TESTIMONIOS DE ANÁLISIS. H.D /SIGMUND FREUD EN «TRIBUTO A FREUD». PRIMERA PARTE. POR GABRIELA ODENA.


Cuidado editorial: Helga Fernandez, Patricia Martinez, Gerónimo Daffonchio y Mariana Castielli


¿Somos pólipos de corales psíquicos? ¿Nos construimos los unos sobre los otros? ¿Acaso yo (subacuática) en las islas Scilly, extendí un tentáculo? ¿He muerto en mi forma de pólipo y dejaré un esqueleto de coral que se mezclará con toda esta guirnalda de coral de mil mentes o con esta isla coralina? Mis experiencias psíquicas fueron subacuáticas.

                                                                      H.D, Tributo a Freud

I. Devenir  H.D

Este testimonio nos permitirá acercarnos tanto a la analizante de Freud, a la escritora, a la mujer,  como a Freud mismo y a su época y, al lazo entre ambos,  desde un lugar que no pretende sacar conclusiones, sino más bien abrir a lo que surja de lo escrito.  

Así transcurrió este análisis. Entre una deriva de las asociaciones de H.D y la escucha de Freud, quien puede abstenerse de ocupar el múltiple lugar al cual es demandado (genio, maestro sin tachas, el que tendría todas la respuestas) y encauzar la transferencia por rieles indómitos, que la transformarán en motor de la cura.

Este amor de transferencia, ¿generará un nuevo lazo, o se quedará en el clisé de la repetición de la vida amorosa? No hay una respuesta unívoca, si bien es una buena pista para pensar el manejo de la transferencia en Freud, en un lugar diverso al de sus teorías conviniendo en que no son lugares superpuestos. Y sin olvidar, que al ser Freud el creador del psicoanálisis, lo real orienta las escenas de este análisis de un modo incalculable si bien auscultable. Los sonidos del corazón en Buenos Aires 2021 se retrotraen a la Viena de 1933, ochenta y ocho años después.

No hay escritura sin lector, no hay testimonio sin testigo.  

¿Cómo podemos hacer el pasaje de Hilda Doolittle, la mujer, a H.D, la poeta? ¿Y de H.D a Hilda Doolittle? Se entremezclan, claman, se dicen, se chocan,  se tocan.  La poesía y la vida no parecen tan ajenas. ¿Acaso llega hasta extinguirse aquella ajenidad? O es una gran marea que cubre el estanque de roca de modo que este y la roca ya no se distinguen.**

Las emergencias subacuáticas, experiencia psíquica coralina, ¿qué voz encontrará?, ¿qué lugar habitará?,  ¿persistirá un  mito de origen, inexpulsable, con extremidades en lo real, inhabitables, inenarrables? ¿O será como la espuma que escupe el mar? La sal que inscribe lo milenario, en forma de medusa,  que inscribe sus impresiones en objetos, aquellas primeras vasijas escritas por el hombre hallan su lugar en una pared, luego  en  un testimonio, que  se reinscribe con las huellas del análisis.  Es la gesta de un testimonio el habitar lo insondable a la vez que  inscribir lo perdido. 

El consultorio de Freud, con su colección  de objetos de arte que lo conmueven y apasionan, retrotraen a H.D a la isla de Delfos, su viaje más ansiado, a la mitología griega, y ahora …a  los jeroglíficos de lo inconsciente… «Usted es la única persona que al entrar en esta habitación, miró las cosas que hay en ella antes que mirarme a mí»,  interviene Freud en el testimonio.  

H.D más conocida por sus iniciales, su verdadero nombre era Hilda Doolittle. H.D nace en 1912 cuando empieza a firmar sus poemas con ese seudónimo, a sugerencia de Ezra Pound, (escritor y su amante por un tiempo, quien dió nombre al movimiento del imagismo, del inglés, imagism) (1),  del cual  ella formó parte, y de Richard Addlington, poeta inglés con quien se casa y de quién también se separará. Un seudónimo que no sexualiza o que va más allá del género, quizás una máscara andrógina. 

¿Es la letra esta vez un punto de partida y no de llegada como sería el esperable movimiento del análisis? H.D, quien firma Tributo a Freud, y quien testimonia en primera persona. ¿Surge en este análisis, un nuevo lazo, que reinvente el pasaje de un Otro al otro, en la producción de un sinthome? ¿Se anota algo del deseo de analista? H.D da un giro a su escritura a partir de su encuentro con Freud. Las conexiones entre ambos arman un tejido que excava en nuevas direcciones y producen agenciamientos. Un día me dijo: Hoy hemos excavado muy profundamente… Debo encontrar palabras nuevas así como el Profesor encontró o acuñó nuevas palabras para explicar ciertos estados mentales o estados del ser no registrados hasta entonces. Otras veces, hay breves tomas de poder por significantes amos, que congela las líneas de fuga, ¿quizás para frenar la inminencia de una fuga no armada, sin retorno? Mi primera semana con el Profesor empezó en miércoles, el 1° de marzo un día santo Miércoles de ceniza… en astrología la casa de la Tristeza… Pero no debemos hablar de astrología… están de acuerdo mi padre y Sigmund Freud… a pesar de ellos o para contradecirlos, encuentro paralelos encantadores en el Carnero, en el Toro, en los Gemelos Celestes. Y tenemos a Yofi, que es ciertamente de Leo.

Hilda nace en 1886, en Bethlehem, Pensilvania, Estados Unidos. Su madre Hellen Wolle era morava, pintora aficionada y música. H.D es hija de un segundo matrimonio de Charles Doolittle, su padre, quien había enviudado, él provenía del Oeste Medio de Nueva Inglaterra,   profesor de matemáticas y astrónomo, trabajaba de noche y dormía de día. H.D tenía un hermano mayor. En Advenimiento,  nos dice: mis facultades imaginativas derivan de mi madre, artista-música. Se sentía rechazada por la madre que prefería a su hermano,  y sentía también que había decepcionado a su padre por no seguir una carrera científica para dedicarse a la poesía. Estoy en el límite o en la penumbra entre la ciencia de mi padre y del arte de mi madre, la psicología o filosofía de Sigmund Freud.

Poeta (2) y escritora prolífica, también actriz (3), atravesó de 1914 a 1919 pérdidas por la guerra, la de su propia hija con Richard Addlington, quien nace muerta, la de su hermano en combate y, luego la de su padre devastado por la muerte del hijo. Durante esos años experimenta alucinaciones, a las que presta gran atención, se esfuerza por entrar en aquellos territorios desconocidos, gracias a la ayuda y empuje de su amiga y amante Bryher, con quien emprende un viaje que comienza en Grecia. Las alucinaciones se suceden, y en la repetición de aquellos episodios, le resulta un trabajo extenuante habitar las paredes, que ella llama también, sus facultades imaginativas o experiencias visionarias: Estábamos en la pequeña habitación que Bryher había tomado para estudio cuando sentí ese impulso de “dejarme ir”, en una especie de globo o batíscafo… eso parecía pender sobre mi… cuando traté de explicárselo a Bryher y le dije que podía ser algo siniestro y peligroso, me respondió, “No, no, es la cosa más hermosa que he oído. Déjela venir…”. Quizás se haya interpretado mi viaje a Grecia, en aquella primavera, como una huida de la realidad. Quizá se pueda interpretar la huída. Habían alas de todos modos.

Freud interviene, respecto de tales experiencias, y le dice que tratan del sentimiento oceánico de trascendencia, nostalgia del tiempo en el que no se diferencia un mundo externo de uno interno: el bebé mamando del pecho de su madre. La escritura-en-la-pared es el síntoma más peligroso, le dice. El profesor interpretó las figuras sobre la pared, o la escritura-imagen que vi proyectada sobre la pared de una habitación de hotel en Corfú, la isla griega jónica, en la primavera de 1920, como un deseo de unión con mi madre. Pero síntoma o inspiración, la escritura continúa escribiéndose a sí misma o siendo escrita. Es evidentemente pictografía, aunque sus símbolos pueden traducirse en términos de hoy, es griego en su espíritu, más que egipcio… En otra sesión Freud le pregunta por la extensión de estas pictografías en la pared, H.D, busca con su mirada, entre la vastedad de objetos de arte y exclama: Ah, allí está. El profesor y yo fuimos hasta la vitrina. Algunas de las imágenes tales como las vi y las describí pueden haber sido siluetas de vasos griegos. Lo real y sus vestigios, ¿podría Freud ausentar su propia mitología de escaparates? …Porque el Profesor no estaba siempre en lo cierto. No sabía –¿o acaso sí?– que yo miraba las cosas que había en su consultorio antes de mirarlo a él, porque sabía que las cosas que había allí eran símbolos de la Eternidad y que él estaba contenido en ellas entonces, así como está contenido en la Eternidad ahora.

H.D danzará en rondas sobre su escrito-en-la-pared, entre imágenes pictóricas, algunas de las cuales reencuentra en algunos de los objetos antiguos que Freud atesora en su consultorio. Se haya rodeada de los seres, objetos mitológicos, que habían dado vida a sus alucinaciones o ¿experiencias de creación? Freud lo llama síntoma peligroso: mi cabeza me advierte que es una dimensión insólita, una manera extraña de pensar, que puede ser que mi cerebro o mi mente no estén a la altura de las circunstancias. Quizá en ese sentido tenía razón el Profesor (en realidad siempre tenía razón solo que a veces traducíamos nuestros pensamientos en lenguajes o medios diferentes). Pero allí estoy sentada en el antiguo sofá victoriano en la habitación de la isla griega, reclinada sobre el diván en el consultorio del Profesor, diciéndole esto, y nuevamente estoy aquí, diez años después, sentada frente a mi escritorio en mi propia habitación en Londres. Pero no hay tiempo de reloj, aunque estamos fastidiosamente interesados en el tiempo y en el manipuleo formal de una cuestión que no tiene barreras raciales ni temporales. Aquí está este jeroglífico del inconsciente o subconsciente (4), objeto del descubrimiento del profesor y de su estudio de toda la vida, el jeroglífico operando realmente ante nuestros mismos ojos.

H.D se analiza con Freud desde marzo de 1933 a 1934. En 1933 sus sesiones son de 5 veces por semana durante 3 o 4 meses. Estas se ven interrumpidas por el avance nazi,  ya  invadían la calle Bergasse. Cuando retoma, en 1934, lo hace desde octubre a principios de diciembre, en la casa de verano del profesor, al  anochecer. Preferencia de H.D a la que Freud hace lugar. 

Transcurría el año 1933 y H.D se halla en un estado de conmoción debido a la primera guerra mundial, luego al nazismo y a acontecimientos personales penosos que la urgían a escribir lo que ella llamaba una leyenda. Testimonio, que podía ser su historia, un mito, un unir los trozos de historia esparcida y rota en temporales que sacudían al hombre con los estertores de la guerra y el holocausto. 

Escrito en la pared fue publicado como libro con el título Tributo a Freud en 1944, año en el cual la amenaza de la guerra era ya una realidad. Lo escribe sin su cuaderno de notas que había tomado en Viena en 1933, ya que estas habían quedado en Suiza. Luego con esas notas escribe Advenimiento, como un preludio, que  fue publicado al final del libro,  pero que parece ser su testimonio más propio, son sus notas de análisis. 

Escribir el libro en la inminencia de una catástrofe mundial que la afectaba profundamente, era quizás una forma de rememorar y preservar ciertos pólipos subacuáticos devenidos transcripción del inconsciente en su análisis con Freud, y  atravesar aquel momento trágico junto a su  maestro.  Podría recordar  lo allí dicho, y quizás con ello lo perdido de lo dicho en lo escuchado. Danzar la fuerza del movimiento que devino H.D/Freud. El mito no tiene origen, ni fin, ni versión verdadera. Ernest Jones (5), escribe sobre Tributo a Freud: Es la más encantadora y valiosa apreciación de la personalidad de Freud que se pueda escribir. Sólo un fino artista creador pudo haberlo escrito. Es como una bella flor y la pluma ruda de un científico no se resuelve a profanarla para emprender su descripción. Solo puedo decir que envidio a quién no la ha leído aún…

Tributo a Freud nos hace sentir el clima hostil que pesaba sobre Freud y la Viena de ese entonces: Había otras esvásticas. Ahora eran de tiza; las seguí a lo largo de la Berggasse como si las hubieran dibujado sobre la vereda especialmente para mi. Llevaban a la puerta del profesor; quizás seguían por otra calle hasta otra puerta pero no miré más allá. Nadie borró esas esvásticas. No es tan fácil limpiar calaveras de tiza en una vereda…  Luego hubo rifles. Estaban agrupados prolijamente, en formaciones de vivac en las esquinas… Cuando me interrogaron en una de las calles principales, dije simplemente en mi alemán elemental, que estaba de visita en Viena… Dije que me dirigía a la ópera, si no les molestaba ni interfería en su camino… Parecía que nada en ningún caso podría detener la ópera.

II. El hilván del diván

¿Cómo llega esta escritora, primera mujer en ser galardonada en 1960 con la medalla de La Academia Americana de las Artes y las Letras, hasta la calle Bergasse 19,  Viena IX, en 1933?

No hay un sólo motivo para buscar un análisis, quizás una multiplicidad de acontecimientos, entre deseos y prohibiciones internas y externas. La intencionalidad de la demanda vira en direcciones impensadas – advenimiento -, entre lo dicho y lo no dicho.

El 10 de mayo de 1933, los nazis incineraban la obra de Freud, con una abominable declaración: «Contra la sobrevaloración de la vida sexual, destructora del alma y en nombre de la nobleza del espíritu humano, ofrezco a las llamas los escritos de un tal Sigmund Freud».  Freud comenta irónicamente al respecto: «¡Cuánto hemos progresado! En la Edad Media me hubieran quemado a mí; ahora se conforman con quemar mis libros». Ernest Jones su discípulo y biógrafo observa con dramatismo: «No le tocó saber que aún este progreso era solamente ilusorio, ya que diez años más tarde estarían dispuestos a quemar su cuerpo». Sus hermanas, a las que no logra sacar de Viena, fueron asesinadas e incineradas en un campo de concentración durante la segunda guerra, en Auschwitz.

La transferencia toma su lugar preponderante, en este caso, con el creador del psicoanálisis, Sigmund Freud. Múltiples agenciamientos gestan zonas de intensidad, en el vaivén de la marea de la gestación de este lazo:

  • H.D comienza a estudiar psicoanálisis en 1932: He comenzado mi investigación preliminar para fortificarme y apercibirme para hacer frente a la guerra cuando venga, y para ayudar de algún modo, si mi preparación llega a ser suficiente y si tengo aptitudes para ello, a la gente perturbada y destrozada por la guerra
  • El puente que se tiende, entre los versos libres del imagismo, liberados de toda métrica y que se expresan mediante imágenes visuales y objetos, y la asociación libre propuesta por Freud.  Él había dicho que el sueño tiene su valor en términos traducibles, no meramente el sueño de un faraón, o del mayordomo del faraón, no solo el sueño del hijo favorito de Israel… sino el sueño de cada uno, en todas partes… Se había atrevido a decir que era el mismo océano de la conciencia universal, y aunque no lo dijera con tantas palabras, había osado insinuar que esta conciencia proclamaba que todos los hombres eran uno; todas las naciones y las razas se encontraban en el mundo universal del sueño… el hombre como en el principio del tiempo hablaba un lenguaje universal, y el hombre, al encontrarse en la comprensión universal de lo inconsciente o de lo subconsciente, pasaría por encima las barreras del tiempo y del espacio, y el hombre, al comprender al hombre, salvaría a la humanidad. Así entiende H.D la intervención de Freud, si bien es claro que no es lo que articulaba Freud respecto al inconsciente. Pero, ¡vaya transferencia! En su testimonio se registra la necesidad de hacer pasar sus ideas a Freud, quien oficia de pared para que pueda escribirlas. Sin embargo las tendencias del pensamiento y de la imaginación no fueron cortadas, no fueron ni siquiera podadas. Mi imaginación vagaba a placer…
  • H.D tiene un fuerte deseo de romper con  la familia tradicional  de su época y  explorar otras sexualidades. En esta época Freud ya había escrito, Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina y Sobre la sexualidad femenina. En breve presentaría las Nuevas Conferencias Introductorias al Psicoanálisis, que incluía artículos sobre la feminidad.
  • Revela H.D, que jamás hubiera pensado en acercarse a Freud, ni averiguar si era ello posible, a no ser por las sugerencias del Doctor Sachs, con quien había tenido conversaciones preliminares. Temía no ser aceptada por Freud, pero ante esta posibilidad: Iría con él por supuesto. Su amiga Brhyer hace que esto sea posible, con sus contactos y la ayuda constante que le brinda a Hilda.
  • Nuestra analizante se pregunta cómo dar nombre a nuevos estados del alma, tal como lo hacía Freud, su maestro sin tachas, como aludía a él. Ese modo de nombrarlo no le impedía cuestionar sus intervenciones, pensar por sí misma y no quedar alienada en la transferencia. ¿Dotes de ella o de la ética de Freud?¿ Una conjunción de ambas?  H.D busca la vida entre tanta muerte. Cuando no la encuentra escribe en la pared, ¿ahora con Freud? Un derredor siniestro se conjugaba con un legado simbólico del que supo apropiarse, construir con ello. Parte de su legado, un saber-hacer estrellado, una música materna que deviene ciudad de conciertos de Bach, un cuestionamiento a su época en la explosión de sus pensamientos y acciones que devienen caudal de libros. Lo que el análisis alumbra, el propio pensamiento, presupone un levantamiento de la represión y una benevolencia del superyó para existir. La labor de Freud.
  • Cuando consulta a Freud se halla imposibilitada de escribir. Sus posibilidades creativas se hallan en suspensión, cuestionadas y a la vez en la búsqueda de nuevas formas de expresión. En mis sueños hecho sal a mi máquina de escribir. De modo que presumo que querría salar mi escritura insípida con la sal de la tierra, la menor afirmación de Sigmund Freud. 

III. El maestro** 

A modo de escansión en el testimonio  leemos  un poema de H.D a Freud, El maestro, que no publicó sino después de la muerte de Freud.  

H.D era bisexual y practicaba el poliamor. Una lógica que se construía pero que no le confería identidad de ser. Freud investigaba las mociones homosexuales y descubre una bisexualidad inherente al ser humano. Intenta hallar explicaciones a lo que en ese momento él denomina una “inversión”, del Complejo de Edipo en su salida “normal”, y se dedica a  investigar los procesos psíquicos que se van desplegando en el desarrollo de la sexualidad. …Cuando le referí al profesor que había estado entusiasmada con Frances Josepha  y que podría haber sido feliz con ella, respondió “No, biológicamente no”. Por alguna razón, aunque había sido tan feliz con el Profesor (Freud-Freude), me dolía la cabeza. Me sentía enervada. Fue quizá porque al final traté de relatarle un ataque aéreoespacial, durante el cual hicieron trizas las ventanas de nuestro cuarto, en Mecklenburgh. No sé que impulsaría a H.D a no querer hablar sobre tal espanto, ya que Freud, hacía declaraciones públicas respecto a su posición.

¿Cómo pertenecía Freud a su tiempo a la vez que lo transformaba? En el desciframiento de  los síntomas, saca a relucir lo verdadero, lo inconsciente hace hablar a lo verdadero, solo hay lo verdadero sobre los verdadero y su embrollo con lo real.  A su vez, Freud no podía dejar de ocupar el lugar del padre, ni del padre que instrumenta la ley, ni del padre fundador de una legalidad,  en lo real. Entre ambos, propiciado por Freud, e intensificado por la escritura de H.D,  lo simbólico e imaginario gestan nuevos significantes que a su vez inauguran un real. Freud le dice: Había dicho y -debo decírselo (Usted fue franca conmigo y yo lo seré con usted)- no me agrada ser la madre transferencial: siempre me sorprende y me molesta un poco. Me siento muy masculino.” HD: Le pregunté si otros depositaban en él lo que él llamaba madre transferencial. Dijo irónicamente, y creo que un poco pensativo: “Oh, muchos”. 

En este poema H.D  cava huellas y las  reinscribe en un lugar otro, una y otra vez.  Nos da a leer entre destellos de lo real,  en una especie de traslación en  tiempo y espacio, si seguimos sus palabras-migajas,  la práctica del psicoanálisis en los momentos de su invención, y de sus efectos en ella. Habrá que seguir estas estelas hacia lo imposible y hallar su marca en registros de coral y seres mitológicos.

La ambivalencia en la transferencia que se registra en su testimonio está presente, entre pulsión de vida y pulsión de muerte, entre odio y amor, entre Hilda Doolittle, y sus iniciales H.D, que ella relaciona con una firma de la realeza. Un sello. En esta poesía, se da a leer una analizante, y entre líneas, su analista. Única, en el trazo de una historia analizante testimoniada con el creador del psicoanálisis.

Esta mujer revuelve las vísceras del resabio de una era victoriana, represiva, y rechazante de la mujer. Freud la puede escuchar, no sin la censura que su época le imponía, y que ambos intentaban atravesar. Su resistencia, la de Freud en este caso, que deviene creación, da cuenta del lugar desde el que se ejerce la censura. Nosotros, testigos del testimonio, del alzamiento de la represión, de la fijeza de algunas interpretaciones en términos familiaristas, de la predisposición encantadora con que Freud escucha a quien admira, la artista H.D, y así se lo hace saber, al decirle y repetirle que ella es una poeta. Poeta herida, pero más fuerte que su propia leyenda, la que encuentra a un maestro sin tachas, para decir lo que se le ocurre, en la más deliciosa relación en vers libre, tal como ella alude a su análisis con Freud. El, sin tachas, caerá en la poesía para constituirse otra vez y luego volver a caer. Entre un Otro y un otro, se va resignificando lo que quizás pueda ser su reinvención, su nueva escritura. La correspondencia entre ambos, finalizado el análisis, señala esta nueva dirección.

La indestructible ambivalencia de la transferencia, los múltiples hilos que la hilvanan, los breves senderos en el margen, rozan la colisión de dos épocas.  Su borde más estrecho,  el sentimiento de lo oceánico de H.D,  y lo ineliminable del malestar, noción  en la que se haya pensando Freud y que  hace vacilar a viejos ídolos. Freud le dice a H.D que nota “ciertos signos” de que no quiere ser analizada. Ella, recostada en el diván, reconoce esos signos. Sí, es verdad, él debe ver mi conflicto por “ciertos signos”. ¿Cómo puedo referirle mi constante presagio de desastre? Es preferible tener un análisis fracasado o “dilatado” que sacar a la luz mi terror ante la acechante amenaza nazi.  ¿Resistencia? Freud le dice que teme amar a un hombre viejo, que ella misma se lo ha dicho. H.D lo niega. Freud le dice, No dije que no valiera la pena, dije que lo temía… De modo que vuelvo a los misterios; la infancia del individuo es la infancia de la raza, escribió nuestro Profesor Freud.

Leer esta poesía y su testimonio Tributo a Freud, es dejar que las palabras alcancen su propio peso, su ir y venir, un estar para resquebrajar su historia, y también aquello que queda en una especie de censura, por lo que no logra ser escuchado. La poesía enmarca lo que de lo no sabido del pensamiento emerge en una nueva transferencia, un nuevo lazo, que parece ex-istir al paso de los años. Es la transferencia no extinguida que no cesa de no escribirse. El profesor ha dicho, “En análisis, la persona está muerta luego que el análisis termina, tan muerta como su padre.”

En retrospectiva, se puede leer aquello de lo que en el analista está apresado en su aparente presidio histórico. El determinismo quedará del lado del analista si este no puede tomar distancia de su propio pensamiento, de sus propios menesteres que hacen sombra a la alteridad posible. Nuevos tentáculos son desprendidos por el viejo profesor y su escucha. El mar ya no puede rimar por siempre. H.D es parte de un movimiento literario inédito en el que la mujer alza su propia voz.

Un desafío vigente, que Lacan expresa casi como un ultimátum: Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? (6) 

Dificultades al escuchar, se pueden desvanecer como los picos rompientes de las olas al estar advertidos, no sin sacudimientos, en pos de que aquella renuncia no suceda, en la apertura al espíritu de nuestro tiempo, que no es sino entre legado y lo no-sabido del pensamiento. H.D y el sentimiento de lo oceánico, Freud y su escansión, el malestar en la cultura. H.D y su irrupción en el malestar, Freud y sus investigaciones  a veces  subordinadas a su época, otras inauguración de una nueva época: la del hombre que ha perdido el espejismo de un mar en calma, que ha perdido “la posesión”, ya no es el dueño de su propia morada. Tentáculos horadan su imagen unificada, en los reflejos de un mar agitado que hiere su narcisismo. Un tembladeral, entre uno y otro, pronto a vaciar las fronteras: Te conduces como un rey absoluto que se contenta con la información que le procuran sus altos dignatarios y no desciendes jamás hasta el pueblo para oír su voz. Adéntrate en ti, desciende a tus estratos más profundos y aprende a conocerte a ti mismo; sólo entonces podrás llegar a comprender por qué puedes enfermar y, acaso, también a evitar la enfermedad. (7) 

La retrospectiva alienta el movimiento alienación-separación. No hay función del Uno sin un otro. La repetición de lo mismo, al inscribirse, produce diferencia en reescrituras subjetivantes. Un pasaje que vivifica “la voz de la intemperie”, con el resto caído del Uno  del significante,   interroga lo verdadero.  Del mundo a la escena,  de la escena a un “otro mundo”, de un goce fálico a un otro goce, golpe pulsional. (…Muchas de sus palabras estallaban prisiones, diques y represas inútiles, provocando aludes, es cierto, pero, para dejar al descubierto, minas de riquezas escondidas).  “El tiempo”, dijo  otra vez, más suavemente,  y luego, “el tiempo galopa”.

Continuará…

*  Schapire Editor S.R.L., Bs. As. 1979. En su versión original Escrito en la pared Dedicado: A Sigmund Freud médico sin tacha, escrito en 1944 , publicado por Trilogy en el mismo año y vuelto a  publicar en 1956, junto a Advenimiento y un Apéndice: CARTAS DE FREUD A H.D.

** Las itálicas en el texto, salvo referencia explícita a otro autor,  refieren a citas textuales de Tributo a Freud. Sic, H.D

***Traducción de Diana Bellessi y Mirta Rosenberg. https://ahira.com.ar/ejemplares/diario-de-poesia-n-11/1944

(1) Movimiento poético, corriente estética literaria que surgió en Estados Unidos e Inglaterra entre 1909 y 1917. Fue el intento de poner fin a las convenciones poéticas de fin de siglo que se gestaban en torno a un descreimiento del mundo, y del hombre, y de la existencia de un discurso comunicable. Fue liderado por los poetas estadounidenses Ezra Pound y, posteriormente, por Amy Lowell. Otros poetas imagistas fueron los escritores ingleses D. H. Lawrence y Richard Aldington, y los poetas estadounidenses John Gould Fletcher y Hilda Doolittle. La mayoría de los poetas imagistas cultivaron el verso libre, y se sirvieron de la asonancia y la aliteración, más que de esquemas métricos formales, para estructurar su poesía. Una imagen es un detenerse en la mente entre incertidumbres, Djuna Barnes, Nightwood (Bosque de la noche)

(2) H.D. (Hilda Doolittle) reads from «Helen in Egypt» 

(3) Borderline – 1930 – Paul Robeson Está película, en la que Hilda Doolittle aparece mencionada como Helga Doorn, fue dirigida por Kenneth Macpherson. Este junto con H.D y Brhyer, los tres vivían juntos, organizaron la revista  Close Up y el grupo de cine Pool. La película es muda y toca temas como el racismo y experiencias psíquicas extremas. 

(4) H.D parece pasar por alto el rechazo del término “subconsciente” por parte de Freud.

(5) The International Journal of Psycho-Analysis, 1956, Nota bibliográfica. 

(6) J. Lacan, Función y campo de la palabra y del lenguaje, en Escritos 1, Siglo Veintiuno Editores, Bs. As., 1988, p. 309.

(7) S. Freud, Una dificultad del psicoanálisis, Madrid: Biblioteca nueva. Obras completas. 1996. vol.3.



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