Presentación* del libro:  “No hay milagro más cruel que este. Sylvia Plath: amar, maternar, escribir” de María Magdalena. Por Gabriela Pedrotti.


Imagen de portada, Más libros, más libres @sonder_bcn

Cuidado editorial: Gabriela Odena, Marisa Rosso


“Toda herida es singular, toda herida es inenarrable”. Chantal Maillard dice: “Cada cual con su dolor a solas, el mismo dolor de todos”. Con esta paradoja se escribe este libro, “sin esa paradoja no se podría testimoniar sobre una herida privada que, en el mismo momento en que se vuelve testimonio, concierne a otros, las toca, las hace hablar”.

Leía a Adrienne Rich una tarde de otoño cuando recibo el llamado de María: “no sé si vas a poder, sé que estás con mil cosas, pero me gustaría que me acompañaras con la presentación de No hay milagro más cruel que este”.

De golpe una alegría entre exaltada y húmeda llenó el cuarto en el que leía. Cómo no acompañarte, cómo no acompañar la escritura de este libro sublime, cómo no acompañarte en ese temblor que te produce Sylvia Plath, del que vengo siendo testigo. ¡Cómo no! Si me parecés una escritora de la hostia y compartimos el amor a Sylvia. Había conocido a Plath de la mano de un amor, Ariel llegó a mis manos en tiempos de juventud. Cómo no acompañarte si pocas veces he leído cosas con tanta potencia como en tu escritura. Pocas veces alguien ha llegado a ese lugar tan recóndito de mis noches como María Magdalena. Pocas veces he disfrutado un diálogo dominguero de horas, he olvidado el reloj como cuando nos encontramos a hablar de nuestras vidas. Cómo no acompañar esta trama que nos une entre el amor y el espanto. Cómo no sentirme cerca de tu herida si olfateás la mía desde lejos y alojás.

Y aquí estoy, profundamente conmovida sin poder aunar un criterio para escribir esta presentación.

Me dejaré llevar, como esos diálogos de domingo. Porque este libro no aúna, este libro abre lo diverso de una, lo distinto en una, lo no catalogado, lo que no entra en razones, lo que resiste al concentracionismo, a la colonia, al poder. Es un libro vulnerable, dice María, y Luna Miguel asiente en la contratapa: “nunca la fragilidad ha sido tan peligrosa como en estas páginas”. María no escribe sobre Sylvia Plath sino desde Sylvia Plath. Desde su amor a ella, nos invita a conjugar esos verbos, amar, escribir, maternar. Ella sabe que la letra entra con amor, sin amor no hay nombres, ni letras ni cuerpos.

Desde su feminismo busca encontrar ese hilo invisible que conecta con la intensidad de su dolor y el de otras. Ella, la autora que estuvo “enferma de amor romántico y neurosis”, una combinación, nos dice, que puede ser letal. Pero aquí está, derramando lejanía al horizonte. Este libro es cuerpo, un cuerpo de heridas, cicatrices a medio cerrar, dolores, pero también encuentros, sosiegos, hallazgos y bellezas. El grito que María escucha en Sylvia Plath lo hace rito de un deseo, que escribe en los márgenes de lo posible, grito desesperado y grito de hembra gozando.

Recorre la vida de esta mujer desde sus inicios hasta sus finales. Con su escritura va siendo testigo de cada tramo de esta “norteamericana blanca de clase media oprimida en la sociedad patriarcal de los años 50 que se debatía entre la escritura y la vida doméstica”. La gran poeta y la mujer desesperada, no escribe para victimizar ni para criticar, y eso se escucha. Me encuentro con una frase de Elias Cannetti que me ofrece la metáfora justa para lo que me viene pasando con el libro. Dice: “Nadie está más solitario que aquel que nunca recibió una carta. Pensé, y nadie más acompañado que aquel a quien recibirla lo hablé blanco de un destino, un lugar a que llegar”.

Así me pasó con el libro de María Magdalena, escandido en capítulos de cercanía temática (una excusa para juntarlos). Cada capítulo es un gesto de amor, un recuerdo personal, un poema, un arañazo al dolor, un grito hecho letra. Una historia. Pequeñas series de ciencia ficción, documentales, policiales podrían ser, cuatro capítulos bajo un título y un corte. A veces quiero salir corriendo, otras prender un velador antiguo con la luz amarilla y volver a leer. Leer me encendía, a veces brotaba. Pensé que estaba frente a un gran epistolario. Una serie de cartas que se amalgaman en un sentimiento, lo crudo, lo prematuro. Se consigna en letras lo impalpable y entonces se palpa la herida en una sintaxis que la aloja. Se azucara solo para poder pronunciar y dejar sentada la amargura, la desesperación del mundo de una mujer en llamas se oxigena para hacer aparecer el llamado encriptado de nombres prohibidos. 

Una tapa que, como nos tiene acostumbrados Romina Luppino, son jeroglíficos a descifrar o más bien collages, un collage exquisito, una lectura en imágenes. Una foto desgarrada en blanco y negro de la que surgen hojas. Un desgarro que da nacimiento. Una foto donde Sylvia ríe hermosa, sostiene una rosa que busca tierra. Una rosa que hace borde a la foto, del otro lado del desgarro una rosa sostenida por una curita. Letras que germinan desde la tapa en rojo y negro y el detalle de la alfombra roja que da entrada. Así se arma este libro. No es terciopelo, pero casi.

Y así como dice Clarice Lispector:¨va a crear lo que les sucedió¨, a Sylvia, y a la propia  autora. Este libro aborda lo importante, la variación, los extremos, las pérdidas y los baldíos a los que el cuerpo femenino es llamado. Lo hace soportando, o siendo soporte de una dispersión, un desparramo de esa capacidad de la mujer de vivirse tan monstruosa como insignificante. Pensando desde el psicoanálisis, ella no resume al uno concentracionista y despótico. Tolera la diáspora vital. Tolera los distintos territorios que componen una voz, un cuerpo, los históricos con el peso de la anomia en el que las mujeres han estado por siglos, los familiares, los heredados, los trastornados. Somos habitados por lo Otro.

Es un libro que no solo llega desde su escribir tan sangre, tan bello, sino también un libro clínico. Aprendí. Aprendí por ejemplo cómo María considera al suicidio como un instante más de la vida. Un punto de basta o de capitón que no la hace leer nunca aprés coup, no hace dirección. Un respeto por la contingencia y por un afecto que reconoce no fue siempre dolor.

Sylvia rió, sufrió, cuando se enteró que no podía ser madre, enloqueció con la crianza de sus dos hijos cuando no podía escribir. Amó a Ted con locura, enloqueció ante su infidelidad y gozó de su sexualidad cuando le fue posible. María le da un tratamiento escritural a su vida que emociona, rescata esas diferencias en toda mujer, ese desasimiento vital. No juzga los actos de locura o celos, de atropello a su razón. Se deja tomar, los acoge y sabe de este riesgo, por eso dice: “este es un libro vulnerable». Por eso, dogmáticos y ciertos abstenerse. Este libro te acontece, te pasa, te fluye, te acuerpa. 

Escribo esta presentación con un ritmo interruptus, me levanto, me hago el mate, vuelvo, me pega, me acaricia, me enloquece, me desarma. Vuelvo al libro cada noche y me siento Sherezade. Una de esas noches abro y leo «equivocada no es un nombre», decía J. Jordan, y la autora dice «equivocada no es el nombre de ninguna”. Cuántos años pasaron las mujeres sin poder firmar o hasta mujeres que se vestían como varones con indumentarias o pseudónimos. Qué atropello, pienso, sufro por y con ellas. Vuelvo a levantarme, camino, vuelvo al libro y me siento como una nadadora de aguas profundas. Ahora María es una nadadora que naufragaba en la bañera como si fuera un mar solo de ella. Con un deseo salvaje bordeaba la muerte, hundiéndose y salvándose muchas veces. Ese oleaje salpicó. Y escribió con el agua en los ojos los restos de su naufragio. Encontró libros, letras y tinta imborrable en sus yemas. 

Sylvia Plath gozaba de la vida y también padecía el agobio cuando conjugaba los verbos amar, escribir y maternar y se tornaban imposibles. Cuando el tiempo, ese eterno tirano, no dejaba espacio para el anhelado silencio del cuarto propio. No ser interrumpida era su anhelo, ¿qué la interrumpe? ¿Qué interrumpe una mujer en su deseo? ¿Cómo se compone la demanda feroz y constante de lo materno con el tiempo retirado que demanda la escritura? O cuando los signos de su compañero Ted Hughes van en franca retirada y su desaparición hace emerger a la «otra rival» y no es fantasía. El cuerpo lo sabe y quiere romper y quemar y se rompe rompiendo sus cartas. Sylvia se entera cuando el diccionario lo porta el otro, el hombre, ella enmudece, enloquece, ella dice: «lo he idealizado». Su hija Frieda recibió su vida y no su muerte, le fue concedido ese don. No quiere que le pongan una placa en su última casa londinense, la quiere en la anterior en la que le dio nacimiento a ella y en donde escribió y amó. 

El libro fluye en capítulos de a cuatro. María no deja a Sylvia sola nunca, la acompaña con sus letras, se deja acompañar por ella. Nos acompaña. María propone en este libro un profundo diálogo, un encuentro interpelado en su ser. Interpela al patriarcado, a la medicina, al feminismo y a la maternidad. Un gran epistolario dirigido a una, a otra, a Plath, a cualquier mujer que haya pasado por esa trinidad siempre un poco maldita del maternar, amar, escribir. En el cuarto aparece el poema y el vacío por debajo. Y por encima del poema, el cuarto hace vacío. De repente irrumpe la idea de que podían ser sesiones de análisis, argumentos, hablar de otra y otro, pensar su historia, escribir, volver con un poema, irse con un silencio. Sesiones de análisis con cortes y empalmes. Allí el libro me abrió un mundo dentro de un mundo, el análisis de una mujer que se dice en otra, como no podría ser de otra manera. Su escritura no es aséptica, porta el virus del riesgo y no hay vacunas que resguarden, a no ser la sordera o la imbecilidad. Una escritura real. Contagia y pega.

La escritura de María es una escritura en auxilio. Una escritura de rescate, no de salvación, no es divina, es absolutamente terrenal, como una escritura madre, de recepción. Recibe lo inconsolable, lo inimaginable, la desmesura. La escritura de María recibe el tono de lo oprimido. Escucha tanto el fuego como lo estéril. Escucha la voz quebrada por el tormento que los designios médicos que sancionaron estadísticamente la imposibilidad de su maternidad, de tener un aborto, de hacerle una histerectomía. Ellos entran como bisturíes apalabrados, dejando partir de los consultorios a las heridas abiertas. Escribe también una analista que con su poética abre esa voz al infinito, con su escritura se encuentra prestando testimonio. Dice: «esa ficción, relato o narración que construimos en torno a nuestras vidas, esas marcas propias ya sean singulares para escribir, pintar un cuadro, admirar un paisaje, amar u odiar. En este sentido Sylvia Plath, Anne Sexton y June Jordan, entre tantas otras, han podido hacer del testimonio una forma de poesía, al transformar las experiencias íntimas –y tabú– en acontecimientos casi universales, que de una u otra manera nos atraviesan a quienes nos encontramos en ese terreno repleto de horrores que llaman lo femenino». Cuando escucho ese ánimo en la autora al relatarnos ese acontecimiento infantil, cuando leo esas letras que buscan calmar un cuerpo dolido, un cuerpo acallado por el horror, por escuchar a un tipo que de pequeña aterrorizó con su «te voy a chupar la conchita» y tantos otros atropellos, subleva. A ella, la autora, se le clavó el horror. A sus lectores el odio. Pero María decide otro camino, no se queda agazapada y entonces esa potencia se vuelve transfusión sanguínea. Y los poemas de Sylvia Plath se escriben en rojo sangre. Si los analistas son mejores por tener tetas como Tiresias, dice Lacan, es porque lo materno, tal vez, nos hace más cercano a lo extranjero, a lo inconcebible, a lo impensable, a alojar lo éxtimo. María consigna lo innombrable como lugar a albergar, maternar, acunar. Y no porque los libros sean hijos sino por el tratamiento de la letra que es otra cosa. Escribir desde un maternar es hacer sonar esa valencia, llevar el acorde de lo anónimo a lo singular. También lo hace cuando deja los universales y decide desde lo singular de cada una no hacer conjunto y armar red. Por eso problematiza la consigna feminista «si duele no es amor». Pero ¿hay amor sin dolor? Abre un reduccionismo que cercena lo funda-mental. Funda el amor que hace cobertura al dolor de existir.

Una analista que lee al escuchar y escribe haciéndose eco de las palabras de Ane Sexton, que al enterarse del suicidio de Sylvia escribe: «qué es tu muerte sino una vieja pertenencia, un lunar que se te cayó de uno de tus poemas». Un lunar, un perfume, una rosa. Este libro es un gran detalle. María es respetuosa de la vida de Sylvia Plath, nunca se lee ningún aserto moral que la detenga en la harto escuchada psicopatología, como también padecen Pizarnik y tantas, esas que dañan la humanidad, esos insultos disfrazados de ciencia. 

Aprendí de este libro cómo el amor se sostiene en el medio del pasaje de una letra siempre momentánea, flexible, errante su destino cierto, pasadora médium de la emergencia. Sylvia debe estar muy contenta de que alguien la haya escuchado así. No solo con las orejas sino con esa lectura epidérmica a la que María nos tiene acostumbrados. 

María le dio ese lugar a solas, el “cuarto propio”, donde habitan sus poemas, ese lugar a solas, ese privilegio que merecía la donación de un tiempo para parir escritura, detenerse en ella y que ese rescate devuelva al silencio anhelado.

Haber conocido a María en este libro confirma su valentía al decir un acto que sostiene aún a pesar de ella, por suerte. 

Un libro donde la fragilidad es potencia y belleza. Las noches femeninas pueden estar más iluminadas después de este libro y es con la lectura de otros y otras que este libro se fortalece. Espero que así suceda. 

Ha nacido un gran libro y es momento de celebración. Finalizo con una frase de Anne Brontë: “aquel que no se atreve a agarrar la espina, no debería ansiar la rosa”.

*Presentación que se llevó a cabo el 8 de julio de 2022 en la librería «Otras orillas».


Gabriela Pedrotti. Lic. en Psicología. Uba
Fue Docente de dicha carrera en la cátedra de Psicología Institucional.
Psicóloga Social egresada de la Escuela de Pichon Riviere
Fundadora del grupo H8 de intervenciones institucionales junto a Fernando Ulloa y otros
Es AME de la Escuela de Buenos aires , institución a la que pertenece hace mas de 20 años donde dicta seminarios .
Publicó artic en la Revista Sigmund Freud , y es co autora de los libros bilingue italo español « Lo indecible sustraído a la nada » y « El psicoanálisis en tiempos de la no escucha »
Su gusto por la escritura , en particular la poesia dio nacimiento a »« Conjugada » editado por Viajera editorial y co autora de « Hebras de una trama » editado por La Docta ignorancia
 Prepara su próximo poemario « Embarrada »
« La escritura de lo íntimo » es su primer libro de Psicoanálisis.


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