Una pregunta a Guy Le Gaufey

Gisela Avolio, responsable sección

Helga Fernández, dirección editorial


– ¿Cómo descubrió el psicoanálisis?

– Descubrí el psicoanálisis en dos tiempos y tres movimientos. 

1966. Tengo veinte años. Estoy en una Facultad de Letras provincial. Angustias diversas y variadas. Me encuentro, no sé cómo, con La interpretación de los sueños. Admiración. Con tres amigos igualmente asombrados, decidimos analizar juntos nuestros sueños. A trabajar. Tres meses más tarde, uno es hospitalizado, otro está deprimido, el tercero tiene una inversión de la fórmula sanguínea, y yo me agarré una mononucleosis infecciosa. La “enfermedad del beso”, ironía del destino ya que el beso no es por entonces mi fuerte. Quiero llegar a ser psicoanalista.  El único nombre que conozco -Freud- me lleva, durante una breve estadía en París, a la SPP (Sociedad Psicoanalítica de París), en su local de la calle Saint-Jacques. Allí entendí que para aventurarse hacia el sillón, había que encarar de antemano la medicina. Por más sediento de saberes que me encontrara entonces, me parece totalmente imposible estudiar medicina, tanto como derecho o psicología. Bye bye al psicoanálisis, entonces. Emprendo estudios de historia que me apasionan, con escapadas del lado de las letras modernas, la filosofía y la etnografía. 

Un día, una mente bien intencionada pone un libro grueso entre mis manos. Escritos, de un cierto Jacques Lacan. Descubro este nombre por primera vez. Mi hambre de lectura lo termina en algunos bocados. No entiendo nada, pero en esa época hay muchos libros de los que no entiendo nada, eso no me detiene. Por lo contrario, siento en él -¿cómo? No sé nada- el mismo perfume que en La interpretación de los sueños. Se vuelve un libro de cabecera que acompaña otras lecturas de entonces, de todo tipo.

Los estudios de historia se terminan y sé algo, no seré profesor. De nada. ¿Cómo voy entonces a ganar mi vida? ¿Archivista? ¿Centro Nacional de la Investigación Científica? ¿Florista? El tiempo pasa. La historia es demasiado concreta. La filosofía demasiado fútil, me hundo en la moda del momento, la semiótica, y comienzo una tesis con Greimas sobre “Las estructuras narrativas en El siglo de Luis XIV de Voltaire”. François Furet es mi codirector. Ya está, soy parisino. Todos los jueves, a las 14, seminario de Greimas, en la calle de Varenne, luego, uno de Barthes (el único en haber escrito sobre «el discurso de la historia»).  Pero la semiótica no alimenta a un hombre, y los trabajos alimentarios son muy deprimentes: ¿qué hacer?  

El ejército me llama. El antiguo beneficiario de prórrogas que soy (ya tengo 25 años), se asusta ante toda esta juventud y se hace declarar inapto. Ocupado en esto, conozco en ese infierno a un interno de psiquiatría (que trata también de hacerse exceptuar) y que me hace saber que existe un hospital psiquiátrico en el que, de diez puestos de psicólogo, sólo dos son provistos. Apenas liberado llamo a la puerta del director de este hospital, que me recibe. 

En este punto debo prevenir al joven psicólogo, ya que lo que sigue corre el riesgo de provocar en él reacciones violentas y hundirlo en la detestable idea de que los de 1968 tuvieron decididamente mucha suerte. Cuando este director llega a preguntarme si “tengo diplomas”, le contesto que tengo una maestría. Es verdad. Tiene la exquisita delicadeza de no preguntarme de qué. No veo la necesidad de aclararle y me voy con su recomendación a lo del intendente para que este último me inscriba en sus archivos. Heme aquí psicólogo en un Hospital Psiquiátrico con una maestría en historia y geografía.  

Durante la misma semana, saqué turno con un psicoanalista. Un “lacaniano”, François Lebovits. Forma parte de la Escuela Freudiana de París, en la que tiene el modesto título de A.P. (analista práctico). Me conviene perfectamente y arranco a toda velocidad. Cuando llamo a una amiga y le pregunto: “¿Sabés lo que me ocurre?”, me contesta de inmediato: “Empezaste un análisis.” Estoy asombrado. Todavía no se lo dije a nadie. Ella agrega: “Hace un año que sólo hablás de eso.”  ¿Ah, bueno?

Comienza el segundo tiempo. A comienzos de la semana, psicólogo en un HP “duro”, que comienza apenas a abrirse a las nuevas leyes del sector, con servicios abandónicos, crónicos que pululan en las salas a veces desde fines de la guerra, una miseria nunca imaginada en un lugar de una belleza exterior que me turba y me cautiva. Nadie se da cuenta de mi ignorancia en psicología por mi manera de desvivirme en el servicio en el que me encuentro. Allí aprendo a tejer, enseño el metegol, hablo hablo hablo. La inercia es allí prodigiosa. Descubro qué significa la palabra “institución”, cuanto más me agito, menos se mueven las cosas.   

Pero llegaron otros para hacer de psicólogos improvisados: filósofos, etnólogos, literarios, pronto todos los puestos son cubiertos. Surge de ello una curiosa fraternidad ya que somos todos parisinos, analizados, atrapados por la muy joven antipsiquiatría, el curso de Deleuze en Vincennes, Lacan, por supuesto. …

La experiencia se termina al cabo de un año. No por haberse descubierto la superchería del diploma (aunque tuve que prometer llegar a ser “psicólogo clínico”, lo que un juego de equivalencias y algunos esfuerzos complementarios harán unos años más tarde), sino que los cambios regulares de médicos jefes hicieron desaparecer al que, por suerte, me respaldó plenamente y me permitió ser otra cosa que una sombra en el decorado. Llega ahora otro que me propone hacer tests. Pongo como pretexto la falta de calificación (es verdad) y me voy “al sector”, en el que me aceptan como “psicoterapeuta”  (Accoyer aún se sienta en los bancos de la facu).  

Mitad de semana: EPHE (Escuela Práctica de Altos Estudios), Seminarios Greimas, Besançon,. Barthes. Poliakov. Grupo de trabajo con Nef, Petitot, Bordron, Lamizet, Morazé. Los viernes me desinhibo de las matemáticas con Petitot, en su oficina del bulevar Raspail. Leemos a Lacan y Riemann, Freud y Gödel, Huswserl y Frege, desordenadamente. 

El análisis sigue su camino. Tres sesiones por semana. Mi lacaniano me hace sesiones muy poco lacanianas de tres cuartos de hora. No me molesta. Charlatán como soy, tengo cosas que decir. Mi vida amorosa (ya está, tengo una) casi bastaría para alimentarlas. Llego a fin de mes escribiendo críticas de libros “psi” en la revista Nouvel Obs. Esto me hace encontrar todos los miércoles a la mañana a un pequeño gotha de la vida parisina, Guy Dumur se las da de patrón (del servicio cultural), con Jean-François Josselin, Danielle Boulanger, Jean Freustié, a veces Duvignaud, o Jean-Louis Bory, o Jean-Paul Aron. El provinciano que soy abre los ojos, luego se va, después de un año y medio. Basta.

En medio de todo esto, mi decisión de practicar el análisis no necesita reforzarse. Espero simplemente, como buen neurótico, que mi mundo un poco esquizoide pueda unificarse hasta tal punto que la semiótica y el psicoanálisis lacaniano, en su inteligencia del signo, no sean más que dos caras de una misma racionalidad, ambas impregnadas de una misma pasión por significar. Voy a vivir al respecto una prueba cruel y decisiva. 

Propuse, en el marco del seminario de Greimas, una doble exposición, una doble lectura del texto de Benjamin Constant, Adolphe. Las tribulaciones amorosas del personaje me parecen en efecto dignas de un acercamiento semiótico (« a la Greimas ») y de un acercamiento psicoanalítico (“a la Lacan”). Trabajo como un condenado y al final de mi ponencia, Greimas me dice algo así como “No funciona”. Estoy completamente de acuerdo con él. No funciona para nada. ¿Pero por qué? ¿Dónde falla? Debo saberlo (con el sentimiento  -un poco ridículo, no se lo digo a mucha gente- que mi vida depende de ello). 

Releo una vez más la Semántica estructural de mi maestro. Pronto voy a saberla de memoria. Pero esta última lectura me libra una clave –facilitada por la lectura conjunta de las Ideen de Husserl: Greimas es completamente husserliano. No nos lo había dicho, y es, por supuesto, mucho más complicado. Pero, a pesar de todo, el tema que usa no tiene nada, pero nada que ver con el que Lacan ha pulido con su definición, aparentemente tan “semiótica”, según la cual el sujeto es representado por un significante para otro significante. Y es por una razón simplísima: el primero es un agente y el segundo no lo es. Punto. 

Estoy en esto con mis conclusiones taciturnas cuando sobrevienen un tipo de ordalías. En mi dispensario, lejos de París, atiendo tarde por la noche, solo. Un día llega un joven psicótico en situación de calle. Los canas lo persiguen, furiosos. No sé lo que hizo pero está claro que lo van a golpear. Lo encierro en una pieza, retengo como puedo a los agentes hasta la llegada de la ambulancia que llamé para llevarlo al HP. Todo esto dura mucho. Describo mal la violencia de una escena que estamos más acostumbrados a ver en el cine. Vuelvo a París, extenuado. A la tarde siguiente estoy en el seminario de Greimas en el que se habla, creo, de Aristóteles, o quizás de La Princesa de Clèves. Conservo en mi mente la escena de la víspera. Antes  de que termine, me levanto y me voy. Cambié. Terminé con la semiótica. Ese día por lo menos, creo –y si aún hoy me persigue, nunca más volveré a la calle de Varennes (Greimas está un poco molesto conmigo, y cuando sea su fiesta, en Cerisy, ocho años más tarde, allí estaré, con mis ex condiscípulos para exponer sobre … el sujeto en el psicoanálisis).  

A partir de entonces todo se precipita y es el tercer movimiento. Ya me acerqué a la Escuela Freudiana de París, en el número 69 de la calle Claude Bernard, con un recuerdo punzante de mi primer paso por allí. El Anti Edipo acaba de aparecer, lo devoré en unas horas, y me entero de que hay una reunión en ese lugar tan impresionante en la que “se va a hablar de ello”. Allí me aventuro con un amigo. Durante la discusión tomo tímidamente la palabra, más bien a favor del libro, y hete aquí que una señora (elegante, edad madura) se enoja contra las máquinas deseantes, los cuerpos sin órganos y otras tonterías filosóficas. Al salir, la casualidad nos pone lado a lado en el pasillo. Me pregunta: “¿Leyó el libro?”,  y comprendo de golpe que no es el caso de ella. Estoy destruído. ¿En el sanctasanctórum se encuentran imbéciles de este calibre? ¡Claro que sí! (Durante un año no volveré a ir a la calle Claude Bernard. Sólo un seminario de Claude Conté me reconciliará con el lugar).  

Aprecio por lo contrario que esta escuela acepte como miembros a no analistas: presento mi candidatura, y me inscribo para participar del congreso de Montpellier (estamos en 1973). El cartel formado con tres amigos trabaja sobre la psicosis maníaco depresiva y al mismo tiempo, nos admiten a los cuatro como miembros. El momento de la instalación deseada/temida se acerca. Era el proyecto desde el inicio pero comienza a tomar forma, y aquí estoy con el rompecabezas que resume muy bien la historia del joven médico que le pregunta a un viejo colega cómo se hace para tener pacientes. El otro contesta: “Se los mandarán cuando ya tenga”.  A diferencia de hoy, es entonces el baby-boom psicoanalítico, las clases populosas de la posguerra llegan al mercado de la neurosis: después de algunos meses de suspenso subjetivo inconfortable, los primeros pacientes dan señales de vida.. Compartimos un consultorio y es una carrera permanente entre las medias jornadas por aquí, los turnos por allá, las sesiones con los pacientes, las reuniones de los carteles, los fines de semana de trabajo, la redacción de artículos, mis sesiones de análisis (que continúan), el control con Lacan (que comenzó), las lecturas (que se multiplican), las participaciones activas en las grandes reuniones de la EFP. Atravesamos todo esto sin preocupaciones. Es agotador pero es lo que queríamos. Por otro lado la vida, lo que llamamos la vida, anda bastante bien. En este desorden, anda mucho más derecho que en el desierto estudioso y ansioso de los primeros años de facu. Dos años más después los diferentes empleos de psicólogo se vuelven amargos. Una nueva generación de psiquiatras llegó y quiere “ocuparse de lo social”. No tengo nada en contra, pero lo harán sin mí. Renuncio y me repliego sobre la clientela “de ciudad” (me gusta mucho esta expresión, el psicoanálisis es un arte urbano). 

Hace ahora treinta años que sólo me ocupo de esto. En fin… que sólo gano mi vida con esto. Es mi oficio. 

¿Qué hace que el psicoanálisis me importe hasta tal punto que le haya no sólo sido fiel, pero más allá de ser mi medio de vida, le he dedicado lo esencial de mis actividades intelectuales? Aquí debo cambiar de ritmo, dejar de lado la presión espasmódica de los acontecimientos que hacen a veces de la existencia una suerte de marcha forzada para intentar decir lo que esta práctica trae con ella de un curioso espacio-tiempo en que la más obstinada de las repeticiones se entiende con una eternidad profusa, en que la clausura del lugar se opone a otra clausura a la vez más carnal y más etérea. Queda convenido que el paciente dirá lo que le pase por la mente, como venga, sin adaptarlo a las conveniencias usuales en materia de interlocución civil, y el analista se reserva el derecho de interrumpir ese flujo cuando le parece bien, que sea al término de un tiempo regular o no. Este único dispositivo,  empero, se revela de antemano de una sorprendente corrección, tanto del lado de aquella o aquel que arriesga su palabra en los accidentes de su… sí, digamos “pensamiento” , que del otro lado, que acepta volverse el destino o el blanco de propósitos cuya diversidad temática excede la imaginación.  

Encontré en esta disposición una situación que me hizo pensar a menudo en la definición que los… situacionistas, precisamente, habían dado a esta actividad de la que hacían el alfa y el omega de su revolución de la vida cotidiana, la “deriva” como “paso apurado a través de ambientes varios”. La posibilidad de estar igualmente atento ante propósitos tan diversos, de seguir a uno en su investigación policial sobre su vida y sus alrededores, a tal otro en su repetición salmodiada de una queja fuera de tiempo, otra aún en una lujuria de sueños cuya capacidad de simbolización asombra, y luego de pronto tener el oído enfocado en el silencio que teje todas esas telas de araña en la espera de su rocío mañanero, todo esto y muchas otras posturas enunciativas aún hacen resonar más allá de toda razón, la exhaustividad de la palabra analizante.  Existe algo de lo que no se tiene idea, que los analistas, legítimamente, desesperan de hacer oír, una música demasiado diversa para ser calificada unívocamente: las teclas más negras quedan marcadas por un júbilo en el decir, mientras que en otros momentos la palabra no logra abrirse paso  y se vuelve por sí misma sufrimiento, desgarro, desolación.  

La suerte de intimidad que se establece en ese lugar regulado constituyó también una sorpresa duradera, a la que mis años de analizante no me habían realmente preparado, y que conserva, eventualmente, su frescura: ¿cómo concebir que se puedan enunciar las palabras más privadas, más secretas, sin llevar a la menor familiaridad? Se podría creer ciertamente en los efectos de un desequilibrio esencial, no debiendo el analista contar su vida, pero guardar sobre este punto una reserva muy profesional. Y sin embargo, ¿acaso no se libra con su decoración, sus silencios entendidos, su bonhomía o su gravedad, su vestimenta o sus galas, su biblioteca desbordante, su manera de concluir la sesión? Algunos pacientes leen en ello como en un libro abierto en tanto que otros tienen especial cuidado en no darle ni una mirada, pero en todos los casos se mantiene una particularidad que sólo se puede relacionar con la transferencia, a esta disposición que atrae tanto las metáforas eléctricas, analizante, analista, cada uno mantiene por su lado su pequeño mundo de relaciones, y nunca se excluye que estos mundos se superpongan, aún se interpenetren, pero allí, en la situación analítica, la corriente social no pasa, o tan poco (fines de sesión, palabras en la puerta sobre futuros encuentros) que no hay manera de engancharle la familiaridad que uno podría esperar de relaciones largas y regulares.   

Esta casi ausencia de “relaciones” allí donde, sin embargo, la tensión puede a veces alcanzar grandes alturas se vio redoblada con una dimensión lógica cuando me fue dado instruirme sobre la noción de “lazo no relacional” en  Strawson (Los individuos), o de “relación no convertible” (Vuillemin, sobre Aristóteles), pero mucho más aún en mi lectura ininterrumpida a lo largo de todos estos años de los textos producidos por Jacques Lacan. Pasado el largo tiempo puesto en transcurrirlos, un poco en cualquier sentido, en su desorden, su aspecto de palimpsesto para ciertos seminarios blanqueados bajo el arnés de las fotocopias, la lluvia de neologismos de los últimos años, la complejidad natural que Pichon ya consideraba “demasiado germánico” en 1939, una vez ubicadas las primeras balizas, y sin buscar nunca demasiada unidad en este permanente work in progress lleno de curvas cerradas, creí, aún creo, oír una suerte de bajo continuo del que me es difícil decir quién, el compositor o su oyente/intérprete determina en mayor medida el tiempo.  En el flujo de sus referencias directas e indirectas, en su pasión por vincular que permanece en el principio del arte de analizar. Lacan no deja de salvaguardar la parte de la oscuridad, que la haga la presa inalcanzable del trabajo analítico (objeto metonímico, después “a minúscula”) o decreta su atolladero constitutivo (“no hay relación sexual”).  Una vez descubierta, esta incompletitud sostenida en actos decide una postura del analista, ordena su posición con respecto a su saber cuándo se consagra a escuchar la palabra analizante: los meandros teóricos que debe sin dudas desplegar para alcanzar a sus supuestos “colegas”, esa literatura que lo formó y de la cual participa a menudo, todo esto queda al lado del sillón pues la inevitable universalidad del concepto sólo sería una grosería para con la singularidad que intenta desplegarse en ese lugar, en el escenario transferencial. Me gusta pensar,  por lo menos,  que así piensan y actúan aquellas y aquellos que han adquirido –diversamente-  la reputación de analista, bajo la bandera de Freud y gracias a la enseñanza de Lacan.  


Guy Le Gaufey. Psicoanalista, fue miembro de la École freudienne de París hasta su disolución. Integró el comité de redacción de la revista francesa Littoral desde su inicio en 1981 hasta 1989. Dirigió por dos períodos (1992 al 1996 y 2000 al 2004), la École lacanienne de psychanalyse a la que pertenece, y actualmente forma parte del comité editorial de EPEL. Ha dictado y continúa dictando seminarios en París y en otras ciudades de Argentina, México, Costa Rica, Paraguay, Uruguay, etc. Ha publicado, además de numerosos artículos en diferentes revistas, los siguientes libros: L’incomplétude du symbolique: De René Descartes à Jacques Lacan (1991), También en castellano: La incompletud de lo simbólico. De René Descartes a Jacques Lacan. Letra Viva y Ediciones Lecol. La evicción del origen (1994), El lazo especular (1997), Anatomía de la tercera persona (1998). El notodo de Lacan (1997). Una Arqueología De La Omnipotencia (2016), Éléments de sémiotique lacanienne (2018). El efecto de sentido. Elementos de poética lacaniana. Buenos Aires, Artefacto, Cuaderno de notas (2019). El caso clínico en psicoanálisis. Ensayo de epistemología clínica. Ediciones Literal (2020).

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