Potencia de la dulzura, de Anne Dufourmantelle. Por Helga Fernández

Foto de Francesca Woodman

Cuidado editorial, Gabriela Odena, Patricia Martínez, Gerónimo Daffonchio y Ricardo Pereyra

Asistir a la traducción1 de un libro trae consigo  la afección de lo inaugural. Cuando una existencia de lenguaje adviene al cuerpo de otra lengua de la que partió, la reencarnación se hace cierta y con ella, también, la certidumbre de que los buenos textos tienen alma. 

Estoy hablando, en particular, de Potencia de la dulzura, traducido del francés al castellano por Maricarmen Rodriguez, donde Anne Dufourmantelle tiene la osadía de bordear la dulzura como concepto. Una clase de concepto que no pretende la síntesis ni la totalidad, sino que toca lo real. Y lo hace de tal forma que ningún lector que se adentre en la aventura libidinal permanecerá indiferente ante el prodigio.

En este recorrido, la autora está advertida de que no se puede hacer de un concepto, y mucho menos con éste, lo que se quiera. Porque la dulzura posee una tenacidad que le es propia y una autonomía que desafía los propósitos de cualquier esfuerzo.

Al no producir un concepto sino al dejar que se haga en ella, Anne revela que la magnitud con la que trata no es un ente abstracto, es una bestia que acariciamos si, cuando llega, estamos dispuestos a recibirla. 

Hay mucho por decir de este trabajo, pero me restrinjo a tomar eso que sería el rasgo de una “pulsión de dulzura” –que no estaría solamente afectado a la conservación de sí, sino también a la relación2 porque en este sintagma encuentro una modulación de lo que Freud llamó intrincación pulsional.

Ante la expresión pulsión de dulzura y otras afirmaciones equivalentes del texto de Dufourmantelle, podriamos vernos llevados a adicionar la dulzura al listado de pulsiones: oral, anal, escópica, invocante, …  Acto seguido, la dulzura tendría el derecho de reclamar para sí una fuente y un objeto. Pero, para entrar en lo que trata este libro, no hace falta acopiar pulsiones sino reconocer que ésta no conlleva ni fuente ni objeto, particulares. Sí el compromiso de al menos una zona erógena y el deseo mismo como objeto. 

No hay dulzura sin orificios. Y, no hay dulzura sin falta. 

La pulsión de destrucción se descubre más en la desligadura pulsional que en la pulsión de muerte. Dado que las personas que nos dedicamos al psicoanálisis, tenemos que redefinir nuestros diccionarios cada vez que hablamos, tengo que aclarar que nombro como pulsión de destrucción eso que a veces es llamado pulsión de muerte. El anteúltimo capítulo de El Yo y el Ello, «Die beiden triebarten«, puede traducirse como Los dos tipos de pulsión, pero –respetando el dual con el que no cuenta el castellano, la marca del singular del sustantivo y dándole otro sesgo a la polisemia del alemán Art— también podría traducirse como Ambos modos de la pulsión. Siguiendo éste último camino, pulsión de vida y pulsión de muerte no serían dos tipos de pulsión sino dos modos de la misma. Lo que haría prevalecer los efectos de la intrincación/desintrincación pulsional al costo de borrar el dualismo y la ambivalencia pulsional; incluso, porque, intrincación mediante, ésta auspiciaría más como síntesis o armonía que como sinergia de opuestos. Por lo que, con el fin de no excluir el dualismo ni la orientación clínica que otorga la desintrincación/intrincación pulsional, parece preferible hablar de pulsión de destrucción cuando ésta es correlativa de la desligadura, y de pulsión de muerte cuando ésta otra, por el contrario, permanece ligada a la pulsión de vida. También parece preferible hacerlo de esta forma porque la distinción de los nombres no reduce la pulsión de muerte al mal y la pulsión de vida al bien. 

Si como clínicos estamos advertidos de la solidaridad entre la creación y la destrucción, de la necesidad de un quantum de agresión para existir y de los efectos, también mortíferos, de la pulsión de vida cuando prolifera sin corte, ¿cómo no dar lugar a tal discernimiento y a las vicisitudes que trae (suicidio, masoquismo primordial, reacción terapéutica negativa, compulsión a la repetición, guerra, aniquilación)?

La acción conjugada y contraria de Eros y pulsión de muerte nos da, a nuestro juicio, el cuadro de la vida3. Pero cualquier marco de existencia posible se ve truncado, no sólo por la influencia de la pulsión de muerte transformada en pulsión de destrucción, también, cuando Eros detenta una economía de equilibrio donde la vida, más que despertar, adormece. Por esto, tal vez, igualmente convendría llamar pulsión de destrucción a la pulsión de vida desligada de la pulsión de muerte, dado que bajo esta modalidad pulsa por deshacerse del conflicto, de la inquietud, del azoro. Manteniéndonos tan impávidos como estúpidos.

Pero una vez acordados los términos, aunque sea provisoriamente, surge otra cuestión. Proponer que pulsión de vida y pulsión de muerte no pulsan hacia el principio de placer y a su más allá, respectivamente y de suyo, sino a un oxímoron que no hace síntesis ni armonía, lleva a que nos interroguemos por el enlace y su báscula. 

¿Qué obra la mezcla? ¿Qué propende hacia el cónclave de opuestos? ¿Cuál es el topos de esta zona liminal? ¿Qué aquí del acontecimiento y del proceso?¿De dónde, de qué o de quiénes proviene la fuerza de ligadura?

En Potencia de la dulzura hallamos una articulación sensible de este enigma, sin que el mismo pierda su condición de tal. Una articulación que, gracias al tono con que está escrita, facilita una escucha de la cuestión menos dura y, entonces, menos proclive a la indolencia. Y aunque Dufourmantelle nunca pronuncia la palabra intrincación –sí desligadura–, produce variaciones que hacen tan estentórea su elisión como resonante su metonimia. Lean si no: Estremecedora, pacificadora, peligrosa, aparece en el borde. Del otro lado, una vez franqueado el umbral. Vacío, pleno, espacio, tiempo, cielo, tierra: ella hace efracción entre los signos, entre la vida y la muerte, entre el origen y el fin. Irreductible a los registros de los sentimientos colindantes: benevolencia, protección, compasión. Es fronteriza porque ella misma ofrece un pasaje. Al difundirse, altera. Al prodigarse, metamorfosea. Abre en el tiempo una cualidad de presencia en el mundo sensible4.

La dulzura, en este sentido, tampoco es buena ni mala. Ni un signo de lo civilizado como lo opuesto a lo bárbaro. Menos aún, la puerilidad de lo amable. La dulzura es una magnitud que incluye a su contrario, la crueldad, y que se halla también en lo que en lo ambiguo y balbuceante.

Anne abre y expande la polisemia de la dulzura, y, así, las formas en que la ligadura pulsional practica su saber-hacer.

Misericordia. En la indefensión, acción específica. Complejización ante la descomplejización psíquica. Investidura sobre el marasmo de la desinvestidura objetal. Concordia frente a las fuerzas demoníacas. Transferencia. Progreso en la espiritualidad. Condescendencia del goce al deseo. Movimiento que troca odio por amor. Sublimación. Acogimiento y hospitalidad. Refinamiento del arte y del oficio. Libidinización. Y, escucha analítica. 

La ética del psicoanálisis no obra, no puede obrar sin dulzura.

No hay forma de ser cómplices de la reunión de la pulsión de vida y de la pulsión de muerte, impidiendo que la dulzura componga su lazada. 

La potencia de la dulzura también interviene en el deseo del analista, esa función esencial, no nombrable, sólo articulable por la relación del deseo con el deseo

Este libro5 me conmovió por lo que traté de hacer pasar, pero también porque Anne, una vez que dona la clave de sustitución de la “pulsión de dulzura” por la de ligadura pulsional, advierte: Pero la dulzura no es solo un principio de relación, sea cual fuere la intensidad que la anima. Abre el camino a lo que es más singular en el prójimo. Si la atención de la dulzura, en el sentido en que la entendía Patočka del “cuidado del alma”, señala hacia nuestra responsabilidad de ser humano con el mundo que nos rodea, los seres que lo componen y hasta los pensamientos que en ellos ponemos, también incluye una relación de familiaridad con el animal, con el mineral, con el vegetal, con lo estelar6.

Es que la dulzura, como partícipe del enigma de la vida, no pertenece sólo al género humano. Es una cualidad que atraviesa las especies hasta llegar al reino de lo no viviente. Una cualidad que está en el embrión cuando deviene recién nacido, cuando la crisálida deja que la mariposa eclosione, y cuando una simple piedra deviene la estela de un espacio sagrado en los jardines de Kyoto7

No hay dulzura que no traiga consigo la certeza de que al ser hablante eso que le da vida, lo excede. Se trata de la misma certeza que lleva a los embriólogos, a propósito de los pulmones, a preguntar: ¿cómo “sabe” la célula lo que debe cumplir? Algo que, entre los antiguos, se enunciaba así: ¿en qué momento llega el alma para “dar forma” e insuflar a la materia? Ella, que contempla las formas perfectas, ¿tiene en su memoria ‒prueba de la reminiscencia‒ la idea de la dulzura?8

Las preguntas quedan en suspenso, responderlas haría religión. De todas formas, vale la pena el interrogante: es idéntico al fin, concebir que somos nuestra propia causa. 


1. Esto ocurría a medida que la traductora nos hacía llegar a los editores de Archivida y Nocturna los capítulos traducidos y nosotros los leíamos en singular y en plural. En ese espacio de trabajo, esta lectura se fue hilvanado con Horacio Medina, Victoria Larrosa, Fernanda Restivo, Fernando Montañez, Luciana Grande y Amalia Federik.

2. Dufourmantelle, Anne, Potencia de la dulzura, página 29. Nocturna y Archivida, en coedición. Buenos Aires, 2021.

3. Freud, Sigmund. Presentación autobiográfica (1925 [1924]).

4. Dufourmantelle, Anne. Potencia de la dulzura, página 27. Nocturna y Archivida, en coedición. Buenos Aires, 2021.

5. Un libro que además podría ser considerado un cuaderno que guarda la poción secreta contra la crueldad.

6. Dufourmantelle, Anne. Potencia de la dulzura, página 33. Nocturna y Archivida, en coedición. Buenos Aires, 2021.

7. Dufourmantelle, Anne. Potencia de la dulzura, página 23. Nocturna y Archivida, en coedición. Buenos Aires, 2021.

8. Dufourmantelle, Anne. Potencia de la dulzura, página 41. Nocturna y Archivida, en coedición. Buenos Aires, 2021.


Para acceder al libro pueden escribir a edicionesarchivida@gmail.com o mandar mensaje al Whatsapp +54 9 11 2250 7456


Helga Fernández. Psicoanalista. Ejerce la práctica hace 23 años. Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As 2016; La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007; Feminismos,de Leticia Martín y otras. Letras del Sur, 2017, y, Acuerdo en el desacuerdo. Qeja, 2019. Identificación, nombre propio y síntoma: Una lectura del seminario IX. Ediciones Kliné, 2020. Ser sin orillas. Ensayo sobre Ofelia, de M. Trigo y AAVV. En el margen, 2020. Escrituras Cl{ínicas, junto a V. Larrosa, H. Medina, F. Montañez. Archivida 2021. Autora de para un psicoanálisis profano. Archivida, 2020. Escribió artículos en diferentes revistas: LALANGUE; Lapsus Calami; N-1; La Mosca; En el margen, entre otras. Directora editoral de Revista En el Margen. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de Convergencia. Formó parte de la Escuela Freudiana de la Argentina durante 20 años, hasta 2020 como A.M.E.

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