Presentación de Escrituras Cl{ínicas. Por María Rizzi.

Foto de Santiago Deus.

El 2 de octubre se presentó el libro Escrituras Cl{ínicas, de Helga Fernández, Victoria Larrosa, Horacio Medina y Fernando Montañez, de ediciones Archivida. El siguiente texto corresponde a la presentación por parte de María Rizzi.


Me gusta estar acá pensando que Agro-no-mía guarda un lazo intertextual con “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Sólo que hoy lo escuchamos en la versión de Divididos y las penas, compartidas, versionadas, entramadas, entre todos, se hacen fiesta.

Voces ideales y amadas

de aquellos que murieron,

o de aquellos que han desaparecido para nosotros

como los muertos.

A veces hablan en nuestros sueños;

a veces las escucha nuestro espíritu en el pensamiento…

Si no hay diferencia entre aquello de lo que un libro habla y cómo está hecho, entonces, creo, entre una presentación y el libro que se presenta, tampoco.

Estoy conversando con el libro que es, él mismo, una conversación. Una conversación viajante, transhumante; entre los analistas-escritores/escribientes/escribas/editores y los analistas-asistentes al Seminario que lo hizo germinar.

No puedo mucho más que traer hoy -siguiendo la propuesta de pase de la oralidad- esta conversación con el libro, las autoras, los autores, que me habita y sigue -y seguirá- conversando, mis cavilaciones, mis no-saberes, mis preguntas; sus aseveraciones, sus contradicciones, sus apuestas, sus notas. Y lo que conversamos; y lo que nos hace conversar, no sólo lo que el libro dice sino lo que musita, lo que secreta. En esas conversaciones que acerco, ya perdí la cuenta de qué tomé del libro, qué de las citas del libro, qué anoté al margen. Está en hilos, en hilachas; algunas un poco más tejidas; algunas, tal vez, para poder ser tejidas en este pasaje. 

Cavilo entonces, de arranque: en una praxis que es oral, hablar de escrituras cl{ínicas en la intensión es una toma de posición admirable, una política.

Cavilo, también, que Escrituras Cl{ínicas más que la partitura a varias líneas que sostiene el “coral” es ese aparato extraño que son las grafías de la música electrónica o electroacústica: esas que -según oí por ahí-, Cage vendía como obras pictóricas. Composición con vacío, silencio y sinsentido.

Bajo continuo

Estar en banda: la anfibología de la frase acuna la propuesta de este libro. Es la obsesión que late en cada página, declinada en sus diversas presentaciones, ovillada en cada uno de los temas que encuentran en él su lugar, su desarrollo.

El “vivir solos” que supone una soledad llena de presencias, una singularidad que se cuece en la argamasa de lo colectivo. Un decir, una posición de enunciación que es de cada uno en una máxima soledad que es la máxima habitación del otro; eso que queda cifrado en la maravillosa palabra que es huésped.

“Es la singularidad cualquiera, que no hace valer un lazo social, que declina toda pertenencia, pero que justamente por eso manifiesta su ser común… Ni fusión, ni dialéctica intersubjetiva, ni metafísica de la alteridad, sino distancias, resonancias, síntesis disyuntivas. ¿Cómo sostener un colectivo que preserve la dimensión de la singularidad? … ¿Cómo mantener una disponibilidad que propicie los encuentros, pero que no los imponga, una atención que permita el contacto y preserve la alteridad?”

Late, decía. A veces, se especifica más claramente, como en la propuesta de una communitas que supondría un estar agrupados en torno a nada en particular; y sin un puerto específico al que llegar: una desobra y no una obra. A veces, es sólo el latido del libro que trabaja, ruidoso, que hace de bajo continuo y que es, podría decirse, el asunto del libro.

En el medio de este latido se recortan insistencias; otras obsesiones.

El libro es él mismo un juego de trazas que se van entretejiendo, de vías o de rutas que se cruzan en algunos nudos para seguir sus rumbos y volver a cruzarse de nuevo, en otro nudo y así siguiendo. Hay allí lugares o zonas de reverberación de esas obsesiones que pulsan de consuno y que van alimentando, dando forma, recortando los contornos del sintagma que lo titula. Elijo algunas para puntuar un derrotero posible:

– En primer lugar, los testimonios:

“En la lengua de las almas mi nombre era ‘el vidente’ es decir, el que ve espíritus y está en relación con ellos”

La figura del testimonio -el del delirio, el del torturado- trae el hacer-pasar una verdad y el denunciar un estado de cosas del mundo, de lo in-mundo. El testimonio lo es de una desapropiación, de un “sacarse de encima”. Hace anidar la soledad que trabaja y marca los cuerpos en la escritura; la escritura del cuerpo que se escribe escribiendo.

El testimonio arma la posibilidad de pensar biografías que son heterobiografías con lo que coloca una primera pregunta: ¿quién es el sujeto/agente de la escritura (cl{ínica)? Es lo que escribe y hace pasar tomando el cuerpo (del analista); como un “arribante” que es huésped -ya anotábamos lo notable que es esta palabra- y que enlaza al cuerpo afectado que no puede más que desviar en escritura, volverse la materia que escribe; de otro modo: ser medium, “dejarse interferir”. Una pulsación temporal que sostiene la escritura del acontecimiento, repetido para escribirlo. 

También es un otro, un nosotros, una ficción, un no-yo, un borramiento. Eso que nos mantiene a distancia de exiguo clinamen-mínimo desvío-.

de ser

edad

o dar

de ser

su res

res

ad

ser

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a

no

nada

d

o

de ser

edad

el ser

en 

res

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– En segundo lugar, la transferencia como locus escripturario:

La transferencia aparece como un espacio privilegiado de escrituras entre ¿Quién escribe la transferencia? ¿Quién escribe en transferencia? ¿Qué escribe la transferencia? ¿Cuál es el cuerpo escripturario de la transferencia?

“Todo ser humano, por efecto conjugado de sus disposiciones innatas y de los influjos que recibe en su infancia, adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa… Esto da por resultado un clisé (o también varios) que se repite -es reimpreso- de manera regular en la trayectoria de la vida…, aunque no se mantiene del todo inmutable frente a impresiones recientes”

La transferencia es, especialmente, lugar inédito de edición: inscripciones que pasan a la escritura en la transferencia; letras que se editan, texturas que se alojan. La transferencia da lugar y tiempo “a esa escritura por venir”; la afección compone otra temporalidad: la del tempo pathemático.

Pero entonces la transferencia ¿escribe? ¿edita? Arma polders de escritura en el mar del lenguaje; teje con escritura textura del cuerpo-aparato. 

Un espacio de escritura que no es mito ni logos sino la hiancia entre ellos que abre a un nacimiento y renacimiento de la escritura. En la transferencia nos volvemos supérstites de nosotros mismos; todos somos sobrevivientes del ahogamiento en el lenguaje -o al menos algunos, en fin-.

Se trata de un estar allí sin esperar nada -lo que no quiere decir sin dirección-; de citar de otro modo los lugares comunes.

“La présence de l’analyste est elle-même une manifestation de l’inconscient”

Si la transferencia es esa especial desujeción -paradójica en tanto eso bate, como un parche de tambor en el cuerpo del analista- ¿cómo consideraríamos otra cosa que errática a la presencia del analista en la escrituras cl{ínicas? “Tensión flotante” es la hermosa lectura que nos proponen del clásico par de la regla fundamental.

– En tercero, que del origen sólo el del:

Hay escritura porque hay pérdida. La huella aparece como la borradura de un origen.

Pero también hay escritura a partir de un cuerpo ausente, de una presencia faltante. Escritura es de una ausencia que es llamado a la presencia.

La escritura cobija la fricción entre el cada-vez-original y unas trazas, abarrancamiento del goce del Otro que no cuenta si no hay relevo. No hay nostalgia; o, en tal caso, hay nostalgia de que no haya ningún lugar al que volver, porque no hay más origen que mítico. Las escrituras cl{ínicas son esa nostalgia que se escribe porque no hay comienzo si se puede “hacer pasar el decir que escribe la ausencia última de garantía”.

“De hecho, lo que yo pretendo alcanzar en mi trabajo es la manera en que me es dada de nuevo la infancia. Todo el trabajo de escribir se hace siempre en relación con algo que ya no existe, que puede fijarse en la escritura, como una huella, pero que ha desaparecido”

Una escritura que vale por sí misma: no representa nada; es siendo. Ella misma es sin origen, por lo que no busca un origen sino que es un origen que se coloca toda vez que la transliteración lee con escritura y deja caer la letra.

Una escritura así, desentendida del comienzo, busca desabrochar el enlace significante-significado que la metáfora paterna fija, desfalicizar como apertura a un lugar incógnito. Percute sobre sobre la palabra. Parte del semblante y lo horada, escribiendo un en-más que no hacía falta que.

L’himen: algo que se desgarra amorosamente y que deja una marca irrestañable. Algo pasa en un pasaje con rito; la escritura es de ese umbral.

Esas son algunas de las iteraciones. Vayamos al sintagma:

Escrituras cl{ínicas no se trata de un género en especial sino de la clínica como lo que escribe en la afección del analista, la transferencia. Y que sólo en ese caso vale la pena ser transmitido en un entre-tejido cuando la escritura se vuelve urgente; un hacer-pasar. Habría que inventar un neologismo, en tanto que la propuesta es una escritura soldada a la clínica dado que la escritura “completa” el gesto de la clínica y la escucha escribe: ¿una escrucha? Son anagramas entre. Escribe en ese tempo, como un golpe temporal, que es también espacial.

Ella se tira en el diván. Ella que, según dice su papá, no duerme, se tira en el diván y se duerme mientras sentada a su lado canto una nana. Duerme mientras la dibujo durmiendo y canto la nana, una de esas que me transmitieron, que viene de tiempos más lejanos que los panes y los peces. No es la primera vez que esto sucede; ya se ha dormido y ya la he dibujado durmiendo. Pero esta vez el dibujo pide ser sostenido con el canto; todo el tiempo que que ella duerme, canto. Y en ese cantar-le la voz se va acomodando, va haciendo-me cuerpo, la va acunando y acompasando los trazos del dibujo que se vuelven otra superficie continua con el cuerpo que canta y el cuerpo que duerme. Canto hasta el final, con la voz acomodada, cantando “en serio”, hasta que la despierto cantando y le muestro el dibujo en el que la dibujé durmiendo, cantando. Entonces después ella, que a sus recientes 7 años no sabe cómo hacer con las voces que, alucinadas, la invaden, empieza a cantar, a veces; a veces, a decir que le dan miedo los ruidos fuertes.

El sintagma aloja la equivocación como una petición de principio: no es escrituras clínicas sino escrituras cl{ínicas. Y porque aloja la equivocación dice un modo de concebir la escucha: no sólo la clínica de las formaciones de lo inconsciente sino la de la una-equivocación; juguetona de la materialidad. La equivocación es una llave, un signo. Una escritura que hormiguea en el lenguaje por los bordes de la palabra. Ya vé: la llave ya la llevé, humoreaba un amigo llevándose la llave de mi casa, que cuidaría en las vacaciones. La vé; o la Y o la V. La llave es un guiño para abrir las puertas del lenguaje y salir a jugar. De golpe, cada palabra se vuelve un caleidoscopio.

Escrituras cl{ínicas son la escucha abandonada a resonar con la materia lenguajera “en ebullición”: cura, curaduría, cuidado.

“… la escritura en alta voz no es fonológica sino fonética, su objetivo no es la claridad de los mensajes, el teatro de las emociones; lo que busca (en una perspectiva de goce) son los incidentes pulsionales, el lenguaje tapizado de piel, un texto donde se pudiese escuchar el tono de la garganta, la oxidación de las consonantes, la voluptuosidad de las vocales, toda una estereofonía de la carne profunda: la articulación del cuerpo, de la lengua, no la del sentido”

La { de escrituras cl{ínicas ¿intentará introducir esa marca, ese signo que queda afuera del escrito y que trata de capturar al vuelo, por un instante, ese batir de trazas materiales que se convierten en otra cosa por la escrituras con las que se leen y que al mismo tiempo secretan otras trazas para seguir la rueda? ¿Será por eso que las escrituras cl{ínicas siempre son no sólo escritas desde un lugar outside sino que son, ellas mismas, el margen? Una letra preliteraria que es la marca de lo otro en nosotros; pero no de un lo otro que está por fuera sino un lo otro que es también lo otro de nosotros mismos. Hay posición outsider porque el deseo no se deja subsumir a la demanda y porque el goce no es sólo el del sentido -SI- ni el fálico -RS-: las escrituras cl{ínicas son las que hacen convocatoria del cuerpo como sustancia gozante.

Entonces, no hay por fuera de sino un afuera-en-el-lenguaje; lo otro dentro del lenguaje. Una geología del devenir, donde la materialidad es mapa.

“Nos pusimos a trazar, nuestras manos siguiendo paso a paso lo que nuestros ojos veían, nuestros ojos… lo que nuestra mirada era capaz de ver, de captar, de traernos. Y aquí tenemos los trayectos de aquel pibe en el curso de un día de septiembre de 1967”

“… mundo y espacio… prolijamente adornados con jeroglíficos e ideogramas cada uno de los cuales podría ser un signo y no serlo: una concreción calcárea en el basalto, una cresta levantada por el viento en la arena coagulada del desierto, la disposición de los ojos en las plumas del pavo real, las estrías del fuego en una pared de roca… la acanaladura un poco oblicua de la cornisa del frontón de un mausoleo… , el palo mal entintado de la letra R que en un ejemplar de un periódico de la tarde se topaba con una paja filamentosa del papel…, una frenada en el asfalto, un cromosoma”

Allí quedamos tomados, obreros del lenguaje, poniendo a hablar a la materialidad misma, preparando los materiales.

Esa escritura tiene valor de inmanencia: no le debe nada a nadie, no es deudora.

En este collage, la letra aparece como el “operador lógico” de las escrituras cl{ínicas. Una lectura no-a-la-letra que quita al significante enlace con su referente: del sonido al sentido a la letra que se recorta. La letra decanta del horadamiento del semblante (“constricción de hecho”: OuLiPo). Se trata de “decir de otro modo por no poder decirlo todo”. La letra cae en el desborde de la lectura; no se anticipa, no se espera; secreta restos de voz. La letra es la herida del discurso, lo que cae de la travesía del dolor, lo que es escritura de las hilachas de lo visto y lo oído. Lo que queda de la irrupción, hipernítido. Está condenada a lo fragmentario y es del orden de lo urgente. Letra que cae como escrituras después de haberse gastado el sentido, de haber oído de través, de haber hecho sonar entre-lenguas.

Las escrituras cl{ínicas se hacen superficie en la que escriben los ecos de voces estalladas: esquirlas, fragmentos de voz que, sin origen ni fuente, flamean hacia la escritura. Las escrituras cl{ínicas son siempre fragmentos porque escribir una historia completa supondría erigir un origen. Son citas musicales: con un tono, un timbre, una dicción; hacen bajada material al fluir del sentido. Oír colores, olores, temperaturas. Piso material sobre el que se recortan, como intertextos la historiola, las FFII.

Hay escrituras cl{ínicas por la tensión entre el decir y el dicho, porque no toda escritura pasa al escrito, porque la letra y el significante no se subsumen una al otro. Y porque de esa fisura irrestañable que soporta la no relación no puede decirse pero sí puede escribirse. Incluso que porque se escribe algo hay de relación.

La escritura crea la superficie de escritura – la escritura encuentra la resistencia. Encuentro de materiales que logran misturarse de un modo ocasional, episódico, azaroso: las escrituras cl{ínicas nacen en ese entre hecho de sensualidad material y crea materia, en un gesto de ir cada uno hacia el otro. Aparatoparaescribir.

Escribir sin red: como salto al abismo, como acto. Cuerpo escribiente; lo que escribe en el decir analizante. Escribir como “verbo intransitivo” que escribe escrituras. Lenguagujerea una invención que “exuda, excreta, excribe”. Hay escripturalidad; finalmente, todo texto es transgénero.

Escribir como disparate. Hace advenir una verdad a un mundo que cree tenerlas todas; descompleta, hace una contra-teleología. Las escrituras cl{ínicas son un estar-llegando sin Ítaca ninguna a la que arribar.

Escrituras cl{ínicas es con Cartas de Navegación, Curandería y Para un psicoanálisis profano.

Los temas insisten pero sólo se resuelven escribiendo en esta forma de la soledad habitada. 

Es la cuerda que hacía falta para anudar los otros tres. Hace de 4º.

Es del orden del encuentro o de la epifanía. Hace pasar y pone a escribir. 

El sintagma es una invención. Escrituras cl{ínicas va disolviendo lo dicho y abriendo a la selva espesa del decir. Que eso se vuelva sintagma quiere decir que se anudan elementos que “no estaban anudados antes del acto” y que se vuelven indisolubles en la materia del libro. Pero a condición de haber soportado el pasaje por la disonancia del encuentro, por el entre-lenguas que hace peso de lo foráneo de uno mismo, por la borradura del contorno, por el andar en la frontera, huéspedes de las voces.

Y con su rumor por un instante retornan

ecos de la primera poesía de la vida nuestra

como una música, en la noche, lejana, que se apaga

Este poema es “Voces”, de Konstantinos Kavafis.

“Nada”, de Horacio Basterra y José Dames. Versión bossa-nova, en portugués, de Caetano Veloso. Interpretado por Gustavo Braga.


Para adquirir el libro escribir a edicionesarchivida@gmail.com


Maria Rizzi. María Rizzi / Psicoanalista. Miembro de Mayéutica-Institución Psicoanalítica. Docente UMSA y UBA. Supervisora CENTES 2 y 3. Ex concurrente, tallerista y supervisora del Hospital de día infantil “La Cigarra”, C.S.M Nº 1 “H. Rosarios”. En el mismo C.S.M., instructora de concurrentes y tallerista del Hospital de día de adultos. Ex supervisora de equipos de niños y adolescentes del C.S.M. Nº 3 “Dr. A. Ameghino”, Htal. de emergencias psiquiátricas “T. de Alvear”, Fundación Buenos Aires y Fundación Tiempo.

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