Dos preguntas a María Clara Areta.

Por Gisela Avolio, responsable de la sección entrevistas.

Edición: Géronimo Daffonchio.

 

– ¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?

– Cuando tenía 15 años escuchaba por radio todas las noches “El Show del Minuto” hasta las dos o tres de la madrugada. Mientras, hacía los deberes del colegio secundario. Yo me tomaba muy en serio el colegio y sus deberes y al margen… leía otros libros. Un día llevé al colegio para ir leyendo en el colectivo “La casa verde” de Vargas Llosa que me tenía totalmente atrapada. Mi profesora de literatura Cecila Boggio me lo descubrió en el pupitre ¡y no se enojó! sino que se conmovió y hablamos de ese libro. En ese momento y gracias a Cecilia pude reunir los libros del colegio y los otros libros.

Hugo Guerrero Marthineitz hablaba por la radio con esa voz maravillosa y leía libros. Me encantaba escucharlo leer “Triste, solitario y final” de Osvaldo Soriano. Ya siendo más chica y al ver en un reportaje en la tele a Beatriz Guido comentando la filmación de su novela “La casa del ángel” pensé: qué hermoso sería ser una escritora como esa señora grande de vestido negro. Me interesan desde ese momento las palabras, las historias, las lecturas y la escritura.

Dedicarme a escribir implicaba para mí y en aquel entonces un gran desafío. Entrar a la Facultad de Letras y enfrentarme al horror de no ser lo suficientemente talentosa para dedicarme, de esa manera, a las letras.

A los 16 años me empecé a analizar con quien fue mi primer analista el Dr. Javier Chimera. Analista de la APA quien me recomendó leer “Las lecciones introductorias al psicoanálisis” de Sigmund Freud. Compré el libro, creo que era de Ediciones Aguilar. Lo tengo aún en mi biblioteca. Y Freud, claro, entró en el circuito de los otros libros. También lo leía en la escuela, en el colectivo, a la noche con “El Show del Minuto”. Pero Freud entró en ese otro mundo, el mundo de la letras, de mis letras y alineó los planetas de mis sueños, de mis mundos.

En el año 1975 decidí entrar a estudiar Medicina, para ser psicoanalista… ser escritora… ser psicoanalista… yo qué sé. Fuimos sabiendo, en todos estos años, que no hay ser del analista… pero a los 17 años…

Mientras estudiaba Medicina y como era buena alumna, -porque las cosas del colegio me seguían interesando y las seguía tomando muy en serio ahora en la Facultad- los docentes me preguntaban: ¿qué especialidad iba a hacer? Y yo decía: “Psicoanalista, pero no ortodoxa” ante la mirada anonadada de los profesores. Recuerdo que uno me llegó a decir: “pero si usted es excelente alumna, Areta, puede dedicarse a la medicina”. Yo no conocía la obra de Lacan en los años 70, supongo que “no ortodoxa” era “lacaniana”, pero yo no lo sabía.  Estudiar en la U.B.A. durante la dictadura militar no fue nada fácil. Fue tremendo. Pero el psicoanálisis como analizante, ir al teatro San Martín para ver Aristófanes -y todos los griegos habidos y por haber que programaba Kive Saiff- con mi amiga del colegio y de la vida Isabel Ballesteros, y leer  libros como “Curso de lingüística general” me fueron salvando de todo eso terrible que nos tocó vivir. Porque, retomando el sueño de Freud y aunque no militábamos activamente, no podíamos decir “No lo sabíamos”. Sabíamos lo que estaba pasando, quizás no con todos sus escalofriantes detalles, y sufrimos sus consecuencias. Porque los que no fuimos detenidos ni desaparecidos también sufrimos y nuestra vida se estropeó mucho y para siempre en aquella época. Ese otro mundo, esa otra escena que me salvaba de esa época fue el psicoanálisis para mí.

Después las letras de la literatura fueron de los otros: de mi intelectual marido y de mis intelectuales amigos y amigas, y yo he trabajado y sigo trabajando como psicoanalista desde ese libro de Freud y desde esa voz de la radio.

 

– ¿Qué cree que el psicoanálisis puede aportar a la contemporaneidad?

–¡Uy, qué pregunta! Me parece que lo que el psicoanálisis “aporta a nuestra contemporaneidad” es lo que en la intensión trabaja cada analista conduciendo cada cura y cada practicante del psicoanálisis trata de decir en cada trabajo que escribe, en cada jornada en la que participa, en la decisión de estar en tal o cual institución o Escuela o participar de tal o cual movimiento. Considero que lo que el psicoanálisis puede aportar es lo que cada uno de nosotros, como analistas y practicantes del psicoanálisis puede aportar, porque no hay Un Psicoanálisis, así con mayúscula, como Un Otro sin barrar. Hay psicoanalistas en la intensión y practicantes del psicoanálisis en la extensión. El aporte, malo o bueno, peor o mejor, depende de nosotros, es nuestra tarea. Trabajo de cada uno pero también con otros, con otros y otras, eso me parece muy importante.

El psicoanálisis “aportó nuestra contemporaneidad”. Freud inventó, en gran parte, el siglo XX. Nos dio la letra y hasta la tipografía, dio un sentido al sinsentido. Lacan incluyó el metalenguaje en el lenguaje. Nuestro tiempo es éste, y es así porque estuvieron, hablaron, escribieron y fueron leídos Freud y Lacan y otros.

Hay cierto resultado específico -porque el síntoma es resultado y no efecto, nos enseña Lacan- que produce el trabajo del psicoanálisis. El psicoanálisis produce cierto desbaratamiento -porque deconstruye y porque entiende que  las baratijas son objetos de goce nada despreciables y de sumo cuidado porque la verdad suele anidar en ellas- con las palabras, con los sentidos, con las grandes propuestas. Es propio  del psicoanálisis ese desbaratamiento -ese miento donde está lo real- pero el psicoanálisis cede a la cultura esa operatoria, ese desbaratamiento es un  objeto cesible.

El psicoanálisis cede a la contemporaneidad cierta forma de operar en su discurrir por  los márgenes de la vida cotidiana y no tan cotidiana. Se alteran los litorales de la letra por donde el psicoanálisis se filtra.

El psicoanálisis transforma las cosas que en ámbitos muy diferentes, toca. Las ideas de Freud y Lacan modificaron desde la forma de atender a los pacientes en los servicios de salud mental de los hospitales, aliviando los sufrimientos de las personas que allí consultan, hasta generar nuevos conceptos teóricos en obras académicas y artísticas, para situar dos cuestiones que parecen muy disímiles.

Lo que sucede, me parece, es que a medida que el psicoanálisis se va extendiendo en diferentes áreas de la cultura, que con su discurso contribuyó a construir, se va disolviendo su especificidad. El descubrimiento del Inconsciente se fue naturalizando de tal forma, que hasta los conductores del noticiero hablan de lapsus, y me parece bien, porque ése es uno de los aportes del psicoanálisis a la cultura. Pero una vez que la cultura se apropia de los aportes del psicoanálisis ¿Qué sigue siendo lo que específicamente aporta el psicoanálisis? Porque la deposición del discurso del analista es lo esperable en una cura, pero mantener vivo el discurso del psicoanálisis en la cultura, en la contemporaneidad, es condición para que pueda producirse la operación de su caída en la cura.

Lo que puedo decir, por ahora, es que nos toca reinventar el psicoanálisis con las palabras de nuestra época y para los problemas de nuestra época. Porque si el psicoanálisis  extiende muchísimo el campo de su acción -convirtiéndose en lo que Freud dijo que el psicoanálisis no era, una cosmovisión-  pierde especificidad y si se concentra muchísimo -se intensifica-  se convierte en una secta, con un dialecto solo para entendidos y  deja de ser un discurso pasa convertirse en una lengua. Esto último lo pude pensar gracias a una intervención de Anabel Salafia de hace unas semanas atrás.

Gracias por la invitación.


María Clara Areta se graduó de médica en la UBA. Fue residente en el Hospital Álvarez e instructora de residentes en el HIGA de Mar del Plata. Es miembro fundador y actual Directora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata. Está inscripta en la Fundación del Campo Lacaniano. Publicó “Psicopatología de la vida hospitalaria” y artículos en revistas y libros. Docente invitada al Htal. Ramos Mejía de CABA. Profesora titular de “Psicología Comunitaria, Social e Institucional” y “Psicoadicciones” de la Facultad de Medicina de la UNMDP. Trabaja en su consultorio y conduce grupos de estudios.


Gisela Avolio, actualmente trabaja como analista, es miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata, y miembro de Fondation Européenne pour la Psychanalyse. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As.). Dicta clases en las actividades de la Efmdp, y allí coordina el dispositivo Práctica psicoanalítica con Niños y Adolescentes, desde 2010; actualmente es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Y dicta clase anualmente en Centre IPSI de Barcelona. Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.


Gerónino Daffonchio, analista. Participante de la Escuela Freudiana de la Argentina. Actualmente desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado. Editor de esta revista.

Un comentario en “Dos preguntas a María Clara Areta.

  1. En el margen: Muchas gracias por ir pasando las dos preguntas entre analistas, me doy cuenta que esta llegó antes que la de Clelia y que la he leído después. Eso no importa, lo que sí importa es el efecto de transmisión que produce leer, el día de hoy las respuestas de María Clara. Y sobre todo me gusta mucho que cuentan algo que a cada quien le ocurre diferente y es como se encontró con el psicoanálisis y como eso lo hacen pasar cada día sin volverlo banal ni suponer que podría explicarlo todo…..en Ma. Clara se escucha mucho como Freud sobre todo, también Lacan, fueron estableciendo la posibilidad de esa otra escena, esa otra dimensión que a la vez que orienta da aire y renueva las ganas de seguir con su práctica.

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