Joker. Por Carlos Picco y Eugenia Boito.

Por Carlos Picco.

¿Puede alguien evadir la responsabilidad de escribir luego de haber hecho la experiencia Joker? ¿No queda el cuerpo enlentecido, avergonzado? Se puede no querer llenarlo de humo, ensordecerlo con la música oceánica y oscura de Hildur Guðnadóttir, golpearlo contra el mundo hasta quebrarlo, estrellarlo en vidrieras, o abrazarlo a otro y permitirle llorar?

Quien se asome al acantilado de escribir sobre Joker obedecerá en el tendido de sus líneas a dos fuerzas. La primera es la del movimiento de los discursos sensibles e ideología humanista. Se leen al modo de una denuncia social que dignifica -en oposición- alguna creencia o práctica. La segunda de estas fuerzas deviene del impacto que opera Joker sobre la carne inmemorial, el modo en que conmueve los cuerpos. Es su reverso, un amague exquisito que esquiva la razón tras hacerle creer que a ella se dirige. En este caso la escritura testimonial es inevitable.

Las líneas por las que se encarrila la novela están cristalizadas. En su crudeza nos llevan a un campo de pensamiento complejo y subterraneo por el que, sin embargo, podremos lograr algún asilo para no enloquecer o retirarnos de la sala. Sin estas la película sería insoportable: el padre buscado, sensible y amoroso, miembro imprescindible de la alcántara cultural; el padre bueno en su envés perverso, denigrante, putrefacto, corrupto, violento y racista; la madre nostálgica que espera el amor; triste, desnuda e impudorosa; cuerpo a merced de la mirada, erótico y moribundo; la basura en los corredores, reminiscencias new yorkinas o londinenses; el trabajo denigrante y la explotación, la crueldad entre miembros de la misma clase, la conspiración y la política, la psiquiatría y sus patologías, la revolución que asoma, los pobres y los ricos enfrentados, la figura del loco que con un acto de irreproducible y lúcida agresividad cataliza la aspiración libertaria de la masa reprimida… Esta lista podría seguir.

No se trata de una polarización. Más bien abundan los elementos que nos hacen dudar sobre todo o una parte de lo que la trama nos aconsejaba antes. Tenemos por ello la noción casi inmediata de que Joker es una interpelación sagaz, intrépida, inteligente, que además resulta entretenida. Es esta la manera en que nos protege del desanudamiento al que nos asoma. Es también la manera en que se cuelga de las carteleras de las grandes franquicias de cines y asciende a tener un nombre categórico, potente, distinto de su título, de su álgebra original, y que podemos traducir y leer en la pregunta que más se escucha por estos días: ¿todavía no la viste?

Sobre esto se escribe abundantemente. Elogios interminables. Cada uno en su pequeña pantalla. Cada quien con su discurso dignificante. Pero Joker es, me parece más bien, otra cosa. Una otra cosa que además no comparte escenario con lo antedicho: el sonido ronco, ahogado, líquido y desesperado que adviene luego de cada risa en llanto; el golpe desesperado de los zapatos al correr, su arrastre al bailar; el aire viciado, la mirada lodosa, el cabello mojado, el cabello que cubre el rostro oscuro, el cabello que enmarca la
locura… las ondulaciones de un cuerpo desmembrado.

No insisto: es imposible hacer esta lista, o es imposible hacerla y compartirla, lo he corroborado. A estos signos los ubico por fuera del relato, sólo podemos contarlos de a uno. Es quizás por ello que se intenta escribir, fallando cada vez, a través de lo testimonial. Es, creo, la única manera de traducir lo que no es fascinación sino horror.

Joker no es metáfora ni trama. Joker es una experiencia por fuera de la belleza. Joker es lo indefinible, lo inclasificable. Por eso es innumerable.

Joker es un espejo en su trama. Pero Joker es también lo que en el espejo aparece cuando
nuestras cáscaras no.

 

Por,  Eugenia Boito.

Cualquier escritura sobre Joker domesticaría a Joker. Joker desdice la escritura, el comentario; las formas de la sinopsis y la crítica. El intento de hablar/escribir es aquello a lo que nos agarramos por la asfixia en la que quedamos convertidos. Por lo menos para mí esa fue la vivencia. Volver o más bien hacer palabra, soplo de aire con otros, para otros y para uno, es un intento por salir de la asfixia; un intento desesperado de volver a trazar el afuera y el adentro con el decir una palabra. Sentir el aire que pasa por la garganta y se hace voz, salir- se, poder escuchar-se para volver después de una inmersión horrorosa.

El nacimiento y la muerte tienen por materia -cruel materia- al aire.  El nacimiento es un primer respiro que abre lacerando los pulmones, arañazos en carne virgen y aún húmeda; la muerte es el último respiro, último donde ya no hay más, ya no más.  Corte y sequedad para devenir de nuevo agua.

Joker nace por lo menos dos veces. Joker nace como payaso nombrado por su padre, cuando llama payasos a los miserables. Padre que nomina a los otros; pero en el hijo el efecto de ser nombrado es singular y cruento. Cuando Joker nace por ¿segunda? vez sobre el móvil policial, escupe sangre -no aspira aire- y no lo recibe un padre sino una fratría de payasos que lo celebra como uno más. Pero todos mantienen una distancia con la careta de payaso. Joker, no.

Entre la cara que respira y la careta hay aire. Incluso se puede, se podría, jugar con la respiración, con el aire que hay entre la careta y el rostro. Esto deviene para mí en un raro recuerdo infantil, el iterativo juego de respirar entre, en el espacio que se vuelve húmedo entre el rostro y el plástico cuando nos escondíamos atrás de una careta. A veces me pasó que lo interesante estaba ahí, en ese entre la cara y la careta; la respiración y la humedad en el plástico. De a ratos se me perdía el mundo, o más bien el afuera, el juego social de las máscaras con otros y me quedaba en esa húmeda y tibia experiencia de sentir mi respiración; respiración que se hacía aire, agua y raro sonido del eco al chocar tan cerca contra el plástico.

Pero máscara y cara no tienen sentido para Joker.  ¿Máscara que se va pegando tanto a la cara que no deja aire? ¿Cara que por fin sale de lo profundo, se hace piel y escupe sangre?  Pero no sé si, aunque sea en este sentido, podemos pensar en profundidad y superficie. Eso es todo el mundo social, el mundo de las reglas con las que juegan tanto el Padre como los payasos.  Donde jugamos desde niños, donde hay caretas y espejos que domestican.

Yo no puedo escribir más sobre Joker.


Eugenia Boito. Doctora en Comunicación, Investigadora asistente en Conicet y docente de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, UNC.
Carlos G. Picco. Magister en Psicoanálisis Lacaniano y docente en la Facultad de Psicología, UNC.

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