Imagen de portada: La Nación
A la muerte de Juan Ritvo siguió una multiplicación de despedidas. Aparecieron muchas, en los días inmediatos, escritas por quienes lo habían tenido como amigo, como maestro, como interlocutor. Cada una es un trabajo: alguien se sentó a escribir, buscó la imagen justa, despidió.
En el margen decidió reunir no todas. Algunas: las que, leídas en serie, empezaban a hacer algo más que sumarse.
La despedida es un género antiguo. Se escribe ante la muerte de aquel con quien se pensó, y es un género del lector: no la biografía, no el obituario, sino lo que alguien escribe cuando lo que ha muerto es, también, una manera de leer. Quien despide así no informa una muerte: reconoce una deuda.
Se escribe ante una muerte no a pesar de la pérdida, sino por ella. Y en el caso de Juan hay algo más: callarlo sería desmentirlo. Fue alguien que habitó la palabra, que pensó en voz alta, que hizo de la conversación una forma de estar en el mundo. La despedida escrita es, para él, la única fiel.
Lo que aparece al reunir estas voces es lo que vuelve a estas páginas una publicación y no un archivo: no se habían puesto de acuerdo, y sin embargo dibujaron los mismos rasgos. Los ojos que se cerraban para escuchar mejor una idea antes de decirla. La polémica como ética y no como vanidad. Una palabra que nunca se rebajó a slogan.
Voces que no se consultaron entre sí escribieron, sin saberlo, los mismos gestos de Juan.
En el margen las reúne para que esa conversación tenga, todavía, dónde seguir. Continúan las voces.
Nota editorial
Voy a parafrasear una cita de Lacan que dice: “me apresuro a declararme humano antes de que alguien me lo niegue”. Lacan lo presenta como tercera proposición en uno de sus escritos en el año 1945. Las otras dos que completan el sofisma serían: “un humano sabe lo que no es un humano” y “los humanos se reconocen entre sí como humanos”.
Cuando pienso en Juan, me cuesta imaginarlo sometido a la ley común de los hombres. Hay figuras que son tan decisivas en una época, en una conversación, en una tradición de lectura, que parecen burlar el desgaste del tiempo. Conjetura y ferocidad. Ambas en una misma persona.
Juan leía a través y por la diferencia con otros analistas. Por eso se animaba a la discusión, muchas veces confundida con una mera pelea de batallas imaginarias. En él no había un gusto banal por la polémica: había una ética. Juan discutía como un operador de lectura, sin prejuicios políticos, más bien con convicción. Y entonces iba y empezaba una y otra vez.
Pienso ahora en cuando hablábamos de los libros que trabajaríamos en los tantos talleres que hicimos con Encuentro Itinerante. Y siempre tiraba la misma muletilla: “Ese seguro lo tiene Germán”. Y es verdad… El Juguete Rabioso, esa librería que parece soñada por Juan a la perfección.
En alguna conversación, me contó que su entrada a la lectura había arrancado cuando de chico le tocó vivir la época dorada de los cómics. Se la pasaba en revistas y libros. Pero hubo uno decisivo: La bestia debe morir, de la colección Séptimo Círculo. Era más que obvio: una novela policial. El enigma marcaría su inextinguible e inabarcable pregunta por las figuras del prójimo. Una bestia que lee y escribe su propia huella.
¡Cuántas generaciones marcaste, Juan Ritvo!
Quienes lo escuchamos y compartimos espacios con él sabemos que su marca no estuvo sostenida por la impostura del saber ni por la pretensión de ocupar el lugar del maestro. Había en Juan una honestidad poco frecuente frente a la transmisión: no simulaba certezas, no buscaba volverse ideal ni hacía de su palabra un pedestal. Pensaba. Leía. Escribía. Y dejaba ver el trabajo mismo del pensamiento.
Muchos recordaremos ese gesto tan suyo de cerrar los ojos mientras hablaba, como si necesitara apartarse un instante del mundo para escuchar mejor una idea antes de decirla. No había en eso pose ni solemnidad, sino una humildad profunda frente a lo que intentaba transmitir.
Su presencia enseñaba también por lo que no hacía: no buscaba impresionar, no necesitaba exhibirse, no cultivaba prestigios vacíos. En tiempos en los que tantas veces el saber se confunde con la autoridad o el personaje, Juan sostuvo una rara falta de pretensión, una manera sobria y ética de estar con otros y de hacer lugar a la palabra.
Nos queda su enseñanza y también algo más difícil de nombrar: una forma de habitar el pensamiento sin vanidad.
Gracias por todo el recorrido. Hasta siempre, Juan.
Ignacio Barales
El lunes por la noche falleció Juan Ritvo. Me enteré ayer, e inmediatamente quise escribir algo, mas me quedé pensando en qué… Tras leer varias bellas despedidas, y a pesar de mis años de recibido, escribo hoy desde el lugar del alumno. Tuve la fortuna de tenerlo como docente en el primer año de la carrera, época crítica y tumultuosa. Luego, volví a ser su alumno en el posgrado. Mas sin importar cuándo, estudiar con Juan era ante todo… una aventura.
Por supuesto, jamás se rigió por un programa. Las clases comenzaban por algún tema, pero jamás sabíamos adónde llegaríamos. La pregunta de alguien podía hacer que su respuesta nos dirigiera a espacios y temas insospechados. Con Juan, aprendí lo más importante: la aventura del pensar.
Por supuesto, como todo aventurero, fue polémico y le fascinaba la confrontación intelectual (un peleador de sus ideas). Ir a sus clases era ante todo estar dispuesto a abrir la cabeza… y pensar. Creo que con él parte uno de los últimos maestros de nuestra Facultad de Psicología de la UNR. ¡Gracias al filósofo, al psicoanalista, al aventurero!
Rodolfo Escalada
Era un apasionado. Para coincidir y admirar, pero también para disentir y pelear. A veces excesivo y frontal, otras dueño de una sutileza de orfebre. En todos los casos, un pensador brillante y único. Indiferente a las modas y a las corrientes, contrario a toda corrección política, podía gustar o irritar, pero nunca pasar inadvertido.
Me enseñó mucho; también creo haberle enseñado un par de cosas que él valoró. Nos quisimos enormemente, nos admiramos y respetamos, compartimos espacios y lenguajes, pasiones intelectuales y artísticas. Tipo grandioso (desde su físico hasta su mente), generoso e inquieto. Tuvimos encuentros y distancias, cercanías y disputas. La buena comida y el buen vino le entusiasmaban tanto como la música, la literatura, la filosofía, la gente (alguna), la belleza de lugares olvidados, el calor de la polémica, la juntada con amigos hasta altas horas de la noche.
En él se conjugaban la más alta erudición y cierta sabiduría popular que impedía que esa estatura de sabio almidonara su voz y su presencia. Fue, es, uno de los grandes “pensadores secretos” de nuestro país, tan dado a darles visibilidad y fama a muchas figuras banales que repiten clichés y lugares comunes. Juan nunca se acomodó a ese rol degradado de influencer o divulgador. Nunca regaló pensamiento. Jamás rebajó sus ideas a slogans.
Su muerte es una pérdida enorme para la vida intelectual argentina y para nosotros, sus amigos, colegas, lectores, compañeros de proyectos y de ruta. Quedan sus libros y artículos, su voz en videos y conferencias, el recuerdo de tantas y tantas conversaciones… A mí, personalmente, me queda también la amistad de su hijo Nicolás, a quien tanto quiero. Después de la tristeza y del duelo, quedará también la dicha y la gratitud de haberlo conocido y disfrutado.
Juan Ritvo, Z”L. Que su recuerdo sea bendición.
Diana Sperling
Juan, un farol y su gato
Despedir a un amigo es algo muy difícil. Despedir a un maestro es, por supuesto, también difícil. Despedir a un amigo que además es un maestro, como es el caso de Juan, es una tarea difícil por completo.
De su dimensión de maestro seguramente en estos días muchos escribirán, y lo harán mejor que yo: recordarán su obra, su trayectoria como docente; resaltarán su riquísimo legado escrito, que comprende sus obras psicoanalíticas, imprescindible para quien quiera adentrarse en las aguas turbulentas del a veces desorientado psicoanálisis contemporáneo —pero que no se limita a ellas. En este aspecto, solo haré una breve referencia a lo que se me ocurre que podríamos llamar su “docencia informal”… Sí; Juan era alguien que transmitía aun cuando no se lo propusiera. De repente, en una charla casual, en alguna reunión, en algún café o en algún pasillo de la facultad, surgía un tema que lo convocaba; entonces su dedo comenzaba a hacer rulitos en el pelo (como si de una graciosa y extraña “cuerda” se tratara), y empezaba a hablar: llevaba un poco la cabeza hacia atrás, entrecerraba sus ojos (un entrecerrar que también era un latir), y sus frases se iban desprendiendo de él, aleteaban un rato entre nosotros, para terminar anidando en nuestros oídos, casi siempre prohijando preguntas fecundas que transformaban ese encuentro banal en algo especial…
Nuestra amistad se forjó, sobre todo, en los últimos años de la dictadura y los primeros de la democracia. Compartimos el consultorio en la calle “25 de Diciembre”, con ese grupo inolvidable y entrañable, con quienes experimenté el mayor sentimiento de camaradería de mi vida. Compartimos, también, nuestra primera experiencia docente formal, universitaria, en el ’84, gracias a su generosa convocatoria a formar parte del staff de su cátedra… Más abajo contaré un par de anécdotas sobre esta época, turbulenta y fascinante a la vez. Después, desde que me mudé a Junín, y sobre todo en estos últimos años, mermaron nuestros encuentros; los que siempre se produjeron allá en Rosario, en ocasión de mis contados viajes a esa ciudad tan querida —entre ellos tuvimos llamadas telefónicas, la última hace un par de meses.
Juan tenía un profundo y particular sentido de la amistad. Era abierto y selectivo a la vez. Señalaré lo que para mí era la avanzada, y al mismo tiempo un índice, de su actitud amistosa: su sonrisa “plena”. Esta sonrisa de la que hablo era una sonrisa especial, que solo izaba en contextos de amistad… En ella cabía desde el sarcasmo, la pregunta afectuosa, hasta sus respuestas y comentarios más “serios”. Juan no portaba su sonrisa: su sonrisa lo portaba a él, y ella, de un modo u otro, se las arreglaba para terminar conjurada con las nuestras.
Para ir cerrando esta especie de “adiós” que no puedo hacer en presencia (advierto en este instante que estoy escribiendo lo que seguramente charlaría con nuestros amigos en común en su velatorio), voy a contar un par de anécdotas.
La primera se refiere a una tardecita de fines de los ’70, o principios de los ’80 (no lo recuerdo con precisión), que fue una de las contadas veces en que Juan me visitó, por sorpresa, en casa. Yo estaba con Julián, mi hijo mayor, que en ese momento era muy chiquito… Estuvimos tomando unos mates (o un café, no recuerdo bien). Charlamos mucho, y yo sentí en todo momento una enorme alegría por su visita. Juan siempre estaba con algún libro en su mano, y en esa ocasión tenía uno que yo también había comprado recientemente: el que incluye las respuestas que da Lacan a un grupo de estudiantes de filosofía. Le comenté que me había quedado muy entusiasmado con lo que Lacan menciona en él, en relación con lo que llama la ley de implicación material, que rige la relación entre el psicoanálisis y el resto de las ciencias. Recuerdo que Juan, si bien no la consideraba algo descartable, no le daba tanta importancia… Estuvimos charlando bastante sobre eso: eran tiempos en que la cuestión epistemológica era uno de los temas centrales. Hablamos de muchas cosas más; yo le hice escuchar un fragmento de un disco que había comprado recientemente, de Stockhausen, del que habíamos hablado antes, porque Cortázar lo mencionaba en Libro de Manuel… Al rato Juan miró el reloj, y vio que era la hora de irse… Y se fue.
Pasaron unos cuantos minutos, tenía que comprar algo al kiosco que quedaba a solo veinte metros de mi casa, y al salir veo, a lo lejos, en el cono de luz del farol de la esquina (ya era de noche), en la parada de la “K”, una figura familiar que estaba haciéndose rulitos en su pelo, y leyendo un libro… No me fue difícil adivinar: era Juan leyendo el libro del que habíamos estado hablando. En ese momento creo que pasó la “K”, o el ómnibus que él estaba esperando, y subió… Antes, se dio cuenta de que yo estaba ahí, y nos saludamos a lo lejos… “¡Chau, Juan!” le dije… Subió, y entonces sí, ¡se fue!…
Desde el martes pasado, día en que me enteré de su muerte, esa imagen vuelve una y otra vez… Me resulta ejemplar del lugar que, para mí, ocupó Juan (podría decir) casi desde el principio de los tiempos, cuando asomaba, allá en mi juventud, en Rosario, a la vida “intelectual”. En esa imagen, él no solo es el que lee bajo ese farol, sino, y sobre todo, es el farol que alumbra… Y yo me imagino leyendo ahí, alumbrado por su luz: Juan es ese farol, generoso en luz, que alumbra a quien lee… Esa imagen es, también, mi adiós hoy: ¡chau, Juan!…
La otra anécdota es algo que ocurrió en una de las reuniones del grupo que teníamos, más o menos para esa misma época. Estábamos en la cálida habitación de la casa de Juan, preparando la mesa de trabajo, rodeados por su hermosa biblioteca, inmensa, en cuyos estantes su gato hacía demostraciones de su destreza. Uno de los últimos en llegar fue un miembro del grupo que venía siempre con un maletín, al que dejó apoyado en una de las patas de la silla que iba a ocupar. Después de acomodarnos un poco, y sentarnos todos, antes de empezar le dice a Juan: “Juan, leí tu libro sobre el tiempo lógico”… Y sigue: “La verdad, Juan, no sé, no me divirtió”… Juan lo miró, volvió la vista hacia los papeles que estaba acomodando frente a él, en la mesa, y como susurrando, más diciéndose a sí mismo, o (quizás) hablando con el gato, le dice: “Bueno, yo no lo escribí para divertir a nadie”… Sobrevinieron unos segundos de silencio incómodo, luego de los cuales el gato, que seguía ahí dando vueltas por los estantes de la biblioteca, bajó, encaró hacia la silla de Luis, apuntó a una de sus patas, y le meó el maletín…
Tengo para mí que ese gatito, ahora, en nombre de todos nosotros, está meándole la guadaña a la parca.
Rodolfo Ayué