Lacan a la-cantonade. Por Raúl Vidal

Arte de portada, George Digalakis

Un análisis apunta a romper la transmisión del saber. El sujeto supuesto saber surge en el punto de desfallecimiento del discurso histérico, allí donde el saber sí está en el lugar del producto. En cambio, no hay producción de saber en el discurso analítico, donde el saber está en el lugar de la verdad, y la posición del analista en tanto agente es ocupada por el objeto a; haciendo del discurso analítico el reverso del discurso del amo. Luego, ¿cuál es la consecuencia subjetiva, en ocasiones fruto de un análisis, de hacer de la transmisión del saber algo que falla? Cuando no hay síntesis como porvenir y algo se desarma, podemos suponer que estamos en el territorio de un análisis; aunque, si todavía están los que consideran que hay un Otro que habla, ¿cuál es el tipo de demanda que deberíamos dirigirle que dé por resultado un Ⱥ? Pregunta esta, que insiste al comprobar que hay quienes siguen repitiendo de un otro al Otro, allí donde debería ser evidente que se debe escuchar de un Otro al otro. Escuchar, no repetir, es el modo en que se transmite en un análisis; pues esos dos no son lo mismo y, por ese detalle topológico, donde nos gustaría encontrar al semejante (otro) nos topamos con la angustia que causa el a (otro), en el mejor de lo casos entrevisto como un “relámpago”[1]. En principio, diré que gracias a esta operación el Otro dejaría de ocupar el horizonte absoluto de nuestros actos, cayéndonos la ficha de que eso que ha comandado nuestra vida era sólo un Otro fallado, logrando hacer del significante de la falta en el Otro S(Ⱥ) una inconsistencia del Otro (advertidos de la inexistencia de ese Otro alienante, fueren las que fueren las máscaras con las que se muestre).

Ahora bien, si esto es así, ¿cómo decir algo sobre la enseñanza de Lacan hoy?, que evite el camino de una transmisión de la palabra de un Otro como pastoral. Tal vez lo logre siguiendo el modelo del chiste, atravesando la barrera de esa relación dual amarrada a la intersubjetividad propia de la dupla maestro-alumno, en aras de producir un lugar tercero gracias al cual el mensaje intente llegar a destino, una y otra vez, una y otra vez, y una vez más… y otra más. Habrá de consonar como una ficción, lo que en sí mismo no es problema en un análisis, pues “la verdad, digamos, de por sí, tiene estructura de ficción”[2].

Primer intento

Poco más de mil metros separa el departamento parisino del 9 rue de l’Eperon, en el que vivió durante muchos años Julio Cortázar; de aquel otro, sobre el 5 rue de Lille, donde supo residir y recibir a sus analizantes Jacques Lacan[3]. Así, la figura de un hombre alto, eternamente joven y un poco desalineado en su andar, junto a la figura de un hombre bajo, canoso y vestido un poco extravagante, bien podrían enunciar a la par aquello escrito por Cortázar en 1971, eso de “que en el corazón de Saint-Germain-des-Prés alcancemos a rozar otro posible perfil del hombre; (…) o ver de lejos como en un tango a esa mujer que nos llenó la vida de espejos rotos y de nostalgias estructuralistas”[4].

Claro que siempre nos quedará París, y en particular la rive gauche… porque allí se amontona la memoria. Era mi primer viaje a Francia, y recién terminaba la asamblea anual de psicoanalistas pertenecientes a la École lacanienne de psychanalyse, a donde hacía pocos meses había optado por ingresar. A las puertas de la casona de la Société d’Encouragement pour l’Industrie Nationale donde nos habíamos reunido en aquella primavera de 1995 los miembros de Latinoamérica y Francia, justo al frente de la abadía de Saint-Germain-des-Prés, me despedí de los pocos colegas franceses que había comenzado a conocer. Sobre la vereda había un banco de plaza verde musgo, limpio, como recién lavado, donde me senté a mirar. Agotado por prestar durante dos días extrema atención en realizar el pasaje de lenguas en mi cabeza, cerré los ojos unos segundos: miraba más que las cosas de la infancia, la infancia de las cosas. En mi caso, siempre que regresan los recuerdos se me hacen zombis que se tropiezan y reencuentran para festejar.

Allí mismo, a no más de cincuenta metros de ese banco verde musgo, en la librería La Hune, ubicada entre dos cafés célebres, el Flore y el Deux Magots, en su mítica dirección del 170 del boulevard Saint-Germain, hojeando libros una tarde de otoño se encontraron Julio y Jacques. La torpeza corporal de Julio, como un chiquillo enorme que no domina su cuerpo adolescente, había hecho caer unos cuantos volúmenes que Jacques había apilado sobre un escritorio cercano al ingreso. Las disculpas aparecieron de inmediato, y el francés apenas sonrió mientras simulaba aceptarlas, entretenido en manipular unas inestables cuerdas de embalaje. El argentino, al sentirse atraído por el gesto (siempre le había atraído lo extravagante y peripatético que lindaba con lo patafísico, allí donde ir a buscar el otro lado de las cosas, su lado lúdico, el del humor y la ironía) decidió conversar: “Yo no sé pensar. Yo creo que tengo intuiciones, que veo cosas y luego, naturalmente, hay luego un proceso intelectivo que trata de apretarlas, de meterlas, de conceptuarlas, con grandes pérdidas. (…) pero cuando escribo, en todo caso hay otro camino, un camino de entrevisiones, de ventanas que se abren un poco y ahí hay algo, y de alguna manera lo digo; y tengo la impresión de que mi contacto con los lectores se hace por ese camino y no por el camino de las ideas. (…) No soy un hombre de ideas. (…) Yo me siento más cómodo en un terreno que toca lo irracional. Ese es mi verdadero campo.”[5] El francés, sin abandonar sus nudos, se animó a decir: “La escritura es pues una huella donde se lee un efecto de lenguaje. Es lo que ocurre cuando garabatean algo. Tampoco me privo yo de ello (…). Es notable que de la escritura tengamos que asegurarnos. (…) nada de eso se mantiene firme, si no lo sostengo con un decir, el de la lengua, y con una práctica, la de gente que da órdenes en nombre de cierto saber. (…) Aquí adquiere su valor el pequeño signo que escribí con estas cuerdas [un nudo trébol]. Tiene todos los caracteres de una escritura, podría ser una letra. Pero (…) en la escritura se trata de algo muy distinto del espacio de tres dimensiones.”[6] Esta vez fue Julio el que se sonrió y, antes de irse, le pidió que le regalase uno de esos cronopios que Jacques llamaba borromeos. Nadie sabe si el francés cedió ante esa demanda…

(La relación del psicoanálisis con el arte debe cursar por el camino de lo que no se sabe, de la ignorancia. Para Lacan la literatura es acomodación o colocación en lo escrito de los restos[7]. Me parece ver allí algo familiar a nuestra praxis. El tema es siempre qué hacer con los restos, incluso con los restos de lo que nunca hubo.)

Es posible conjeturar entonces, que Jacques y Julio muchas veces se cruzaron en La Hune, o en el café Old Navy sobre el 150 del Boulevard Saint-Germain (donde Julio solía pasar horas escribiendo), en una que otra madrugada enmohecida sobre la Cour de Rohan, o frente a una colección de antigüedades en la mínima Place de Furstemberg… a la sombra de los flamboyanes.

-¿La curiosidad no te llevó nunca a analizarte? –le preguntó a Julio, un día de 1983, Osvaldo Soriano.

-No, nunca fui a un psicoanalista. Siempre me rehusé, incluso en la Argentina en esa época en la que el país se dividía —como creo que está hoy— en cincuenta por ciento de analistas y cincuenta por cierto de analizados. No, era una especie de análisis barato que yo hacía por mi cuenta. Además me leí todas las obras de Freud y las técnicas que él cuenta para analizar los sueños me ayudaron a descifrar no sólo los míos, sino también mis actos fallidos. Por ejemplo, cuando me olvido de una palabra, o un nombre. Eso nunca es gratuito y es muy interesante hacer el trabajo con uno mismo. (…) Yo, de muchacho, tenía una memoria extraordinaria, que he perdido. Por ejemplo, cuando iba al cine, durante muchos años me acordaba de los nombres de los actores y las actrices, pero también me acordaba de los nombres que tenían los personajes. Entonces, cuando se me bloqueaba un nombre, yo me daba cuenta de que ahí algo no andaba. Un día veo una película con una actriz que tenía cierta fama en la época, que se llamaba Wendy Barrie. Bueno, vuelvo a casa y a la noche me doy cuenta de que no me acuerdo del nombre de la actriz. Me dormí sin recordarlo y a la mañana siguiente empecé a buscar, a repasar el nombre de los otros actores, me empecinaba, me dejaba llevar, hasta que al fin salió: Wendy Barrie. Pero ésa era sólo la primera etapa. La segunda es por qué lo olvidé. ¿Por qué? Mirá si no son sutiles los sueños: lo olvidé porque yo me acababa de pelear con una muchacha que me había dicho “lo que pasa es que vos no querés llegar a ser adulto, vos querés ser Peter Pan”. ¿Te acordás de Peter Pan, el niño que no quería crecer? Ella lo usó como símbolo. Y ahí está la explicación: la amiga de Peter Pan se llama Wendy y el autor de Peter Pan es Sir James Barrie; ya ves, Wendy Barrie. ¡Estaba todo ahí![8]

Según esta confesión Cortázar nunca consultó a un psicoanalista, pero eso no evitó que Freud lo tocara, incluso para siempre… pues en uno de sus últimos relatos, Diario para un cuento, el narrador se escucha y pone entre paréntesis lo siguiente: “(vuelve a salir la palabra de una manera bastante curiosa, ¿eh, Sigmund?)”[9].

Pero no, no es por acá…

Segundo intento

Él “actúa sobre textos ajenos sometiéndolos a una recomposición en el que el tono y la sintaxis son todo”; además, “en oposición a los discursos sustancialistas y centralizantes (…) descubre textos completamente marginales y, hasta entonces, invisibles”; siendo lo suyo “la astucia y el desprejuicio” al sumar elementos dispares, su desparpajo “le permite ejercer la ironía para reflexionar, sin supersticiones jerárquicas” que lo frenen; seguro de que “el procedimiento decide la eficacia de la invención”, se propone fundamentar que “una subjetividad no se expresa sino que se construye”; finalmente, se anima a jugar con “la ilusión referencial, la intertextualidad y la ambigüedad del sentido (o su proliferación)”. ¿De quién hablo? Estoy refiriéndome a Jacques Lacan, por supuesto… ¡No, para nada! ¡Se trata de alguien más cercano! Acabo de perfilar las hilachas que hilvanan el fenómeno Borges, según lo detalla alguien que ha leído sin tapujos a Georgie[10].

Es obvio que me atrevo a sostener que Borges me es alguien más cercano que Lacan, sólo por una cuestión geográfica. ¿Pero qué importancia puede tener esto para referirme a nuestra praxis analítica y su transmisión? (¿Acaso no es sabido que Lacan, tanto como “Borges nunca está por completo allí donde se cree encontrarlo”[11]?) Se suele decir que la geografía indica un destino, pues en ella se mixturan una cultura, una manera de reír, una expectativa futura y, sobre todo, una lengua. Entonces, creo que sí se vuelve valioso hacer pasar por el canevá de nuestra localización la pregunta por la lectura de Lacan hoy. Porque, ¿cómo leemos aquello que no sentimos demasiado próximo?

Haciendo de la ironía un ejercicio casi erasmiano, un joven Borges llega a escribir que “El Quijote, debido a mi ejercicio congénito del español, es un monumento uniforme, sin otras variaciones que las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista; la Odisea, gracias a mi oportuno desconocimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorized Version de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la saga vigorosa de Morris o la irónica novela burguesa de Samuel Butler”[12] La hipérbole borgiana vale, aun cuando es sabido que Cervantes no tiene nada de uniforme, pues subraya la importancia de un tipo de lector que me gusta llamar combinatorio, ese que no puede dejar de poner de sí; y así, se atreve a “leer por los costados y por los pliegues. (…) [sin] dejarse encandilar por el foco luminoso con que un texto puede enceguecer a sus lectores. (…) [buscando] percibir en el detalle algo que la arquitectura complicadísima del texto nos muestra.”[13]  Como en un análisis, donde está permitido escuchar sin comprender demasiado, trastabillando en el instante en que se abre la boca, dispuesto a savoir-faire con el desliz (l’une-bévue) inconsciente. Por esto me interesa, diría que me apasiona, escuchar la voz en otra lengua, no sólo otros idiomas sino también el castellano regional, la del colonizado que deja escapar vestigios de su origen americano, contrahecha, espuria y rica pero circunscripta en la tonada (siempre tengo presente aquello que sentía en su exilio madrileño el escritor jujeño Héctor Tizón: con España compartimos todo, menos la lengua); intentando reconocer más allá del sentido, en la forma de lo dicho, en la respiración que escande lalengua (lalangue), eso arcaico que regresa en busca del olvido de las sombras sin sepultura.

“Estamos hechos de la materia de nuestros sueños, pero ella es opaca; sólo las construcciones formales establecen jerarquías semánticas o conceptuales y autorizan la esperanza de que algo pueda ser dicho. (…) Borges, el mejor artesano, tiene el ojo para la forma: de allí, también, su gusto por la parodia, el pastiche, las leves modificaciones, la superficie doble de la ironía; y también las formas-matrices de los laberintos, las imágenes en abismo, las duplicaciones, los reflejos y los falsos reflejos. La «nacionalidad» literaria vive en el tono de la voz, que se inscribe en la relación entre una sonoridad y una cultura; y se define en la sintaxis, que es la respiración misma del discurso.”[14] Por esto, decir que la de Borges, por la temática que frecuenta o las lecturas europeas que alimentan a su autor, no es una literatura argentina, es negar lo evidente: cuando se la lee en voz alta, la sintaxis respiratoria es claramente argentina.

Ahora bien, también una lectura y escucha artesanal es la del analista[15]. Es evidente que una útil lectura crea tensión entre el autor y el lector, también entre el orador y el oyente, ni que hablar entre el maestro y el alumno; más aún si quien se ubica en escucha del que dicta un seminario es su analizante. Caso, este último, que no dejó de ser frecuente en la transmisión oral de Lacan; con consecuencias hasta nuestros días, puesto que algunos encumbrados analistas que hoy continúan transmitiendo de modo oral y por escrito su enseñanza pasaron por el diván de Lacan. Uno de ellos señala: “un valor de enseñanza: Lacan no se consideraba como el único autor de lo que dejaba publicar bajo su nombre”[16]; lo que redobla el interés en preguntarnos sobre el establecimiento de sus seminarios orales. Por nuestra parte tenemos un trabajo extra, el de la traducción al castellano. Pero, sobre todo vale estar advertido de que la gran mayoría de los analistas de nuestros días no le pusimos el cuerpo a la transmisión oral de Lacan: no estamos allí, en el lugar de quien experimentó la impronta de su voz, de su estilo, de sus gestos: “la respiración de la frase hablada; la marca, no la disuelve. El lector es puesto en contacto con el estilo de Lacan”[17]. ¿Cómo intentar esa puesta en contacto sin que nuestra lengua sea la francesa; además de no formar parte de ese público al que dirigía su estilo: “su público; Lacan lo tiene en cuenta”[18]? Eso está irremediablemente perdido para siempre (a pesar de cierta nostalgia o incluso melancolía, en el sentido en que por ejemplo se sostiene que, luego del derrumbe del comunismo soviético, hay una melancolía de izquierda[19]); y tal vez se perdió o extravió, no sólo por la desaparición física de Lacan, sino porque si bien la estrategia estaba clara (la imposibilidad de confiar en una publicación que no tenga en cuenta estas dificultades, que no dé la oportunidad al texto establecido de incluso confesarse impotente frente a las mismas, no dejaba otra salida que poner de sí en tanto lector frente a la evidente y dañina facilitación de su discurso), es posible que lo que haya fallado fuese la táctica de colocar en la trinchera del frente un enemigo con nombre y apellido, y grado de parentesco (lo que provoca de este lado de la trinchera, buscado o no, el destacado de otro nombre y apellido). Así las cosas, si tomamos en cuenta este último aspecto de la batalla debemos considerar que, luego del desarrollo numérico de esa posición simplificadora, la guerra está siendo perdida. No es tiempo de eso ya. ¡A otra cosa mariposa!

Todo esto implica repensar su enseñanza. Y nosotros, latinoamericanos, cada quien manufacturando su singular artesanía para lograr seguir solo, no podemos hacerlo sin tener en cuenta dónde llevamos adelante nuestra praxis.

Estoy más cerca; pero no, no es por acá…

Dicen que la tercera es…

Revelo de que leer Lacan no es escucharlo, pero vale la pena el intento; el ensayo al menos de savoir-faire una lectura situada: que busque recuperar el valor clínico de su transmisión oral, pero sin perder de vistas nuestras coordenadas (lengua madre, ubicación geopolítica, historia cultural, etc.), además de tener en cuenta que nuestro tiempo, si bien cercano, no es el mismo de Lacan (ni siquiera del Lacan de los años 70 del siglo pasado). En suma, no hay una Lacan mundial. Entonces, ¿hay un Lacan argentino, un Lacan cordobés?

En junio de 1986, a pocas cuadras de donde resido hoy, salía a la luz el primer número de la revista Littoral, en castellano. La directora de esta colección de artículos provenientes de la Littoral / revue de psychanalyse (creada en 1981, al disolverse la École Freudienne de Paris y apenas unos meses antes de la muerte de Lacan) así como quienes se nombraban revisores de sus traducciones al castellano, salvo uno, eran cordobeses que se habían exiliado en México durante la última dictadura militar que asoló mi país (vale aclarar que entre ellos había quienes decidieron no regresar en 1984 con el advenimiento de la democracia, y harían de México su tierra definitiva). Así llegaba a Córdoba (y desde Córdoba a Argentina) un Lacan, al menos una manera de leerlo.

En ese primer número, la directora firma una nota que hace las veces de introducción a la colección, y tal vez buscando aclarar de dónde proviene el nombre de la nueva revista, entrecomilla una frase sin dar referencias de dónde proviene lo citado: “Lituraterre retoma y esclarece la insistencia literal haciendo valer en ella la letra en tanto que destino. Allí está su litoral”[20]. ¿Debemos suponer que juega con que en francés letra y carta se escriben del mismo modo (polisemia con la que Lacan trabaja no sólo en su escrito Lituratierra [1971] sino mucho antes, en El seminario sobre La carta robada [1956]), o quizás que se vuelve necesario aludir al destino de la publicación recién estrenada? Destino es un concepto cuanto menos complicado para sostener en un análisis, así que prefiero quedarme con la primera conjetura a la que alude mi pregunta. De no ser así, de animarnos a sostener que se alude al destino de la revista Littoral en castellano, largo sería el decurso de la misma tanto en Argentina como en México, un trayecto de casi 36 años, pues en enero de este año se anunció el final de la última Litoral (ya con una sola “t”) en castellano (y por el momento, tal vez es demasiado pronto para asegurarlo, no se avizora ninguna resucitación de la misma). De todas maneras, aquello que en un espacio académico sería altamente cuestionado, hablo de no referir el origen de la cita (e incluso hacer pasar por cita textual lo que no lo es), es un detalle del que me sirvo, puesto que tal vez “esa frase justa no pertenece a ninguna época”[21]: ¿acaso un análisis no apunta a toparse con frases que no pertenezcan a ninguna época, yendo así en la dirección opuesta a cualquier injerencia del Otro?

Luego, la pregunta se impone: ¿Dónde está hoy ese Lacan? Claro que hacernos esta pregunta no nos salva de ocupar la función del traidor (un buen lector, tanto como un buen traductor, tampoco debe temer demasiado ocuparla). Y es que, si nos proponemos sostener una transmisión, allí hay “otra dimensión del aprendizaje: la traición (…). Si se quiere contar, no se puede respetar el límite puesto por una cultura (…). El que cuenta se pone fuera de esa ley del grupo. Para convertirse en escritor, deja el grupo de iguales traicionándolo. (…) se separa de ellos para que surja la ficción”[22]. Si como tantas veces se ha repetido, en un análisis la ficción no se articula con el saber sino con la verdad, esta traición es mucho más afín a nuestra praxis que la tarea de Los Testigos de Lacan, que al creer (o querer) ser fieles transmisores, traicionan lo más importante: la caída del Otro. En suma, si insisto en responder mi pregunta, aquel Lacan que llegó a Córdoba en 1986, hoy sobrevive en la región. ¿Se trata del mismo? Espero que no…

¿Cómo no valernos de que somos extranjeros? ¿Acaso nuestra lengua, nuestro lugar en el mundo, no nos vuelve extranjeros (por más europeizantes que se nos cuestione ser) de la Austria freudiana y la Francia lacaniana? ¿Sería pedir demasiado, una vana ilusión, servirnos de esta extranjería para entregarnos “a los placeres de los desvíos y los malentendidos que (…) proporcionan la lectura de traducciones, la lectura de versiones originales en idiomas extranjeros, los ejercicios de la traducción propia y ajena”[23]; es decir, animarnos a tropezar con lo inesperado, vacíos de un saber? Ser rebeldes, irrespetuosos y hasta infames con la gerontocracia (claro que no hablo de Chronos) que, sin darnos cuenta, muchas veces alimentamos. Los latinoamericanos podemos considerarnos marginales del centro del mundo, y ello nos otorga una nada fútil libertad respecto de tradiciones culturalmente consolidadas en Occidente[24]. Una lectura joven (claro que no hablo de Chronos) será combinatoria, o no será.

Hace unos pocos meses recibí en mi biblioteca la que tal vez es la más reciente publicación de este modo de leer Lacan. Se trata de un libro escrito por una amiga y un amigo, miembros uruguayos de la misma École de la que forma parte aquella Littoral. Desde el primer renglón del texto (que se ocupa, tanto como el primer artículo aparecido en Littoral número 1, del establecimiento y lectura del seminario que Lacan tituló De un Otro al otro) se puede leer que “rastrear las impresiones que quedan en el revés del tapiz fue una característica de la manera en que leímos y escribimos sobre (…). Esta genealogía se centra en «ver» y «leer» los trayectos que recorrió Lacan en el decir (…), las dificultades con las que se encontró y cómo hizo para resolverlas. De ahí la importancia de las costuras, nudos y reparaciones que solo se dejan ver en el revés del tapiz. (…) sin hacer desaparecer sus rasgos menos claros. (…) buscamos potenciar las problemáticas que muestran, así como hacer lugar a la manera en que los captamos entre los caminos sinuosos que recorrió (…). Los trayectos del decir de Lacan no fueron lineales ni evidentes (…). Será tarea del lector señalar los que se nos perdieron y en los que nos perdimos. (…) No faltan, ni faltaran, las explicaciones conceptuales que borran lo que una lectura crítica vuelve visible.”[25]

Creo entrever aquí una ética del lector que comparto; la que no torna necesario diferenciar o separar ética de erótica. (Es más, si se lee y se escucha para transmitir, en ese contar que resulta: se cuenta en tanto conteo, se cuenta con el otro y se cuenta con uno mismo en tanto relato de un vivir.) Savoir-faire una ética para el análisis como erotología es un imprescindible entrecruzamiento o quiasma (al modo en que un programa estético[26], muchas veces de manera no buscada o pensada, se propone construir una lengua, encontrándose con que en el instante en que se despliega una poética también se la critica). Advertido de que en algunos ámbitos dicha ética causa escándalo, me tranquilizo cuando percibo que esto es precisamente lo que permite diferenciar con claridad el ser hablante del ser pensante; porque: “(…) supone el cuestionamiento radical de todo efecto de representación, la desaparición de cualquier connivencia con la representación de lo que ocurre con lo representado como tal. (…) [Así] el ser pensante solo trata con su propia medida, planteada como punto referencial, a partir de lo cual él cree poder enunciar a priori por lo menos las leyes fundamentales de la representación”[27]. En la vereda contraria, la palabra en el ser hablante engramatiza el síntoma[28]. Este neologismo de Lacan alude claramente a la forma y no al sentido, “cuando tomamos las cosas desde el ángulo formal, en el nivel más radical de la articulación significante”[29]. De lo que se trata, agrega, es de “percibir el punto de falla, donde, como frase, y de ningún modo como sentido, esta deja ver lo que anda mal”[30]. Por esto, escuchar al ser hablante (parlêtre) nos aleja de la posición de la ciencia, y apunta a volver soportable la incertidumbre que se muestra en lalengua. Si hay algo de lo que un análisis puede ser garante es de garantizar la incerteza, y no reconocer más que la singularidad de cada sujeto en su búsqueda. Un modo de escucha.

En 1986, Eric Porge nos anoticiaba que cierta “simultaneidad de dos planos en la dirección del mensaje se llama «hablar a la cantonade». Cantonade era un término de teatro; designaba, en las obras italianas, un costado del teatro donde una parte de los espectadores estaban sentados sobre bancas en forma de pequeño anfiteatro. Luego designó pasillos. Hablar a la cantonade es hablar a un personaje que no está en escena.”[31] Ya lo había enunciado Lacan como un hablar “en alta voz pero a nadie en particular”[32], para, casi de inmediato, señalar: “volvemos a encontrar aquí las constitución del sujeto en el campo del Otro (…). (…) está, bajo el significante que desarrolla sus redes, sus encadenamientos y su historia, en un lugar indeterminado.”[33] Por esto, un buen entendedor habrá sido aquel que no se deja avasallar por el interés en comprender, y no se sienta presionado por no ser alguien en particular.

La tarea de un analista no sería la de hacer fracasar el saber, sino más bien la de poner “un saber en fracaso: como se dice figura en abismo”[34]. No es que haya que dispensarse de saber alguno. Para nada se trata de eso. Se trata más bien de un agujero, de savoir-faire un agujero en el saber. No hablo ni de saber un no saber ni tampoco de hacer un no saber. Hablo más bien de una apuesta, una partida que sin transferencia en juego no lograría ese artificio, esa artesanía de lo escrito. Y es que éste se sirve de la letra, pero no de una letra muerta (fabricando un puro saber académico que nadie lee, porque nadie se lía allí, al no facilitar que un cuerpo sea tocado), tampoco una instancia de la letra (donde el predominio de lo simbólico conduzca al puro desciframiento significante del rébus del sueño); sino, de lo que se trata es de la letra en tanto litoral, la letra dibujando el borde del agujero en el saber[35]. Ahora bien, Lacan no dice agujero del saber, sino agujero en el saber. Subrayo esto porque aquí creo leer que en ese agujero hay otra estofa, otra materialidad que la que rellena al saber. Si es un verdadero agujero, allí no hay nada; o en todo caso, allí hay sólo un intentar recuperar una pérdida de goce, ese plus-de-jouir que es una nada[36]. Por eso, dice Lacan, cuando a ese agujero (a ese vacío arcaico) el psicoanálisis intenta colmarlo de saber lo que único que se logra es “invocar allí el goce”[37].

Entonces, cómo no conjeturar que, al menos en su enseñanza, valiéndose también de ese operador que comanda nuestra praxis: la transferencia, ¿Lacan también habla a la cantonade? Un modo de responder a la demanda de saber de una manera indirecta. Nosotros, en otras coordenadas de espacio y tiempo que las suyas, ¿acaso podemos ubicarnos en ese lugar indeterminado, logrando que esa cantonade sea preservado y diferenciado, si, sumergidos en otras tonadas, no somos su público ni uno de sus analizantes? Está en cada practicante del análisis evitar engañarse con una respuesta afirmativa a esta última pregunta; y al mismo tiempo está en cada quien, causado por su análisis, tomar la posta y, antes que ser Testigo de, llevar un trecho más el testigo…

Sólo por un trecho, pues al sobrevivir a Lacan, ¿se podrá enterrar, como se entierra un gran tesoro (con el riesgo consiguiente de extraviar la cartografía y no volver a encontrarlo), y a modo de expiación, algo ocupe el lugar del cadáver ausente, algo, quizá fruto de un artificio creativo, que le permita dejar de estar en ese umbral (en ese infierno) que no pertenece ni al mundo de los vivos ni al de los muertos?

Coda

Una amiga mexicana me pidió que escribiese algo sobre Lacan hoy. Aquí está. No podría hacerlo de otra manera que, situado en mi lugar, desde donde intento llevar adelante mi praxis analítica. Un espacio, no sólo geográfico (es sabido que las fronteras siempre titubean frente a lo éxtimo), que parece haber entrado en un curioso silencio para nada comparable al de aquella Córdoba que a mediados de los ’80, en plena primavera democrática, se animaba a inaugurar un modo de transmisión del psicoanálisis en Argentina. ¿Mutismo, afonía, agotamiento; o, en el mejor de los casos, sigilo?

“Estuve todos estos días sin noticias de Argentina, así que decime si tenés algo nuevo porque Le Monde ha entrado en un silencio un poco largo, salvo que el silencio de los cementerios se haya conseguido ya”, le escribe en pleno exilio parisino Osvaldo Soriano (quien sabía muy bien que a los escritores, como todo intento de transmisión, se los puede llevar el viento) a su amigo Osvaldo Bayer. ¿No hubiera sido apreciado por muchos, que los dictadores, como lo quería Dante y su stil nuovo (que no buscaba defenderse de ninguna lengua del Otro), sólo fuesen trovadores, es decir dictatores illustres, dueños y señores del ars dictaminis (nunca tan literalmente arte de escribir)?

Riberas de Villa Belgrano, Córdoba.Julio, 2022.


[1] “ese relámpago {éclair} del pase en el cual tengo tanto para aclarar {éclairer}, precisamente lo que concierne a cierto momento que es el momento en el que uno se decide, en que uno se vuelca, en que uno entra en el discurso analítico” [Jacques Lacan, Intervención en el Congreso de la EFP en La Grande-Motte (2-11-73), Lettres de l’École Freudienne, n° 15, 1975, p. 69-80].

[2] Jacques Lacan, De un Otro al otro, sesión del 26-02-1969, Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 176.

[3] A excepción de cuando, no bien llegado a París, vivió los primeros cinco meses en la habitación 40 de la Casa Argentina de la Ciudad Universitaria, ubicada en el 27 A de Boulevard Jourdan, o de aquel corto tiempo a comienzos de los años 50, en que habitó una casa en la Rue de Gentilly, en el suburbio parisino de Villejuif, o de la que fuera su casa veraniega de Saignon, en la Provenza; Cortázar siempre supo residir a no más de 35 cuadras del 5 rue de Lille. Así, además del 9 rue de l’Eperon, el escritor argentino residió: en una pieza del 91 de la rue d’Alésia, en una habitación del Hotel Esmeralda en el 12 de la rue Saint-Julien le Pauvre, en un departamento en el 24bis de la rue Pierre Leroux, entre 1960 y 1968 en el 9 de la Place du Général Beuret, y en su último domicilio en el 4 de la rue Martel.

[4] Julio Cortázar, Prosa del observatorio, Lumen, Barcelona, 1999, p. 59.

[5] http://afondo-entrevistas-soler-serrano.blogspot.com.ar/2012/07/julio-cortazar-entrevistado-en-el.html

[6] Jacques Lacan, Aun, sesión del 15-05-1973, Paidós, Buenos Aires, 1985, pp. 146, 147-148.

[7] Cf. Jacques Lacan, “Lituratierra”, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 20.

[8] Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga (edición), “Cortázar a Osvaldo Soriano, París (1983)”, en Cortázar de la A a la Z – Un álbum biográfico, Alfaguara, Buenos Aires, 2014, p. 228. También en <https://www.nodal.am/2014/08/reportaje-de-osvaldo-soriano-a-julio-cortazar-revista-humor-septiembre-1983/ > [las cursivas me pertenecen].

[9] Julio Cortázar, “Diario para un cuento”, en Deshoras, Alfaguara, Buenos Aires, 2013, p. 152

[10] Beatriz Sarlo, Borges, un escritor en las orillas, Seix Barral, Buenos Aires, 2003, pp. 98-108.

[11] Beatriz Sarlo, Escritos sobre literatura argentina, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2007, p. 201.

[12] Jorge Luis Borges, «Las versiones homéricas» [1932], en “Discusión”, Obras Completas, Emecé, Buenos Aires, p.240.

[13] Beatriz Sarlo, Escritos sobre literatura argentina…, op. cit., p. 211.

[14] Beatriz Sarlo, Borges, un escritor en…, op. cit., p. 97.

[15] Cf., Raúl Vidal, Campos de Locura, Campos de Lectura –lectura artesanal del analista, El Espejo Ediciones, Córdoba, 2017 [en México, distribuye Editorial Me cayó el veinte].

[16] Jean Allouch, “Lacan censurado”, en Littoral 1: Lacan censurado, Editorial la torre abolida, Córdoba, 1986, p. 10.

[17] Ibíd., p. 18.

[18] Ibíd. p. 22.

[19] Cf. Enzo Traverso, Melancolía de izquierda –Marxismo, historia y memoria, FCE, Buenos Aires, 2018.

[20] Littoral 1: Lacan censurado…, op. cit., p. 7.

[21] Beatriz Sarlo, Escritos sobre literatura argentina…, op. cit., p. 204.

[22] Ibíd., p. 205.

[23] Beatriz Sarlo, Borges, un escritor en…, op. cit., p. 106.

[24] Ya está siendo hora de que en Argentina dejemos de lanzar papelitos y saltar de alegría cada vez que recordamos que una Victoria Ocampo sedujo a un Jacques Lacan, o de que este último citó en su escrito El seminario sobre La carta robada (1956) a Jorge Luis Borges y aquel El idioma analítico de John Wilkins (1952), ensayo disfrazado de erudición que “proporciona un ejemplo bien conocido de clasificación paradojal, que responde a la estrategia de des-concierto que Borges adopta, casi de manera invariable, para presentar ideas” [Ibíd., p. 116 (las cursivas son de B. Sarlo)]. Habitar la marginalia que nos tocó en suerte puede ser desconcertante e incómodo, pero no es poca cosa admitir que también puede tener un alto valor clínico asentir a cierto fuera del orden

[25] Fernando Barrios y Sandra Filippini, De cuando Marx importunó a Lacan – Una genealogía posible del plus-de-jouir, Escolios, Montevideo, 2021, pp. 9-12.

[26] ¿Acaso no hay una estética que importa al psicoanálisis?, la que se extiende desde los juegos entre el dolor y lo bello [Cf. Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis, sesión del 01-06-1960, Paidós, Buenos Aires, 1988] hasta la función de la letra: “entre las nubes, el destello escurriéndose [le ruissellement] (…) reunión [bouquet] del trazo primero y de lo que lo borra. (…) centro y ausencia, entre saber y goce” [Jacques Lacan, “Lituratierra” (1971), en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 24 (traducción modificada)].

[27] Jacques Lacan, De un Otro al otro…, op. cit., p, 179.

[28] Cf., Ibíd., p. 180.

[29] Ibíd.

[30] Ibíd., p. 182.

[31] Eric Porge, “La transferencia a la cantonade”, en Littoral 10: La transferencia, Editorial La Torre Abolida, Córdoba, 1990, p. 73.

[32] Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, sesión del 27-05-1964, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 216.

[33] Ibíd. (la cursiva me pertenece).

[34] Jacques Lacan, Lituratierra…, op. cit., p. 21.

[35] Cf. Ibíd., p. 22.

[36] Asentimos a las razones para no traducir esto por plus-de-gozar, tal como lo proponen en su texto Fernando Barrios y Sandra Filippini, [Cf. De cuando Marx importunó a Lacan…, op. cit.].

[37] Jacques Lacan, Lituratierra…, op. cit., p. 22.


Raúl Vidal: Médico por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Psicoanalista que desde hace 37 años sostiene su práctica en la ciudad de Córdoba. Miembro de l’école lacanienne de psychanalyse. Escritor.

Ensayos publicados: Locura y Horror ¿Qué relación? ¿Qué clínica? (Fundación Mannoni, Córdoba, 2010), Campos de Locura, Campos de Lectura –lectura artesanal del analista (El Espejo Ediciones, Córdoba, 2017) y Locura ◊ Horror -Hacia un olvido de las sombras sin sepultura- (Ediciones Nandela, México, 2022).

Literatura publicada: Elogio de la ceniza (Alción, Córdoba, 2004), Pagué y salí (Alción, Córdoba, 2006), Crónicas de los poetas desertados (Edit. Municipal, Córdoba, 2007), El último safari (Alción, Córdoba, 2015) y Todos los nombres son su nombre (eLBc, Córdoba, 2017).

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