese lugar minúsculo y a la vez imprescindible, Desde las bisagras, surgen todas las palabras que dan cuerpo y materialidad a este libros de poemas de Luciana Ravazzani.

Las bisagras permiten abrir, pero también cerrar.

La tesis y su antítesis.

La luz y la oscuridad.

Como pasa con el lenguaje, que mientras dice unas cosas oculta otras, porque el lenguaje es, ante todo, equívoco y opacidad, un sistema que contiene su objetivo – comunicarnos- y también su opuesto -la incomunicación-. Con las mismas palabras podemos amar y odiar, ampliarnos y bloquearnos o parafraseando a Lacan en su Seminario número 25 -y con perdón de los analistas- “con la palabra podemos deshacer lo que la palabra hizo”.

Esa cualidad ambigua y contrapuesta del lenguaje está presente a lo largo de todo este libro. Desde el título y hasta el final, pasando por cada uno de sus capítulos. ¿De qué otro modo puede explicarse que detrás de un bloque de poemas nombrados “Cerca”, se presente otro bloque titulado: “Lejos”?

A Ravazzani parece obsesionarla el hacernos comprender que todo tiene su contracara, que todo convive y se articula en algún punto.

Por ejemplo, en el poema: “A veces es planchar la ropa llorando”, que ahora voy a leer, aparecen el amor ideal y la faz ordinaria de la vida conyugal, como dos caras de una misma moneda.

El poema dice así:

“A veces es planchar la ropa llorando

o escuchando una canción que habla de una cucaracha

y entonces estar contenta.

Otras veces es cocinar y que en algún momento

el calor sea denso y que no importe

hasta tiempo después.

También es pensar con desánimo en la ropa interior

pero encontrar un suéter a rayas

y que el desánimo se olvide.

A veces es tener un cuarto para las escobas

que no se mantiene ordenado

o descubrir un caracol sobre una media

y escribir un poema sobre eso.

A veces es encontrarte azul muy cerca del negro

o encontrarte celeste, recién amanecido,

con la voz como un hilo que se enlaza a otro hilo

que tengo en mi boca”.

¿Qué es lo que hace que algunas veces las cosas sean así y otras veces de otro modo? ¿El amor? ¿El estado anímico? ¿La escritura? ¿La intimidad? ¿La vida conyugal?

Todas las respuestas son acertadas, porque el significante es lo suficientemente amplio como para que todas las respuestas sean posibles, y ahí podemos tildar un logro de este libro. Su amplitud, su multiplicidad de sentidos, su apertura.

Sin embargo quiero ir más allá e intentar una interpretación más.

Lo que hace que algunas veces las cosas sean así, y otras veces de otro modo, es la mirada del poeta. El recorte de la realidad que hacen los ojos del que escanea objetos y situaciones, esa capacidad de observar primero y articular después, Desde las bisagras, las distintas superficies:

  • El planchado lacrimógeno y la canción.
  • El lujo de un cuarto para las escobas y el desorden.
  • El desánimo de un calzón y el histrionismo de un suéter a rayas.

Ravazzani transforma el mundo ordinario en un universo fantástico y apasionante y detiene el movimiento aceitado de las bisagras en rendijas que permiten el paso de la luz justa sobre los hechos reales, para entonces, recién ahí, sí, sacarle la foto del lenguaje a las cosas, cristalizando momentos memorables. Y esto lo hace con total naturalidad y con la sencilla intención de permitirse, y permitirnos, volver sobre esos instantes que no deberíamos pasar por alto.

Ustedes perdonen si no sé elogiar en la medida justa la exquisitez de este libro impecable y meticuloso sobre el amor, la escritura, la vida conyugal y la mirada del poeta. Intentando escribir estas palabras, en las idas y vueltas entre Wikipedia y  este documento, yendo de los Fragmentos de un discurso amoroso de Barthes a las Cartas de amor de Joyce a Nora, fui tachando adjetivos grandilocuentes de mi texto e intenté separarme de la admiración que me une a Luciana, para ser justa en lo que proyectaba escribir. El elogio desbocado y la amistad entre poetas no dan lugar a buenas lecturas. Así es que borré lo que me pareció exagerado y reescribí buena parte del texto. Lo loco es que en la corrección, sin darme cuenta, volví a poner la mayoría de los adjetivos que había eliminado. Tal vez muchos de ustedes hayan pasado por una situación similar. Es raro, pero a veces pasa. Volvés a leer y te falta una palabra y cuando vas a poner otra, una que creés que es otra, te das cuenta que estás escribiendo otra vez lo que habías borrado. Algo en ese gesto me hace pensar que esos adjetivos merecían el lugar que yo les estaba negando por pudor, o cobardía.

Este libro, hay que decirlo, es un extenso poema a los hombres de Luciana. El hombre “cerca”: Sebastián, a quien se dedica el libro, los hombres “lejos” y “más lejos”: sus amores pasados, y por último el más grande e ineludible de los hombres: el padre.

Barthes decía que el lenguaje amoroso es un lenguaje clausurado. Que cuanto más experimentamos la especificidad del deseo es cuanto menos podemos nombrarlo. En ese sentido es que el lenguaje fracasa: porque no puede dar explicaciones. “Te amo porque te amo”, porque sí, escribe Barthes, porque el lenguaje del amor es tautológico. Y vuelvo sobre esa cita porque pienso que estos poemas de Ravazzani se cagan en todas las teorías del lenguaje y del amor. Luciana se sienta, o se queda parada al lado de una hornalla encendida, y se divierte entablando relaciones entre los objetos y su objeto de deseo. No intenta nombrar, o poner etiquetas. En su lugar señala lo que observa, sin ignorar que tiene una ingeniosa capacidad de observación. Registra, por ejemplo, que en la insistencia por formar parte de la vida de él estaba el deseo de saber qué alimentos abundaban en su heladera, por ejemplo.

Yo diría entonces, que Luciana consigue escribir un elogio del amor, sin la grandilocuencia del elogio, y que al mismo tiempo es capaz de observar los detalles y cargarlos de un valor particular. Cito textual: “Íbamos buscando tener gustos similares / cuando no coincidíamos se hacía un pequeño silencio / y esperábamos que en la próxima observación / estuviéramos de acuerdo”.

Los poemas del apartado “Más lejos”, me recordaron otra idea de Barthes que señala que: “la memoria del que ama es extenuante”. Según este autor, no somos dueños de la voluntad de olvidar. Los recuerdo del otro vuelven solos. Uno quiere olvidar, pero el recuerdo nos toma por asalto y nos devuelve a esos momentos. (Entre paréntesis, me siento muy identificada) Pensaba entonces que, tal vez por eso escribimos. Porque al escribir objetivamos esos recuerdos y los ponemos -como bien dice Luciana- “más lejos”, afuera de nosotros, a disposición del mundo.

Para terminar me gustaría señalar la importancia de este libro de amor dedicado “a un hombre” por parte de una mujer. No quiero ser monotemática, pero creo que es central que observemos que este gesto no es común y que transgrede toda la tradición del amor cortés de veneración a la mujer, toda la tradición platónica del amor narrado como “imposible” e incluso toda la tradición moderna de posesión del cuerpo de la mujer. Y como si esto fuera poco, también transgrede una moda no tan pasajera de libros femeninos, mucho más actuales, que denuestan a los hombres. Tal vez el tono amoroso de estas páginas pueda confundir a muchos y tengamos que leer ciertas críticas que hablen de continuidades o “reproducción de cierto estado de cosas”. Lo siento por ellos. Yo leo en Luciana la voz fuerte y contraria a los aires de la época. Una voz que se permite, contra Barthes, y contra todos, contar que el amor es una posibilidad.


Luciana Ravazzani, autora de El ombligo de las naranjas y de Intenciones de hablarte (Pánico el Pánico 2011 y 2012 respectivamente), y Desde las bisagras (Ediciones En Danza, 2015).  Integrante del colectivo literario “Las Claudias”.


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