Presentación de “Potencia de la dulzura”. Por Fernanda Restivo.

Foto de Ariadna Mierez.


El 18 de septiembre de 2021, se presentó Potencia de la dulzura, de Anne Dufourmantelle, coeditado por Nocturna y Archivida. El siguiente texto, de Fernanda Restivo, corresponde a la presentación que tuvo lugar ese día.


Creo que una línea de lo que vengo encontrando en la escritura de Anne Dufourmantelle es un imaginario que permite hacer sensible el concepto. No vaciar al concepto de erótica es una invitación a que cada quien ponga en juego lo auténtico, eso que vibra en su cuerpo en el sentido de cómo le llega. Me parece que toda teoría está hecha del supuesto de alguien, del lugar donde se coloca alguien cuando avanza en esa búsqueda de la verdad del saber. Anne invita, porque ella lo hace, ella misma, con su experiencia sensible, con el relato. Esto implica no vaciarlo de la mirada, es decir, de la luz, de la composición de una imagen, o de la colocación de una voz. En este libro Anne nos despliega su mirada, su punto de vista con el que lleva a cabo la práctica psicoanalítica. Una mirada que intentaré interpretar, traducir.

¿Cómo se puede hacer en un análisis para que se produzca esa metamorfosis sutil, invisible de lo que no tiene imagen? 

Si a eso que nunca ha nacido, lo pensamos en la lengua como una elisión y entonces como lo incapturable ¿cómo hacemos vibrar esa presencia de una ausencia? ¿Cómo se presenta esa ausencia? ¿Cómo se vuelve presente y se la vive en el presente continuo, es decir, en lo que está pasando? Un hecho! Hay memoria de la repetición o también podemos decir: lengua recursiva que se muerde a sí misma. Hay memoria de la rememoración, memoria del olvido radical, y hay otra memoria, que es memoria de la reminiscencia: que la podemos decir: un reflejo de ese momento inaprehensible en que la ausencia es presencia y la presencia ausencia. Son Formas inmemoriales como la magdalena mojada de Marcel Proust en el fondo de su paladar, o como la forma en la que choca la lengua con nuestro cuerpo.

¿Por qué será que la reminiscencia llega en presencia de la dulzura? (que es una afirmación de éste libro)

Anne se pregunta: ¿cómo hacer oír la falta de la dulzura en la existencia, la memoria, la fragilidad de los seres?

En esos días en que te sentís cansada de estar cansada, decidí hacerme lentes de sol con la graduación de astigmatismo que tengo recetada. Un sábado a la mañana estaba caminando y vi una Óptica. Pensé “Voy a entrar”. Entro, me pruebo, me miden los anteojos, me dicen que ahora me va a medir la graduación otra persona porque no sé qué cosa no coincidía. Viene un señor mayor, muy mayor, caminando con un tiempo otro -un episodio rítmico, un tiempo implicado. Me senté, y en su bolsillo decía DIRECTOR. Era cerca del mediodía, momento en el que cierran, todos estaban apurados, yéndose, y el señor no. Estaba ahí, no estaba en Cronos. Lo que les voy a contar es el transcurrir mismo. Como dice Anne en Potencia de la dulzura:

“no hay secreto que esté oculto allí desde siempre para ser revelado (eso sucede en los libros de niños) ni caja de pandora por abrir, no más que el puro movimiento de la vida”. 

Bueno, concretamente este señor, lo que hizo fue probarme graduaciones para mejorar mi visión. Ya me había quedado anodadada cuando lo vi aparecer caminando en ese tiempo otro. Me quedé. No se puede vivir una vida digital con una demanda exponencial, con un solo cuerpo no da, no se puede. Entonces la angustia se presenta bajo la forma de cansancio, o mejor dicho, agotamiento.

(La dulzura no es dialéctica, no tiene esa tensión espejeante, más bien es un flujo y un reflujo incesante, como el movimiento de las olas del mar. Como el movimiento de la marea.)

Lo que me pasó cuando estaba con este señor fue que me conmoví, sentí que no tenía por qué estar en tensión. Estaba con un ser humano, de pronto, había aparecido un lugar de descanso. Una cadencia.

(Esta cosa enigmática es la dulzura, como un no aceleramiento, un ritmo suave, una referencia al tiempo que está en la lengua.)

Entonces me di cuenta que el señor y yo estábamos en una burbuja y los otros nos miraban con la desesperación del fastidio por la pérdida de tiempo que les ocasionábamos.

El Director mira. Le digo: creo que nos están apurando. Se sonríe y declara: “Yo podría no venir más a trabajar. Mi mujer me dice: ¿para qué vas? Le contesto: porque me gusta (muy barroca respuesta). Tengo 90 años”. ¡90 AÑOS! GUAUUUUUUU. Estaba conmovida. Me volvió el alma al cuerpo. Emoción.

¿Cómo hizo entrar una cadencia, un ritmo suave, de desaceleración? Ese ritmo me ingresó en el mundo de los humanos. Cuando hablé del apuro de los otros, él me miró y me dijo:

Mi madre era poeta y me contaba una historia. Había un leñador, entrado en años, que estaba agobiado por cómo había cambiado el mundo, cómo se había acelerado. Estaba cansado de vivir así, entonces se le ocurrió que sería mejor que la muerte se lo llevara. Un día la Muerte llega y lo llama. “¿En qué lo puedo ayudar?”. El leñador le responde: ¿me ayudas a cargar toda esta leña?

El director sigue: Mi madre daba este mensaje. Todos queremos seguir vivos, aunque sea en este mundo.

¿Qué percepción del tiempo transmitimos en un análisis? 

Alguien llega con todo el argumento, el que sea, el modo en el que cada uno diseña el ruido para no tomar contacto con esto, que es la vida. A eso los psicoanalistas lo llamamos neurosis. Solo con que estemos en relación al tiempo de otro modo, solo eso, produce la transmisión de ese tiempo otro. No es intencional. Entonces se trata la potencia de la dulzura en relación al tiempo como una percepción que no tiene que ver justamente con la aceleración. 

¿Qué tratamiento le damos a lo inefable, a ese punto donde no hay palabras? ¿Cómo hacer para ir llevando a alguien que ha decidido hacer esta experiencia de un psicoanálisis, a que se anime a zambullir su cabeza en lo invisible y que eso no se presente como un agujero descarnado, horroroso, sino como la posibilidad de revitalizar lo que conocemos con el nombre de objeto perdido, que en verdad es eso que nunca ha existido pero que solemos correr tras él creyendo que podríamos capturarlo?

El vértigo, la aceleración, el consumo, todos los mandatos van hacia un circuito que es imparable y se agota en sí mismo. Si ese circuito se frena, el registro del cuerpo puede ser emocionante. El registro del cuerpo es una constatación. 

El Director con su tiempo introdujo un ritmo a contratiempo que arma un espacio en el que es posible la constatación del cuerpo, es decir, de lo vivo. 

Si practicamos interpretar a contratiempo en un análisis, ponemos el acento en el silencio o punto débil del compás, pero no es para volverlo fuerte, sino para acentuar ese silencio, esa elisión formando parte de una composición. Ese silencio que se acentúa es en sí un espacio habitable para un cuerpo porque diseña una dimensión donde nos constatamos como existentes.

En música, esto sería la colocación de la voz.

En cuanto al punto de vista que encontramos en este libro de Anne, se trata de una mirada barroca.

El barroco ofrece esa simultaneidad, una mirada que sea una mezcla (luz y oscuridad). Es la tensión que guarda ese claroscuro, ese punto dramático donde la luz está suficientemente corrida como para que se pueda ver que se trata de un artificio. De a poco, en el tour de un análisis, podemos ir transmitiendo que ese dramatismo también es una ficción.

Pero también hay otra luz. Una luz que nos apunta y que entonces no es una luz que resguarda lo opaco, como lo sería una luz tibia, de atardecer, oblicua. La luz de la razón es recta como un rayo que cae. Lo que los psicoanalistas llamamos superyo, tiene esa luz que te apunta. Vamos a intentar buscar otra luz que no sea la de la visión clásica en los cuadros, esa que da protagonismo a lo que está en el centro. En realidad, eso es tan solo una forma de mirar, donde la luz no es la protagonista, sino que está disimulada. Podremos ver la luz solo si nos corremos del reflector que nos apunta. 

Al tratamiento del narcisismo le conviene una mirada barroca, oblicua, que deje siempre lugar para lo oscuro, lo inaccesible y también para aquello que puede nacer ahí, en eso que no está iluminado. 

Narciso recibió a través un oráculo que decía: Si ves tu reflejo, morirás. Por eso, la madre intentó protegerlo cubriendo todos los espejos a su alrededor. Narciso era un joven bello que ignoraba su imagen. Un día se internó en el bosque. Allí había un vergel. Cansado por la caminata, se inclinó a beber agua. La visión del reflejo lo paralizó. Primero creyó que se trataba de alguien en el agua, que lo miraba: Ese no soy yo. El reflejo era bellisímo, de inmediato Narciso se enamoró. Acto seguido constató, Ese también soy. Y en ese punto muere.

Podríamos decir que Narciso es víctima de un farolazo, de un rayo que lo parte, de un conocimiento que le llega directo y sin tiempo, sin el recorrido elíptico que traza la pulsión hasta llegar a esa constatación de que “ese también soy yo”.

A veces lo real nos puede dejar ciegos y así el miedo que nos despierta nos hace interpretar sin dejar oportunidad a la sombra, a lo que pueda nacer ahí. Tiramos un farolazo pero no por creernos Dios, sino por tener los pies en la tierra y entonces quedar, a veces, aterrados. Afectados.

Para terminar un pequeño apunte

Como dice Anne “La dulzura toma de la luz, la luz”.

Entonces: un psicoanálisis que pueda revitalizar la pérdida narcisista. 

Una mirada de dulzura.

Una potencia.

El conocimiento nos llega de forma oblicua y contingente. 

Es dejarse embarazar por el amor de transferencia, oficiar de ir juntos al espejo. No se vive la reflexión sin ese circuito.

Es un encuentro.


Para acceder al libro pueden escribir a edicionesarchivida@gmail.com o mandar mensaje al Whatsapp +54 9 11 2250 7456

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