Sobre la enseñanza del psicoanálisis en la Universidad. Por Carolina Polak Sokol.

Imagen, Lajo Szalay.

Cuidado editorial, Helga Fernández y Gabriela Odena.


1986 me encontraba cursando mi segundo año de la Facultad de Psicología.

Ya no recuerdo por qué había un paro docente y tal vez también, no docente, que tuvo una modalidad muy especial: se dictaban clases, pero fuera del edificio de la universidad, en la calle.

La entonces Escuela de Psicología, que era parte de la Facultad de Humanidades y Artes estaba en el centro comercial, y el profesor eligió dar la clase a la vuelta, en el cruce de la peatonal con la llamada calle Corrientes, frente a la confitería más tradicional de aquella ciudad, en la que viví algunos años.

Los alumnos nos sentamos en el piso, y él, con un vozarrón inolvidable puntuaba el texto alrededor del cual giraba todo el programa, a saber: “La instancia de la letra en el Icc o la razón después de Freud”, Escrito de Lacan, que a los astudados, como los nombró Lacan, nos parecía incomprensible.

La escena era fellinesca: los del centro de estudiantes cortaban el tránsito con largas pancartas mientras los transeúntes de la peatonal nos miraban fastidiados, los mozos de la confitería trataban de despejar la entrada del local y los estudiantes psicobolches de los ochenta desparramados por el piso embaldosado de la peatonal, algunos de los cuales intentábamos tomar apuntes, ocupábamos la esquina más importante del centro rosarino.

Yo sabía que el profesor era muy reconocido así que me senté bastante cerca. Nuestro malón era a todas luces molesto. Y seguramente ese era el objetivo del paro: visibilizar un malestar que de otra manera permanecería enclaustrado.

Para mí, el momento indeleble fue cuando el profesor, Juan Ritvo, dijo en medio de todo ese batibarullo, que el sujeto del Icc. es un sujeto dividido y que eso quería decir que no es un sujeto transparente, que el Yo no puede conocerse a sí mismo.

Después, casi no pude escuchar nada más. No sé si por los bocinazos, el cansancio del profesor que opacaba su voz, o porque esas palabras me atravesaron de tal manera que algo se desenclaustró en mí para siempre.

En esa esquina de la peatonal Córdoba y Corrientes, comenzó una contracorriente en aquella estudiante de Psicología que fui, tan dispuesta a alienarme en los saberes universitarios y contracorriente que me hizo dejar de ir a la psicóloga a la que concurría y empezar mi primer psicoanálisis, con un analista que por primera vez elegí.

Un segundo encuentro con el psicoanálisis en la Universidad, otro destello, fue en la clase de apertura de la materia que dictaba Pura Cancina, que trataba sobre el caso Schreber. Ella iba traduciendo mientras comentaba, “La naissance de la clinique” de Paul Bercherie, que aún no circulaba en español. Cuando terminó su exposición me acerqué y le pregunté cómo podía hacer para leer yo también el texto. Ella me dijo que estaba en francés. Le expliqué que, entre otras cosas, justamente quería leerlo por eso, las exigencias de la facultad habían hecho que tuviera que discontinuar mis clases con Monsieur L´Homne, pero en aquel momento me daba cuenta de que el francés me llevaba a otro territorio. Francés, psicoanálisis, saber, locura… me parecía que todo estaba en aquel libro. Pura me permitió fotocopiar algún capítulo.

Eso, difícil de leer, me llamaba.

En estas dos situaciones la chispa de lo opaco me generaba curiosidad.

Dos psicoanalistas daban clases en la universidad. No eran como los otros profesores, aunque también tomaran parciales y finales.

¿Debe enseñarse psicoanálisis en la universidad?, es la forma en que Strachey traduce el artículo de Freud de 1919, simultáneo al tiempo en que Ferenczi accede a la primera cátedra de Psicoanálisis en la Universidad, en Budapest, en el breve lapso en que los rojos se hicieron del poder en Hungría.

La cátedra de Ferenczi tenía lugar en la facultad de medicina, y en el artículo citado, Freud enumera los beneficios para el futuro médico que el aprendizaje de los fundamentos teóricos del psicoanálisis comportaría para su futura práctica, aunque se reserva para la formación del analista la experiencia de su propio análisis y la participación en las asociaciones especializadas, que para el momento eran dos: una en Viena y otra en Berlin. La de Londres estaba próxima a ser inaugurada.

El artículo de Freud, del cual no se conserva el original en alemán sino sólo su traducción húngara, fue traducido al inglés sin los signos de interrogación, que me parecen convenientes de sostener.

El mismo no fue incluido en las obras completas sino hasta 1955, cuando la Oficina Panamericana de la OMS lo “descubre” gracias a los buenos oficios de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

La historia es digna de un cuento de Borges: una asociación psicoanalítica geográficamente marginal, recupera un texto crucial, en el que junto a “¿Pueden los legos ejercer el análisis?”, también interrogativo, Freud fija posición en relación a la enseñanza del psicoanálisis, la universidad y la formación de analistas, nada menos.

1985, tiempo en que dato mi encuentro con el psicoanálisis en la universidad y 1919 son fechas distantes y más distantes aún son las geografías: Rosario, Argentina; Budapest, Hungría. Sesenta y seis años y un mar no agotan la pregunta, que reiteramos hoy, 102 años después: ¿Debe enseñarse psicoanálisis en la universidad? Agrego otras: ¿Puede? ¿Cómo? ¿Para qué?

1919 y 1986, Budapest y Rosario coinciden sin embargo en un asunto: había confianza en el futuro. 

Nosotros retornábamos a la democracia, todo estaba por hacerse.

El artículo de 1919 era respuesta al hecho de que un año antes los estudiantes de medicina se mostraban muy interesados por el psicoanálisis y Ferenczi, en marzo del 19, fue nombrado Profesor Titular de la Cátedra “Psicología Psicoanalítica para médicos”.

Freud siempre aspiró al reconocimiento Universitario del psicoanálisis. Sabemos que soñaba para sí mismo con el título de profesor, de lo que además atestigua en su presentación autobiográfica.

En 1885 logró ser Libre Docente de la Universidad de Viena, en 1902 Profesor Asistente, y sabemos de su alegría al ser invitado por la Clark University en 1910, donde obtiene un reconocimiento que definitivamente extrae al psicoanálisis del pequeño shteitl judío, para arrojarlo al Universal, a la comunidad de profesores y maestros seculares. Aspiración anhelada y a la vez riesgosa: ¿qué pasa con el psicoanálisis si entra al Universal? ¿No consiste su ética, más bien, en hacer objeción al Para Todo? ¿No sostuvo siempre el maestro vienés, y nosotros con él, que el analista se forma principalmente en la experiencia de su propio análisis? ¿Qué precio paga el psicoanálisis por su extensión? Y, al revés: ¿qué costos tiene privarnos de la extensión en la universidad? ¿Cómo pensamos, además, éticamente de dicha extensión?

Los signos de interrogación siguen siendo válidos tanto para los tiempos fundacionales del psicoanálisis, para 1985 como para nuestros días, en los que la pérdida de confianza en el futuro produce los padecimientos de desasosiego que recogemos hoy, cuando hay suerte, en nuestros consultorios.

Los signos de interrogación se multiplican, además en nuestra tradición universitaria, que incluye al psicoanálisis desde aún antes de las facultades de psicología. ¿Cómo ha sido esa extensión? ¿En qué diálogo, en qué tensiones con nuestras escuelas, instituciones y asociaciones psicoanalíticas, en las que se inscriben la segunda y la tercera pata del trípode freudiano?

Con el artículo “¿Debe enseñarse psicoanálisis…?”, siempre hago el mismo lapsus. En lugar de “debe” digo:”¿Puede…?

Y aquí viene nuestro maestro Lacan, el abanderado de la opacidad, que tantas veces causa, como en aquellas clases que les contaba con Pura y Ritvo, pero tantas otras fastidia y expulsa. Expulsión que tal vez refuerzan muchas veces los Profesores, los especialistas, los titulares, los exégetas. Que a veces toman las cátedras de la universidad, y a veces, también, las asociaciones, instituciones y escuelas de psicoanálisis. Es decir, justamente, los especialistas que desde el saber como agente del discurso, hacen del psicoanálisis una cosmovisión o una religión.

Con la escritura de los cuatro discursos, Lacan nos permite diferenciar la lógica del discurso universitario, que no reina sólo en el claustro, de la del enseñante. En el primero, el agente es el saber. En el Profesor el saber comanda y forma a los hijos del amo para que sigan sabiendo.

El enseñante, por el contrario, toma la palabra en calidad de sujeto dividido. En su Seminario, Lacan insiste en señalar que él se dirige al público en posición analizante, desde allí el saber es producción y no semblante.

Ahora bien, ¿las cosas se reparten tan limpiamente? ¿Somos profesores en la universidad y enseñantes en la escuela o en la institución, nacidas, según Freud, del rechazo de la universidad y hoy quizás, del rechazo hacia la universidad?

Evidentemente no. Y lo que hoy también es evidente, es que a diferencia de 1919 y de 1986, los estudiantes lejos de estar ávidos por formarse en psicoanálisis, en ciertas ocasiones llegan con rechazo hacia el psicoanálisis. Muchos demandan ahorrarse el tiempo de la alienación al saber que la Universidad requiere para rebajar dicho saber al dominio de la técnica, sin opacidades, a la velocidad de un click. Para otros el psicoanálisis puede resultarles interesante pero demodée. Están también aquellos para quienes el psicoanálisis es un dispositivo más del patriarcado opresor, hay para quienes el proyecto de universitas literae con el que el maestro soñaba para la formación de analistas no les da ni frío ni calor.

Retomo entonces, mi lapsus a repetición: ¿Puede, hoy, enseñarse psicoanálisis en la universidad? ¿Y con quién dialogamos allí? 

Freud pensaba la formación del analista en diálogo con la filosofía, la historia de las religiones, la literatura, la antropología. 

En las facultades, hoy podemos tachar algunas de esas disciplinas, que lamentablemente ya no se imparten en la academia, pero no podemos eludir la interpelación que nos llega desde las neurociencias o los feminismos.

Oscilando entre el profesor que transmite lo que sabe y el enseñante, quien puede ubicar los puntos de límite de su saber, el saber en fracaso, lo que aún insiste como pregunta, a veces una chispa se produce, el deseo se enciende. 

Un alumno me contó antes de empezar cierta clase, que consiguió caminando por Corrientes, que en nuestra ciudad es avenida, el Rosmersholm de Ibsen en una edición de bolsillo. La clase anterior habíamos comentado, “Los que fracasan cuando triunfan”, para clinicar las eficacias del superyo, y Rebeca West vino en nuestro auxilio.

Varias chicas me cuentan en cierta ocasión, que fueron a ver la versión de Hamlet con Joaquin Furriel que daban en el San Martín y estaban muy contentas de haber seguido las peripecias de la “escena sobre la escena”, de la que habíamos hablado a propósito del acting out.

Cuando hacemos las Jornadas intercátedras psicoanalíticas en Umsa, con varios colegas y amigos de esta casa, vienen muchos alumnos y ex alumnos, y eso que es sin dar el presente y lo que allí se produce no se evalúa en ningún examen.

Algo pasa. Un más allá de lo tedioso del programa y del dispositivo de los exámenes convoca, aún, a veces. Un más allá tejido del cruce de la teoría psicoanalítica con  teatro, la literatura, los encuentros clínicos con fragmentos de nuestra práctica se hace convocante no solo para los alumnos sino entre analistas que en tanto profesores apuntamos a la enseñanza, si fuera posible.

Seguimos apostando al análisis como pata fundamental del trípode freudiano, y a la formación en nuestras asociaciones y escuelas que ya no son producto del rechazo de la universidad como en tiempos de Freud, sino la forma que hoy elegimos los analistas para hacer comunidad de experiencia sin apuntar a ningún universal. Pero sabemos que no es fácil llegar a nuestras escuelas y asociaciones y que la universidad puede ser una plataforma propicia para dar ganas, activar el despunte del deseo. 

Les leo una cita: 

“Creo que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he enseñado, no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura. O mejor dicho, ya que la literatura es virtualmente infinita, el amor a ciertos libros, a ciertas páginas, quizá de ciertos versos. Yo dicté esa cátedra durante veinte años. Disponía de cuarenta o cincuenta alumnos y cuatro meses. Lo menos importante eran las fechas y los nombres propios, pero logré enseñarles el amor de algunos autores y de algunos libros. Es decir, lo que hace un profesor es buscar amigos para los estudiantes. El hecho de que sean contemporáneos, de que hayan muerto hace siglos, de que pertenezcan a tal o cual religión, eso es lo de menos”. Jorge Luis Borges.

Esta bellísima cita, además de reivindicar la función del profesor, me evoca un aforismo lacaniano, figura con la que nuestro maestro nos ofrecía un palenque para poder esperar, no dispersarnos, amarrarnos y rascar algún pensamiento: “sólo el amor permite al goce condescender al deseo”.

Transmitir el amor por ciertos libros, por ciertos autores, relanza el carretel del deseo.

Mi alumno recorre las librerías de Corrientes buscando a Ibsen en una Buenos Aires empobrecida, en una Corrientes a media luz, pero la suficiente para que ese drama le permita escribir su texto de fin de año, venir a las Jornadas de la Universidad y volver a encontrarlo en otras, de otras instituciones.

El amor a ciertos autores, la transferencia de trabajo que se genera cuando nos permitimos oscilar entre el profesor y el enseñante sin gozar del astudado y por lo tanto generar resistencia a la transmisión, enciende una contracorriente, otra calle o avenida en la que el psicoanálisis puede soñar algún porvenir.

¿Debe enseñarse psicoanálisis en la universidad? ¿Puede enseñarse el psicoanálisis, dónde sea? ¿Desde dónde?

El programa, el examen, dispositivos de poder del Saber puesto en el lugar del agente, ¿hacen posible la transmisión desde el amor borgeano, es decir el amor, no que apunta a la completud, sino el amor que apunta a lo exquisitamente singular, un autor, un texto, nuevos amigos y por lo tanto, desde esa singularidad genera deseo?


Carolina Polak, Miembro de EFBA. Docente y supervisora en Institución Ulloa. Profesora titular de PPS Clínica en la Facultad de Psicología de UMSA.

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