Según la forma de cada mano. Por Helga Fernández.

Pintura de Eduardo Stupía. Cuidado editorial: Gabriela Odena y Patricia Martínez


Te adjunto algunos despojos que la última marea depositó en la playa. Estoy haciendo anotaciones sólo para ti, y espero que me las guardes. No agrego nada como disculpa o explicación: sé que sólo son unas vislumbres, pero de todas estas cosas algo ha salido…” S. Freud, 1897, Carta 64.

Escribo estas líneas a mano, en una libreta que un amigo me obsequió.

No me acuerdo quién, pero alguien dijo que el soporte de la escritura determina lo escrito. Las frases que golpean con contundencia, como el ruido metálico de las letras, se desprenden de la máquina de escribir. Las oraciones, donde el sentido surge de capas y capas de intertexto, alcanzan su punto culmine a partir del medio digital. El trabajo de artesanía con la letra, donde cada palabra se orfebra con las otras, se gesta desde el manuscrito.

En Consejos al médico, Freud escribe que cada una de sus sugerencias, no son preceptos o reglas que deban cumplirse a raja tabla; son herramientas a hacer y a usar según la forma de cada mano. Porque el quehacer del analista, particularmente el que refiere a la construcción de su clínica, también tiene algo de aquello donde la práctica y la técnica son afines a lo que llamamos «artes y oficios».

Por su parte, Lacan, llamándonos artistas de la palabra analítica, nos dice que el significante modela al hombre pero que el hombre también modela los significantes más todavía con sus manos que con su alma.

Así como en el campo del artesanado, la valoración de las limitaciones y virtudes de la mano del artesano dejó de ser considerada por la aparición de los nuevos soportes, lo manual en el psicoanálisis también. Vale detenerse a pensar si la formación otorgada por el maestro o la maestra —no aquellos o aquellas que con gusto encarnan la figura del amo, sino quienes se ven llevados por el deseo de enseñar una menestralía— se presenta como anacrónica respecto de la masividad de la capacitación que exhibe el triunfo de llegada y los méritos de la conclusión, más que el camino de faltas, fallas y carencias por el cual se modela el oficio.

Barba de abejas —una editorial artesanal y taller tipográfico, cuyo editor es Eric Schierloh— recientemente publicó Lo manual en el arte, de Eduardo Stupía. Un fanzine compuesto por fragmentos que relevan la importancia de la mano en el trabajo. Leer estas páginas eriza la sensibilidad con la que escuchar, desde otra ecualización, lo que Freud como un maestro, que sin embargo nunca dejó de ser obrero, nos legó.

Comparto uno de esos textos: una entrevista que Bárbara Wheeler le hizo a una tejedora.

¿Podría mostrarnos cómo hila?

(Comienza a hilar hablando.) Cuando se enseña a hilar, se aprende mucho, porque cuando uno trata de mostrar algo, nunca lo logra. Si se trata de mostrar algunos de esos procedimientos del hilado, por ejemplo, cómo hacer que las madejas se formen parejas —si usted observa atentamente, verá como el hilo va haciéndose cada vez más parejo—; eso sólo se puede mostrar hilando. Uno tiene que estar trabajando y prestando atención a lo que hacen las manos y, al mismo tiempo, seguir hablando. Cuando empecé a hilar y a enseñar hilar, me dí cuenta de que mentía, porque no estaba haciendo lo que decía que estaba haciendo. Uno en realidad no sabe lo que está haciendo aunque casi siempre cree que sabe. La pregunta tiene que ser: ¿qué está pasando en realidad? Yo me escuchaba balbuceando cosas como «pero… veamos… ajá», porque pasaban muchas cosas de las que yo era capaz de describir.

De manera que, para volver a la esencia de lo que está pasando ahora mismo: si se presta atención a la postura de mis manos cuando estoy hilando, hay un triángulo aquí (entre la mano que controla el movimiento del hilo y la madeja de hilo que va formándose). Es aquí donde tiene lugar lo que se llama hilado, y donde estas fuerzas, en las que estoy muy interesada, operan. Aquí el hilado se concentra en el hilo mismo, lo cual hace que no se deshaga. Si estuviera más cerca de mi mano, se desharía. Estoy prestando mucha atención a esta postura, no tanto con la vista sino con la sensibilidad del tacto. Si me observan cuando estoy hilando, verán que hago muchas cosas en esta postura. Mi mano tiene muchos movimientos posibles, siempre trabajando, que responden a cómo sientan la tensión en el tiraje de la lana. Ahora estoy controlando cómo las fibras se acomodan en ese triángulo con el pulgar. Puedo incluso mover la mano alrededor de él de muchas maneras. Tiene que sentirse claramente que el triángulo está bien conformado y ajustado, y permitir que ingrese la cantidad justa de fibras en el hilado. Mi mano está continuamente en acción. Las fuerzas están comprometidas en ese lugar, exactamente allí; hay una fuerza que no surge sino cuando se tira hacia afuera en contra del tirar hacia adentro, que es lo que hace la rueca. (…) Esa fuerza está allí, pero sólo cuando se tira hacia atrás, ejerciendo resistencia. Es el momento del encuentro de esas fuerzas, y se produce esa torsión, que hace que ingrese más fibra, en forma espiral.

Pero las dos fuerzas tienen que surgir y encontrarse a través de su mano. Si no estuviese su mano no se encontrarían.

Exactamente.

Queridos co-legos, ¿en las palabras de esta maestra tejedora, no se dimensiona, punto por punto, el arte y el oficio del analista –al menos dos– acerca del triángulo o, mejor, de la terceridad que es la transferencia: donde tiene lugar un análisis, y donde estas fuerzas que surgen y se encuentran, y en las que el analista está muy interesado, operan?

Cuánto más enseñaríamos y seríamos enseñados acerca de la función del no-saber si, pese a la identidad entre el modelado del significante en el labrado de un agujero, admitiéramos que persiste una inadecuación de lo simbólico con lo real por lo que no podemos más que “mentir” al procurar decir qué hacemos en la experiencia del análisis, cuando hacemos.


Helga Fernández. Psicoanalista. Ejerce la práctica hace 23 años. Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Directora editoral y columnista de Revista En el Margen. Coeditora de Archivida, libros que escuchan. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de Convergencia. Formó parte de la Escuela Freudiana de la Argentina durante 20 años, hasta 2020 como A.M.E. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As 2016; La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007; Feminismos, de Leticia Martín y otras. Letras del Sur, 2017, y, Acuerdo en el desacuerdo. Qeja, 2019. Identificación, nombre propio y síntoma: Una lectura del seminario IX. Ediciones Kliné, 2020. Ser sin orillas. Ensayo sobre Ofelia, de M. Trigo y AAVV. En el margen, 2020. Autora de para un psicoanálisis profano. Archivida, 2020. Y, próximamente publica, por Archivida, Escrituras clínicas, junto con Victoria Larrosa, Horacio Medina y Fernando MontañezEscribió artículos en diferentes revistas: LALANGUE; Lapsus Calami; N-1; La Mosca; En el margen, entre otras.

Eduardo Stupía: Nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, en 1951. Es artista plástico y expone local e internacionalmente en muestras grupales e individuales desde 1973. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano de Buenos Aires, y desde 1984 ejerce la docencia en artes plásticas.

Eric Schierloh. Nació en La Plata (Buenos Aires, Argentina) en 1981. Es escritor, traductor y editor. Desde 2010 dirige la editorial artesanal & taller tipográfico Barba de Abejas. Dicta regularmente el Taller (itinerante/virtual) de Edición Artesanal.

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