El malestar en la cyberlización. Intercambio postal 12. Por Roque Farrán.

Esta carta forma parte de la sección El malestar en la cyberlizacion, a cargo de Helga Fernández. Está escrita y entramada en relación a cada una de las cartas publicadas hasta ahora en esta revista.
Cuidado editorial: Gerónimo Daffonchio, Gabriela Odena, Amanda Nicosia, Ricardo Pereyra y Patricia Martínez.


17 de mayo de 2021, Córdoba.

Queridx amigx:

Continúo con esta escritura que va y viene entre distintos registros, soportes e interlocutorxs. Esta vez te la dirijo exclusivamente a vos, aunque puedes compartirla y leerla con cualquiera que desee pensar lo que nos afecta.

De manera recurrente me pregunto: ¿Por qué no pensar que Google es nuestro Oráculo moderno? Después de todo, por estructura cada quien recibe del Otro en forma invertida su propio mensaje. El régimen de verdad reside allí donde una comunidad de hablantes deposita un supuesto saber hacia el cual dirigirse cuando lo necesita. Nos puede parecer pobre la realidad virtual en la que convivimos, pero hoy por hoy se ha vuelto nodal y el modo de conducirnos en ella resulta clave. La diferencia de calidad en las indagaciones no pasa por el lugar en sí mismo, sino por los procedimientos que se despliegan en torno a ese Otro: los modos de plantear las preguntas y el uso cuidado de esa palabra que nos vuelve más o menos enigmáticamente. En definitiva: qué se hace con eso. El “conócete a ti mismo” sigue siendo una indicación técnica muy actual: “Ten cuidado de lo que vas a preguntar o decir, no vaya a ser que una vez formulado no haya vuelta atrás”. En este sentido, la reciente incorporación en Twitter de una instancia mínima de reflexividad resulta interesante: antes de compartir un contenido que puede ser agresivo la red social pregunta si se está seguro de hacerlo. Por supuesto, el dispositivo no garantiza nada y la decisión sigue dependiendo de la formación del sujeto.

Cada quien tiene su pequeña visión del mundo, su marco teórico y sus referencias privilegiadas; sea una mirada desde la alcantarilla o desde un elevado púlpito; desde un insignificante lugar en la red o la tribuna de algún medio conocido. Lo sabemos demasiado bien. Cada quien se cree justificado en algún punto por la miseria que le tocó en suerte, e injustamente discriminado o infravalorado respecto de algún círculo de pertenencia en el que desearía ser reconocido como se merece. Todo lo sólido se desvanece en el aire, desde hace mucho tiempo, aunque los modos de infatuación y valoración imaginarios son más persistentes e insidiosos que todos los medios de producción juntos y sus máquinas de cómputo disolventes: fantasmas operantes y recurrentes que habitan en las psiquis más retorcidas u obtusas del planeta. De izquierda a derecha, pasando por el centro y adentro, bien adentro, de la ideología personal de cada uno (que hace masa a su modo). Las redes no hacen más que agravar la cosa. 

Pienso, estimadx amigx, que solo la perspectiva de la eternidad, la disolución de absolutamente todos los círculos, curvaturas o ángulos, nos daría la templanza necesaria para entrar en los juegos de poder-saber (los “regímenes de verdad”) con la justa distancia: una geometría del agujero por donde pasan los cuerpos y se anudan inexorablemente, dejando caer toda cuenta en el vacío. Lo que nos da una idea material de esa geometría flexible es el nudo borromeo, donde cada término está enganchado a los otros de manera tal que si uno se suelta el conjunto entero lo hace. Es válido preguntarse, no obstante, si es posible practicar los anudamientos que conectan el vacío y el infinito en un ámbito donde dominan los bits de información y la lógica binaria.

Aunque hay que decir que el dominio binario exclusivo no es privativo de las redes; allí, en todo caso, se ha sistematizado un proceder típico de las instituciones, en su peor faz. Al contrario, para pensar materialmente tenemos que asumir el anudamiento cada vez, donde sea que podamos hacerlo. Reanudando conceptos y tradiciones en nombre propio, sin operar exclusiones o jerarquizaciones espurias. Imaginación, razón e intuición en Spinoza; saber, poder y subjetividad en Foucault; imaginario, simbólico y real en Lacan; ser, acontecimiento y sujeto en Badiou; etc. Así lo digo y práctico. Entender cada concepto en su especificidad; captar el desplazamiento oportuno; llegar hasta el final del movimiento y anudar el conjunto sin darle prioridad explicativa a ninguno de ellos (ni siquiera al último). Luego recomenzar por cualquier parte o materia que nos convoque en situaciones concretas. Esa es la libertad y al mismo tiempo rigurosidad del pensamiento materialista, que no es decir cualquier cosa: se alcanza en el ejercicio de hacer cuerpo una verdad que nos implica. Hay que saber distinguir, tomar posición y escribir como nos parezca más adecuado. Incluso apelando a lo que nos afecta.

El pensamiento materialista no excluye la ideología, sino que la incorpora y entiende su irreductibilidad. Ideología es un concepto que entrelaza tres dimensiones: 1) el conocimiento entendido como imaginación (impresiones ligadas a cosas vistas u oídas, universales abstractos, etc.); 2) el poder asumido como subordinación (naturalización de estructuras jerárquicas, hábitos y fijaciones); 3) la subjetividad reflejada en el reconocimiento (especularidad e interpelación en los modos de identificación). Es, como tal, irreductible: el primer nudo que nos constituye. Por eso tenemos que aprender a deshacerlo, abriéndolo, excediéndolo y reanudándolo en función de otras dimensiones: 1) el conocimiento de las nociones comunes y las singularidades; 2) el poder en sus múltiples juegos y dispositivos; 3) la subjetividad como modo de constituirse a sí mismo. El primer nudo no se desecha completamente, solo se complejiza cada vez más con nuevas anexiones: potencias del pensamiento, formas de acción, y modos de cuidado que igualmente son frágiles y pueden cortarse de un solo golpe, pero cuyo índice de eficacia toca la eternidad.

El psicoanálisis no es ciencia ni ideología, tampoco filosofía estricta, pero responde a un modo materialista del pensar que comprende tres ámbitos de producción al mismo tiempo: una práctica clínica, un método de investigación ligado a la cultura, una teoría sobre el psiquismo y su modo de funcionamiento. Los tres ámbitos se anudan y retroalimentan mutuamente, ninguno es más importante que el otro, porque ninguno se sostiene en sí mismo. Siempre hay disputas entre quienes tienen más inclinaciones por uno de ellos en detrimento de los otros, en función de lógicas externas al psicoanálisis, principalmente vinculadas a inserciones institucionales, juegos de poder o prestigios fatuos; pero el psicoanálisis stricto sensu consiste en su práctica conjunta y los verdaderos aportes al campo provienen de quienes así lo han entendido y practicado. Y así lo podemos seguir haciendo. Mediante la práctica, el estudio y la investigación psicoanalíticas podemos aprender a contar hasta tres en vez de caer rendidos ante el malestar en la cultura imperante (que las redes multiplican como un mal infinito). 

Ante la caída del Uno (muerte de dios y demás correlatos trascendentes), hemos quedado prendidos de la imposibilidad del Dos y la fantasía correlativa de que haya relación por algún lado; eso genera una serie de violencias y forzamientos innecesarios, frustraciones y reproches inútiles. Por eso insisto: te escribo a vos, pero invoco a muchxs otrxs, y puede ser leído por cualquiera. En principio, dar un paso más y asumir el Tres: la terceridad como posición relativa pero necesaria nos muestra en acto que no hay relación ni proporción entre las palabras, los cuerpos y las cosas; lo que hay son anudamientos entre irreductibles. Por lo cual, cada término es necesario para sostener a los otros: una trama abierta y trenzada sin cierre ni totalización. Plantear la declinación del Nombre del Padre por el lado de los distintos modos de asumir la terceridad, la ley de los anudamientos alternados, implica renunciar a los significantes amos que ordenan el reparto; pero también a la fantasía del Dos autogestivo que necesita siempre de un Otro al cual oponerse (generalmente la ley o el Estado). Una nueva institucionalidad y otra afectividad se abren allí. Para eso necesitamos entender los afectos en su dinámica singular.

El odio es una tristeza ligada a la idea de una causa exterior: odiamos a quienes imaginamos disminuyen o perjudican nuestra potencia de obrar. Es decir, detrás del odio hay alguien que está triste e imagina una causa inadecuada o parcial de su padecimiento. Esto no se puede disolver mágicamente ni voluntariamente, no se troca odio por amor ni tristeza por alegría en un acto mágico o voluntario, y si variaran por una contingencia de poco serviría; el punto de incidencia es pasar de los afectos que se padecen, o sea las pasiones, a los afectos por los cuales se obra, o sea las acciones. El conocimiento adecuado de las causas es una acción, aun si uno se encuentra sentado, acostado o encerrado mirando una pantalla. Ser causa adecuada de lo que nos afecta resulta de percibir clara y distintamente el efecto que se sigue de ella, no de manera confusa o parcial, aunque no se domine en absoluto lo que suceda (accidentes, dones, enfermedades o muerte). El conocimiento de lo singular que activa los afectos, nuestra complexión afectiva, salva del padecimiento (triste o alegre). También es posible ejercitarse en prácticas cotidianas que nos permitan tomar distancia de los afectos para entenderlos.

La mirada desde lo alto, por ejemplo, es un antiguo ejercicio espiritual que Hadot nos muestra era practicado por diversas escuelas de pensamiento en tiempos y lugares distantes. Consiste en imaginar que remontamos vuelo o vemos todo desde una alta cúspide y así podemos apreciar, de a poco, la pequeñez de todas nuestras empresas y gestas humanas: el comercio, las guerras, los imperios, las epidemias, etc. Ponernos a escala del universo entero, como cada tanto lo hace algún chiste gráfico, es algo más que la consabida herida narcisista que afectó al geocentrismo: es el golpe de gracia que nos destituye también del fin de la evolución o de la consumación de cualquier forma humana (no solo la consciencia o la significación fálica que sitúa el psicoanálisis), como ejercicio concreto a recomenzar incesantemente. Eso también atempera la tristeza que nos ocasiona la repetición insensata de todos los males y violencias históricas a los que nos sometemos por ser humanos, demasiado humanos, y paradójicamente genera un afecto de alegría por comprendernos como parte de lo que nos excede ampliamente. Nos da una certeza indubitable: por más duro que sea, esto también pasará.

Por último, quería contarte algunas charlas que he tenido con mi hija, de quien aprendo mucho sobre lo que nos afecta y cómo escribir. Camila (6) vio la Ética de Spinoza sobre la mesa y me preguntó qué significaba esa palabra, cuando le expliqué que se refería al modo de comportarse, de entender las cosas que nos afectan, se acordó que le había dicho de hacer un “Emocionario” (diccionario de emociones), porque el que ella tenía era bastante flojo y estereotipado. Le pregunté cuál quería que fuese la primera palabra, el primer afecto, si empezábamos por la A o por el que a ella más le gustara. Me dijo que la primera palabra fuera: Ternura. Un afecto que la define, sin dudas. En otra oportunidad, escribió lo que había soñado y me insistió que quería acordarse de cuándo lo había soñado, le dije que anotar la fecha era infalible para eso. Ella escribe seguido: cuando ve una receta por televisión; cuando escucha un nombre raro en los dibujos animados; cuando quiere acordarse de una canción que le gusta; cuando quiere expresar un sentimiento, etc. Tiene muchas libretitas y cuadernos donde deja sus notas. La escritura es parte natural de todo lo que va haciendo. Escribe y dibuja. Lucha y canta. Dice que cantar es su pasión. Y tiene una voz muy dulce. Pero lo que más me sorprende es cómo piensa. Una vez me dijo: “Pienso en alguien que a su vez está pensando en alguien que está pensando en alguien, y así al infinito”. Es como si escribiera, dibujara, luchara y cantara al mismo tiempo. A veces no cuento más porque temo que me digan exagerado, que no entiendan, o piensen que es la regla general: “todo padre…”, etc. No podría ser padre, mucho menos todo, lo poco que he ido siendo ha sido gracias al arte de escuchar y escribir, también en torno a esa potencia que emerge y lleva el nombre de Camila. Antes casi nada, ahora no-todo: el cuidado de ser quien cuida y es parte de lo que sucede. Nada más.

Roque Farrán


Roque Farrán.

Nació en Córdoba en 1977. Publicó los libros Badiou y Lacan: el anudamiento del sujeto (Prometeo, 2014), Nodal. Método, estado, sujeto (La cebra/Palinodia, 2016), Nodaléctica. Un ejercicio de pensamiento materialista (La cebra, 2018), El uso de los saberes. Filosofía, psicoanálisis, política (Borde perdido, 2018; El diván negro, 2020), Leer, meditar, escribir. La práctica de la filosofía en pandemia (La cebra, 2020), Escribir, escuchar, transmitir. La práctica de la filosofía en pandemia y después (Doble Ciencia, 2020), La razón de los afectos. Populismo, feminismo, psicoanálisis (Prometeo, 2020); editó junto a E. Biset Ontologías política (Imago mundi, 2011), Teoría política. Perspectivas actuales en Argentina (Teseo, 2016), Estado. Perspectivas posfundacionales (Prometeo, 2017), Métodos. Aproximaciones a un campo problemático (Prometeo, 2018). Es Investigador Adjunto del Conicet, Doctor en filosofía y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de Córdoba, fue miembro del Comité Editorial de la Revistas Nombres, y lo es actualmente de Diferencias y Litura. Es miembro investigador del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-Conicet) y dirige el grupo de Pensamiento Materialista en dicho Programa.

Un comentario en “El malestar en la cyberlización. Intercambio postal 12. Por Roque Farrán.

  1. Estimado Roque, creo que sólo se machaca la herida que se es al tener que ser algo sólido para alguien, como cuando se ejerce la función de padre/madre/cuidador/educador de alguien, puesto que del otro lado ellos son, invariablemente, ese pequeño otro que nos reduce a eso de lo cual precariamente huímos: ideología, carme y afecto, escisión de todos los intentos de ser. Horror y maravilla. La nada que somos y nuestro semblante que tambalea. Quizás entonces, ante ese abismo, nos quede el encanto de perseguir la voz, en tanto deflagradora del deseo de lenguaje, en tanto anudamiento afectivo de lo que nos sucede, en tanto ética que nos excede, en tanto torción no semántica del camino de una verdad. Una voz que pueda hacer resonar la intimidad histérico-convulsiva de cuerpos desmembrados.

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