No nos olvidemos de escuchar. Por Leticia Gambina

Imagen: De echar un cable en los tormentos, Interventaria. Instagram @interventaria

Cuidado editorial: Marisa Rosso

La palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha.

M. de Montaigne(1)

La palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. Tiempo atrás leí esta frase, la cual quedó resonando en mi cabeza, dando vueltas y vueltas, yendo y viniendo. De alguna manera hablar y escuchar también implica dar vueltas, pasar por el otro y por uno y en esas vueltas la cosa puede enredarse, perderse, confundirse. 

Con la cita en la cabeza, me detengo a pensar en el testimonio y en el hecho de que siempre se dirige a otro. El testimonio crea una apelación, allí donde previamente no fue posible. Donde no hubo palabras, ni tampoco otros que pudieran donarlas. En situaciones de violencia extrema, solo está la víctima y el victimario, no hay otros(2). Pero no hace falta ir a situaciones tan extremas para ver cómo la violencia aísla a la mujer, la deja sola, sin redes que la sostengan. Al testimoniar, como decía anteriormente, se apela a un otro, y esta es la apuesta que aquí me interesa rescatar. En este sentido dar testimonio podría ser un intento por salir del encierro y del aislamiento. Testimoniar implica hablar por otros y para otros, a menudo se escucha decir, «denuncio para que a otras mujeres no les pase lo mismo». 

¿Cómo generar entonces las condiciones para esa apuesta? ¿Cómo hacer lugar a esa apelación? ¿A ese llamado? 

El testimonio incluye tanto al que habla, como al que escucha. Ambos son necesarios. La palabra es entonces mitad de quien habla y mitad de quien escucha.

De hecho, no fue durante Auschwitz cuando existió Auschwitz, sino muchísimos años después, cuando el mundo estuvo dispuesto a escuchar lo que había sucedido. Los testimonios no fueron escuchados en el momento en que fueron dados. Sólo con el paso del tiempo la sociedad pudo ser testigo de esos testimonios.

Muchas veces la imposibilidad de narrar lo padecido se la ubica del lado de aquel que padeció el acontecimiento traumático, pero también es la falta de un interlocutor, de un otro, lo que puede explicar esa imposibilidad.  Primo Levi fue liberado de Auschwitz en 1945. Y como él mismo lo dice, habitado por la urgencia de contar, se puso a escribir su experiencia. Dos años más tarde publica Si esto es un hombre. En ese momento el libro pasa desapercibido, se leerá recién 11 años después, al ser reeditado. En 1947 nadie podía escucharlo ni leerlo. ¿Cuánto tiempo debió pasar para que la sociedad pudiera alojarlo? Lo mismo podemos pensar respecto a las atrocidades que se llevaron a cabo durante la dictadura en Argentina.  ¿Cómo generar las condiciones para que eso sea escuchado y por ende reconocido? 

Para que algo se inscriba es necesario el pasaje de la vivencia a la experiencia, esto no solo debe darse en la persona, en el ser hablante tomado individualmente, sino que lo transciende, esta inscripción debe darse también socialmente, en la comunidad a la cual se pertenece. «El camino por el que se llega al instante de comprender o al instante de salir del encierro, y tal vez, también, del confinamiento [y agrego aquí, de la violencia], pasa por un proceso colectivo en el que, no sin los otros, se articula esa posibilidad»(3).

Todo acontecimiento habrá de tener algún modo de inscripción en la comunidad en la que se produce. Si no sucede, para nadie habrá ocurrido, no tendrá existencia. La voz del testigo sin la escucha de un otro desaparece.

En esta apelación a un otro, está el valor del testimonio, en tanto intervención en el presente. Dado que la desmentida social de la violencia, al negarla, la habilita, entiendo el testimoniar como un llamado a escuchar, a alojar aquello que fue desalojado.  

El testigo habla solicitando confianza en su palabra. Necesita ser escuchado, que su testimonio sea aceptado, pide de alguna manera ser creído. Muchos testimonios de mujeres abusadas sexualmente han sido históricamente desmentidos, cuestionados o desvirtuados. Por mi tarea, acompañando a mujeres víctimas de violencia sexual, pude presenciar y ser testigo de cómo muchas mujeres eran mandadas a su casa, burladas, cuestionadas, minimizadas, por aquellos que le tomaban la denuncia y por quienes de alguna manera debían ser testigos de sus relatos (entre ellos puedo mencionar policías, médicos legistas, profesionales de la salud, etc.). Si bien hoy algunas cosas han cambiado, no es suficiente(4). 

Escuchar un testimonio nos convierte en testigos de lo narrado. Al escuchar, hay algo de lo insoportable que uno decide soportar. Sostener el testimonio es sostenerse como testigo del testigo que sostiene su testimonio. Se arma una cadena testimoniante, donde siempre se necesita de otro que la sostenga. De lo que se trata es de sostener la palabra  -y el silencio- que, aun en las insuficiencias del lenguaje, permite que algo se pueda decir. Convertirnos en testigo del testigo, una función semejante y quizá equivalente a la del analista en la transferencia en las psicosis auspiciando de terceridad, entre lo forcluido que retorna y lo que se hace posible escuchar.  Pero no sólo en la psicosis es necesaria esta función, sino en toda ocasión en que la transferencia así lo requiera(5), en este caso lo podríamos pensar también en ciertas estructuras arrasadas por la violencia. Determinadas situaciones arrebatan al ser hablante la palabra, llevando al enmudecimiento y al confinamiento. A la soledad misma. Estar ahí, prestarse, como otro, en tanto sostén, para que la palabra pueda aparecer, circular, ir y venir. Estar ahí, escuchar, para que también se escuche quien habla. 

Se trata de eso, de estar disponible para la palabra del testigo. Para que lo que alguien dice pueda devenir en testimonio es necesaria la escucha, no hay modo de que eso tome forma sin pasar por allí. Por esto mismo para su construcción hacen falta al menos dos. 

El testimonio trasciende al testigo, que no es sino su mediador. No importa tanto el hecho de hablar, sino la disposición del testigo para convertirse en mediador del testimonio. Entendiendo a este último como un modo de «acceso» a una verdad, que no está dada de antemano, no existe previamente, sino que sólo puede ocurrir a través del testimonio, no puede ser separada de él, y no puede llegar a ser poseída ni por el que habla ni por el qué escucha. O, dicho con otras palabras, la palabra es mitad de quien habla y mitad de quien escucha. 

Pero escuchar un testimonio no es un acto de compasión, ni de bondad. No hay que confundirlo con eso. No nos hace más buenos, ni mejores. 

Se trata de confiar en lo que allí emerge. Esa es la apuesta, estar ahí, hacer de soporte al testimonio. Ya que no es lo mismo no estar. Algo es dicho si una escucha lo recibe, si una escucha lo aloja.

Encuentro una idea similar, pero desde otra mirada, en Sara Amhed, quien ha investigado y recogido cantidad de testimonios de mujeres que han denunciado diferentes tipos de violencia dentro de instituciones académicas. La escritora sostiene que denunciar es expresar algo hacia afuera, que algo pueda adquirir exterioridad, convertirse en una cosa en el mundo, y aunque sólo parezca que se raspa una superficie, eso puede dejar una huella, una marca.  Y ubica cómo muchas veces lo que se dice no es escuchado y es leído entonces como queja. En su libro ¡DENUNCIA! habla de la importancia de escuchar lo que es presionado, lo que se derrama, lo que se filtra, lo que solloza, lo que balbucea, lo que queda fuera. E insiste en que muchas veces al escuchar, lo que se escucha es el poder de la maquinaria institucional.

Dirá entonces que escuchar es dar a las denuncias un lugar a donde ir, es el modo en que esa historia vaya hacia alguna parte. Incluso las denuncias que terminan enterradas bajo tierra han ido a alguna parte. Sabemos que lo que se deja de lado puede volver. 

Y asegura que incluso las denuncias que parecen no ir a ninguna parte pueden llevarnos a encontrarnos. No sabemos cómo, ni cuándo, pero eso puede llegar a otras y a otros. Esa es la apuesta que intento rescatar hoy aquí, sabiendo que también podemos encontrarnos sin estar en el mismo lugar, ni en el mismo momento. En este sentido, la autora plantea que una denuncia es transgeneracional, va hacia atrás y hacia adelante, puede llegar a abrir la puerta a quienes vinieron antes y dejar algo a quienes vengan después. 

Sabiendo que todo testimonio nos convoca, o nos interpela de alguna manera, ¿qué hacer entonces? Estar dispuestos a escuchar lo que hay allí es una opción, ojalá sea la de varios.

Hablemos, sí, pero no nos olvidemos de escuchar. 


(1) Frase de Montaigne citada por Erik Porge en su libro “Voz del Eco”, 1° edición, Buenos Aires, Letra Viva, 2019, pág. 94

(2) Fernando Ulloa habla de la encerrona trágica presente en las prácticas de crueldad que se dan en algunos vínculos, un tipo de vinculación diádica en la cual la persona con poder somete al otro de manera impiadosa, donde no es posible la presencia de un tercero de apelación. El victimario se convierte en La Ley, y desde este lugar decide que se puede o no se puede hacer, sin consenso con el otro y sin interlocución, cualquier intento de disidencia o de defensa, son castigados. Ulloa se refería principalmente a las víctimas de tortura durante la dictadura en Argentina.

(3)  Fernández, Helga, (2022), La carne humana: una investigación, CABA, Editorial Archivida,pág. 196. Aquí Helga Fernández hace referencia al sofisma de los 3 prisioneros trabajado por Lacan, haciendo hincapié en la importancia de la alteridad para la constitución del sujeto. El sofisma muestra que la subjetividad es una función dependiente de los lazos con los otros. Al leerlo pensé en aquellos vínculos en los que prima la violencia, donde la posibilidad de salir de dicho encierro, no es sin los otros.

(4) Actualmente en CABA las médicas legistas son mujeres formadas en el tema, en las comisarías hay un área de género donde son mujeres quienes toman la denuncia en un lugar privado, cosa que antes no sucedía, les tomaban la denuncia delante de todos y frente a cualquier persona.

(5) En todo análisis está la función del testigo tejiéndose de costado, o, en otras palabras, el analista, al igual que el analizante, es testigo del análisis, de lo que allí emerge, porque como descubre Freud hacen falta dos para atestiguar lo inconsciente.


Bibliografía

– Ahmed, Sara, ¡DENUNCIA! El activismo de la queja frente a la violencia institucional, 1ª ed., CABA, Caja Negra, 2022.

– Felman, Shoshana, Testimonio. Crisis del testigo en literatura, psicoanálisis e historia, Traducción Susana Cella, 1ª ed., Buenos Aires, Mármol Izquierdo Editores, 2019.

– Fernández, Helga, La carne humana: una investigación, 1ª ed., CABA, Editorial Archivida, 2022.

– Wikinski, Mariana, El trabajo del testigo. Testimonio y experiencia traumática, 1ª ed., Buenos Aires, Ediciones La Cebra, 2016.


Leticia Gambina. Psicoanalista. En el año 2004 se recibió de Licenciada en Psicología en la UBA. Del 2005 al 2009 realizó la Residencia de Salud Mental en el Hospital General de Agudos Dr. T. Álvarez. Actualmente trabaja como analista en su consultorio particular y forma parte de un programa de violencia familiar y sexual dentro del Ministerio de Justicia y DDHH desde el año 2009. Participó de grupos de trabajo en la Escuela Freudiana de la Argentina desde el año 2015 al 2021.



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