Historias Clínicas. Detrás de la pared Primera Parte. Por Patricia Martínez.

Pasó un año desde la generosa invitación de Helga Fernández a escribir regularmente para En el margen con la libertad de hacerlo como quisiera. Va en primer lugar mi agradecimiento. Así surgió la idea de escribir Historias clínicas, intentando con estas historias encontrar un modo de transmisión y aquí estamos intentándolo una vez más.

En esta oportunidad renuevo la apuesta tratando de ubicar ese momento de pasaje que se produce en un análisis y que marca un antes y un después.

 

ALEA IACTA EST.

Dice la historia, que según el Derecho Romano, nadie tenía el derecho de cruzar el Rubicón con un ejército en armas. Era el límite al que se podía llegar y jamás cruzar el río para entrar a Roma, quién lo hiciere se convertía en enemigo.

Dicen también que Julio César dudó atormentado y él mismo cruzó a pié el pequeño río y desde la otra orilla gritó a sus hombres para darles valor: Alea Iacta est, lo cual se ha traducido como “la suerte está echada”, ya no hay vuelta atrás. Está historia la recuerda Lacan en el seminario del Acto para dar cuenta el valor de acontecimiento que tienen ciertos actos que marcan un antes y un después, un no hay vuelta atrás, una vez cruzado cierto límite no queda otra que avanzar.

M. es un hombre de 35 años, profesional, su padre trabajó siempre como ejecutivo de grandes empresas y él siempre quiso ser ingeniero como su padre, lo cual lo llevó a ingresar en la escuela técnica y padecerla, siendo que sus intereses son muy ajenos a los talleres y las técnicas.

Sin embargo ser cómo su padre era un norte irrenunciable y cambió la ingeniería por la contabilidad que era otro modo posible de hacer carrera en una gran empresa tal como el modelo a seguir.

Ni bien se recibe ingresa en la carrera bancaria, y va escalando posiciones hasta alcanzar un cargo de jerarquía en un banco de primera.

Consulta por dificultades con su pareja, peleas frecuentes y su compulsión a la infidelidad que lo lleva a una crisis matrimonial que termina en divorcio.

M. se atormenta, se dice tironeado entre el ideal que su padre es -un gran hombre de familia, buen padre, brillante profesional- y lo que a él le sucede: fracasa en el intento de armar una familia, no tiene hijos y no tiene convicción profesional. El trabajo lo aburre, lo agobia, lo cumple con gran descontento y no puede considerarse orgulloso de su carrera ni de su vida amorosa. Podemos ubicar que M se presenta como carente de eso que el padre sí tiene y que por tanto hay.

Luego de 10 años lo despiden del trabajo, la causal del despido es una sospecha que recae sobre él y sobre la gerencia donde trabajaba de haber tenido un comportamiento reñido con la ética y haber usado el cargo para enriquecimiento personal.

Lo negará ante la familia y los amigos, pero él sabe que los cargos son justos, no puede no pensar que en definitiva el despido le conviene, le quita el peso de llevar adelante una carrera en la que no cree y le da la oportunidad de intentar hacer algo por su cuenta, lo cual siempre soñó y poder de ese modo apartarse de la hoja de ruta que supuestamente el padre marcó con su ejemplo y a la cual él no puede responder más que con infidelidad a la misma.

Nada de estas expectativas se cumplen para él. Desde la pérdida del trabajo está la mayor parte de tiempo encerrado en su casa, tranquilo pero sin ningún propósito, no se le ocurre qué hacer ni tiene ánimos para afrontarlo. Solo después de ubicar en su análisis que está en prisión domiciliaria, comienza a buscar reinsertarse en la vida laboral.

Provisorio, incompleto y parcial este es el marco de la historia, de la cual voy a extraer 3 sesiones.

El Cruce

M. llega al consultorio y decide esperar, no en la sala de espera sino en el patio al cual da la sala de espera. El patio tiene una pared muy alta al fondo, detrás de la pared se asoman las ramas de unas palmeras.

Inicia ese día la sesión planteando que venía con la intención de hablar de algo que pasó en una entrevista laboral que tuvo, pero que mientras esperaba ocurrió algo. Se queda en silencio.

-Es una boludez –retoma el relato luego de la pausa reflexiva- Yo siempre creí, me imaginé que detrás de la pared, las palmeras que se ven (estamos en un primer piso) serían de un patio cervecero, un restaurant, un lugar copado. Como llegue temprano tuve la tentación de colgarme de la pared y mirar del otro lado, pero me dio vergüenza pensar que podría salir usted  y verme así mirando del otro lado, entonces tuve la ocurrencia de subir al segundo piso y mirar desde ahí arriba.

 Se queda otra vez en silencio, en una pausa más larga. Su voz se turba por la emoción.

– ¿Y qué vió? 

– Nada…

 –O bueno sí, vi que  las cosas no son cómo uno se las imagina, del otro lado hay un patio, el fondo de una casa, con un parque descuidado y un techo de chapas con un balde con piedras apoyado en el techo para evitar que se vuele la chapa, jamás imagine que en esta zona habría algo tan precario…No sé, fue una decepción, no tengo idea por qué me impactó tanto pero supongo que esperaba ver lo que suponía que había, un patio cervecero copado y pensé que tal vez al salir de acá iría a tomar algo, o el fondo de un restaurant que acá a la vuelta está lleno de boliches, pero bueno…

La decepción y que las cosas no son lo que se suponen que son nos llevan al padre y a algo que olvidó contar en todos estos años y ahora le viene a la memoria.

Una vez, hace unos años, la hermana mayor le contó que recibió un mensaje en el celular que el padre le manda por error y que estaba dirigido a una mujer, a una mujer a la que le hablaba como se le habla a una amante.  El padre cuando se da cuenta le pide disculpas a la hermana, dice que no mal interprete y que se olvidé del hecho.

Eso lo lleva a una conversación con amigos de toda la vida, y a un sueño reciente.  El amigo llegaba en el auto, abría el baúl y le mostraba un muerto. Eso a su vez le recuerda que cuando eran  chicos hablaban con estos amigos que la máxima de la amistad era que aunque un amigo te traiga un muerto en el maletero del auto, uno jamás lo juzga, hay dos posibilidades, te ayudo a deshacerte del cuerpo o si es necesario a que te presentes a la justicia.

¿Cómplice o delator?

-Sí, parece, qué cagada, ¡no? No lo había visto así, ……….es lo que pienso ahora de la posición en la que quedó mi hermana, porque o es cómplice al no decir nada de ese mensaje o delatora si va y buchonea a mi vieja.

-¿Por qué ella?

-Porque recibió el mensaje y está enterada

-¿Y usted no está enterado?

 

El Puente

En la siguiente sesión, el tema que toma relevancia parece no seguir lo abierto en la anterior. Habla de que está avanzando en la obtención de un trabajo y que finalmente luego de un año sin trabajar va a retomar la vida laboral.

Habla de sus temores a que se enteren de los causales del despido y que esto le impida avanzar en la obtención del nuevo trabajo.

¿Robouste?

Llegamos a la tercera sesión de esta serie.

Consiguió el trabajo,  comienza a principios de mes.  Se reunió con ex compañeros del banco, los cuales igual que él fueron despedidos por la misma causa. Les cuenta que vuelve a trabajar en relación de dependencia, necesita hacerlo, no tanto económicamente ya que le queda resto, sino porque necesita lavar su imagen, está con una mujer en una nueva relación, una mujer que le importa y mucho y a la cual es fiel sin esfuerzo,  no quiere hacer las cosas mal, además no ha podido hacer nada por su cuenta en el año que pasó y como surgió en algún momento en sesión estuvo encerrado, si lo piensa bien, ningún provecho puede sacar de ese despido, ni pudo hacer lo que siempre pensó que debía hacer, no volver jamás a la relación de dependencia, ni tampoco pudo disfrutar del tiempo libre.

Sos un boludo, dicen sus amigos, no le des bola a nadie, el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Él discutió con los amigos que no entienden su posición, no puede pasar por alto las cosas sin consecuencias, tampoco se  quiere conformar en un como si tal y como los hacen sus amigos y tener un pequeño emprendimiento que no lo convence ni entusiasma para hacer como que trabaja y que le gusta lo que hace. No se siente un boludo, él necesita recuperarse, la palabra que se le impuso y con la que defendía sus argumentos ante los amigos es robustez. Él necesita robustez.

-¿Robouste?

M. se sorprende, se queda callado apenas un instante y luego dice:

Qué bárbaro, en una sola palabra están las dos cosas, lo que me persigue en los últimos tiempos, que alguien me señale y diga que robé, me torturé durante toda la selección del trabajo temblando porque pidan referencias donde no debían, y la necesidad de recobrar una imagen robusta, fiable, volver a ser un tipo confiable….

Luego de una larga pausa dice:

Pero lo que me doy cuenta ahora, (está conmovido y le cuesta hablar) que lo peor es que yo robé una imagen que no era la mía, a la que no me quedaba otra que ser infiel. Yo cuando terminé la secundaria fui a hacerme un test vocacional y me salió que lo mío era sin duda el campo de humanidades, algo que yo ya sabía, siempre me gustó leer, historia, literatura, psicología, no me va a creer pero quería ser psicólogo, por eso empecé terapia. En cambio los números y los fierros los detesto, pero me resultó más cómodo robarle a mi viejo la imagen, ser él, que jugarme por hacer la mía, siempre me sentí lo opuesto a la robustez de mi padre,  un endeble, un tipo sin seguridad respecto de lo que hace y por qué lo hace. Y quedé atrapado en eso, como ahora en esto, porque definitivamente las cosas no son lo que parecen

Pero hoy volví a subir al segundo piso, quería volver a mirar, porque la primera vez tenía la decepción de no ver lo que yo quería ver y ahora quería ver qué hay. Y lo que vi tampoco es lo que vi hace dos semanas que tanto me decepcionó. Me fui de acá pensando que tal vez no está bueno ver lo que las cosas son, que prefería mis ilusiones y después pensé que eso era una boludez, que me pasé parte de mi vida haciéndome el boludo de que no sé, que no me enteré, que si los demás no se dan cuenta las cosas no existen y como dijimos la última vez: yo si me enteré, yo sí sabía que mi padre no era el hombre intachable que yo quise que fuera. Yo también sé que me mandé mis cagadas, que no estoy orgulloso de eso, que tal vez por eso no pude ni tocar un centavo de esa plata y viví como si no existiera y ahora vuelvo a trabajar a un lugar que no me convence, porque no puedo servirme de eso que hice mal y que eso no tiene que ver con lo que los otros no deberían ver, sino con lo que yo veo, con lo que vi. La pared del patio de su consultorio da a los fondos de una casa, no se ve bien la casa principal que debe dar el frente acá a la vuelta…lo que tiene un techo de chapa con un balde encima parece ser un galponcito, y hoy había unas herramientas ahí…a veces dónde uno menos se lo imagina encuentra herramientas, eso también lo vi.

Hasta aquí el recorté que quiero compartir hoy para pensar este recorrido que va desde el momento  que M decide  ir a corroborar si lo que hay del otro lado de la pared ( con la resonancia que eso tiene) coincide con lo que él imaginaba que había o debería haber hasta el momento que puede escucharse en esa robustez que lo delata y lo rescata y puede volver a ver que, ahí, donde no está lo que esperaba en términos ideales,  están las herramientas con las cuales construir una existencia menos tonta.

EPICRISIS

M está en análisis hace 7 años. Luego de estas tres sesiones que tomo para el relato, han habido otras que me hacen pensar en una segunda parte por venir, aunque no puedo prometer fecha para la misma. Sí puedo decir que hay claramente un antes y un después, que la suerte está echada y que ya no puede continuar hablando como lo venía haciendo.

Un primer punto que quiero destacar hace a la voz. M nunca tuvo dificultades para hablar en sesión. Lo primero que es evidente en la primera sesión de esta serie es su dificultad para hablar, por momentos se detiene, hay emoción en la voz, lo que dice lo toca. Hay pausas, pero pausas en las cuales lo que fue dicho recién puede ser retomado en lo que va a decir a continuación. Lo que dice y lo que escucha tiene resonancias.

Por primera vez hay pausas que dan cuenta de una reflexividad  que organiza su decir, en este sentido hay una orientación que hace posible la retroacción, y lo que le pasa, lo que empieza a pasar en las sesiones, es que puede tomarse de lo que dice, de lo que dijo para ubicarse.

Escuchar-se lo que dice, posibilita el tiempo del aprés-coup, que otro tiempo al lineal de la demanda se ponga en juego.

Cuando M. dice que la palabra es robustez, y el analista responde con la pregunta robouste hay un salto que manda al que habla a otro lugar que aquel en el cual estaba antes de esa irrupción, irrupción que permite en acto que la pregunta implícita acerca de qué digo con lo que digo este en función y abre la posibilidad de que ese que habla ahí en un análisis se pueda enterar de qué estaba diciendo con lo que dice,  ni más allá ni más acá de eso que fue escuchado. Apertura de la dimensión del inconsciente que quiebra la continuidad del sentido corriente y que le permite no coincidir con lo que él creía.

Y que en este caso entiendo, marca un cruce, un paso porque a partir de ese momento -y se corrobora en las sesiones siguientes. es él mismo quién puede escucharse al hablar y, como él lo dice, encontrar las herramientas que no sabía que tenía porque no había hecho de su carencia su falta. Camino en el cual aún andamos.


Patricia Martínez. Analista img_0007


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