La transmisión, lo real, el nombre propio, el síntoma. Por Roque Farrán

Imagen, Sandra De Berduccy.

Todxs hemos usado alguna vez la frase: ¡Es tal cosa, estúpido! Pero creo que a esta altura del partido ya es abuso, y muestra dos limitaciones de nuestra época: 1) El hacer pasar la clave de inteligibilidad de todo por un factor que suponemos los otros no ven o no perciben (hasta el acusado de elitismo teórico, Althusser, era más cuidadoso al respecto), y hay que explicárselo entonces al detalle; 2) El tratar a los otros como estúpidos, lo que es parte de la agresividad pasiva imperante y delata más impotencia que poder real de conocimiento (recuperar la dimensión material del conocimiento resulta crucial ante tantos pequeños cruzados de la Ilustración perdida).

Mi insistencia en no abusar de la explicación y no caer en la subestimación correlativa de los otrxs, pasa por hacer notar que solo con apuntar al sujeto de la información, al sujeto del conocimiento o, incluso, al sujeto de la interpelación, no basta. Si todos los procesos que nos constituyen en nuestra repetición insensata y cotidiana están a la vista y, aun así, no los podemos cambiar es simplemente porque tenemos que proponer otros modos de repetición y hábito: la formación es lo que hace a los sujetos, no la iluminación de un mecanismo oculto que nadie percibe.

Eugenia Almeida relata algo que considero esencial en relación a la problemática de la transmisión y la formación, eso que habilita o no la relación maestro-discípulo, sin dudas una relación imposible, y que pienso puede ser extendido a cualquier ámbito de la cultura o el pensamiento orientados por lo real: 

 

“El músico John Cage estudió con Arnold Schönberg. La leyenda dice que el maestro decidió no cobrarle siempre y cuando prometiera dedicar su vida a la música. Schönberg descubre, tiempo después, que su discípulo carece de lo que él llama ‘talento natural para la armonía’. Le dice algo así como: ‘No vas a poder escaparte de esto. Es como si fuera un muro que nunca vas a poder saltar’. Cage le contesta que, entonces, va a dedicar su vida a golpearse contra ese muro.”

Con independencia del prestigio de las figuras aludidas, del ámbito musical señalado, y las idealizaciones que puedan suscitarse al respecto, considero que todo aquel que ha logrado inscribir su nombre propio en alguna parte -por ínfima que sea- de la historia humana y sus diversas producciones genéricas, lo ha hecho porque carecía de un “talento natural para algo” y contra eso mismo se ha rebelado -pues se le ha revelado una verdad material: no ha cesado de golpearse hasta agrietar el muro de los cuerpos, hasta curtirse el pellejo, agotando el sentido y grabando allí con muescas, apenas inteligibles, su nombre propio.

Es el caso de Lacan también: alguien que sin dudas carecía de talento natural para detenerse en la mera comprensión fenomenológica de los casos clínicos y en la comunicación clara y transparente de las ideas; alguien que, no obstante, no cesó de practicar la transmisión en todas sus formas, aspirando incluso a la formalización del análisis, y llegando a decir que sus Escritos no estaban para ser comprendidos; alguien que finalmente declaró: “Hablo a las paredes”. Si hoy su obra nos resulta clara es porque nos hemos curtido el pellejo para aprenderla como verdad y hacer uso de ella.

El nombre propio de Jacques Lacan, así como el de John Cage y tantos otros, sin dudas se ha grabado en la constelación material del pensamiento y expone su titilante opacidad singular, inteligible o audible solo para quienes, como ellos, han insistido en golpear sobre el telón de fondo de alguna incapacidad natural hasta rajar la trama de sentido de la que se compone el universo de discurso. Por supuesto, no todo modo de golpear o rajar la trama de las capacidades naturales genera resonancias y composiciones; pero al menos está mejor orientado en la formación material que la suposición mental y sus mediciones.

Hay también una cuestión generacional en juego en el problema de la transmisión, que no es posible saltarse y con la cual, una y otra vez, nos vemos llevados a golpearnos de diverso modo. Cuento para concluir una colisión de ese tipo.

Dos lenguajes se entrecruzan: uno encuentra pronto, en su agudeza y consecuencia, la muerte; el otro, en su extenso devenir y experimentación, quizá la locura o el olvido. Justo me llega el libro de Oscar del Barco que editaron en España, Un resplandor sin nombre: textos sobre política, filosofía y mística (Tercero incluido, 2022), lo leo de manera salteada y reconozco algunos textos con los que he debatido, trazos de nuestra historia argentina reciente, metafísica y a la vez política. Creo entender ahora los vaivenes de ese pensamiento cuyas aperturas o desplazamientos comparto parcialmente, aunque no todos sus pliegues ni el lugar adónde desemboca.

A la par, una pregunta de una amiga sobre los afectos y las militancias me lleva a rever el homenaje a Carlos Olmedo en la Biblioteca Nacional, escucho a sus compañeros, a Jozami y a González. Me conmueven sus relatos, las encrucijadas políticas, intelectuales y afectivas. Reconozco las trazas de un pensamiento generacional al que pertenecieron mis padres y que, aun habiendo sido aplastado, me llegan. He estado escribiendo sobre ellas desde otros lugares, trazando nuevas genealogías, pero no es la derrota masiva o las pequeñas victorias lo que me mueve a hacerlo; sino cómo retomar los gestos irreductibles donde la práctica se hace cuerpo y asume las consecuencias junto a otros. 

La historia cambia, como los terrenos en que nos debatimos, los ríos que los surcan y sus afluentes imprevistos, las demarcaciones conceptuales y desembocaduras existenciales. Aunque muchos han sugerido que quizá estemos desde hace tiempo arrojados al mar, a la deriva y sin orillas. O lo que sería lo mismo: que estamos en un desierto que crece desmesuradamente por todas partes. Lo que importa, ahora y siempre, es cómo nos orientamos en la noche oscura por los astros que titilan a lo lejos, y la confianza puesta en los elementos materiales con que contamos.

Por eso insisto en el uso de los saberes y el recurso a ciertos nombres propios que nada tienen que ver con la moda; las huellas y marcas del pensamiento material siempre han estado disponibles para quienes no esperan autorizaciones o validaciones sobre sus talentos naturales, porque lo único natural para el ser hablante es el síntoma, y el modo singular hallado de hacer algo con eso.


Roque Farrán: escritor, investigador, filósofo, su último libro es La razón de los afecto: populismo, feminismo, psicoanálisis. Editorial Prometeo. 


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2 comentarios en “La transmisión, lo real, el nombre propio, el síntoma. Por Roque Farrán

  1. Me gusta esta introducción a un tema que me atañe: Tenemos que proponer otros modos de repetición y hábito para cambiar los procesos que nos constituyen en su repetición insensata y cotidiana. ¿Cómo hacer community en la diáspora, cómo conmover y mover la indolencia en «las redes» – la individualidad canalla de la que ha escrito ya algo alguien en esta revista? —- J. Cage no superó jamás su torpeza para la armonía y se dedicó a la construcción. Sus planes compositivos producen consistencia aunque su armonía no le sirva como medio de creación de sentido. Cuenta alguien que A. Schönberg le dijo una vez a J. Cage: «Usted no es un compositor, usted es un inventor» —— ¿Hay versión en PDF de La Razón de los Afectos? Me apetece. Muchos saludes desde Hamburgo.

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