Corresponsales de urgencia. Realidad aumentada. Por Gustavo Lopez Ibarra.

Desde hace más de un año vivimos en estado de emergencia, y como con casi toda la vida entre paréntesis, reinventando maneras de estar con los otros; en espera; las urgencias son demasiadas. Se hace preciso entrelazarse en un relato que nos contenga. En esta oportunidad compartimos un texto Gustavo Lopez Ibarra.

Editorial: Ricardo Pereyra


La película Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003) muestra a Charlotte (Scarlett Johansson) inmersa en el tránsito, las luces y las publicidades en una mañana gris. Un dinosaurio pasa por la enorme pantalla publicitaria que se ubica enfrente de Shibuya, la terminal céntrica de trenes y subterráneos de la ciudad capital de Japón. Los esplendores de las imágenes y los avisos fluctuantes hacen más agobiante la alteridad de Charlotte bajo su paraguas transparente. La gente viene de todas direcciones en medio del cruce de las avenidas; la misma pantalla ahora muestra elefantes.

En Terminal Slam (2020), videoclip del 29 enero, una joven, que podría ser Charlotte, se coloca unos anteojos con tecnología de reconocimiento en el extenso cruce de Shibuya. Enfoca las pantallas montadas en los edificios e inicia un paseo por la zona repleta de publicidades. Mapea con los anteojos a cada aviso, letrero lumínico y persona del torrente de gente a través del cual se abre paso. La visualización se acelera y se expande en un chisporroteo impetuoso de frames que abarcan el cruce, la terminal, el gentío. Los estímulos se desdibujan, o empiezan a ser removidos de manera parcial, a la vez que adquieren espesores 3D, semejantes a erizos tornasolados y cristales de piedra, que vibran al ritmo del séptimo tema de Be up a hello —Saludá—, el álbum de Squarepusher.

Tras la declaración el 11 marzo de la pandemia, Squarepusher lanza el 16 abril Detroit People Mover, filmado en un tren automatizado que recorre desde 1987 el centro de la ciudad más poblada de Míchigan, EEUU. El nuevo videoclip contrasta de forma drástica con el de enero: al tiempo que las calles de Detroit desfilan desiertas a través de las ventanillas, el tren circula con los asientos vacíos y sin conductor sobre un carril elevado de casi cinco kilómetros; sólo hay una impresora a color inalámbrica en el suelo que despide, una tras otra, fotos del pasado.

Perdidos en Tokio es la foto lejana. El estreno acontecía a cinco años de la aparición del buscador de Google y a dos de la caída de las Torres Gemelas. En los medios de transporte estadounidenses aún había carteles que advertían «If you see something, say something» —Si ves algo, decilo—. La otra es Terminal Slam. El videoclip propone hacer una experiencia psicodélica con un anteojo al estilo del que Google tiene a prueba desde 2013. Además de la cámara y el micrófono que se accionan, puede decirse, con un parpadeo, el anteojo proporciona información de contexto al campo visual. En Terminal Slam, dicha información admite realidad aumentada. A modo de ejemplo, sería posible ir con este anteojo en busca de pokémones, el juego que en la actualidad cuenta con mil millones de descargas en todo el mundo.

La aplicación Pokémon Go informa que se pueden encontrar pokémones en todas partes: algunos corren por el campo, otros vuelan por el cielo, los hay que viven en la montaña, en los bosques o cerca del agua. Es tan cierto que cuando el juego hizo furor fueron capturados pokémones Goldeen, del tipo pez, en las cascadas emplazadas en los cimientos de las Torres Gemelas, por donde el agua desciende sin interrupción en recuerdo de las víctimas del 11-S.

En 2016, al cabo de una semana del lanzamiento, las redes sociales se llenaron con fotografías de pokémones a cada cual más original. Una de las miles que circulaban a diario por Internet parecía haber sido realizada el sábado 9 julio dentro del Museo del Holocausto de Washington. La imagen mostraba a un esférico monstruillo violeta, llamado Koffing —«coffin» significa ataúd— flotando rebosante de gas en el auditorio del museo.

El lunes por la tarde, una cronista de The Washington Post se dirigió al museo. Las autoridades se hallaban molestas por la infestación de pokémones y preocupadas por la presunta fotografía en las redes. Para entonces, la sarcástica imagen había sido eliminada del sitio web de origen y existía la posibilidad de que hubiera sido trucada.

En el recibidor, un grupo esperaba el comienzo de la próxima visita guiada. Los visitantes tenían entre treinta y cuarenta años de edad. La cronista presenció que uno de ellos decidió ocupar el tiempo con un señuelo. La respuesta no tardó en producirse. Bulleron en abundancia avestruces de dos cabezas —Doduos—, ratas — Rattatas— y cangrejos —Krabbies—, para exaltación del grupo que quería atraparlos a todos —to «catch ‘em all»—. No es que hayamos venido aquí a jugar, respondió una mujer de treinta y siete años a la inquisitoria de la cronista, pero hay que atraparlos a todos. Durante la recorrida, la cronista no vio a Koffing, el pokémon del tipo veneno, aunque los monstruillos en un lugar específico variaban cada tanto.

Dos días después, la agencia AP informó que el Museo de Auschwitz-Birkenau había exigido a los desarrolladores del juego de realidad aumentada que excluyeran al antiguo campo de concentración y de exterminio nazi, y a otros lugares similares. Entretanto, por medio de carteles se advertiría a los visitantes que los andenes de ferrocarril para los deportados al campo, los barracones, las celdas y las ruinas de las cámaras de gas y de los crematorios eran lugares para revisar el pasado, no para atrapar pokémones.

El juego se había proyectado desde la consola Nintendo al mundo real por intermedio de Google Maps. Y, en los lugares donde el horror y la diversión se anudaron, la sociedad entre Nintendo y Google remedó las viejas películas de terror clase B; a fin de cuentas, pokémon es un vocablo formado por dos palabras del japonés, «poketto monsutā», que significan: monstruo de bolsillo.

El jugador, disperso en la fluidez y en el rastreo, caminaba de un lugar a otro, escuchaba que algún monstruillo hiciera ruido. Al verlo le lanzaba una bola para atraparlo y ganaba polvo estelar y caramelos. Perseguía nombres, pasaba de un monstruillo a otro, de los más débiles a los más fuertes y salvajes. Los bonus semejaban las millas para viajar de las tarjetas de crédito. Pero el desafío no era conseguir todos los pokémones. Se trataba, en cambio, de entrenar y combatir con los monstruillos. Los campos de entrenamiento eran los gimnasios. Una vez que el jugador entraba en uno, debía formar parte de un equipo. Cada equipo luchaba por el control y luego por hacerlo progresar. Entonces, la lucha se centraba en el control de otro gimnasio. El jugador se entregaba con entusiasmo y conformidad, como el gimnasta de la NSRL, la oficina de deportes nazi, antes de que con el rearme militar y los preparativos del ataque a Bohemia cediera su influencia en el Tercer Reich a favor del guerrero alemán .

La cuadrícula se expandía y el registro microscópico también, de cada rincón, de cada baldosa. Era esperable que algunos monstruillos aparecieran en ciertos lugares, pero la infraestructura que guíaba a los jugadores mostró fallas: en Nueva York, las autoridades del subterráneo debieron advertirles que no descendieran a las vías para perseguir Rattatas, y, en Massachusetts, los jugadores invadieron a todas horas del día y de la noche la ladera de un edificio victoriano, un chalet privado de colores grises en la pequeña ciudad de Holyoke, que para ellos, sentados o de pie entre los setos vivos y en los escalones de la fachada, o también dentro de autos estacionados con el motor en marcha, sería un castillo en el que entrenar pequeños monstruos.

Más que un par de conspiradores encontrados con las manos en la masa, Michael Mancil, de treinta años, y James Dryden Jr, de veintidós, eran los falsos quijotes de un lugar de encantamiento aislado por una campana de cristal que expulsaba a quienes los rodeaban, a los policías de Douglas, en el condado de Coffee, y a los reporteros de WALB-TV, todos ellos de Georgia, como si el mundo no existiera y, en cambio, sólo pudiera existir el pequeño universo personal en el que la realidad funciona como un juego.

Poco sabían de las variaciones de la ionosfera, pero los atrajo liberar las almas aprisionadas en la estación de antenas del programa de investigación de auroras activas de alta frecuencia —HAARP, por sus siglas en inglés—. Los conspiradores ignoraban su obediencia a la cuadrícula impredecible a la que se rendían. Estaban en una burbuja, en un universo aparte a siete mil kilómetros de donde se formaba la aurora boreal.

El lunes 31 octubre, la televisión dijo que el arsenal incautado a los conspiradores parecía de una película donde un un pequeño ejército se dirigía a la guerra. Tenían fusiles AR-15, un Remington, pistolas Glock, abundante munición y equipos tácticos. Iban a interceptar a un científico cualquiera, a robar su coche y la credencial de identificación para tener acceso a la estación de antenas en Gakona, Alaska. «Dios nos pidió que fuéramos a volar esas antenas, para que pudieran ser liberadas las almas». 

El domingo 4 diciembre por la mañana, Maddison Welch, de veintiocho años, avisó a su familia que tenía algo que hacer. El padre de dos chicos, salió a la ruta desde Salisbury, un pequeño pueblo de Carolina del Norte, y se animó, muy provisto de armas de fuego, a hacer seiscientos kilómetros hasta Chevy Chase, el acomodado barrio profundamente demócrata situado en las afueras de Washington. 

Fue directo a la pizzería Comet Ping Pong, en la avenida Connecticut, a metros de la esquina con la avenida Nebraska. Tomó el fusil AR-15, con al menos veintinueve proyectiles en el cargador, y el revólver cargado Colt 38 de seis disparos. Dejó en el auto una escopeta cargada y una caja adicional de cartuchos.

Entró a la pizzería a eso de las tres de la tarde, asiendo con las dos manos el fusil de asalto a la vista de todos, una en la empuñadura y la otra en el protector que rodea el caño. Clientes, incluidos chicos, y empleados se escurrieron para huir. Welch registró las instalaciones del local. En un instante dado, se topó con una dependencia cerrada con llave. Intentó abrir la puerta con un cuchillo para untar manteca y luego gatilló su fusil de asalto varias veces contra la cerradura. Poco después, apareció en el local un proveedor de masa para pizzas que había ingresado desprevenido. Welch se volvió con el AR-15 hacia él, lo que hizo que éste temiera que inmediatamente le disparara. Huyó igual que los demás.

Tras pasar más de veinte minutos solo, Welsh apoyó el AR-15 en unos barriles metálicos de cerveza. De camino hacia la vereda, que estaba cubierta de hojas secas, dejó el calibre 38 cerca del metegol, sobre la mesa de un reservado. Eligió la hilera de paso al lado de las mesas de ping pong.

Tras su detención, Welch declaró que había ido a investigar por sí mismo el Pizzagate.

«Estoy en el Comfort», había transmitido Jessica Prim en una sesión de Facebook LIVE el miércoles 29 abril 2020, tras conducir mil quinientos kilómetros desde Peoria, Illinois. Sin embargo, Prim había confundido un portaviones-museo con el barco hospital que había llegado a Nueva York el 30 marzo a causa de la pandemia. Qanon sostenía que el Comfort, el armatoste blanco flotante con cruces rojas que se encontraba en el muelle 90 del West Side de Manhattan, era utilizado por «adoradores de Satanás y pedófilos».

«Estaba viendo la conferencia de prensa de Donald Trump en la televisión. Sentí que me hablaba a mí», respondió la mujer de treinta y siete años a los policías desde el interior de su Toyota Tundra en el muelle 86. Los policías registraron la todoterreno de gran porte y encontraron varios cuchillos, una docena y media, incluyendo estrellas ninja. Durante el arresto, el LIVE mostró a Prim con lágrimas en los ojos preguntándoles: «¿No han oído sobre los niños?»

El 12 de agosto de 2020, Cecilia Fulbright, de treinta años, en Waco, Texas, persiguió a dos vehículos y chocó a uno de ellos varias veces porque creía que había un pedófilo al volante.

Por la mañana, el 911 recibió la llamada de la conductora de una furgoneta de catering: un pequeño auto rojo había perseguido a su vehículo, en el que viajaba también su hija pequeña. Unos 20 minutos más tarde, recibió una segunda llamada, esta vez de un estudiante universitario de diecinueve años, diciendo que un auto rojo lo perseguía y había chocado su Dodge Caravan. El estudiante entró al estacionamiento del supermercado H-E-B, pero la embestida del auto rojo continuó, hasta que éste impactó contra unos pilones de cemento. Con sangre bajo los orificios de la nariz, Fulbright aullaba que el conductor del Dodge Caravan había secuestrado a una niña para tráfico sexual.

Ella había compartido muchas publicaciones de Qanon diciendo que Trump «en secreto» estaba salvando al mundo del culto satánico de los pedófilos y caníbales. Incluso estaba convencida de que «los extraterrestres le habían dado potencia extra» para impulsar a su coupé Pontiac roja, modelo 1984.

El espectáculo más impactante de estos últimos acontecimientos fue el asalto al Capitolio. En lo alto de una colina, la sede parlamentaria estaba preparada para recibir a los partidarios de Donald Trump. Se les permitió subir las escaleras y también trepar por los balaustres, sin resistencia. Llegaron y rompieron ventanas. Les saltaron los ojos cuando pusieron la vista en los despachos desiertos de los legisladores.

Estaban allí, pisaban la tierra prometida; era una experiencia inmersiva asombrosa que hicieron con sus teléfonos móviles, y los videos demostraron que todo lo que veían o tocaban era real. La rebelión victoriosa de «Where we go one, we go all» —Adonde va uno, vamos todos—.

Avanzaron entre esculturas y pinturas históricas con la gran cúpula sobre sus cabezas, símbolo del cielo y del poder. No necesitaron la tecnología imaginaria de Terminal Slam, las lentes que Google implantaría en un futuro próximo; les bastó con incorporarse a las pantallas mientras proferían la orden: «Hang Mike Pence!» —¡Cuelguen a Mike Pence!—. 

Que los conspiradores compitieran en el libre mercado de las realidades ya era suficientemente pasmoso; que imitaran a un juego era inconcebible…

El tren sin conductor, que había transportado un promedio diario de siete mil quinientos pasajeros desde 1987, rodaba con todos los asientos desocupados por un circuito de trece estaciones, algunas de las cuales formaban parte de un edificio neorrenacentista de diecinueve pisos, un centro de convenciones, un estadio, un edificio posmoderno de veintiséis pisos, una ciudad de siete rascacielos modernistas dentro de la ciudad, un casino-hotel de treinta pisos. En el suelo de uno de los vagones, la impresora inalámbrica escupía, una tras otra, fotos del pasado.

Mientras los seres humanos se confinaban para luchar contra el virus, la naturaleza empezaba a resurgir en los canales de Venecia: peces, medusas, delfines. La aparición nunca vista de animales llamó la atención en los primeros meses de los aislamientos obligatorios. En mayo, el Museo de Arte Nelson-Atkins compartió filmaciones de pingüinos del zoológico de Kansas que deambulaban de manera viva y animada por la salas de arte europeo. Sin embargo, los pingüinos en el corazón de Estados Unidos estaban hambrientos, como también lo estaban los pavos reales que saltaron las vallas del Parque del Retiro, en Madrid, y los monos que reñían en las calles de Lopburi, en Tailandia.

El feriado del 24 marzo, Día de la Memoria, un ciudadano chino, de veintiocho años, violó la cuarentena estricta, decretada tan sólo cuatro días antes, para cazar pokémones en la calle Piedras al 700 con su celular.

En 1903, una ballena fue arrastrada por la sudestada, y con el Río de la Plata subiendo los intentos de liberarse fracasaron. Al descender las aguas, un hombre en bote la descubrió varada. El hallazgo atrajo a curiosos desde diferentes barrios, que debieron peregrinar quinientos metros a través de los pajonales para alcanzar la orilla —a la altura de Dorrego, donde están las pistas del Aeroparque Jorge Newbery. A la semana siguiente, fue arponeada otra ballena en Samborombón, más grande que la de Buenos Aires. Un vapor la remolcó herida hasta la costa de Berazategui, y luego fue trasladada a Conchitas, adonde se congregó una multitud para verla. Los captores dieron parte a la Oficina Nacional de Caza y Pesca y al Museo Nacional —actual Museo Argentino de Ciencias Naturales. Los captores extraerían aceite del animal muerto para fabricar velas y el Museo les compraría el esqueleto.

La revista Caras y Caretas dedicó páginas ilustradas a las ballenas durante tres números consecutivos. Hubo un clisé de la de Buenos Aires y después tres de la de Samborombón, una de las cuales incluía al director de Caza y Pesca en Conchitas, y cinco clisés más: el barco a vela de los captores, el capitán, la tripulación, los tachos de aceite, y el collage de la ballena junto a la Municipalidad porteña. El director de Caza y Pesca había estimado en veinticinco y tantos metros la longitud de la ballena. El animal había sido dibujado verticalmente, con la cabeza hacia arriba y las aletas de la cola hacia abajo, de modo que la boca casi llegaba hasta la cúpula.

Unas páginas más arriba del collage, era descripta otra «interminable caravana de peregrinos», pero en el Dique IV de Puerto Madero. En «época de cosecha», «millares de hombres, familias enteras», son expulsados del campo y las ciudades.

La crónica decía que en la «aglomeración enorme» predominaban los italianos y los españoles, pero distinguía a algunos franceses, ingleses y turcos. La atmósfera exótica era descripta como un «notable abigarramiento de trajes, colores, rostros, expresiones y modalidades en el andar mismo, en el vestir y en el hablar». La población que se marchaba manifestaba desilusión. Se trataba de más de seiscientos emigrantes «que gastaron inútilmente sus fuerzas iniciales, el vigor de sus cuerpos, venidos sanos y robustos, y que se alejan doblegados por los sinsabores más que por los trabajos mismos». El cronista de Caras y Caretas dialogaba con uno de ellos: «—Mire, amigo —decía un tipo de Galicia, acriollado— de esta tierra, ni el polvo; —y acompañaba a la palabra la acción sacudiendo el saco por la solapa—. […] ¿Qué quiere que hagamos? Yo vine a Buenos Aires hace de esto catorce años y ahora tengo treinta de edad. Al principio no me fue mal. Me casé y tengo cuatro hijos. Hace un año que el almacenero no me fía y el patrón de la casa me tuvo por lástima.»

»—Pero usted es fuerte y puede trabajar…»

»—… hay tantos niños para un trompo…»

Así como el Río de la Plata arrebató la atención hacia las bestias marinas y los emigrantes, la exposición de pobres en Buenos Aires era desagradable y candente. Al pie del clisé de dos chicos con pesados sobretodos, uno de ellos descalzo, la leyenda decía: «¿Me da cinco centavos… o un cigarrillo?». El artículo empezaba: «Como otras ciudades grandes y ricas, Buenos Aires cuenta por millares los pobres de toda pobreza, y el número de éstos, como una ironía de las leyes económicas aumenta en razón directa del número de capitalistas.»

Caras y Caretas delineó no tan sólo las figuras de aquellos chicos, sino un vasto teatro donde el negocio de la limosna, encarnado por «miserables de verdad» y «pobres falsificados», se apoderó de las calles. Mujeres y hombres en plazas, umbrales y esquinas; la competencia entre pobres abarcó la incesante disputa de una parada: «[…] y vea: apenas me siento en un banco, se aparece una competidora ¿y de qué manera se figura usted? ¡Con dos chicos de pecho, señor, y también dos más grandecitos, como los míos! Es claro… yo no tenía más que un nene y todos los que pasaban le hacían la caridad a ella.» Así como también la estrategia del engaño o la simulación: «[…] es mucho más descansado pedir limosna figurando como que se ha perdido una pierna o un brazo o se le han secado los ojos […]

»—¿Y ése que pasa es un ciego de mentira también, como dicen que hay tantos?

»—No. Ése es de verdad. Pero es claro, como no ve nada, gana menos que los otros.»

Un breve epílogo todavía. El tráiler de Perdidos en Tokio anticipaba que a veces hay que viajar al otro lado del mundo para cerrar el círculo. Argentina, que en 1903 se dirigía a las celebraciones del Centenario, era un conglomerado en metamorfosis. Gozaba, en cierto modo, de lo fabuloso, como podría decirse hoy de Arabia Saudí, Bahrein y Abu Dhabi. Pero las agotadas relaciones económicas se concretaron a través del retorno de quienes en busca de trabajo habían llegado al puerto de Buenos Aires desde otras partes del mundo, así como de aquellos a quienes en la fisonomía de la ciudad se les colocó la etiqueta de «pobres» con fecha reciente de inventario.

A los que han escapado de la pandemia sin más que sus vidas y deambulan medio enloquecidos a pocos metros de la Casa Rosada, en el nuevo paseo que la rodea y que se extiende desde el monumento a Perón hasta el CCK, a los que hacen ranchada en las vías del tren paralelas al nuevo viaducto del Bajo y a los que duermen embolsados en Puerto Madero, Plaza del Congreso y Plaza Lavalle, frente a los Tribunales y al Teatro Colón, el hambre los reúne en una imagen aumentada de ruinas. Caminan entre los yuyos, que han crecido monstruosamente, y cruzan los pastos descuidados que hace un año, cuando todo comenzó, estaban prolijos e inmaculados.


En la primera novela de Gustavo López Ibarra, Investigaciones en masa, unas fierecillas hambrientas de inmundicias minan el relato familiar. Coordinó durante tres años el taller de narrativa del Teatro Stella Maris de San Isidro. Obtuvo una recomendación de Osvaldo Bayer, Eduardo Aliverti y Stella Calloni para la publicación de crónicas sobre la poliomielitis. Ha colaborado en la revista mensual del diario Página/12, de Argentina. Su blog Lugar de olvido fue incluido en el Blog de Bloggers del diario El País, de España. Ha recibido el premio Unión Latina del concurso de cuentos Juan Rulfo, de Francia.

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