Foto de portada: Valeria González
El 9 de mayo se presentó el libro La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández (En el margen, 2026), en la librería del barrio porteño de San Telmo, Lalibre. Auspiciaron el pasaje del libro al estado público: Gerónimo Daffonchio, Leticia Martin, Carolina Polak Solok, Horacio Medina y José Assandri.
Compartimos aquí las palabras de José.
Nota de edición
Hace un tiempo le comenté a Helga que iba a venir a Buenos Aires para la presentación de La función del amigo, quería saber qué iban a decir aquí sobre su libro. Helga me respondió que, si venía, tenía que intervenir en la presentación. No pude con mi curiosidad: estoy aquí y trataré de decir algo. Si no tenía intención de intervenir, es porque para mí, hacerle honor a La función del amigo implica hablar de los efectos que el libro provoca. Pero no hablaré hoy de lo que a mí me provocó; si quieren saber tendrán que ir a Montevideo. El sábado próximo habrá una jornada a partir del libro bajo el título de “La amistad, una experiencia sin red”.
Conocí a Helga cierto día, hace unos cinco años, en Montevideo, cuando se presentó para ser admitida en la École lacanienne de psychanalyse. Nunca la había visto, ni siquiera de lejos en ninguna actividad de las que hubiera participado. En todas las admisiones a la escuela que estuve, se trató siempre de gente que se acerca, merodea las actividades, lee algún libro, de pronto interviene sobre algo, y luego, con el tiempo, decide entrar. Se trata de una escuela, que, como institución ofrece poco, porque tal vez no es más que un potencial espacio de interlocución. Pero ella se presentó así, sin ningún tipo de antecedente, solita, ella y su cuerpo.
Que una analista joven e inquieta —en el campo freudiano, la condición de analista joven se aplica para el rango entre cuarenta y cincuenta años— , se presente de ese modo me intrigó, y ese mismo día me acerqué a charlar con ella sobre qué hacía y por qué se dirigía a la École. La charla, por cierto, fue amable y entretenida. Entonces no sabía de su capacidad de trabajo, de su frenesí, de la dificultad de seguirle el paso. Después me enteré que había pertenecido durante mucho tiempo a una escuela de la que había partido.
Ese movimiento de dejar lugares en los que se ha compartido, donde se ha aprendido, no es algo fácil. Implica un tipo de coraje que no abunda, y ese coraje es un ingrediente clave para la producción de algo nuevo, para asumir una posición diferente, para escribir un libro como no ha habido otro: La función del amigo. Una tensión deseante.
Dejar una escuela porque las propias preguntas necesitan un lugar para plantearse puede llamarse coraje, pero seguramente sonará un tanto machirulo. Conviene que leamos ese movimiento con un capítulo de su libro, el VI, titulado “Soberanía huérfana”, y en particular uno de sus apartados: “Erótica de la intemperie”. Esta expresión dice del movimiento de Helga, pero dice mucho más: habla de un modo de relación posible entre analistas, si eso existe, porque para mí, cuando se trata de psicoanálisis, no sé hasta dónde puede haber escuelas de analistas. Y, además, esa erótica de la intemperie también dice de la práctica analítica.
Cuando vemos en nuestras ciudades gente durmiendo en la calle podemos imaginar lo que implica esa intemperie. Pero hay distintos tipos de intemperie. Oscar del Barco, ese filósofo cordobés que seguramente conocen, publicó La intemperie sin fin. En ese libro escribió sobre Georges Bataille, Maurice Blanchot, Antonin Artaud, Macedonio Fernández, Paul Celan, Juan L. Ortiz. El título de su libro viene de un poema de Juan L. Ortiz en el que se dirige “a mis amigos poetas”, para hablarles de otro tipo de intemperie, no la de dormir en las calles, sino aquella según la cual “lo que llamamos hombre es lo que llamamos intemperie”. Oscar del Barco plantea el problema del lenguaje y la relación con el mismo, escribió que “el Ser se habla en ‘nosotros’ cuando accedemos a la in-existencia. El habla es la casa del ser, pero la ‘casa del ser’ es ser.” Esta es otra forma de alejarse de la metafísica, de aceptar la intemperie. Pero la intemperie no puede ser aprendida por la razón; primero está la experiencia de la intemperie y luego vienen la poesía, la filosofía, el psicoanálisis.
Hay una intemperie propia de los analistas, por ejemplo, cuando recibimos a alguien que busca hablar de sus sufrimientos, de sus síntomas, de sus inhibiciones, no existen protocolos ni guías para recibir a los sufrientes o los alterados, apenas un saber hacer difícilmente transmisible. Que haya analistas influencer debe ser la contradicción más grande en el campo freudiano. Creer que se tiene un saber con garantías, que hay garantías porque se pertenece a una institución no es más que hacerse trampas jugando al solitario. No creo que el corporativismo ni el culto ciego a maestros tenga que ver con el análisis, tampoco con repeticiones de fórmulas vacías se puede efectuar un análisis, ni eso permite que el psicoanálisis se amplifique y menos hará que persista en el tiempo.
Cada vez que en el campo freudiano se buscaron garantías se han producido fracasos. Por poner algunos ejemplos: cuando Freud delegó en su hija Anna la custodia de su obra, cuando Lacan encomendó a su yerno su producción inédita; cuando se fundó el Instituto de Berlín y se establecieron condiciones para la llamada formación de los analistas. En cada una de esas oportunidades en que se buscaron garantías minimizando la intemperie, se coartó la libertad necesaria para poder recibir a quien quiera que sea y, al mismo tiempo, produjo el anquilosamiento del saber referencial que soporta la práctica analítica.
La singularidad de los que nos consultan no puede ser encasillada en ninguna psicopatología, no puede ser recibida con ninguna técnica preestablecida, así como tampoco hay ningún tipo de procedimiento que pueda dar seguridad en eso que se llama formación de analistas. Esa falta de garantías también merece el nombre de intemperie.
Pero lo interesante es que Helga fue un poco más allá al apuntar a una “erótica de la intemperie”. Porque no se trata de un simple desamparo: aunque tengamos padres, aunque haya esos que llamamos maestros, no dejamos de estar solos, de tal modo que se trata de una cosa muy particular, de la In-existencia del Otro. Una in-existencia que no significa negación ni negativismo, sino afirmación de lo que no queremos ver, que no hay ni ha habido un Otro que sostenga nada. Ese tipo de intemperie es una afirmación que se puede producir en un análisis. Es a partir de esa intemperie particular, de la lucidez que produce esa orfandad, que la existencia de alguien se transforma.
No estoy predicando —sería imposible predicar sobre esto— porque es algo que no puede definirse: es del orden de la experiencia, de experiencias que modifican el modo de ver el mundo, de relacionarse con los otros, de vivir. Un contraejemplo claro son las religiones que tienen como punto de mira la trascendencia, donde algunos esperan un futuro más allá del límite biológico que nos pone la vida. Vivir de ese modo, creyendo en la resurrección o en la reencarnación, es radicalmente distinto a vivir bajo el signo de la In-existencia del Otro.
Aquí podemos recordar a Pascal y su tramposa apuesta a la fe, planteada de tal modo que, se suponía que nunca se podía perder. Si alguien apuesta al más allá y hay más allá, se gana; si apuesta al más allá y no lo hay, para Pascal no se pierde tanto. Claro, supuestamente si apostamos a la resurrección y eso no sucede no se pierde mucho porque era sólo una ilusión. Pero vivir apostando a esa ilusión, pasando al costado de las cosas porque habría un más allá de la muerte, es un modo de vida que, al fin y al cabo, podemos calificar de pobre.
La función del amigo es un libro producto de la energía y la inquietud que mueven a Helga. Partió de lo que sería la experiencia inaugural del análisis, —la relación entre Freud y Fliess— , pero no para hacer un estudio histórico. Hace un tiempo leía en un libro de Ilse Grubrich-Simitis que, cuando en una disciplina la mirada se dirige al pasado y abundan los trabajos históricos, es una señal de que algo está estancado, de que no se encuentra novedad: esa disciplina se ha transformado en un perro rabioso que se mastica la cola. Para mí este libro está en las antípodas, si bien se toma del pasado mira al presente y al futuro, y ahí está su valor, la posibilidad de que produzca cosas nuevas. La función del amigo cumple con una doble condición: es un libro esperado y también inesperado. Esperado por aquellos que aspiran a modos de relación que no sean verticales ni de dominio, por aquellos que apuestan a modos de producción entre varios. Inesperado para otros cuya forma de estar es llegar a lugares de poder, tratar de marcar diferencias desde los escalones que da la burocracia de las instituciones o apoyados en los aparatos de los medios de comunicación y las redes. Por esta doble condición, este libro será leído con ganas por algunos, y posiblemente, también será rechazado con ganas por otros.