HISTORIAS CLÍNICAS. Lo mismo otra vez. Por Patricia Martínez.

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A la señora que consulta le daré por nombre Delia. Es una mujer de “casi” sesenta y cinco años (pequeño gesto de coquetería de quién en dos semanas cumplía los años).

Consulta como último recurso, porque ya no sabe qué hacer.  Está mal, muy angustiada, no para de pensar.  Todo comenzó hace dos años con una fallida operación de reemplazo de cadera, que se complicó.

“Miré, así como me ve, yo soy una mujer muy fuerte, nunca tuve necesidad de ir al psicólogo ni a ninguna de esas cosas raras. Problemas tuve, ¡vaya si los tuve!, como cualquiera, pero bueno una apechuga, le encuentra la vuelta y no me quejo para nada de mi vida, que como toda vida tiene su cal y su arena”

La vida de Delia, hasta donde me contó, tiene como punto central un matrimonio que ya lleva cuarenta y tres años, un buen matrimonio, dos hijos varones, buenos muchachos y la lucha cotidiana: trabajar cuando fue necesario contribuir a parar la olla, “usted vio que cada tanto se vuelve todo difícil”.  De jovencita fue secretaria, la llegada de los hijos la hizo abandonar y la crisis del 2001 la devolvió al trabajo. Desde entonces trabaja como asistente en un consultorio dos veces por semana, claro que ahora no. En síntesis  y lo recalcó, no se puede quejar de su vida, que considera, buena vida.

Su calvario comienza entonces hace dos años con la operación.  Hasta donde entendí, algo no funcionó con una prótesis que le trajo más problemas que soluciones, infecciones e internaciones recurrentes, estuvo imposibilitada de caminar y dependiente, algo que le resultó insoportable.  Ahora finalmente la vuelven a operan, le van a reemplazar la prótesis y ella entra en pánico, tiene miedo y no lo puede evitar, llora todo el tiempo. Habló con el médico cirujano, quién la mandó con una psicóloga de su equipo para hacer la psico-profilaxis quirúrgica que le devolvería la tranquilidad.

¿Y qué pasó? : “No que va, ¡peor!, quiere que le cuente, ¡peor!, si estaba loca antes, ahora ni le cuento, me puso más mal, me dio más motivo para preocuparme y fue mi hijo el que me dijo: mamá así no podés seguir, anda a otro psicólogo, que te vas a enloquecer y nos vas a enloquecer a todos”

Mi función es derivar. Decidí derivar a Delia a un analista de mi equipo, que pueda escuchar y orientar lo que le pasa en lugar de informarle lo que le pasa y con eso me quedé tranquila.

Una semana después la encuentro a Delia otra vez sentada en la sala de espera.  Ni bien me ve, me viene a saludar, sigue tan preocupada como la semana anterior o un poco más, ya que en ocho días la operan y vino dispuesta a hablar conmigo. La hago pasar y me cuenta:

“El otro día me fui un poquito mejor, no mucho, pero que sé yo, más aliviada después de haberme despachado contando y fui a la profesional que usted me dijo, le conté también todo lo que le conté a usted y cuando terminé de hablar como un loro me dijo: bueno la seguimos la próxima, así sin más, y yo me fui más angustiada de lo que entré, porque la próxima es mañana y después me opero y el médico dice que si sigo así de angustiada no me opera y vine a hablar con usted, le pido que me atienda, no quiero ir a otro lado, necesito que me escuché”.

Solo ahí me doy cuenta que mi tranquilidad de la semana anterior era burocrática y me dispongo a escuchar lo que Delia insiste en contarme, le pido que me diga lo que quiera contar de aquello que tanto la preocupa.

Volvemos así a repasar los últimos dos años, la operación primera, a la que fue confiada, pensando que terminarían  sus problemas; me habló de las complicaciones posteriores, los dos años de incertidumbre y del calvario, dolor, dependencia, no saber cómo sigue el día siguiente, necesita ayuda para todo, ella que siempre fue una mujer independiente que supo valerse por sí misma, y el temor. Ese miedo que no la deja en paz de que otra vez pase lo mismo.

Digo que eso es imposible y me mira interrogativa.

Solo atino a decir que si esta vez es otra vez no es lo mismo, que ella teme lo que ya le paso, que no deja de contar lo que sucedió y piensa que esta vez, que es otra vez, otra operación, otro momento será lo mismo que la otra vez.

Delia se queda en silencio un rato, pensativa, me dice que puede ser, que no lo había pensado así, que es cierto, que todo lo que ella dice es lo que le pasó la otra vez, con la primera operación, que ya el cirujano le dijo, Delia, no vuelva siempre sobre lo mismo, pero ella no podía verlo así, que claro, yo tengo razón, que esta operación es otra operación, no es la misma, ni siquiera es el mismo cirujano, mire lo que le digo, ni la misma clínica, porque no le daba confianza volver con los mismos, cambió todo, y ahora claro le van a corregir lo que anduvo mal y es cierto, es otra cosa, aunque claro uno siempre tiene miedo de entrar al quirófano, pero eso también es otra cosa, no es lo que la preocupaba tanto.

Delia como muchas veces nos pasa temía que el futuro fuera solo pasado.

Y no la vi más, por mucho tiempo no supe nada de ella.  Hasta que más de un año después viene una señora a la consulta,  ella me recordaba mejor que yo a ella, hasta que me contó de la operación y me hizo un chiste para que la ubicara: esta vez no vengo por lo mismo, es por otra cosa y se rió con la seguridad de que seríamos cómplices de ese dicho.

La operación anduvo bien, “efectivamente era otra operación, por suerte no hubo complicaciones y luego de la rehabilitación, quedé como nueva, sin dolores que es lo importante a esta edad”

“Usted se preguntará por qué vengo ahora si no tengo que operarme, vengo porque estuve pensando en algo… (Aquí vacila por primera vez, se excusa, piensa que tal vez yo piense que lo que va a contarme es una tontería o algo sin mayor importancia, la aliento a que siga hablando) … como le conté, por si no recuerda le resumo, que mi vida digamos que bien, con las cosas que tiene cualquier vida y yo siempre me las aguanté bien. Pero me di cuenta que a veces uno puede confundirse y pensar siempre lo mismo y le da vueltas y vueltas y llega siempre a lo mismo, como estaba yo obsesionada antes de la operación con la operación anterior y pensé: yo siempre tengo problemas con mis nueras, las actuales, las anteriores, las que vendrán si vienen, y  no son malas chicas ni yo soy jodida,  porque no digo nada,  pero la procesión va por dentro y mi marido me dice, vos mujer te haces problema por todo, y pensé tal vez no estaría mal hablarlo, quién le dice por ahí le encontramos otra vuelta”

Epicrisis

Sólo cuando algo se practica surgen los interrogantes que esa práctica nos provoca. Tal vez es la razón por lo cual uno intenta responder y responderse por los medios que encuentra, y estas historias son un modo más, un intento de responder la pregunta ¿por qué vías procede el psicoanálisis?

Recuerdo que hace muchos años, con otros, armamos un cartel y pretendíamos pensar las “cuestiones teóricas” pero a la luz de nuestra práctica, que por ese entonces, para cada uno de los que allí estábamos, suponía no solo el consultorio privado, sino la participación en hospitales, centros de salud públicos y privados y otros dispositivos institucionales.

La pregunta en aquel entonces y para ese cartel se podría resumir en los siguientes términos: ¿qué lugar para un psicoanálisis ahí donde quién consulta no demanda un análisis y el lugar/institución en la que la consulta tampoco espera que llevemos adelante un análisis? ¿Esto nos obliga a la “impureza” de nuestro proceder? ¿Cómo proceder entonces para estar a la altura de nuestro acto?

Encontré una pista en la respuesta que nos dio el más uno en esa oportunidad  y la atesoré como una enseñanza. Las enseñanzas al igual que las interpretaciones no son muchas en nuestra vida pero marcan un antes y un después. Fue ahí que “supe” que quién consulta lo hace por algo que padece, por su sufrimiento en cualquiera de sus formas y lo hace en los lugares que socialmente están señalados para aliviar ese sufrimiento. Lo que determina lo que allí se juegue es la posición de quién escucha, si quién escucha está en transferencia con el discurso del análisis, es desde ahí que responderá, claro, si no rehusamos tomar el guante y damos el tiempo a que el saber lo produzca quién allí habla en vez de ofrecerlo como mercancía Prêt-à-porter, pero bueno, ahí está sólo el comienzo.


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Patricia Martínez, psicoanalista.

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