¿POR QUÉ INNOMBRABLE? Por Graciela Leone.

Cuidado editorial, Patricia Martínez.

Pintura: Ahujas-Janas, de Nicolas Ravetti.


El psicoanalista espera… Que se diga. Que la voz rompa el silencio. Que en lo que se escucha de lo que se dice el sujeto pase como efecto; dividido por el significante y partido por el objeto a, la voz. Ese algo que es corte, en el mismo acto de decir. Que escapa de las palabras y del silencio. Es un resto y como tal resiste a la significación. Por lo tanto, para eso que resta, no podría haber nombre para decirlo. Por eso mismo se lo escribe: a.

Beckett hace eso: escribe -el innombrable-, restando la significación al mínimo para que se escuche lo que no se dice.

¿Habrá leído Lacan “El innombrable”? Novela de Samuel Beckett  -año 1953-, la última de una trilogía que pertenece al tiempo histórico posterior a los horrores de los años de la  Segunda Guerra Mundial.

Beckett se interroga  acerca de si existe  algo llamado existencia hasta situar que lo que importa es la posibilidad de que el hombre “diga”, aún en las peores condiciones imaginables en que su vida transcurra. Lo que implica que esos decires  serán  dentro de un tiempo.  “Existo y sobrevivo a mi manera”, afirman todos sus personajes .  Sobre todo anhelan el silencio para llegar a decir .Un silencio discontinuo,  que fluya en las palabras; como el arroyo fluye en el río, que fluye en el mar, que fluye en el océano.  A la vez saben que “en el silencio no se sabe”, lo que parece constituir el punto de máxima tensión que afrontan.

En “El innombrable”, de modo análogo a la búsqueda desesperada por llegar a decir, las habituales reglas de la narración con las que se produce un texto canónico se desvanecen, con la misma contundencia con que se desprovee al personaje del anhelo de llegar a una meta, de alcanzar algún éxito o algún sitio apto para su deleite.Con obstinación insiste en hacer que su personaje persevere en su ser, y del mismo modo lo hace proceder por “automutilación” pieza por pieza, palmo a palmo, de cada atributo que fue probando para que el innombrable guardara alguna consistencia. Ni tan sólo un nombre. Sólo se trata del “que se diga” que no quede olvidado detrás de lo que se dice en lo que se oye. Modo audaz que se capta en el filo de la escritura del autor. Parece empujar al lector a que no ceda, que aguante a ese personaje tan desprovisto porque si así no lo hiciere podría acabar, el lector mismo,”tapándole la boca al sujeto” cuando la insistencia del autor parece ir en el sentido de transmitir la pregunta fundamental: ¿por qué innombrable?

Retomo mi pregunta:¿ habrá leído Lacan “El innombrable” de Beckett publicada en 1953? Ambos han sido hombres nacidos a principios del S.XX que desarrollaron su genuina obra en territorios diversos, legítimamente acuciados por los acontecimientos y el discurso imperante en su época. Y resulta que, en 1954/55 en el marco de su Seminario “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Lacan señala, adentrándose en el estudio del sueño de la inyección de Irma (Freud soñó este sueño la noche entre el 23 y el 24 de julio de 1895. Acerca de él dijo que fue el sueño con el que se le reveló el secreto de los sueños) que lo que se emplaza ahí es una inmixión de sujetos, que hay ahí algo que, estrictamente hablando, es lo innombrable.  Más tarde, retomará la cuestión en Saint Anne, en su Seminario …Ou pire . El saber del psicoanalista.

En 1966 Lacan escribe, busca, Del sujeto por fin cuestionado, su sitio. Advierte a los psicoanalistas y se cuenta entre ellos, que si acaso pretendiéramos hacer hablar al sujeto sin cuestionar de qué sujeto se trata, sería “como ahogar al pez en la operación de su pesca”…interesante metáfora: al sujeto, pues hay que “pescarlo”. 

Beckett hace palpitar en su novela de modo acuciante las preguntas que desesperan a su personaje. Busca hacerle un sitio apto para alojarlo. Lo conmina, de prisa, para que diga ¿Dónde ahora?. ¿Cuándo ahora?. ¿Quién ahora? La voz; ella sale de mí, clama contra mis paredes, no es la mía, no puedo evitar que me desgarre. “Podríamos precipitarnos a taparle la boca, cuando de lo que se trata, en psicoanálisis es de interrogar su Saber y la Verdad que dicho saber desliza”, agrega Lacan.

Se trata entonces de la misma búsqueda. En territorios diversos, prácticas diversas pero manipulando la misma materia: la presencia rotunda del lenguaje en los seres hablantes: función y campo de la palabra, la función de corte en el discurso y entre ellos el más fuerte, el que forma una barra entre significado y significante, esa barra cuyo destino es caer sobre el sujeto desde entonces dividido por el significante. Corte de la cadena, “el único que verifica la estructura del sujeto como discontinuidad en lo real” (Lacan – Subversión del sujeto). Corte que prevalece asimismo en el objeto por el cual él es partido, en su surgimiento. Cada vez. Siempre. Ahora.  Como dice de sí propio el innombrable: cada vez, siempre, ahora…”voy a terminar, ya es el fin, el fin que empieza, que no será un fin, ¿qué es?, un agujerito, se baja por él…se espera, me olvidaron, si, no, se llama, me llaman, salgo, ¿qué es? un agujerito” Un agujerito por el que el sujeto pasa su cabeza y sólo pasándola ese agujerito es hecho. 

También en el 66, en Televisión, Lacan dice “El deseo es la pasión del significante, es decir, el efecto del significante en el animal al que signa, y en el cual la práctica del lenguaje hace surgir un sujeto, no solamente descentrado (respecto del significante)…(el innombrable dice “solamente una llamada para que quiera estar nuevamente allí de donde fui expulsado”)… sino condenado a sostenerse tan sólo con  un significante que se repite, es decir, a sostenerse dividido”.

Dividido sí, y partido por el objeto, entre su saber y la verdad.

La voz…Se opera una “separtición”: la voz migra de lo orgánico y se incorpora como vacío en el cuerpo del lenguaje. Operación fundamental que está en relación a la causa. Sitio que prepara el lugar para el objeto a, disponible para su instrumentación en la economía libidinal,  participando de esa otra sensibilidad a la que llamamos sujeto en relación al orden del deseo. El a corte, la voz, que es entre todos, el objeto más próximo a la estructura del sujeto, es corte en el lenguaje. Eso ya está poetizado. Corte que en el discurso quiere decir que la palabra está en función, es lo único que nos permite “pescar” al sujeto en su estructura de discontinuidad en lo real. Por ello, al sujeto no se le habla. Ello habla de él.

“Ellos” dice el innombrable. En el nivel del enunciado “ellos” son los humanos que parlotean. En el nivel de la enunciación “ellos” es un enjambre de los significantes. Todos amontonados. Es el parloteo de los condenados al silencio. “Ellos” piden al innombrable, al sujeto, que éste les diga quiénes son. El sujeto no sabe, “ellos” enjambrados tampoco. Ahí el sentido está coagulado, es repetitivo, contaminado por la significación. Es el tesoro de los significantes, el Gran Otro Oracular. Es ruido ensordecedor.

Lo que el innombrable más anhela es el silencio que es obra del significante llamando a la puerta del silencio para que responda el sonido. “ Tras un período de silencio inmaculado se oyó un grito ¿por qué hablar de grito? se pregunta el innombrable; tal vez sea una cosa que se rompe, dos cosas que entrechocan”.

 El sonido espera al fonema. Así el lenguaje se amplía.  Es interesante algo que funciona a nivel  de la fonación: una abertura, como una amplitud  que los órganos articulatorios dejan, al paso del aire, cuando se emite un sonido, siendo entonces esa amplitud una cualidad que recibe el sonido. Podemos decir resonancia. Se podría considerar una homología entre lo que sucede en el nivel de lo orgánico con lo que sucede en el discurso cuando de lo que se trata es de posibilitar un paso (de aire), un paso (del sujeto). Precisando: el paso de la barra, que es el sujeto mismo, en el discurso,  ante todo porque opera el vacío incorporado en el cuerpo del lenguaje.

¡Y sucede!  Es por contingencia, lo que quiere decir que bien podría no haber sucedido. En el nivel de la narración se produce una disrupción, un cambio sorpresivo en el tono, en el color, en la luminosidad del texto que des-coincide rotundamente con la monotonía previa y posterior reproduciendo un mismo circuito hasta el tedio, el mismo esquema: el innombrable  se pregunta, asiente algo e inmediatamente desbarata lo dicho, rechaza lo afirmado. En esa disrupción pasa un vocablo nuevo. Una palabra que incita, que alude, que toca fuerte, que cambia el rumbo, en dirección a lo más real de un ser hablante, que inventa, se sale del curso de las cosas. Una improvisación, tal como el innombrable pocos párrafos antes había anticipado: “será así, esto terminará así, con gritos desgarradores, con murmullos inarticulados, que a medida que ocurran habrá que inventar, habrá que improvisar”

Como contragolpe del verbo, que es dicho: espíritu…lo más real de ese ser hablante que sí tiene un nombre Samuel Beckett, ha hecho nudo con las hebras de simbólico e imaginario del que está tejido el vocablo dicho. Así la palabra surge nueva, sorprende, toca fuerte al lector que oye lo imposible de decirse. Eso se ha escrito. Y lo que resulta es otro tejido, despojado hasta cierto punto de significación. Un tejido menos pesado, menos abigarrado pero que abriga. Al autor.  También al lector.

Lo que ha pasado ahí es el sujeto barrado, golpeado por el significante y partido por el objeto, la voz rompiendo el silencio.

 El lector oye en lo que lee, con un oído reciente, puntual, efímero, lo que no se dice, lo propiamente innombrable que logra pasar como un relámpago en la escritura.

Que no atañe a la vertiente del dar nombre, que no necesariamente está ligada a la operatoria significante del Nombre del Padre. Antes bien , es un acto de decir en relación , en respuesta, no ya al mandato o imploración del Gran Otro que aplasta, conmina… sino de otra dimensión del Gran Otro que incita, convoca al sujeto a una respuesta, convidando, instando al sujeto para asistir a un acto de palabra. La nominación es cuando el parloteo tejido de imaginario y simbólico “como contragolpe del verbo se anuda a lo real” dice Lacan en el Seminario XXII,  lo que se realiza en la manipulación misma de la palabra, en su valor de acto. La voz queda ligada a la escritura, hace al texto mismo, al significante en tanto tal.

 El psicoanalista en su quehacer, se hace testigo del instante de nominación. Testigo de la novedad, un destello, en los puntos suspensivos de un saber…hablado. Es la barra que pasa impidiendo que saber y verdad se superpongan, es la hiancia imposible de recubrir. Cosa que el psicoanalista tiene que saber. También saber que eso puede sucumbir al olvido. También saber, como dice el innombrable “¿Quién sabe?” no sin cierto sarcasmo desliza que en el fondo del afán de saber lo que hay y no dejará de haber, como una roca que resiste su horadamiento (no obstante horadable), es el deseo de no-saber.

“En el silencio no se sabe”  “Hay que seguir, voy a seguir” dice el innombrable al concluir. 

El psicoanalista espera… que se diga.


Graciela Leone, psicoanalista.

Nicólas Ravetti, nació 23/06/77 en CABA. Vive en San Vicente, Buenos Aires-Argentina.

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