Historias clínicas. Si no es uno es el otro. Por Patricia Martínez.

Editorial, Helga Fernández.


Sentados uno al lado del otro están Juan y Pedro, con ellos una mujer que es la madre. Los chicos son idénticos. Veo en mi agenda de admisiones anotados:

11 hs: Pedro G.- 16 años
11.30 hs: Juan G.- 16 años.

Cuando me acerco la madre pregunta: – ¿Pasan ellos, paso yo? La hago entrar.

Los chicos tienen dieciséis años, son buenos estudiantes, buenos amigos, buenos deportistas. Cuando van a casa de otros el comentario siempre es: ¡qué chicos tan educaditos, se portan que es una maravilla! -En casa no, es un infierno, pelean todo el tiempo y no se puede vivir –dice la madre.

La última pelea desembocó en el pedido de consulta, fue a trompadas, el motivo de la pelea: la cama. Fueron a despertar a la madre a las tres de la mañana con la queja de que la cama estaba sin tender. -Los saqué corriendo como corresponde a esa hora. Luego sentimos los gritos, estaban a las piñas mal.

Pregunto qué pasaba con la cama, la cama de quién era y por qué el enojo. A la mamá le sorprende la pregunta, es obvio que era la cama de ellos, gemelos nacidos con un minuto de diferencia, siempre compartieron todo y ella se encargó de darles lo mismo a los dos, cuidando muy bien que no haya diferencias. En la pieza de los gemelos hay dos camas, una arriba y otra abajo, pero es indistinto quien duerme en cada cama. Los demás de la familia sí tienen camas identificadas, ella y su pareja tienen pieza con cama matrimonial. La mamá de los gemelos está separada del padre de ellos y dicho sea de paso, el papá se ocupa poco y nada de los chicos; ella tiene otro hijo de cinco años, hijo de su actual pareja que tiene pieza y cama propias.

La madre pide que los gemelos nacidos con diferencia de un minuto sean derivados a tratamiento con diferencia de un minuto.

Llamo a Pedro, su mamá se retira. Pedro es hincha de boca, entra protestando porque debería estar comprando las entradas para ver a Boca en partido de la Libertadores y no ahí por culpa de la loca de su madre. No piensa ir al psicólogo, es verdad que a veces pelea al más chiquito, por culpa de su madre que le da todos los gustos. Y con Juan el gemelo, en ese caso Juan tendría que ir al psicólogo porque jode con sus cosas, no quiere compartir nada, protesta por la cama, las remeras, los calzoncillos, todo le molesta. Fuera de esto le va muy bien. Tiene amigos, hace deportes, se divierte, la pasa bien.

Llamo a Juan -Pedro y su madre esperan fuera-. Es notable tanto el parecido físico entre los hermanos, -los dos con uniforme de escuela, no podría distinguirlos a simple vista- como notable es la diferencia de personalidad. Juan es más atento, se muestra interesado en el diálogo, pregunta, coincide con su hermano en que la loca es su madre pero aclara que el problema de su madre es que no ve nada. -Nos confunde todo el tiempo. Nos reta sin distinguir quién fue, frase de mi madre por excelencia “si no es uno es el otro”, y con eso pretende arreglar todo -dice. Pedro también es un pesado, lo imita en todo, no entiende que él quiera tener su cama, su remera, sus cosas. Pidió una pieza para él, pero se la dieron al más chiquito. El no va a ir al psicólogo, al menos no por esto, tal vez más adelante porque no sabe cómo hablar con su padre, cuando cumpla diecisiete, quiere que el padre lo autorice a sacar el registro y manejar, le tiene que pedir la autorización y como no lo ve hace un tiempo quiere encontrar la vuelta para pedirle. No dice nada ni quiere decir porque entonces Pedro también va a querer, y chiste de por medio le digo a Juan: – Claro vos te queres manejar solo. Me cuenta la pelea que determinó que la madre los traiga a consulta. Pedro como siempre usa indistintamente las camas, a pesar que él le diga que elija la de arriba o la de abajo, lo tiene podrido. Ese día cuando llegó a su casa y se fue a dormir, ya era tarde, venía de un cumpleaños, encontró su cama desacomodada, como siempre. Pedro usa cualquiera de las dos, y empezaron a pelear, no pudo contenerse y se “cagaron a trompadas”, eso alteró a su madre, que por otra parte igual que Pedro no entiende su reclamo.

Hago entrar a Pedro y su madre. Estamos los tres y antes que pueda decir algo, la madre riendo me increpa: –No se qué les dijo pero ya me están diciendo que la loca soy yo. Preguntó quiénes le dicen y responde: -Ellos. –¿Cómo puede ser si Juan estuvo acá conmigo y no habló con Usted? -le digo. –Bueno –aclara la madre- si no es uno es el otro, entonces será que Pedro me dijo. Juan me mira cómplice y se ríe.

Hay buen clima, fueron buenas las charlas con los tres por separado. Le digo a la madre que me sorprende lo diferentes que son sus hijos. Me mira cual si la loca fuera yo y no viera lo parecidos que son, por eso me contesta: -Pero si son idénticos. -Sí muy parecidos físicamente, es cierto, pero también muy distintos de forma de ser -contesto. La madre se sorprende y dice que puede ser, pero que ella  no lo ve.

Les digo a los tres que estoy en un problema y no sé qué hacer, no puedo derivar a los dos con un minuto de diferencia por lo que su mamá no ve. Juan, atento, me dice: Mi mamá si quiere que vaya al psicólogo. Y por mí, yo tal vez consulte más adelante por otras razones, lo tengo que pensar. Pedro se sorprende pero no dice nada. Opino que sería una buena idea. Juan insiste: -En tal caso, si quiero consultar puedo venir yo solo, es decir ¿no es necesario que venga con Pedro y mi mamá, no?

Pedro no interviene, solo aclara que la consulta no es asunto suyo, es cosa de su madre o de Juan que no quiere compartir nada.

La madre me dice: -Yo no puedo ver lo que usted dice, siempre los crié sin hacer diferencias, para que no sufran, para que no se pongan celosos, si le compraba algo a uno también al otro. Ahora salen con esto, Juan que quiere sus cosas, bueno veré lo que hago. Digo que tal vez podamos confiar en lo que haga cada uno de ellos.

Dos semanas después viene Juan, sin turno, de pasada nomás, a la salida de la escuela. Me espera a que termine de atender y se acerca a saludar. Viene sin Pedro y sin su mamá, quería saber nomás si yo estaba ahí y decirme que se quedó pensando en algo, que si no lo conté antes en el recorte de las entrevistas fue porque no lo registré hasta que Juan volvió. Me dice que se quedó pensando en algo de lo que hablamos, parece que yo pregunté por la pelea y dije algo así como si pensaba que iba a solucionar el tema pegando -realmente no recuerdo-. Pero él dice que lo que le da vueltas desde entonces es que pegando se queda pegado sin resolver el tema de la cama, sus remeras, sus cosas y pregunta si esa es una razón para ir al psicólogo. Queda claro que para despegarse, ese, no es el modo. Se va no sin antes preguntar: –Bueno, tal vez, más adelante, si decido ¿puedo volver y pedir un turno, por el tema del manejo y hablar con mi padre, pero solo, quiero venir solo.

Acordamos que ahí estaré cuando él quiera volver.

 

Epicrisis.

Me interesa compartir una cuestión, la idea del analista como un lugar al cual se puede volver a buscar algo otra vez. Quiero intentar transmitir que esto es así por la lógica que el análisis introduce al escuchar lo que alguien tiene para decir.

Juan volvió por tercera vez a la consulta, con un turno solicitado, justo un mes antes de cumplir los diecisiete años y dos meses después de la primera consulta. Vino solo. Queriendo encontrar la vuelta para hablar con su padre. El padre no vive con ellos, lo ve poco, se involucra poco, pero a diferencia de su madre sabe quién es él y quién es Pedro, una vez le dijo: -Vos Juan no sos como tu hermano, vos pensas demasiado. Quiere pedirle al padre que le enseñe a manejar, pero no quiere decir nada en su casa porque sino Pedro inmediatamente se va a acoplar a su proyecto y la madre dirá que vayan juntos. –Y como usted me dijo en broma yo quiero manejar solo.

La primera vez Juan es traído por su madre, lo trae a causa de sus actos, la pelea con su hermano, pelea que si bien es cotidiana en esa oportunidad se hizo oír, él fue a despertar a su madre, él reclamó una vez más por su lugar y sus cosas. La madre consulta en su sistema de salud, viene porque ya no sabe cómo responder a lo que pasa entre sus hijos.

Quien recibe esa consulta es quien decidirá la respuesta que se dará a la misma. El que escucha determina al que habla. Quien escucha dispara una pregunta que desconocía adonde podía llegar, instala la diferencia entre pegar y pegar. Pegando queda pegado, lejos de despegarse; lo traen con el hermano, cual si fueran uno y lo mismo.

Juan escuchó la pregunta y escuchó la resonancia de pegar y pegar, y vuelve entonces ahí, a hablar con alguien, con quien lo escuchó. Es así que en esta segunda oportunidad que viene, ni lo traen, ni se dirige a su sistema de salud, viene a decirle a quien lo escuchó que tomó nota de su dificultad de despegarse. También vuelve para preguntar si esa sería una buena razón para ir al psicólogo, pero aún no se decide, esa preocupación por las peleas es más de su madre que propia, a él no le preocupa pelearse, lo que quiere es despegarse, desmarcarse de su hermano, hacer un recorrido propio y singular, y viene para decir que necesita introducir al padre para hacer la diferencia que la madre no hace, apelar al padre, a que él le enseñe a manejar, a manejarse solo y entonces sí a dar el paso que puede dar recién en ese momento. Entiendo que lo dice de este modo: mi problema es hablar con mi padre, pedirle a él algo en mi nombre, mi problema no es mi hermano, si no que yo pueda ir solo a hablar con mi padre, y es a usted a quién le pido esto.

Entiendo entonces que hubo una primera vez que Juan es traído, pero la segunda vez viene, y muestra la direccionalidad hacia alguien, hacia el analista, ahí se dirige con una pregunta. Me importa destacar que no se trata de que Juan entienda que está haciendo esto, digo que esto es lo que sucede. Vuelve a preguntar algo a alguien porque se escuchó en lo que dijo. Y a partir de esto que sucedió, hay algo ahí. Juan fue sorprendido por lo que dijo y por la pregunta que se le dirigió, la sorpresa lo toma de un pegar a otro, algo sucede en la dimensión del equívoco y permite que se constituya un lugar a donde volver. Es otra forma de decir que esa direccionalidad hacia alguien, hacia el analista, se establece por la sanción que el analista realizó aún sin saberlo, sobre este pegar que lo pega. La direccionalidad se establece por la escucha. Entonces hay un lugar al cual Juan puede volver. Queda fijado este hay, que ordena que hay un antes y un después, y la posibilidad de volver otra vez. Para que sea posible volver a pedir aquello que le concierne es necesario que el analista no rehuya al acto, que por supuesto podrá leer a posteriori.

Escuchar es dar lugar a un acontecimiento, a que algo suceda. Es porque alguien escucha que algo sucede, entiendo que al hablar alguien dice más de lo que sabe que dice y estamos ya en el terreno del saber inconsciente, y el analista por esta posición se hace referente de la repetición por la que alguien necesita pasar para existir ahí como uno que habla.


IMG_9532Patricia Martínez, analista.

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