Dos preguntas a Jesús Martínez Malo

Responsable sección, Gisela Avolio

Dirección editorial, Helga Fernández

–¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?

–Esta pregunta me va a tomar algunos renglones responderla. Empezaré diciendo que yo no descubrí al psicoanálisis, fue el psicoanálisis quien me descubrió en una suerte de encuentro “tíquico” (de tyché), no buscado, no solicitado, prácticamente azaroso. Ocurrió hace ya muchos años; yo debía tener entre 12 y 14 años pues estudiaba en ese entonces en alguno de los tres grados de la escuela secundaria (en México son seis años de la primaria, tres de secundaria y tres de bachillerato o preparatoria antes de iniciar estudios universitarios). Un buen día mis ojos se detuvieron en un grueso, viejo y maltratado libro que estaba en un librero en mi casa, esto es, la casa de mis padres en la que vivía con mis cuatro hermanos (yo fui el penúltimo). Era, sin duda, un libro singular, por su volumen, su título y su contenido. Se trataba de un viejo ejemplar de la edición en español de 1949 de Estados nerviosos de angustia y su tratamiento, de Wilhelm Stekel. Por supuesto no tenía idea quién era ese señor ni de qué trataba ese libro. Era de la editorial mexicana Diana y traía el prólogo de la primera edición original (1908), nada menos que el de Sigmund Freud.

¿De quién era o quién lo había llevado a la casa? Era indudable que había sido leído, estaba maltratado, pero ¿quién lo había leído de mi familia, por qué un libro de ese tema y no de historia de México que tanto apasionaba a mi padre o de alguna novela o libro de poesía que era lo que leía mi madre? Nunca lo supe y si lo pregunté lo olvidé ya. El caso es que nunca lo había visto antes en algún librero de mi casa. Lo tomé, me lo llevé, lo empecé a leer y conforme iba leyendo me iba sorprendiendo cada vez más, haciéndome preguntas, imaginando lo que el autor relataba, subrayando tímidamente con lápiz, sin darme bien a bien cuenta de que eso me capturaba, me aprehendía, me tomaba. Al terminar las 870 páginas recuerdo que me dije a mí mismo: “no sé qué es eso ni cómo se llama ni dónde se aprende, pero yo quiero dedicarme a hacer eso en mi vida”.

Durante toda mi vida yo siempre había pensado y dicho que quería estudiar medicina, lo mío no era el Derecho –como mi padre y mi hermano mayor– ni nada que no fuera la medicina. En el “tabicón” de Stekel se mencionaba al “médico”, al “enfermo”, la “enfermedad”, la “clínica”, las “fobias”, la “locura”, las “afecciones o trastornos” en las que el cuerpo estaba comprometido, así como toda suerte de fenómenos corporales y “mentales”, e iban precedidos por el término “parapatía” –que más tarde descubrí que esta palabra fue al parecer sólo usada por Stekel para referirse a las neurosis–; también se dedicaban capítulos a “la asociación libre” y la “interpretación de los sueños” y aparecía la palabra “psicoanálisis” y todo esto con ejemplos de “casos clínicos”. Ya en el breve prólogo de Freud, el padre de la horda se deslindaba de la “responsabilidad” (sic) de “las observaciones y detalles de la conceptualización e interpretación” del futuro disidente, quedándose entonces, de entre todo lo escrito en las 870 páginas, sólo con la asunción de la responsabilidad sobre la paternidad del término y concepto de “histeria de angustia”. Más sin embargo, a pesar de tan enorme deslinde, Freud aceptó y firmó el prólogo del grueso volumen. Sólo años después me enteré de que Stekel, uno de los primeros discípulos, se analizó con Freud en 1902, fue quien le propuso la creación de la Sociedad de los Miércoles (1902) y renunció a la vicepresidencia de dicha sociedad en 1911 para dimitir y convertirse en el segundo disidente –el primero había sido Adler– en 1912.

Pues bien, yo decidí desde entonces y con esos muy pobres “conocimientos” y gracias a la lectura de ese grueso volumen, dedicarme al psicoanálisis y pensé, muy, demasiado ingenuamente que la vía para llegar a ser psicoanalista debía ser primero la medicina, luego la psiquiatría como especialidad médica y, por fin, el psicoanálisis. Pensé que este tendría que ser el “camino” para llegar al psicoanálisis. Sólo años después me di cuenta de que ese había sido mi camino pero que bien podría haber sido otro o, más bien, que cada quien tendría que descubrir o encontrar su propio camino y recorrerlo como pudiera.

Así que estudié los seis años de la carrera de medicina y la terminé muy joven, pues entré teniendo 17 años. A los 22 años ya era médico y a los 25 psiquiatra. Esta especialidad la dejé, respondo cuando me preguntan, prácticamente el día que terminé la residencia y me titulé de médico especialista en psiquiatría. Mi práctica psiquiátrica se limitó, pues, a los años de la residencia en la Clínica San Rafael (CSR), en la Ciudad de México.

Después de Stekel comencé a leer, por supuesto, a Freud; compraba volúmenes sueltos y en completo desorden –cronológico o temático– de algunas de sus obras editadas en los volúmenes de bolsillo de Alianza Editorial y los leía con avidez. Lo primero que leí de él, y que además me marcó indeleblemente, fue La interpretación de los sueños, en esos volúmenes sueltos que era lo único que en ese entonces podía comprar. La edición icónica en tres tomos en traducción de López Ballesteros vendría años después, para rematar, mucho más tarde con los veinticuatro volúmenes de Amorrortu.

Mi entrada a la clínica psiquiátrica San Rafael a hacer la residencia en psiquiatría fue, aprés coup, el éxito de un fracaso, pues mi intención original era entrar al Hospital Fray Bernardino Álvarez, en el que hice el examen y a pesar de haberlo aprobado fui rechazado y la razón fue que mi nombre les “hacía ruido” pues el año anterior –un año de residencia en medicina general en un hospital público– habíamos hecho una huelga de médicos residentes de todas las especialidades en demanda de mejores condiciones y prestaciones, que se extendió a buena parte del país. Creamos así la Asociación Nacional de Médicos Residentes y yo era uno de los representantes de mi hospital en la comisión negociadora con las autoridades. Nuestra huelga duró un mes y los representantes de todos los hospitales fuimos “fichados”.

El éxito fue que gracias a este “fracaso” entré a la Clínica San Rafael. Nuevamente otro evento “tíquico” en mi relación con el psicoanálisis, pues allí fue donde conocí a dos analistas argentinos que trabajaban en el Centro de Salud Mental Comunitario San Rafael (CSMCSR), que era en donde se recibían y atendían a quienes no podían acceder a los servicios privados de “arriba”, pues el CSMCSR estaba en los sótanos de la clínica en donde sólo recibían e ingresaban a pacientes privados, es decir, con dinero suficiente para pagar los servicios.

Por mi parte, mientras estudiaba el quinto año de Medicina, había empezado el que fue mi primer análisis, el cual tuve que interrumpir ya que el sexto y último año era lo que en mi país se llama el Servicio Social, que, en el caso de los futuros médicos, consistía en prestar durante un año servicios como pasante en hospitales públicos del país o bien vivir ese año en algún pequeño pueblo que tuviera apenas un Centro de Salud cuyo personal era una enfermera y el médico pasante quien se hacía cargo de absolutamente todo lo que, en materia de salud y enfermedad, ocurría en el pueblo. Yo elegí lo segundo pues fue la manera que encontré de salir de la casa familiar y de convivir, en el que fue mi pueblo, con la gente en un ámbito rural, totalmente desconocido para mí. A mi regreso a la capital no volví nunca más a vivir con ellos y viví por mi cuenta desde ese momento. Al término de ese año, ya titulado en medicina, retomé mi análisis y en total estuve cinco años en el diván de un analista freudiano miembro del Círculo Psicoanalítico Mexicano (CPM), institución que tenía fama de ser “liberal” y de izquierda y, cosa importante, no “ipeizada”, es decir, no perteneciente a la International Psychoanalytic Association.

Empecé, pues ese análisis y lo continué pues fue una época muy conflictiva en la que yo lo único que quería era ya no vivir en casa de mi familia, pero como seguía siendo estudiante de medicina no tenía los recursos económicos necesarios para sostenerme por mi cuenta. Y, a propósito del título del libro de Stekel, el motivo que me llevó a tenderme por primera vez en un diván fueron precisamente los frecuentes períodos de intensa angustia en los que vivía.

Néstor Braunstein y Marcelo Pasternac habían llegado a México, en 1974 y 1975 respectivamente, huyendo del terror que vivía Argentina en esos sórdidos momentos bajo el yugo del uniforme verde olivo y de las botas militares. Tuve, pues, la fortuna de llegar ahí y conocerlos y asistir a los seminarios de Freud que daban en el CSMCSR. Con el paso del tiempo, varios de los asistentes a estos seminarios llegaríamos a ser miembros de la École lacanienne de psychanalyse (ELP); María Celia Jáuregui Lorda, María Eugenia Escobar, Antonio Montes de Oca y yo, además de Alberto Sladogna, emigrado argentino también, quien no asistía a los seminarios pero que trabajaba allí mismo.

Tuve la inmensa fortuna de hacer al mismo tiempo mis estudios de psiquiatría y estudiar “formal” e “informalmente” psicoanálisis, pues además de los seminarios de Marcelo –pues Néstor abandonaría muy pronto el CSMCSR– Toño Montes de Oca y yo organizamos en 1977 un grupo de estudio de Sigmund Freud –el primero que hubo en la Clínica– en el que además de nosotros participaban dos residentes de psiquiatría del Fray Bernardino (Guadalupe Sandoval y Benjamín Dultzin), así como dos psicólogas, una poeta y otra mujer que ya no recuerdo a qué se dedicaba. Leíamos y trabajábamos textos freudianos: La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación con el inconsciente, Lecciones y Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis, algunos textos metapsicológicos, los que se conocen como de “técnica” y otros textos más.

Además de este grupo de trabajo, Antonio y yo ingresamos a la que fue la primera generación de “formación analítica” del Círculo Psicoanalítico Mexicano. Aguanté sólo tres semestres, ya no me inscribí al cuarto. Me harté muy pronto de lo que empecé a llamar el “programa de deformación” de esta institución con fama de ser liberal y de izquierdas. En el programa se mezclaban materias de lectura de Freud, con algo llamado “teoría de la técnica” en el que leíamos al Foucault de la Historia de la locura; otra materia era “Marxismo” (lectura que ni siquiera era de El capital sino de Marta Harnecker y su Introducción al Materialismo Histórico); otra era “Psicoanálisis francés contemporáneo” –¡whatever this means!– Lacan, Leclaire, Pontalis, Laplanche, Doltó, Green, Safouan, Aulagnier y todo lo que tuviera apellido francés tenía cabida formando una extraña mezcolanza; ¡”Pruebas psicológicas”!, así como ¡”Psicofarmacología y Neurología para psicólogos”!; la infaltable materia de ¡”Psiquiatría para psicólogos”!, etc. ¡Para mí, todo esto era una muy indigesta ensalada! Sólo aguanté tres semestres y me fui.

Así que abandonaba la práctica psiquiátrica y el programa de “deformación” analítica del CPM, ¿qué me quedaba y con qué me quedaba? Me quedaron tres cosas de estas experiencias: la certeza y la absoluta convicción de mi abandono para siempre del ejercicio clínico psiquiátrico, la certeza y la convicción de mi abandono también para siempre de un supuesto programa institucional de formación analítica y la certeza y la convicción de continuar con seminarios y grupos de lectura y trabajo de Freud y de Lacan. Dos cosas muy valiosas le debo a mi paso por el CSMC San Rafael y al CPM: conocer lo que era y supongo que sigue siendo el ejercicio psiquiátrico y cierta forma aberrante de “formarte” y conceptualizar la practica “ensaladesca” del análisis y, por otra parte, tomar conocimiento y empezar a conocer a Lacan y a trabajar algunos de sus textos o seminarios en grupos surgidos del CSMCSR, grupos que, animados básicamente por el querido y recordado Marcelo Pasternac, fueron los pioneros en México en el estudio y trabajo de Lacan. Puedo decir que quienes los integrábamos fuimos los primeros analistas que pretendimos decirnos y ser lacanianos (eso de ser o pretender ser, e incluso decirse o nombrarse lacaniano es todo un problema; no es este el lugar para desarrollar este peliagudo tema).

Tuve la fortuna de hacer los estudios en psiquiatría al mismo tiempo que mis inicios en el campo del psicoanálisis, así que me pude dar cuenta “en vivo” y por mí mismo, de lo que era la práctica asilar y de lo que, en cambio, formulaba el psicoanálisis lacaniano. De ahí en más mi camino fue este último, sobre todo a partir de que en 1982 Jean Allouch y Albert Fontaine vinieron a esta ciudad a dar dos seminarios, en 1983 lo hizo Erik Porge, en 1984 Philippe Julien y en 1985 –ya fundada la École lacanienne de psychanalyse (ELP)– vino Guy Le Gaufey. Todos ellos fueron miembros de la escuela.

Cuando vino Guy cenamos con él varios amigos en casa de uno de ellos y ahí él, que en ese momento ya era el director, a pregunta de uno de nosotros, nos dijo cuál era la forma de hacer el ingreso a la escuela. Mientras tanto, en 1985 se hizo la primera actividad pública en México, auspiciada por la ELP: el coloquio “De Lacan a Freud, ¿qué relación?” En 1986 fue el segundo que organizamos y ya apareció anunciado como un coloquio de la ELP, ya no “auspiciado” sino como una actividad de la escuela: “Puntuación y estilo en psicoanálisis”. Sin ser aún miembro presenté en este último coloquio mi primer trabajo ante un auditorio de psicoanalistas: “Con la escritura a cuestas. Jorge Cuesta, alquimista de la palabra”, primero de la serie que habría de presentar sobre la vida, la obra y la locura del poeta y químico de la Córdoba mexicana. Continuaron los seminarios de miembros de la École (Allouch, Porge, Viltard, etc.) y en 1989 organizamos un segundo coloquio de la ELP: “La transmisión del psicoanálisis”, en el que presenté, ya siendo miembro, el trabajo “En el juego de la metáfora”.

A mediados de 1988 tuve un sueño en el que asistía a una sesión de un seminario de Lacan (quien por supuesto ya había muerto), era en un gran auditorio y él estaba sentado en una mesa en el proscenio. Al llegar y empezar a caminar por el pasillo central para encontrar un asiento disponible, me topaba con Jean Allouch que estaba de pie en el pasillo y al verme sonreía y extendía el brazo con la mano abierta indicándome que pasara. Al día siguiente escribí al cartel de admisión de la ELP solicitando mi admisión. En aquella época, a diferencia de ahora, el procedimiento consistía en escribir una carta a un cartel llamado de admisión, exponiendo los motivos o razones de tal solicitud. Dicho cartel lo discutía y hacía público a los que ya eran miembros de la escuela la misiva en cuestión y si alguien tenía algo que decir lo comentaba al cartel quienes finalmente enviaban una carta a quien había manifestado su deseo de ser miembro de la École lacanienne de psychanalyse. Fue la primera –y única escuela durante muchos años– que lleva adjetivado el nombre de Lacan en el suyo, es decir, que se planteaba como una escuela lacaniana. Mi carta de admisión llegó a mi casa –por correo postal, aún no existían los correos electrónicos– precisamente el día que nació mi segundo hijo, el 13 de febrero de 1989. Desde entonces, hace treinta y tres años y medio, soy miembro de la ELP.

En la École he participdo y organizado en coloquios –recuerdo el coloquio que organizamos en 1990, La locura, en el que casi nos volvimos locos para que saliera adelante: ¡más de cuatrocientos inscritos! Hubo necesidad, a nuestro pesar, de hacer dos o hasta tres actividades a la misma hora en diferentes salas y el interesado tenía que elegir a cuál asistir. Vinieron, si recuerdo bien, diez miembros de la escuela de Francia y los alojamos en nuestras casas, en la mía se quedó quien habría de ser un gran e íntimo amigo cuya generosidad la recordaré siempre: Roland Léthier. En ese coloquio presenté el trabajo: “Tres cortes, tres escrituras”. También he participado en Assises de enseignement, asambleas y seminarios tanto en París como en México y en Costa Rica, a donde viajé, igual que a la Córdoba de Argentina a dar seminarios; así mismo, participé en otras actividades, también en mi país, en Monterrey, Mérida, León y Querétaro. No sólo a tomar seminarios sino a tenerlos a mi cargo. En París presenté los avances de mi trabajo con Jorge Cuesta y en la Ciudad de México, en Monterrey y Mérida di seminarios sobre este poeta mexicno cuya vida estuvo atravesada y desgarrada por la locura; también di seminarios sobre las Estructuras freudianas en la psicosis de Lacan en León durante un par de años, así como otro en Querétaro y uno más sobre este poeta en la Ciudad de México que duró dos años. Volví más adelante a Monterrey y luego a Mérida para dar seminarios sobre el Lacan y el amor cortés, al igual que en la ciudad en la que vivo, en Monterrey otra vez y en la Córdobade mi querida Argentina (querida pues mi primera mujer era de allá y nuestra hija es totalmente argenmex).

Todas estos breves relatos de historias de y en mi vida tienen que ver con el psicoanálisis y con sus constantes, permanentes e imparables descubrimientos desde aquel lejano 1964 -¿o 1965 o quizás 1966? aquel año en el que el psicoanálisis me descubrió, me encontró, me atrapó para de ahí en más no soltarme jamás; desde aquella lejana lectura del enorme libraco de Stekel que me hizo descubrir a Freud en quien descubrí al psicoanálisis y me descubrí queriendo dedicar mi vida a esa cosa tan loca que es el psicoanálisis. Desde hace mucho, mucho tiempo, ya más de curenta años, no me puedo pensar sin el análisi en mi vida, como parte de mí y de mi vida.

Fui miembro del Comité Editorial de la Editorial Psicoanalítica de la Letra, EPEELE, de 1993 a 1998, así como del Comité de Publicaciones de la revista Litoral en su época mexicana, del 2005 hasta el que fue el último número de esta gran revista, el 43 que sacamos en 2011 y luego decidimos que ya era el momento de disolverla. Hasta este momento, septiembre de 2022, he publicado quince artículos en revistas de la ELP: cinco en Litoral (México), ocho en me cayó el veinte (México), uno en Pie de Página (Costa Rica) y el último, en septiembre de este año, en Opacidades (Buenos Aires), así como un libro, Lacan cortés. El fracaso cortés del amor, publicado en 2019 en México por la editorial me cayó el veinte.

Descubrí así a Freud y luego a Lacan; descubrí la lectura individual y el comentario necesariamente en grupo; descubrí la discusión y las diferencias; descubrí que no es lo mismo leer a Lacan que trabajar a Lacan, interrogarlo, interpelarlo, cuestionarlo, preguntarle y responderle, debatir con él, con sus textos, seminarios y decires orales o escriturales. Descubrí la transmisión y deseché la formación; descubrí mi palabra en dos divanes diferentes con muchos años entre uno y otro, el segundo –que no había mencionado antes– fue en un “diván lacaniano”, pues descubrí que los había y que tenía que acostarme en uno de ellos y hablar y escucharme de otra manera muy diferente a como lo hice años antes en un “diván freudiano”. Descubrí enormes diferencias en sus maneras, formas, intervenciones, modulaciones, procederes y términos, así como en sus diferentes finales; descubrí el paso de la posición horizontal a la vertical del sillón. Descubrí allí mis sueños, lapsus, deseos, inhibiciones, síntomas y angustias. Descubrí la posición y el paso de analizante a analista; descubrí mi deseo de devenir analista, me descubrí en análisis de control hablando de mi posición frente a mis analizantes. Descubrí la lectura y la discusión, la escritura y la transmisión, el grupo y el cartel; descubrí también el deseo y el des-ser del analista, descubrí su/mi caída; descubrí la singularidad y el caso por caso, la no universalización y el abandono del pensamiento y descubrí también la inutilidad del raciocinio, así como la no búsqueda persecutoria del sentido. Descubrí la ética de una práctica; descubrí dispositivos y deseché los encuadres. Descubrí que se puede y se debe romper con el binarismo, con lo heteronormativo y lo patriarcal. También descubrí el peso y el efecto no sólo de la palabra sino también de un silencio que apunta a la libertad del analizante y descubrí también una escuela que me convocó a todo esto por un estilo y no por un personaje; por una topología del decir y el acto analítico y no una topografía de lugares universalizantes, rígidos e inamovibles. Descubrí que cada quien “teje su nudo” en la vida y con su vida. Descubrí que, si como dice el evangelista que “el verbo se hizo carne”, la carne también se hace verbo y aullido. Descubrí que el análisis tiene todo que ver no sólo con la palabra y el decir, también con la carne, con el cuerpo gozante y también con el cuerpo sufriente, con la hendidura, la cicatriz y la herida abierta, con la epidermis y los enigmas del cuerpo encarnado, del cuerpo sexuado, del cuerpo que vive y que muere.

 

ACLARACIÓN: lo largo de todas estas páginas he usado la palabra “descubrir” –incluso así he leído la que aparece formando parte de la primera pregunta de esta sección de En el margen: “¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?”– en dos de sus acepciones: en la de descubrir algo, hallar algo que se ignoraba, tomar conocimiento de algo que hasta ese momento era ignorado o desconocida su existencia y en la de destapar algo que estaba cubierto, tapado, velado, quitar una cubierta, un velo, develar algo.

 

–¿Qué es lo que cree que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?

–El psicoanálisis es, decía Lacan, lo mejor que tenemos ante esta incómoda situación de ser hombres y, agregaría yo, humanos sufrientes, atravesados, cortados, tachados, castrados, en fin, como quiera llamársele a esa hendidura profunda que nos convierte mediante un corte en parlêtres, es decir sereshablantes, es decir, seresufrientes, es decir, serescarnados –seres que habitan un cuerpo que es una carne– seresgozantes y seresfinitos.

Eso, entre otras cosas, aporta a nuestra contemporaneidad, a nuestra pasadeidad o pretereidad y a nuestra eventual futureidad. La posibilidad de estar menos incómodos en y con nuestra piel y nuestro cuerpo, en y con nuestros decires, en y con nuestros actos, en y con nuestros mal-estares en la vida, en el mundo, en la cultura, en las relaciones, así como en y con las no relaciones e igualmente en y con el o los fracasos del amor.

Esta “reducción” de la “incomodidad” o, en el mejor de los casos –aunque un poco utópico– en el bien-estar por la liberación de la inhibición, del síntoma, de la angustia, de las preguntas sin respuestas, de las palabras que se imponen o los actos mal-logrados que nos persiguen y atormentan, de los ardores insatisfechos de la carne, del dolor; es la apuesta de quien decide emprender un análisis, así como la apuesta de quien decide poner en acto su deseo de analista, es la posibilidad que puede aportar el psicoanálisis.

Pero para que haya psicoanálisis tiene que haber analistas y analizantes. He de confesar que prefiero, con mucho, decir: análisis, analista y analizante, porque lo “psico”, mucho “psico” puede volver al psicoanálisis una psicología y caer en la tiránica tentación del sentido y de la universalización, así como de la psicopatología cuya abundancia nos hace psicoalienistas y no analistas. El análisis puede aportar elementos –por ejemplo su intervención silenciosa o hablada o con el acto de un corte en la sesión– que posibiliten que el analizante descubra cómo ir hacia su libertad, haciendo que, en el mejor de los casos, rompa, o al menos afloje las ataduras que lo mantienen tomado o capturado en las redes imaginarias, reales y simbólicas de sus síntomas.

El análisis aporta algo que otras prácticas no hacen: consiste, entre otras cosas, en analizar, también entre otras cosas, los síntomas y no en hacerse cómplice de ellos.

El análisis, a través del analista, su ética, su lugar y su deseo, puede posibilitar que el analizante descubra algunos –que conste que digo algunos– elementos con los que pueda romper, por ejemplo, el binarismo, la heteronormatividad, el peso pesado de una cultura milenariamente patriarcal, y aportar elementos para pensar, escuchar y aprender a salir del clóset (o como dirían los argentinos, del armario) en todos los sentidos, no sólo en lo relacionado al sexo o al género, sino a ser más libres a optar por la libertad y a asumir el costo de esa búsqueda.

La oferta genera la demanda, dicen los publicistas y el análisis aporta analistas que a su vez convocan a otros que devendrán analizantes que, a su vez, algunos de ellos devendrán analistas y así, como una banda moebiana en el que la hormiga siempre llega al mismo punto de su partida o hasta como un borromeano en el que las consistencias son analista-analizante-análisis en el que basta que uno se vaya para que los otros dos se separen.

 

¡Gracias a En el margen por la posibilidad de descubrir mi decir intentando responder dos preguntas!


Jesús Martínez Malo. Practica el análisis en la Ciudad de México. Es miembro de la École lacanienne de psychanalyse desde hace poco más de treinta y tres años. Fue miembro del Comité Editorial de EPEELE, una editorial de la ELP en México y del Consejo de Publicación de Litoral en su época mexicana, revista de la ELP. Publicó hace tres años en Me cayó el veinte -otra de las editoriales de la ELP- el libro Lacan cortés. El fracaso cortés del amor, sobre la relación que mantuvo Lacan a lo largo de la transmisión de su enseñanza –oral y escrita– con esta “varidad” del amor. Ha publicado quince artículos en revistas de la ELP (cinco en Litoral (Ciudad de México), ocho en me cayó el veinte (Ciudad de México), uno en Pie de Página (San José, Costa Rica) y otro más -el más reciente- en el número 11, que aparece en este mes de septiembre de 2022, en Opacidades, revista de la ELP publicada en Buenos Aires. También ha publicado en libros colectivos como Puntuación y estilo en psicoanálisis (EPEELE, México, 1989) y Jorge Cuesta, Littérature, histoire, psychanalyse L’Harmattan, Paris, 2006), así como algunos artículos en revistas culturales (Fractal) y en Sábado (que fuera el suplemento cultural del periódico Uno más uno en otra época).

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