Presentación de «La función amigo», de Helga Fernández. Por Gerónimo Daffonchio.

Foto de portada: Valeria González


El 9 de mayo se presentó el libro La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández (En el margen, 2026), en la librería del barrio porteño de San Telmo, Lalibre. Auspiciaron el pasaje del libro al estado público: Gerónimo Daffonchio, Leticia Martin, Carolina Polak Solok, Horacio Medina y José Assandri.

Compartimos aquí las palabras de Gerónimo.

Nota de edición


Buenas tardes a todas y a todos, gracias por estar presentes y acompañar hoy, sobre todo en estos tiempos que corren, nada más ni nada menos que la publicación de un nuevo libro de Helga Fernández. Muchas gracias, Helga, por invitarme a formar parte de esta presentación. Estoy muy contento -y nervioso en iguales proporciones-, es muy probable, como dicen en Méjico, que vaya a presumir un poco, así que espero sepan comprender.

Voy a empezar con una frase de Ron Carter, un contrabajista de jazz, que a la edad de 10 años tenía la idea de estudiar chelo clásico, pero, como en ese momento no aceptaban negros en las sinfónicas de Detroit, donde él vivía, comenzó a estudiar jazz y a tocar el contrabajo. Esta semana que pasó, cumplió 89 años, y lleva grabados más de 3000 discos junto a los mejores músicos de jazz de todo el mundo.

La frase es: “el tiempo no es algo que guardas, es algo que compartes”.

Cuando Helga me invitó para la presentación de su último libro, estábamos casi terminando el trabajo de edición. No sé si todos saben, pero Helga –para mí, que suelo ir caminando a todos lados- tiene la velocidad de un cometa, de un cohete. Ricardo Zelarayán diría: “Ya anda prendida del día siguiente”[1]. Fue rápido para mí el trabajo de edición, el libro estaba prácticamente listo desde que Helga lo envió -al menos en el momento en el que empecé a editarlo-. Después, sí, le llevó un tiempo más darle término, sobre todo, a los capítulos finales.

Tengo que decir también, que estuve en varias presentaciones de libros, pero siempre, la gran mayoría de las veces, en el lugar del público, este es un lugar que me incomoda. Pero, ¿qué es lo que me incomoda? 

Hay espacios de formación en el psicoanálisis, en los que participé, y en los que sentí muchas veces el impulso de salir corriendo, despavorido. Para luego, encontrar otros modos y retomar. Espacios donde creo que, aunque se diga lo contrario, se practican juegos de prestancia, de imposturas, de disputas banas de saberes, y de poderes. Espacios que me resultaron difíciles de sobrellevar y de acompañar, y que están sostenidos desde esa lógica de las jerarquías, los nombres y renombres; en los que los ideales juegan inevitablemente. Inhabitablemente para mí. 

Es que, ¿vos crees, —me preguntaba alguien hace un tiempo—, que el psicoanálisis está exento, de eso que Freud nombró como pulsión de muerte, y que Lacan nombró el goce? Esa energía se juega, a veces, en el sentido de la propia autodestrucción. Es desde ahí, que considero fundamental, la lectura y escritura del libro de Helga, “La función del amigo, una tensión deseante”.

Françoise Perrier, en Viajes extraordinarios por Translacania, un libro inclasificable, dice: “La materia psicoanalítica con la que se trabaja es semejante a la lava ardiente. Es vida y muerte a la vez. La libido siempre huele un poco a azufre.”[2]

En los años que conozco a Helga —y ya van unos cuantos—, la disposición, lo que se dice, cómo se dice, tanto como lo que se practica, tienen otra materialidad, que se ha ido escribiendo con el tiempo. No es que no exista tensión, deseante, dice en el libro. Un modo de poner en función aquello que hace que la cosa siga, circule. Un estilo que hoy, debo decir, me ha permitido, con mis dificultades y obstáculos, practicar este oficio y en muchos momentos disfrutarlo. 

Ella lo dice de varias maneras en el libro. Una es cuando habla de la cadena de inter-cesores -con el guion en el medio, o de precipitantes-, “del vacío como condición” y de “la cesión como operación” indispensable, para el devenir de la economía de la amistad. 

“La amistad no como sentimiento” —escribe—, “Sino como otra forma de economía.” 

“Esta labor compartida no es un acto de caridad, (continúa) sino la expresión de una asimetría existencial: Siempre hay un roto para un descosido: la falta de uno incita la falta del otro.”[3]

Una analista que estudiaba con Ricardo Rodríguez Ponte, me contaba que, dadas ciertas disputas que sucedían en la escuela en la que formaban parte, cuando ella le preguntaba a él por qué no se iba, Rodríguez Ponte le respondía en un tono algo irónico: “porque allí están mis amigos.”

Al momento de preparar esta presentación me pregunté el modo de abordarla. En cómo dar lugar y hacer pasar lo que el libro dice. Si hacerlo hablando directamente de lo que allí se trabaja, como un modo de introducir La función del amigo a quienes aún no lo han leído. O si sería mejor hablar desde el sesgo, por decirlo de algún modo, de mi relación con Helga. 

“Es el tiempo del acto que no puede diferirse, del kairós que exige ser tomado en el momento o perderse para siempre. (…) tiempo del relámpago que ilumina y fulmina en el mismo gesto. Sacrificio, deseo, duelo, acto: aparecen casi al unísono”.[4]

Decía que a Helga la conozco hace varios años, fue por intermedio de nuestro querido amigo en común, Andrés Motalli. ¿En distintos encuentros entre fines del 2004 y los inicios del año 2010? Ya en ese momento estaban también, hoy amigas y compañeras, Marisa Rosso y Mariana Castielli, entre otros. 

Fue bastante más adelante, y luego de una invitación de Helga a participar de un espacio en el que trabajaba la relación de Lacan con los surrealistas, que retomé mi contacto con ella y con su modo de alojar y hacer lugar. Un modo, hoy puedo decir, de ejercer, de propiciar o de disponerse para que, en el mejor de los casos, La función del amigo acontezca, tenga, haga, creé un lugar diferente, cada vez. 

Algún tiempo después, en el año 2018, nos invitó a quienes quisiéramos, ser parte de la delegación editorial de la revista enelmargen. Años más tarde se desprendió, también de allí, y como efecto del trabajo editorial y de las primeras publicaciones en papel, el colectivo que lleva el mismo nombre. Ese ser parte tiene que ver, a mi manera de entenderlo y practicarlo, con ese modo de poner en práctica aquello que luego se escribe en sus libros. Cuando la práctica es acerca de lo que se dice y cuando lo que se dice está referido a una lógica de discurso, lo que se va escribiendo es eso que se ha venido haciendo, eso que llamamos práctica. “La amistad, cuando opera como tal, no enseña (…)”, (se) “practica sin saberlo”.[5]

Tanto en el colectivo de la revista como en la editorial, La función del amigo se encuentra, cuando se puede articular, a cada paso. Esos devenires, esos pasajes que se producen entre quienes componemos y nos componemos, cada vez, como efecto de esa zona liminal. Ese umbral compositivo, por el que se pasa, casi sin proponérnoslo, y a partir del cual, y luego del recorrido transitado, salimos, transformados. 

Encontrar el eco de esa experiencia, en la escritura de Helga, es algo que a mí me viene sucediendo desde hace un tiempo, y en este último libro esa impresión fue aún mayor. Me reconozco más en ciertos pasajes y articulaciones de su escritura que, en ciertos lugares físicos, concretos por decirlo así. 

Cuando me pregunto: ¿qué hago yo acá? estoy equivocando la pregunta… Ese es el error del pensamiento, del yo, de uno. Y nos damos cuenta mucho más de ese error que cometemos, de esa errancia propia de la experiencia, cuando terminamos de leer este maravilloso libro. 

“allí donde lo propio y lo ajeno dejan de oponerse, donde el espacio no preexiste al encuentro, sino que es su efecto. La amistad es una potencia de la composición: no se tiene un amigo, se hace amistad (…)”. 

“la cifra de la intervención del otro en la economía libidinal del sujeto”. [6]

Para terminar: somos varios hoy, creo que no podríamos bien-venir este libro de otra manera, voy a ser breve. Quiero contar que hace un tiempo soñé con un joven Oscar Masotta, que venía desde Barcelona a una reunión de la revista y del colectivo editorial. Le envié a Helga el relato del sueño que enseguida publicamos y en ese momento ella me dice: “Sí, claro. Masotta forma parte, junto con otros, de nuestra antecedencia”.  

Creo que llevamos, y Helga, sobre todo, en el modo de hacer con y entre otros, esa función del amigo que, a su vez, es un rescate de aquello que quedó innombrado de lo mejor de ciertas épocas, de ciertas generaciones. Su modo de hacer y practicar el psicoanálisis está vivo, en tanto retoma algo de aquellos momentos iniciales del psicoanálisis en el mundo, y en Argentina en particular. Para así, luego, poder nombrarlo y reinventarlo. Ese “fuego original”[7] que nos mantiene atentos y despiertos, porque a veces tiende a volverse fratría, institución, o membresía.

¡Muchas gracias!


Referencias:

  1.  Ricardo Zelarayán, Lata Peinada y otros escritos. Editorial Argonauta, Buenos Aires, Argentina, 2008.
  2. Françoise Perrier, Viajes extraordinarios por Translacania. Editorial Gedisa S.A. Buenos Aires, Argentina, 1986.  
  3. Helga Fernández. La función del amigo. Una tensión deseante. Editorial EnelMargen. Buenos Aires. Argentina. 2026.
  4. Ídem
  5. Ídem. Al venir planteando el rito védico como la clave que ofrece Jean Allouch para pensar otros modos posibles de asociación entre analistas, la frase exacta del libro es: “La amistad, cuando opera como tal, no enseña el Tamūnapta; lo practica sin saberlo.” 
  6. Ídem.
  7. Ídem.

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