Epílogo anterior, adelanto de «la carne humana», de Helga Fernández.

Imagen de Mariana De Caro.

En el margen hace lugar a un adelanto de La carne humana. Una investigación clínica, de Helga Fernández, que se encuentra actualmente en pre-venta y que será publicado por Archivida, libros que escuchan, próximamente.


La carne humana. Una investigación clínica, es un trabajo que surge a partir de dos recorridos andados en diferentes momentos de mi aventura libidinal con el psicoanálisis.
El primero corresponde a los capítulos de Ética de la encarnación, efecto de la experiencia del análisis con el sujeto de la psicosis y de la enseñanza de algunos colegas, menos plasmada en la llamada literatura psicoanalítica que en la transmisión oral on y off the récord. Una enseñanza que en ocasiones contrarió mi escucha como analista, a través de aseveraciones tales como que las psicosis no cuentan con una relación a la palabra por la que el decir cobre sustento. Cuando por el contrario, por mi parte no tengo temor ni prurito en afirmar que considero a algunas de las personas que habitan esta estructura entre las más sensibles y exquisitas al significante. Al punto de que, causada por esta sensibilidad, al ras de la sinestesia, me vi llevada a cernir la liminalidad entre la palabra y la carne, que existe en cada ser hablante; pero que se expresa de modo evidente, incluso fenoménico en las psicosis. Una y otra vez las psicosis nos confrontan con lo medular del ser hablante y su moterialismo, y con el hecho de que hasta ahora nada ni nadie nos enseña tan bien lo fundante. Lo que, entre otros modos, nos expresan acercando a quien esté dispuesto a aprehender el proceso de invención de un saber-hacer en la constitución del decir –en su diferencia con hablar–, sostenido en una posición que, por su arte y firmeza, conmueve. Y conmueve como conmueve una economía en procura de hacer con lo que hay todo lo que se puede, en las antípodas de otra empeñada en hacer con todo lo que se tiene lo menos posible.
El segundo recorrido se corresponde con los capítulos de La forclusión de la carne, un trabajo que comencé al inicio de la pandemia y el distanciamiento social, preventivo y obligatorio, a partir de la urgencia de formular articulaciones de la escucha, mediada por las letosas, y de los esclarecimientos que arribaron a la práctica respecto de cuestiones que ya estaban presentes en la cultura y que el COVID-19 aceleró. Allí intento dar cuenta de las realizaciones de la ciencia, que se combinan de múltiples y vastas maneras con la estructura del hablante y el estado de la misma, por lo que en repetidas oportunidades me detengo donde la singularidad se escabulle y donde se corre el riesgo de escribir universalidades –seguramente, no siempre con éxito. Espero que se entienda, sin lugar a dudas, que no estoy en contra de la tecnología ni que la considero buena o mala en sí misma, sino que procuro interrogar aquello a lo que propende y visibilizar los efectos que ocasiona como ideología que ejerce una praxis sobre el cuerpo.

Pasado cierto tiempo, y llevando a cabo la relectura de un recorrido y otro, caí en la cuenta de que en ambos insiste la carne y la forclusión. Guiada por estas insistencias –que al trenzarse acercaron la nominación de lo que di en llamar forclusión de la carne y el valor de la carne en el parlêtre–, decidí seguir la estela que estas dos palabras fueron dejando, aunque no siempre alcancen el estatuto de términos o conceptos del discurso. El cruce de los caminos lleva a que nos topemos con el hecho de que las psicosis propenden hacia la encarnación; mientras que la ciencia –más particularmente, la cibernética como ideología– pulsa hacia la desencarnación. Una posición, esta última, que puede hacer alianza con la neurosis, la psicosis o la perversión pero que se soporta, por su característico desenlace entre la palabra y la carne, en el negacionismo como posición ética y política.
La forclusión del Nombre-del-Padre, si bien produce un congelamiento o anestesia, a partir de su retorno hipersensibiliza y da lugar a una encarnación posible, por la cual las voces de la alucinación implican al ser hablante que las oye. La forclusión de la carne, en las antípodas del tratamiento de las psicosis, suprasensibiliza tanto como anestesia, desencarna, rechaza toda necesidad del cuerpo y, en consecuencia con el retorno de lo forcluido en lo real y a diferencia del retorno de lo forcluido en lo simbólico, no trae consigo alusión o metáfora delirante alguna, sino y por ejemplo, la aparición de seres de lata que usurpan el lugar del semejante y de lo vivo de un cuerpo, deshumanizando.

El trabajo de anudamiento entre un tema y otro desde un punto en común, la carne, y otro equivalente, dos maneras de la forclusión, facilitó que este material no sea un texto especializado en psicosis o que quede restringido a esa cuestión, como si tal cosa fuera posible. También ayudó a que la desencarnación que opera la ciencia se lea desde los fundamentos y no sólo desde los hechos sintomáticos culturas, restringida a la experiencia del análisis de los días de confinamiento, ni desde los síntomas aislados, articulados a la realidad digital. Colaboró en que se module en razón de la estructura y no sólo desde la epocalidad. Pero por sobre todo, articuló la dignidad de la diferencia entre las psicosis y las locuras que produce la ciencia, por lo que de ningún modo sería conveniente llamar a estas últimas “psicosis sociales”.
Ética de la encarnación hace sonar La forclusión de la carne con una tonalidad menos tecno y metálica, a la vez que ésta hace resonar a aquella con una tonalidad menos heavy y dramática. El contraste deja dicho que la forclusión del Nombre-del-Padre no atenta tanto a la existencia del sujeto como la forclusión de la carne y otras, que también opera la ciencia aprovechando condiciones de estructura que no se limitan a las psicosis. De igual forma muestra que entre lo antiguo y lo nuevo no suele haber más que un cambio de vestimenta y que si desde diferentes prácticas, como la religión y la ciencia, se opera determinado tratamiento del Verbo y de la carne, se arriba a concepciones y cometidos semejantes. La supremacía de lo simbólico y, en igual medida, la forclusión de lo real nos vuelven inhumanos, más parecidos a ángeles o a letosas, respectivamente, que a seres en cuya superficie se acuña la letra.

Dejo a la lectora y al lector la tarea de ir a dar con otras articulaciones que, aunque no explicitadas, procuré escribir para que repiquen, atisben y azucen en el ir y venir de las páginas. Ojalá que los guiños, las palabras-llave, las confrontaciones y las marcación de senderos, auspicien la apuesta.

Quizá esté de más excusarme por las diferencias de tono y de registro de escritura de los dos trechos del recorrido. Después de haberme esforzado por asemejar los paisajes, no tuve más que reconocer que la forma también está esculpida por la materialidad con la que se trata y que ésta, incluso, es capaz de obrar contra nuestra voluntad. ¿Por qué y para qué, entonces, obstruir su camino?

Ser incauta del inconsciente trae sorpresas. Esta vez la de advertir que, más allá de lo que había querido transmitir, lo que se lee después de tanto trabajo y hojas escritas, es algo muy sencillo: la necesidad de recordar que el único modo de estar parlêtre es practicando la reunión de la palabra y la carne. De lo contrario, antes de extinguirnos, seguiremos perteneciendo a la especie humana, pero perderemos eso que hasta ahora nos otorga dignidad: estar hablantes. Es toda la apuesta de este libro, y quizá también la del psicoanálisis. Tan fácil y difícil como eso. Porque no sólo se trata de que uno de los últimos oficios que nos labran articuladores del decir continúe, también de reconocer que estamos ante una cuestión de vida o muerte. Así de vital es el asunto. Hay que tomarlo como lo que es: un estado pandémico de la palabra como virus, que se expande a través del lazo social, en detrimento de la palabra encarnada y sus efectos.

Por último, quiero aclarar que a lo largo del texto, con cada una de las formas de conjugar el verbo creer, que anteceden o acompañan afirmaciones asertivas, procuro dar lugar a tres funciones.
I: A la función de la creencia puesta en suspenso ante el contenido del delirio, dado que el analista como lugar no es quién para aseverar ni para refutar la certeza del otro.
II: A la función de la convicción (überzeugung), necesaria respecto de la fuerza estructurante, esta vez del grano de verdad del delirio, para que opere en anuencia con el deseo del analista.
III: Y a la función de reconocimiento dispuesta a aceptar que el psicoanálisis es una ficción que procura inventar lo real para intervenir en la estructura, y que por lo mismo siempre está en obra, arriesgando conjeturas inestables, frágiles y desmedidas respecto de aquello a lo que se enfrenta.


Para adquirir este libro, escribir a edicionesarchivida@gmail.com

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