Historias Clínicas. El fondo está lleno de pes ..cesitos” o Cuando un niño “disperso” muestra su diferencia. Por Patricia Martinez.

Jonathan (que recibe a los pacientes)  me advierte que la señora está enojada, quería que él le autoricen la TCC (Terapia Cognitivo Conductual) para el niño, pero él no accedió y la mandó a hablar conmigo.

Así llegan Amalia y Bautista. El niño tiene cinco recién cumplidos, ni bien se da cuenta que la silla es giratoria empieza a dar vueltas, su mamá le advierte te vas a marear y quédate quieto un momento que tengo que hablar.

Pongo frente al niño hojas y lápices de colores, si querés dibuja -lo invito- mientras habló con tu mamá.

Amalia está molesta, muy molesta. La psicóloga (a quien yo derivé al niño) hizo “este informe” y me lo da, pero la escuela no estuvo conforme y los mandaron con otra profesional quién luego de una evaluación neuro-psicológica le dio “este informe” y como verá, uno de los dos está equivocado.

Leo. Encuentro.

Ambos informes coinciden: Bautista es sociable, despierto, alfabetizado por cuenta propia desde los cuatro años, aprendió a leer preguntando sobre carteles y envases. Colaborativo y curioso todo lo pregunta. Un informe concluye que el niño tiene intereses diferentes y habrá que acompañarlo mientras aprende a respetar las consignas escolares.

El otro informe concluye que el niño es disperso y habrá que tratarlo para que aprenda a aceptar consignas escolares, para lo cual sería conveniente que realice un tratamiento cognitivo-conductual. Le señalo a la mamá las coincidencias y la diferencia.

Las palabras producen ecos y resonancias, cada una trae consigo un mundo diferente que evoca. Disperso alude a un déficit, no debiera serlo, hay que tratarlo, el niño tendría que tener y no tiene una capacidad de atención y concentración de la cual adolece. Los intereses diferentes aluden a un niño que elige y me recuerda el informe del colegio que la mamá trajo la primera vez. Lo busco y lo pongo sobre la mesa.

La señorita de la mañana habla de un niño sociable, colaborativo, que cumple con sus tareas y como termina rápido a veces se pone a dar vueltas por la sala y otras, ayuda a la maestra.

A la tarde la cosa cambia, el niño hace lo que quiere. Nunca quiere volver del parque para entrar al aula, hay que ir a buscarlo porque ni siquiera responde a los llamados y cuando lo encuentran está absorto con cualquier cosa, una hilera de hormigas, o haciendo pozos con un palito. En el aula la cosa no mejora, cualquier situación lo distrae, hasta las gotas de lluvia contra el vidrio. Y no lo digo yo, lo dice la señorita a quien el niño le desbarata sus intenciones de pintar con colores las primeras palabras en inglés.

Tal vez con su afán de leer todo el niño descubrió a Cortázar y sabe de las gotas que hacen plaf y se aplastan cual bofetadas o de las gotitas que se prenden con uñas y dientes al vidrio porque no quieren caerse, antes de que les crezca la barriga y zup se desbaraten, o tal vez Cortázar fue un niño disperso que prefería las gotas a las tareas. Lo cierto es que todos coinciden que el niño a veces no acata las consignas.

Mientras conversábamos con la madre sobre el informe escolar interviene Bauti y me pregunta: ¿tenés color verde?

La madre responde por mí y dice: ahí lo tenés, si ya pintaste con el verde; él mira a la madre y mueve la cabeza en señal de negación y se dirige a mí: otro verde, el pasto no puede ser del mismo color que las hojas. Respondo que no y el niño me consuela: está bien, no te preocupes. Vuelvo a la madre y le digo: en los informes que leímos hay diferencia de criterios.

Ahora es la madre quién pregunta: ¿y entonces qué hago? Ante lo cual respondo, que si es mi parecer lo que pregunta, ya se lo dí la primera vez que vino cuando le propuse que la vean a Claudia (analista a la cual los derivé para evaluar al niño ante el pedido insistente de la señorita de inglés y la amenaza de la escuela de que debían llevar un informe), el informe lo hicimos, pero, claro está, ella puede elegir otra manera de atenderse.

Se produce un silencio, esos silencios que vociferan, en el rostro de la madre se ve la lucha, mientras que el niño “disperso” continúa concentradamente con su dibujo.

Finalmente bajando el volumen de la voz y cambiando el tono de reproche con el que me habló hasta ese momento me cuenta: “Cuando yo era chica me parecía mucho a mi hijo, mi abuela tenía que atarme a la silla para que haga los deberes”

Bauti interviene: ¡La abuela Ana te ataba a la silla!

Madre: No, Ana es mi mamá, mi abuela se llamaba Antonia, vos no la conociste

Bauti: (Mirándome y dejando bien en claro que entiende de que estamos tratando) Antonia, Ana, Amalia, ¡todas con A! y se ríe.

Un segundo después me pregunta: ¿Vos estás de acuerdo con atar a los chicos?

Ahora es la madre quien sonríe y se afloja, tal vez se parezcan con su hijo más de lo que cree, y con la misma rapidez que tiene el niño dice: ¿Mejor voy yo a un analista no?, tengo una manía de qué esté todo en orden, alineado, hasta los autitos de Bauti en la repisa y me saca de quicio cuando algo está fuera de lugar y me cuesta relajarme. Yo me enganché con la señorita de inglés, porque a veces Bauti hace lo que quiere.

Bautista se despide regalándome el dibujo. Me cuenta que es el río Lujan, fueron el domingo con el abuelo Beto y la abuela Sofía, padres de su padre.

-Había una silla que cruzaba el río, silla voladora -me aclara- y estaba este lado y este otro lado.

-Una orilla y otra orilla -corrige la mamá-.

El niño retoma su explicación: -Había una orilla y del otro lado del río la otra orilla, pero nosotros estamos acá. (Señalando en el dibujo una manchita roja) “esto” es un pescadito.

-Pez, corrige la mamá.

-Un pez…cesito. El abuelo dice que vamos a ir a pescar, no ahí, que está lleno de gente, más de otro lado, otra orilla, sin gente, porque ¿sabés qué? en el fondo el río está lleno de pes…cecitos.

Tal vez este hijo tan “desatado” le permita a la madre hacer un recorrido que no tenía previsto. Resolvimos empezar por ahí.

Y yo me quedé pensando que hay orillas y otras orillas, abuelos y… abuelos.

 

epicrisis.

Cada vez son más frecuentes los pedidos de tratamientos para niños.  A veces se solicita la intervención de un profesional y la mayor parte de las veces de varios, justificando esto en la necesidad de un enfoque interdisciplinario para abordar la “problemática” de los niños.

Nuestra época nos propone desafíos y contradicciones.  Por un lado se ponen en primer plano los derechos del niño, integrarlo, incluirlo, a veces incluso más allá de sus posibilidades y paradojalmente nos llegan cada vez más demandas desde la escuela, la medicina o la propia familia del niño, con el pedido de dominar al niño, a su conducta incomprendida y perturbadora mediante tratamientos conductuales o la medicación que lo apacigüe y no pidiendo en absoluto, que la atención de lo que sucede en y con ese niño involucre a otros participantes, el problema es del niño, está en el niño y solo en él, no parece necesario interrogar a la familia o los entornos en los cuales el niño se manifiesta.

Hasta donde sé, no hubo más quejas ni reclamos por el niño, Bauti sigue siendo un niño con inquietudes y su mamá empezó a analizarse.


Patricia Martinez, psicoanalista.patricia

Un comentario en “Historias Clínicas. El fondo está lleno de pes ..cesitos” o Cuando un niño “disperso” muestra su diferencia. Por Patricia Martinez.

  1. Cada una de las personas (padres, abuelos, tíos, hermanos, y docentes, entre otros) que interactuamos con los niños que enfrenta barreras para el aprendizaje y la participación, tenemos la responsabilidad de escucharnos y mirarnos, ya que le devolvemos inconscientemente la etiqueta que lo limitara o fortalecerá.
    Maestra María del Carmen Espino Bauer. carmenespino1@hotmail.com

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