LOS DECÁLOGOS DE ESCRITURA. POR GUADALUPE FARAJ. COLLAGE: ANÍBAL SÁNCHEZ ROJAS.

Cuidado editorial: Marisa Rosso, Agostina Taruschio, Mariana Castielli.


Los decálogos de escritura son como los buenos amigos, están hechos para hacernos bien. En principio, tienen ese poder sobre nosotros, o sobre mí, leer uno es pispiar la cocina o sala de ensayo donde se arma la cosa. Un decálogo es un conjunto de diez oraciones (a veces más, a veces menos) que funcionan como dictámenes, o puntos de partida a tener en cuenta para escribir bien -suponiendo que para escribir basta con un decálogo-. Son, digamos, principios universales. Pero universales dentro de un universo singular, el de la escritora o escritor que los piensa y hace. En el mejor de los casos ayudan a ordenar ideas, pueden ser divertidos y, afortunadamente, hay muchos. Chuck Palahniuk, autor de la novela El club de la pelea, dice “Utiliza el escribir como excusa para hacer una fiesta cada semana –incluso aunque llames a esa fiesta un taller- …Cuando llegues al final de tu vida, confía en mí, no mirarás atrás y saborearás los momentos que pasaste a solas”. El de Hebe Uhart arranca con total humildad y franqueza, “No hay escritor. Hay personas que escriben”. El de Horacio Quiroga es un poco místico, tiene comienzos de oraciones así: “cree en un maestro”, “ten fe ciega…”. El de Hemingway parece el decálogo de un millonario paranoico, “Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte”. Decálogos: voces que nos hablan desde rincones silenciosos, “¡Ey, acá estoy, así es como mejor escribo”. Hoy me siento íntimamente cómoda con las reflexiones que hace Hebe. En Las clases de Hebe Uhart, de Liliana Villanueva, dice, “La literatura es comunicar”. Frenemos acá. En principio, “comunicar” podría sonar a agencia de publicidad. Pero los que escribimos tenemos bastante relación con la publicidad, con aquello que, de modo probable, se publicará; será público. Rodolfo Fogwill, el escritor, trabajaba como publicista, es el que inventó la frase “el sabor del encuentro”, y también uno de los que pensaba a Hebe como la mejor escritora de argentina. Ella no solo dijo que escribir era comunicar, también, “El adjetivo cierra, la metáfora abre”. Por eso creo en ella. Cierto es que un buen adjetivo es capaz de sacudir la imaginación y una metáfora pobre tirar todo por la borda. El adjetivo que “cierra”, por otra parte, puede estar haciendo una noble tarea por la frase. “…textos musculosos”, escribió Leila Guerriero en el libro Zona de obras, para referirse a textos de periodismo narrativo que trabajan con información y datos duros y, a la vez, están escritos con herramientas de la ficción: tono, clima, elipsis, intriga. Ella viene explicando eso y de pronto dice “textos musculosos” y se abre un portal mágico. ¿Cómo pudo usar ese adjetivo? Cuánto ingenio. Cuando Hebe usa la palabra “comunicar”, lo que creo que está diciendo es que escribamos para que otro entienda. Lo que tenemos para decir, digámoslo hacia afuera. Que el río llegue a tierra, que crezca la hiedra, el hongo, la flor. Escribir para que haya vida, para que haya muerte, para que haya vida. Que se abran caminos, porque comunicar no es decir en una dirección. Por eso habla de la escritura como de un trabajo artesanal. Como la transmisión, la traducción, el intento obstinado por dar a otro el propio campo sensible. No escribimos con la humildad sumisa, sino con la humildad que se opone y resiste a la vanidad, ese paredón tosco que no deja pasar la voz. El acto de comunicar no es sencillo. En fotografía se dice que cuando hay que explicar una foto, esa foto no está funcionando. Lo mismo sucede cuando escribimos. Hace un tiempo, alguien llevó un texto a un taller de escritura. Después de leerlo, el resto empezó a hacer preguntas. La persona respondía, “acá quise hacer esto”, “el personaje se siente enojado por”. “Ah, no lo había entendido”, decía uno, “por ahí se podría hacer tal cosa para que funcione mejor”, decía otro. Pero la persona seguía explicando y, cuanto más lo hacía, más lejos quedaba su intención de corregir el texto. Entendí que estaba renunciando al trabajo que pedía su escritura. “El centro de lo que significa escribir es convertir un hecho personal en algo de interés para el otro y al mismo tiempo es una relación con uno mismo”, sigue Hebe. ¡Decir hacia afuera! Trabajar el campo sensible hasta que el otro-lector lo haga parte del suyo. Convertir ese hecho en una narrativa que pueda interesar a alguien. Aquella persona había leído en voz alta, se había escuchado a sí misma, pero no a la voz del texto. ¿Por qué? No lo sé. Una razón podría ser por vanidad. Ese duro temor con el que debemos lidiar y que muchas veces nos mete dentro de un lugar hermético: escribimos algo que nos encanta y nos domina. El encantamiento tiene el poder de dominar. Vanidad como un modo de temerle a lo que de verdad tenemos para decir, en caso de que tengamos algo para decir. Si tenemos, entonces el decir debe transformarse, pues nuestro campo sensible, nuestra manera de ver, percibir, sentir, la mayoría de las veces, no es interesante así como viene, en bruto. Debemos ir por esa zona compartida donde dos o tres, o los que sean, se encuentran. Escribir desde la humildad ingeniosa que quiere comprender qué hay de un lado, qué hay de otro. He aquí el que escribe. He aquí el que lee. Pienso que mi propio decálogo sería el de una sofista que defiende una cosa y su contraria, o el de una simple indecisa, porque a la vez creo que cuando se escribe, se escribe para nadie, “dar a otro el propio campo sensible, pero escribir como si no hubiera un a quien”. Esta curva llegando al final merece un texto nuevo.


Guadalupe Faraj, argentina, 1976. Escritora y fotógrafa. Se formó en filosofía, y en diversos talleres y clínicas de escritura y fotografía. Su primera novela, Namura (Ed. Indómita Luz, Argentina), ganó el premio Novela Corta Pola de Siero, España, 2011. Escribió Yo no decido qué soñar, serie de narrativa poética incluida en la Antología Y no ilumines los rincones (Editorial La mariposa y la iguana, 2014). Publicó las plaquetas de fotografía Mundo Nadie a salvo.
En 2019 recibió Primera Mención Honorífica en género No Ficción, otorgada por el Fondo Nacional de las Artes, por el libro El año reptil. En 2020 recibió un premio especial del Fondo Nacional de las Artes por la novela Jaulagrande (Editorial Fiordo 2021). Trabaja como escritora y cronista de viajes. Dicta talleres de escritura, lectura y fotografía.


Aníbal Sánchez Rojas, argentino, 1981. Artista visual. Diseña y produce juguetes artesanales para niños. Actualmente integra el taller de collage analógico dictado por Paz Brarda.



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