Un objeto no vale más que otro. Por Gisela Avolio.

Agradecemos a Manuel Losada la fotografía, Primavera.

Con Freud, la psicopatología y sus síntomas quedaron distribuidos a partir del tipo de enlace transferencial. Basta con sus historiales y la lectura que de ellos opera Lacan para entender que es a partir de lo que ocurre en transferencia que, por ejemplo, el deseo de un deseo de engaño, se aisló como tal en un sueño.

Apoyada en la transferencia de trabajo con algunos colegas -Los Mareados, https://psicoanalistasmareados.wordpress.com/, con quienes nos agrupamos para el estudio e interlocución desde hace un tiempo-, nos interesamos por la cuestión de la melancolía como una entidad. De esos encuentros agradezco los desarrollos sobre el tema que precisaron las coordenadas históricas; filosóficas; clínicas; poéticas, y, artísticas del sujeto que podríamos reconocer como melancólico. De allí se desprendieron, para mí, los siguientes interrogantes.

A la transferencia le atañe el duelo y la melancolía de un modo u otro. Ya sea porque su establecimiento sea dificultado técnicamente como en la situación de la melancolía, que a causa de la “hemorragia libidinal” está impedido recatectizar los objetos. O bien porque el movimiento mismo de la situación analítica implica un duelo de los sentidos que se pierden; por lo que es y deja de ser. En definitiva, por lo que se ve, se comprende y se concluye “que {…} lo que ya no existe es su relación a eso que había existido” (1)

Si esto es así, y hablar del duelo y la melancolía implica su lazo a la transferencia, recordé una muy necesaria distinción en la enseñanza de Lacan respecto de la posición del analista que me hizo concluir: el analista en su función también es afectado por un duelo. Más aún, diría que es a condición de que ese duelo tenga lugar en él (en el lugar del analista), que el análisis puede propiciar una experiencia de la falta para el sujeto. Dicho de otro modo, puede convertirse en ese lazo social donde un sujeto pueda apropiarse de su relación a la castración.

¿Qué significa decir que el analista tiene un duelo? En principio no sería equivalente a decir a que hay un duelo del analista, porque -en el sentido del genitivo subjetivo-, eso responde a la deposición de un sujeto que se le supone al saber, hecho que señala el momento en que aquel sujeto que nos es necesario conferirle al ordenamiento de las causas, es decir a un saber inconsciente,  deja de ser necesario, y a la vez se advierte que no es otro que el que habla.

Del analista y su duelo hace una mención Lacan justamente hacia el final del seminario de La transferencia. Ahora bien, hay algo complejo en ese tramo final del seminario y es que cuando se refiere al lugar del analista se sirve como referencia de la melancolía. Uno se pregunta: ¿Por qué y para qué eso?

Si bien comienza distinguiendo el lugar del Ideal del yo y el objeto, tanto en el duelo y la melancolía, lo curioso es que lo conduce a la afirmación de que alrededor de un duelo estará centrado el deseo del analista. 

Pero, ¿qué conectaría el deseo del analista con el duelo? Si el deseo es deseo de “nada nombrable” (Lacan, Sem II) , ¿cómo desear sin hacer obstáculo al recorrido del analizante? ¿Cuál es el duelo del analista?, ¿cuál es el objeto de ese duelo?

Las vías del duelo y la melancolía sobre todo le van a permitir abordar el problema de la pérdida del objeto, la interrogación del objeto -como lo llama- que en la melancolía se pone en juego casi hasta su destrucción. 

Sabemos que en el duelo “la dificultad {que éste plantea} se debe a la función metafórica de los rasgos conferidos al objeto de amor, en tanto que son privilegios narcisistas…el duelo consiste en autentificar la perdida… pieza a pieza, pedazo a pedazo, signo a signo, elemento I mayúscula a elemento I mayúscula hasta agotarlos. Cuando esto está hecho, se acabó” (2). Es decir, todo ese recorrido a través de ciertos significantes, recuerdos, relatos e incluso ambivalencias a los que el sujeto puede apelar ante ese agujero que se presentifica, para encontrarse con que no hay palabras para nombrar lo que se perdió. 

Y por otro lado sabemos que en la melancolía el sujeto no puede aferrarse a ninguno de los rasgos de ese objeto, precisamente por estar fallida esa operación que hubiese permitido el recorte de ese rasgo de identificación constitutivo. En tanto la identificación es narcisista, la existencia del sujeto está apoyada enteramente en ella, al perderse el objeto se ve amenazada la existencia del sujeto (3). Entiendo que a esto se refiere Lacan cuando marca la eminente presencia del objeto en el caso de la melancolía, la identificación es masiva hasta producir un empobrecimiento instintual (Freud, Manuscrito G), una invaginación de la energía de acción inhibidora.

De todos modos, los atributos que enmascaran al objeto en el caso de la melancolía es posible identificarlos a través de los rasgos que el sujeto ataca como si fueran sus propias características: los consabidos autoreproches. Bien, aquí yace una cuestión importante, y es que las acusaciones están en el dominio de lo simbólico, dice Lacan, y menciona allí la existencia de un remordimiento que está desencadenado por el desenlace del orden del suicidio de objeto, de un objeto que había entrado en el campo del deseo y que ha desaparecido (4). 

Este remordimiento para Lacan tiene conexión con “la interrogación sadiana del objeto” que lleva a cuestionarlo hasta las últimas consecuencias, como si en los insultos del melancólico pudiésemos leer esta frase: “si ese objeto del deseo llegó a destruirse, entonces no valía la pena desviarme por él de mi verdadero deseo”. 

La interrogación del ser del objeto -en el duelo- supondría exigirle (al objeto) que muestre lo que tiene de más oculto para rellenar el vacío de la forma fascinante que lo ha hecho. Pero casi siempre hay un momento en que soltamos a ese objeto como objeto de deseo, a falta de saber cómo proseguir con la pregunta, dice Lacan. 

Pero, ¿hasta dónde puede el objeto soportar la pregunta? Quizás hasta el punto donde se revela la última falta en ser, hasta el punto en que la pregunta se confunde con la destrucción del objeto. Entiendo que este no poder proseguir con la pregunta implica que algo en el orden de lo simbólico y su incompletud, revela la imposibilidad de cubrir esa falla. 

Ahora bien, ¿qué enseña esto acerca del deseo del analista?

Las clases anteriores Lacan ha trabajado la cuestión de la distancia entre el Ideal y el objeto como el escenario en el cual transcurrirá el proceso del análisis. Concluye con la idea: “en el meollo de la respuesta que el analista debe dar  para cumplir con el poder de la transferencia, [….]el analista debe ausentarse de todo ideal” (5). 

Qué implica ausentarse de todo Ideal, sino precisamente abstenerse de ocupar ese lugar. Es quizás un modo de figurar el deseo del analista como ese lugar disponible para ser ocupado por el objeto.

Para desarrollar esto recurre a “El banquete”, resaltando que si algo supo Sócrates cuando le dice a Alcibíades: todo lo que me dices a mí, es por él -Agatón-, es que en el plano del a, la cuestión es muy distinta a la del Ideal.

“En este sentido al analista solo le cabe  pensar que cualquier objeto puede rellenar ese campo del ser. He aquí el duelo a cuyo alrededor se centra el deseo del analista, no hay objeto que valga más que otro (6)”.

Si es con el objeto con el cual el sujeto realizará su pregunta (interrogación del objeto) en ese proceso de duelo “por el ser” que un análisis supone, este objeto puede resultar cualquiera. No hay alguno que valga más que otro. Entiendo que en la valoración -del objeto- está el riesgo a no ausentarse del Ideal y lo que deviene objeto del duelo del analista.

La necesidad lógica de este duelo radica en su efecto propiciatorio de la sustitución, condición indispensable para que esté en función la transferencia. 

El favorecimiento de esa función sustitutiva será posible en tanto sustraerse del Ideal no se produzca como en la posición melancólica por vía de la identificación al resto, y más aún si se contempla que “resto” no quiere decir que no sea valioso. Ni por la vía del sacrificio, porque los sacrificios son un modo más de hacer existir la divinidad. Ni mucho menos por vestirse con otro rasgo diferencial de la melancolía: la anestesia (Freud, Manuscrito G), que puede estar al servicio del uso perverso del saber para angustiar al otro.

Creo que estos no son riesgos del todo inhabituales entre los psicoanalistas. 

Considero necesaria esta distinción, hoy más que nunca, porque si ningún objeto vale más que otro, y es desde allí de donde se orientará la escucha, asumir que las condiciones del ser: encarnación (cuerpo, prótesis, etc.); sexo (género, sexualidad, sexuación, etc.); y contexto epocal (la cultura y su malestar) no pueden postularse como absolutas, ¿no será este el duelo del analista? 

En suma, ¿no se tratará para el analista, del duelo por la valoración del objeto? O dicho de otro modo, ¿del duelo por los rasgos que elevados a la categoría de significantes se postulan como absolutos?

Una vez cruzada esa barrera (que no es otra que la distancia entre objeto e Ideal), cualquier rasgo puede revestirse de un significante de valor absoluto, una pretensión que por otra parte es incompatible con el significante mismo cuyo único absolutismo es ser diverso. 

Así no es difícil encontrarse  que un fenómeno cultural se denomine, hasta por los mismos analistas, con el nombre de una práctica sexual. Un ejemplo reciente ha sido la llamada “crisis trans” (7) , ¿acaso una forma de la sexualidad, un modo de sujeción al sexo que hace a la singularidad de cada quien -, permite  clasificar?  ¿es posible conferir un significante (S1) a los rasgos figurativos de una realidad y enunciar el significante Uno como si eso asintiera una imagen?

Es posible, pero si hay algo de lo que parte el psicoanálisis como discurso es que no hay significante que alcance. Quien quisiera capturar lo que los nombres de los sexos designan, rápidamente constataría que el devenir de los cuerpos no agota nunca lo que allí está escrito. 

Si el deseo del analista no es un deseo puro porque es el deseo de la diferencia, es quizás por esto que encuentro necesario surcar cada vez el estrecho pasaje que va de la objetividad del predicado (discurso de la ciencia) a la objetalidad con la que se hace cada sujeto, uno por uno.  


  1. N. Ferryera. Trauma, duelo y tiempo. Una función atea de la creencia. (op cit) 29. Ed Kliné. 2000. Bs. As.
  2. H. Fernández y otros autores. Melancolia, perversión, psicosis. Ed. Kliné y Ediciones Oscar Masotta. 2015. Buenos Aires.
  3. Lacan, J. Seminario VIII La Transferencia. Op cit 438. Ed. Paidós.
  4. Op cit 439
  5. Op cit 428
  6. Op cit 440
  7. Comienza el artículo refiriéndose a la actual “guerra trans, o crisis trans”. https://psicoanalisislacaniano.com/2021/04/22/jam-docil-al-trans-20210422/?fbclid=IwAR1PmTC1pvRjQE3z8OphI-bZf0DcujVtKl38e0B6923Yzsy3qNYAkfeHd8c
  8. Patrick Guyomard. El goce de lo trágico. Ed de la Flor. 1997 Buenos Aires.
  9. G. Pommier. Cuestiones (sobre el fin de análisis). Ed. Catálogos. 1986. Buenos Aires.
  10. Freud, Sigmund. Manuscrito G. Los orígenes del Psicoanálisis. Vol 20. Freud Obras Completas. Ed. Hyspamerica. 1988. Argentina.

Gisela Avolio, actualmente trabaja como analista, es miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata, y miembro de Fondation Européenne pour la Psychanalyse. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As.). Dicta clases en las actividades de la Efmdp, y allí coordina el dispositivo Práctica psicoanalítica con Niños y Adolescentes, desde 2010; actualmente es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Y dicta clase anualmente en Centre IPSI de Barcelona. Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.

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