Representar, imágenes de construcción subjetiva. Primera parte. Por Joan Homs

Cuidado editorial, Mariana Castielli.

Iniciaremos la sección con el artículo de Joan Homs Representar, imágenes de construcción subjetiva (ya publicado en Intercanvis-Intercambios, revista de psicoanàlisi en el nº 33, noviembre de 2014). Decidimos editarlo en dos entregas para que se aprecie el trabajo en su extensión y en relación a la imagen.
Estamos acostumbrados a escuchar a psicoanalistas interesados en otras disciplinas y saberes a los cuales se acercan como meros campos auxiliares. Son aquellos colegas que nos ayudan a pensar la teoría, y a veces la práctica, con conceptos de esas extraterritorialidades que se pueden introducir desde lo visto o lo leído.
Otra cosa es cuando en la formación personal hay dos o más cauces de igual importancia, dos quehaceres con sus confluencias recíprocas, desde lo vivido, siendo atravesado por ambos. Este es el caso de Joan Homs (Igualada -Barcelona- 1958), psicoanalista y artista. Una combinación de dos trayectorias:
De un lado el oficio de analista, con una amplia práctica institucional y privada. Parte de ella la hemos podido compartir en distintos tramos vitales. De entre todas recuerdo una con ternura. Dentro del ciclo Miniseminaris.zip de reflexión interdisciplinar, que coordiné durante un trienio en iPsi-Formació psicoanalítica de Barcelona, tuvimos el placer de escuchar a Joan Homs, el 5 de junio de 2013, con una propuesta acerca de la intersección entre psicoanálisis y arte.
Ha sido miembro del consejo de redacción de la revista Tres al Cuarto -Actualidad, Psicoanálisis y Cultura- en su segunda época, en la que publicó Cuerpo y arte y El Arte o lo inefable de la representación, y también realizó entrevistas, a veces junto a otros miembros de la revista, a Humberto Rivas, Albert Ràfols-Casamada, Cesc Gelabert y Jaume Plensa. También es socio de la revista Intercanvis/intercambios, papers de psicoanàlisi.
De otro costado su quehacer artístico centrado en la pintura, pero también en la escultura, habiéndose formado en distintos talleres, con artistas y artesanos de la escultura, la forja, la joyería y la fundición.
Ha realizado exposiciones individuales en Eude, en N2 de Barcelona y en el Museo del papel de Capellades, así mismo ha participado durante dos años en la Feria internacional de Arte de España, ARCO, en Madrid. También ha sido finalista en la Bienal de Escultura de Murcia.
En ocasión de inaugurar la exposición de pintura “Un lugar en ninguna parte” en la Galería Eude de Barcelona, el 24 de mayo de 2001, Jordi Xandri (psicoanalista, poeta y amigo en común) tituló su presentación “Joan Homs, la sensualidad del vértigo”, de la cual ahora refiero dos fragmentos que muestran bien su estofa artística.
“Su pintura habla el silencio de lo que no se ve. La angustia de sus rincones hace verdad visible su imposible expresión verbal. La falta de la falta -expresión lacaniana de la angustia- encuentra una auténtica representación, una imagen emblemática.”
“Ponerse delante de un cuadro, de un libro, o de una mujer es ponerse en peligro. La pintura Homs reclama el riesgo del acontecimiento y no promete nada, como las grandes pasiones”.
Les invito con riesgo y pasión a la lectura de este artículo de confluencia entre arte y psicoanálisis.

Joan Pijuan, responsable sección.


Resumen

Este trabajo, que planteo a modo de juego, toma como punto de partida algunas de  las llamadas primeras obras de arte de la historia para pensar en ellas aquellos  aspectos que resultan consustanciales a la representación. Representar es  posiblemente la única forma que tenemos de aproximarnos a la exterioridad, de  aprehenderla; una realidad que resulta inefable e inaprensible. No en vano la  representación tiene que lidiar con aspectos tan densos como el desamparo, la  identificación, la separación, la pulsión, el amor, la muerte, etc. Trata el texto, pues, de recortes que, si las cosas funcionan, construyen una realidad subjetiva, que dan  forma al sujeto y que dibujan una exterioridad.  

Intento, a través de este recorrido, reflexionar para hacer una aproximación a la  representación, herramienta de nuestro trabajo, y expresar lo indisociable que  resulta de la naturaleza humana. 

Se trata de poner en una cesta de mimbre “el líquido” de la representación para  poder observar los lodos que en aquella se depositan. 


Si atendemos a la evolución, Prometeo no había nacido aún cuando los hombres, ya  hacía muchos años, se calentaban alrededor del fuego; esto nos convierte en  contadores de historias, en seres de la representación. Es este representar en sus  múltiples vertientes lo que, a mi manera de ver, nos convierte en seres humanos.  

Representar remite de forma amplia a la capacidad de hacer presente. El diccionario  de la Real Academia (1992) cuenta con diez entradas, tomaré tres de ellas: la  primera hace referencia a “hacer presente una cosa con palabras o figuras que la  imaginación retiene”, la segunda, “a manifestar uno el afecto de que está poseído”,  y la tercera, a “ser imagen o símbolo de una cosa”: […]. 

Para Laplanche y Pontalis (1983), en su acepción clásica, “representar vendría a  ser aquello que del objeto viene a inscribirse en los sistemas mnémicos o la  capacidad de representar subjetivamente un objeto.” 

Me parece interesante pensar en los ejes de cada una de estas definiciones, unas  priman la capacidad de invocar el objeto,  otras, la capacidad que tiene el objeto de  inscribirse en lo propio, a su carga afectiva, al afecto que le dispensamos (ser  símbolo, convertirse en ídolo o ideal) o incluso a su inscripción en los diversos  sistemas, cc, prc, inc, posteriormente, yo, ello, súper-yo.  

Intentaré en este trabajo, a través de un recorrido por la cuna del arte, pensar  sobre estos aspectos ligados a la imagen y a la representación y reflexionar sobre  algunos efectos que esto tiene en el funcionamiento actual. Empezaremos este recorrido tomando como punto de partida una de las  consideradas primeras obras de arte, la Venus de Willendorf, y lanzaremos sobre la  misma una pregunta retórica: ¿Por qué alguien, hace aproximadamente unos 30.000 años, tuvo la necesidad de producirla?

Lo primero que apreciamos al observar ésta y otras obras que analizaremos es  que hacen falta herramientas para crearla, proto-herramientas si uno quiere, palos  que se endurecían al fuego, la utilización propia de algunas piedras, de las tierras,  de los pelos del animal, etc.  

Este aspecto me resulta sugerente: para representar hacen falta herramientas;  planteo esta cuestión ya que si pensamos en la construcción subjetiva, herramienta  de nuestro trabajo, al ser humano le pasa aquello que le pasó a la historia, las  inscripciones empiezan, valga la redundancia, a inscribirse cuando aún no tenemos  herramientas para organizarlas. Nacemos con una indefensión que no comparte  especie ninguna y esta precariedad original o es acompañada y significada o tendrá  un destino trágico. Hacen falta potencialidades en la materia y herramientas que  acompañen esta indefensión originaria para organizar aquello que hace válida la  frase bíblica: “y en un principio era el caos”.

Según Gombrich (1950) parece que estas piezas no fueron talladas como objetos  de arte sino como objetos de poderosa utilización; dicen los especialistas, como  imagen de la fertilidad, como amuleto mágico para retenerlo entre las manos.  Podemos hablar pues de un objeto que, al demandarle una función mágica, a su vez  acompaña, reconforta. Así nos constituimos, necesitamos comer, nos dan el pecho,  a la satisfacción de esta necesidad van asociadas muchas otras igual de  importantes a la primera, la caricia, la voz, la temperatura, el tono muscular. A la  satisfacción de las necesidades biológicas básicas se añaden otras, abriendo en  torno a éstas un juego de presencias y ausencias que pueden dar satisfacción y  muchas veces, frustración. 

Es inicial y mayoritariamente en la inquietud de la ausencia y posiblemente de  la abstinencia que se crea la representación, y la cualidad de ésta depende de la  cualidad de este entorno de cuidado. 

Si el objeto cuidador contiene las necesidades básicas, las representaciones y sus  afectos se integran al yo y el mundo fantasmático queda más o menos contenido;  de lo contrario, las representaciones se desbocan creando un entramado que  potencia defensas arcaicas. En este sentido crear la Venus de Willendorf, es decir, representar, nos acompaña;  es un acto de construcción, de organización del caos, es aquello que realiza un trabajo sobre este desamparo originario, representar, en sí mismo, nos asiste en la  ausencia y nos orienta en la demanda.

Muchas de estas obras-amuleto tienen perforaciones lo cual hace pensar a los  especialistas que eran utilizadas como objetos asociados a diversos utensilios, collares, bolsas, cinturones, que tantas veces se han encontrado junto al difunto. Se convierten pues en objetos acompañantes; ésta es la poesía y la tragedia  de la representación, imaginemos esta diminuta figura a la sombra de un cadáver. 

Difícil resulta pues entender el sentido de tal acompañamiento, difícil resulta  diferenciar al amuleto, del objeto mágico, del abalorio en tanto objeto de función estética o embellecedora; una potencia a la otra y se acaban confundiendo. Podría  parecer una simpleza pero aquello que empieza como objeto mágico se convierte  en objeto acompañante o a la inversa; entonces surge algo así; si llevabas el objeto colgado garantizabas su proximidad y por tanto aumentaba su influjo, y, si era de realización delicada, de metal precioso, resultaba ser más del agrado del demandado y favorecía la concesión de los favores solicitados pero a la vez se convertía en objeto embellecedor o que daba poder al portador, o que definía un clan de pertenencia, etc. 

Vemos como la representación del objeto tiene la posibilidad de condensar y de desplazarse en sus significaciones; tan sólo aquello que Freud (1915) designó como representación-cosa estaría privada-limitada en esta capacidad, quedando mucho más fijada en esta versatilidad. 

Otra producción que tomo para jugar con estos aspectos es aquella que también data de estas épocas; me refiero a las pinturas de la cueva de Chauvet (30.000 a.C.)., después vendrán Lascaux, Altamira (16.000-14.000 Ac); resultan obras  impresionantes por la extensión y por la calidad que exhiben.  

Vemos en ellas figurados animales; no parece que mayoritariamente fueran pintados aquellos que eran cazados. Raramente se representan hombres y mucho menos mujeres que, y esta es una interpretación personal, parecen mucho más reservadas para ser representadas en tres dimensiones. Podemos observar  algunos elementos simbólicos. De estas producciones señalaré un elemento que en  la foto resulta difícil de apreciar: es aquel que hace al aprovechamiento de las excrecencias y las cavidades de la piedra, a su textura y color, y que remite al  objeto que el pintor quería representar.

El artista se anticipa a la  representación intuyendo el objeto allá donde aún no estaba. Mucho tiempo después, lo harán Leonardo, al buscar imágenes entre las humedades de las  paredes y Miguel Ángel que, dicen, afirmaba liberar la escultura que la piedra llevaba dentro.

Es decir, tenemos que construir la representación, hacerla propia, apropiación fundamental base de la construcción subjetiva. 

A. Gracia (2001) en su libro Psicoanálisis y Psicosis, sostiene: “en la lógica  freudiana la atribución precede a la percepción”. Freud (1925) en su artículo La  Negación, distingue dos momentos, uno primero, en el que el sujeto decide si una  propiedad pertenece o no a una cosa, y uno segundo donde decide si admite o  impugna la existencia de una representación a la realidad. Tal como sostiene Gracia, “conferir a las cosas su existencia no consiste entonces, en una tarea de  objetividad, sino de reconocimiento”.  

Analicemos ahora esta otra representación a mi modo de ver interesante. Es  esta mano – manos, primera firma si uno quiere, pero a su vez primera representación escrita, es decir mano. A mí me resulta sugerente este proceso en el  que el dibujo, aparece como origen de la escritura. Posiblemente la representación pictórica y posteriormente la escritura tiene que ver en cierto sentido con este  hecho, con aquel que hace buena la frase, “para que las palabras no se la lleve el  viento”.

Primeros asentamientos. (7.000 a.C) 

Conservamos de esta época, de hecho nunca se han dejado de producir muchas  imágenes femeninas de pequeño formato (tipo venus de Willendorf). Son figuras  femeninas desnudas que remarcan los aspectos sexuales y nutricionales. Muchas han sido las significaciones que se les han otorgado, diosas –madres,  sacerdotisas, orantes, o, sencillamente, mujeres; figuras a las que se les han atribuido poderes mágicos, curativos, objeto sexual, acompañante del difunto -hecho este muy frecuente. A mí me gusta pensarlas como aquellas figuras que  pueden, que tienen que ver con un principio creador y organizador; esta es la función básica de la representación. Es aquello que, según algunas versiones del  Génesis, organiza el caos. El verbo como principio organizador. 

Es evidentemente a través de la figura materna que inicialmente nos organizamos, es ella quien contiene este desamparo originario, quien lee mayoritariamente nuestras necesidades, quien nos erotiza. Me parece que son imágenes privilegiadas de estos aspectos. Estas imágenes siguen presentes en nuestros días; recordar que el Barça sigue ofreciendo a la Virgen Morena en los trofeos correspondientes.

De esta época y concretamente de Jericó, considerada primera ciudad, nos llega esta imagen. Se trata de la llamada cabeza de Jericó. En ésta, utilizando el  cráneo del difunto, y mediante una fina capa de barro y cal delicadamente modelada y pintada, se intentaba conservar el rostro de aquel que lo había  perdido. También estas piezas de tamaño natural, hechas de juncos y barro  buscarán tal como señala Hans Beltnig (2002) la consistencia de la textura  humana. “Las figuras neolíticas evocan una experiencia con el cuerpo que solo pudo haberse adquirido por medio del culto a los muertos. La carne eliminada de  los huesos era sustituida por la imagen, que los vestía nuevamente. Si se avanza  con esta reflexión, el cuerpo del muerto debió de haberse restaurado de la manera  como se había visto en vida”. 

Este aspecto inaugura posiblemente un tema importante para la historia del arte,  el de la mímesis. Reproducir in efigie era imprescindible. Resultaba forzoso para  esta substitución que la reproducción fuera mimética. 

Nunca una representación como ésta, la cabeza de Jericó, buscará tanto la mímesis  y a su vez se distanciará tanto de aquello que insiste en representar (busca  encarnar al muerto invocando una representación plena de vida), nunca será tanta la distancia entre la obra y aquello que representa; la máscara deviene una  mascarada, pero nos permite pensar en la función que la misma tiene en las  patologías contemporáneas. Cuanto más se identifica el sujeto a una máscara,  cuanto más intenta aproximarse a la misma, más se distancia de aquello que representa convirtiendo al yo en siniestro huésped. 

Una representación siempre tendrá algo de máscara, de fallido, nunca será aquello  que representa 

Otra cuestión que puede resultar sugestiva es aquella que podemos observar aquí  al utilizar e insistir en la imagen como aquello que pone freno a la disolución de la  identidad, aspecto que recuerda el estadio del espejo de Lacan (1966) donde la  imagen sería en este momento el elemento jubiloso que precipita una sensación de unidad al yo. En este momento donde las patologías están muy ligadas a la imagen  resulta interesante este aspecto que plantea la cabeza de Jericó, la imagen como último reducto antes de la disolución de la identidad, el cuerpo como última defensa.

Primeros asentamientos, primeras civilizaciones. Mesopotamia, Egipto, Grecia 

Se trata de núcleos urbanos generalmente instalados en torno a un río, que comparten tecnologías, creencias e ideologías, es decir formas de representación.  

A la fundición de metales (bronce), se añade la aparición de descubrimientos fundamentales, la rueda (3500 a.C), el arado, la vela, que simultáneamente al control de la agricultura, permiten básicamente la simplificación del trabajo. 

Estos avances, junto a la domesticación de algunos animales, facilitan la  concentración y el excedente, demandando una organización administrativa sobre los bienes y las tierras; esto invoca al número y a la letra. Aparecen pues las primeras manifestaciones escritas; del pictograma, de la escritura jeroglífica, se  pasa a la escritura a la que los griegos darán la forma actual. Resulta curioso que  nuestro gran bien cultural tenga (algo menos en el caso egipcio) un origen tan  prosaico. 

 

El trueque da paso a la moneda, piezas éstas delicadas, posiblemente las únicas que han permanecido como objetos artísticos junto con la cerámica inalterada en el tiempo. Resultan épocas de primeros trazos, de firmas, de leyes, de riquezas y de pobrezas, de poder y de pertenencias. Nuevas necesidades abren paso a nuevas formas de representación, la letra, la moneda, el sello, las piedras de fundación, los clavos de fundación.

Resulta muy curiosa la afirmación de John Fleming y de Hugh Honour (1982)  cuando señalan que el proceso aquí descrito, aquel que pasa de una sociedad  cazadora a una recolectora, y con ello la aparición de las civilizaciones antiguas,  cursa un destino muy similar sea donde sea el lugar del planeta donde se produzca,  ya sea entre el Tigris y el Éufrates, en las cuencas del Nilo, del Indo, del río Amarillo  o del Yangtzé; incluso atendiendo la distancia entre estas civilizaciones, parece,  desarrollan un proceso común (concentración de la riqueza, estratificación social,  jerarquización …), en fin no sacaremos conclusiones. 

Tomaré de esta época dos piezas, una primera, la Epopeya de Gilgamesh (aproximadamente 2330 a.C) que se avanza en 1.500 años a las Homéricas.  Resulta una historia muy ligada a estos aspectos que observamos en las imágenes  propias de este momento, una forma de elaborar la muerte, la fragilidad, el poder. 

¿Cómo permanecer impasible?  

Mi amigo, a quien yo quería. 

Se ha convertido en arcilla.  

Enkidu, mi amigo, a quien yo quería,  

Se ha convertido en arcilla.  

Y a mí, ¿no me ocurrirá como a él,  

Acostarme  

Para ya no levantarme  

Jamás, jamás ?  

Y, el Jarrón de la Festividad de año nuevo, (Uruk, 3.500-3000 A.C- ofrendas a la  diosa Nus)...

Continuará

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