Cuidado editorial: Julieta Lopérgolo y Mariana Castielli.
Agradezco la invitación de Daniel Rubinsztejn para presentar este libro. Me honra, pero no me resulta nada fácil. Fui su alumno en la carrera de Psicología hace treinta años. Marca no del todo borrada. Aún sigo leyendo y pensando lo que escribe. Recuerdo que siendo su alumno fui a la Feria del libro en la que él firmaba su novedad de entonces, Psicoanálisis, una práctica imperfecta. Para esta ocasión fui a buscar ese libro, que conservo y volví a leer.
Fue el primero que me habló seria y lúdicamente de psicoanálisis, diría, con equilibrio de funámbulo. Es decir, con una seriedad que el rigor conceptual y la disciplina del comentario de textos requiere, no reñida con la digresión y el humor, tan afines al discurso de psicoanálisis, que vuelvo a encontrar en estas Travesías, y con su estilo, de una lengua que es hilarante, munida ocasionalmente del chiste, que lubrica el sentido acartonado, o dicho en palabras de Lacan, una lengua diversa, dispersa y divertida. El tema conecta con el deseo según leo: “el deseo inconsciente es diferencia… entre el placer hallado y el placer buscado, su definición misma acentúa la diferencia, lo disperso, lo diverso, lo divertido.” Este libro insinúa el deseo del autor. Deseo de escribir y luego pensar, de hablar y luego pensar, reversionando en su acto al cogito cartesiano.
Treinta años después, algo cambió. Ahora él me pide que hable y me invita a que diga.
Recomiendo leer este nuevo libro de su autoría, pues comporta una virtud: causa el entusiasmo por el encuentro con una frase, o una ilación de frases que sitúan con claridad un interrogante, o responden de otra manera a una pregunta suspendida, paralizada, que no dejó por ello de preguntar. Es el caso de lo singular, ¿cómo situar lo singular en psicoanálisis?, ¿por la inhibición del acto?, ¿por el síntoma?, ¿por la angustia?, ¿o por la interpretación, que sería, por estructura, catacrética? Es decir, la que “nombra lo que carece de nombre.” Preguntas que han quedado un poco en el olvido, por haberse clausurado alguna vez con un sentido preferido y rector.
Este libro causa el entusiasmo que, según creo, nace en la lectura que señala, o vuelve más nítida, algunas de las oscuridades a las que nos lleva nuestra práctica. Se trata, por ello, de un libro de clara estirpe freudiana, ya que fue Freud quien recomendó, frente a la eventualidad de no poder ver claro, “al menos ver mejor las oscuridades” En el apartado “Transitivo/Intransitivo” el autor plantea una pregunta que no perderá nunca su vigencia: “¿Cómo entendemos que, en el desarrollo del análisis, el analizante alcance a nombrar, a articular el (¿su?) deseo?”
Travesías, ensayo psicoanalítico de lo singular. Una fenomenología del viaje y de los rastros. La serie de capítulos —restos, cauces, espejismos, estelas, derivas, mareas, márgenes, travesías y horizonte— despierta la idea de un trayecto de lo incorpóreo que sin embargo deja huella, y por tanto hace cuerpo. Lo que insiste a lo largo de un movimiento. Cauce sugiere la fuerza de un río, río de deseo que talló una superficie. Estela es memoria del desplazamiento y de una pérdida; algo que se borra pero que confirma que hubo tránsito. “La interpretación está llamada, no a ser verdadera, sino a hacer olas,” dijo Lacan. Deriva es andanza sometida a las contingencias. Las mareas hablan de una rítmica presencia/ausencia, y los márgenes traen los límites donde algo pierde ser para convertirse en otra cosa: litoral donde el sujeto encuentra un límite a su representación.
Serie que designa prácticas de pasaje. Pero una palabra falta, muy asociada por el sentido común al viaje: destino. No hay destino a alcanzar: en su lugar queda lo que se produce en el cruce entre margen y horizonte. Horizonte y espejismo sostienen la estructura imaginaria insoslayable, en tanto que los restos y derivas denuncian la insistencia de lo que no cesa. Travesías entonces como metáfora del acto analítico.
La polisemia del significante travesía es abrumadora. “Del ganado: Que sin ir a puntos distantes sale de los términos del pueblo donde mora. Adj. Dicho del viento: Que da por alguno de los lados, y no de frente. m. Camino transversal entre otros dos. f. Callejuela que atraviesa entre calles principales. Sin Callejuela, calleja, callejón, pasaje, pasadizo, angostura, travesaña. f. Parte de una carretera comprendida dentro del casco de una población. f. Distancia entre dos puntos de tierra o de mar. Sin: Traviesa, tirada, tiramira. f. Viaje por mar o por aire. Sin.: Viaje, navegación, vuelo, singladura, recorrido, trayecto, itinerario, periplo. f. Cantidad que hay de pérdida o ganancia entre quienes juegan. f. Mar. Viento cuya dirección es perpendicular a la de una costa. f. Mar. Paga o viático que se da al marinero mercante por la navegación desde un puerto a otro.”(1). Etcétera. El significante conduce de manera dominante a viaje, recorrido, periplo, trayecto.
Pero no hablamos de un tema, ni del concepto de travesía, ni de la significación del término viaje. Hoy hablamos de un libro. Y la imagen del viaje se impone como significante del mismo modo que el significante viaje se impone por la imagen. Me refiero a la tapa del libro. Una apariencia plasmada en tapa y contratapa: ambas en blanco y negro, bicromaticas. Se ve un plano partido en dos, surcado por una línea gris que lo atraviesa en diagonal. Si lo vemos como un punto viajero se observa entonces el recorrido de ese punto desde el negro al blanco, o desde el blanco al negro, dibujando como resultado esa línea. La línea sería la huella que ha dejado el viajero al final de un recorrido. En el capítulo “Un viaje singular”, el autor habla de caminos deseantes, “Pasajes, pases, derivas que el análisis procura. Promueve un despegue, desde en otra parte, hacia una partida/partición, que no es fuga.”Desde su presentación, es decir, desde su apariencia, la propuesta del libro invita a situarse ante un desplazamiento hacia un nuevo lugar que podemos llamar extranjero; un movimiento que implica un cruce. De ese viaje quedan marcas, rastros, huellas. En el cruce hay interrupción, discontinuidad, corte “que interrumpe lo lineal, con derivas que bord(e)an inconsciente.” “Las travesías en los análisis transcurren desde las palabras vacías hacia la irrupción de alguna plena; desde enunciados hasta la enunciación.” Y algo más: “Recorridos por sentidos circulares hasta el límite del sinsentido, trazan pasajes al afuera del sentido.” Respecto al corte, el autor señala: “Ni sesión corta, ni corte de sesión: la sesión como corte.” Noto que se trata de una línea recta que va en una dirección. De un margen a otro. Hay dirección y orientación: “Del principio del placer al principio de realidad; del proceso primario al proceso secundario; de la energía libre a energía ligada; de la identidad de percepción a la identidad de pensamiento; de la representación cosa a la representación palabra. Un tiempo de transición […] Caminos progresivos y regresivos.”
De un lugar a otro, de un lado a otro. Hay cruce. Hay acto ¿sublimatorio? Otra pregunta: ¿qué relación establecer entre acto y sublimación? “Dar un paso requiere coraje, desde el barro, aunque vacile la pisada como al borde del abismo, hacia la dignidad”, dice el autor en el apartado ”De la representación al significante y viceversa». “Un cruce de una línea, quizá la que delimita el fantasma,” sugiere en otro texto.
Una primera lectura de la imagen de tapa ofrece esa suposición. Se trataría del dibujo de un recorrido, un desplazamiento por los pasos dados, de un lado a otro. Recordaría parcialmente la metáfora que Borges plasma en El hacedor: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.”(2). La obra de un hombre a lo largo de su vida, o el saldo de un análisis —agrego— finalmente modelaría ¿un sí mismo?, ¿una nueva identidad?, ¿un ser? Por lo pronto, apenas digo: arroja un puñado de trazas. Marcas de un recorrido.
La metáfora del viaje no es ajena a Lacan. En la primera clase del seminario 21 dice: “para todo lo que tiene que ver con la vida y al mismo tiempo con la muerte, hay una imaginación que no pueden soportar todos aquellos que, de la estructura, se quieren no incautos (non dupes), y es esto: que su vida no es más que un viaje. La vida es la del viator. Aquéllos que, en este bajo mundo —¡como dicen ellos!— están como en el extranjero.”(3). Pero las imágenes son equívocas. Quizá la tapa dibuja un puente, edificado entre las orillas que conecta. Demarca una función de paso de un lugar a otro. Pura función pasadora, en tanto instrumento de paso. Dice el autor de Travesías: “El analista es el instrumento necesario para que alguien se analice.”
La imagen del puente, a su vez, tampoco es inequívoca. ¿Une orillas que lo preexisten? Primero está este lado, enfrente el otro, y habrá que construir un puente para alcanzar este último. En Construir, habitar, pensar, Heidegger piensa de otro modo el puente:
“Siempre, en cada caso de manera distinta, los puentes conducen, de acá para allá, a los lentos y presurosos caminos de los hombres llevándolos a la otra orilla y, finalmente, en cuanto mortales, ‘al otro lado’ […] El puente conecta, en cuanto tránsito oscilante, ante lo divino. […] El puente recolecta junto a sí, a su modo, Tierra y Cielo, lo Divino y los Mortales. Cosas que, en cuanto lugares, localizan un paraje, las llamamos ahora, anticipadamente, construcciones. Se llaman así porque son producidas por medio del construir que edifica. Es desde el puente que surge un lugar. El lugar no está ahí antes que el puente.”
Solo una vez aparecido, construido y habitado el puente, recién entonces se ubica ese otro lado. Del puente surge el lugar a alcanzar. Ese lugar no existe antes y el viajero que quiera llegar a ese otro lado no sabrá nada de ese otro lugar con anterioridad a la aparición del puente. Ni siquiera sabrá que ese otro lugar existe.
El puente no es ajeno a este libro. Leo: “Ocasiones en las que los puentes verbales, por donde atraviesan caminos que, una vez atravesados, realizan el Inconsciente.” Otro pasaje: “Hay un acto de rectificación que a posteriori nos permitirá decir que no hay error ni verdad antes de ese acto.” Son los puentes de palabras que se desprenden del hombre de las ratas. Puente de palabras que “separa, relaciona, conecta, anexa, resta, suma.”
Y aquí, una aproximación: si Lacan acercó la función del analista a la del santo, Daniel Rubinsztejn baja a tierra esa función, le da cuerpo aproximando al analista la figura del Papa. “Sumo pontífice, el que construye puentes entre lo humano y lo divino”. Y esto si es cierto que Dios es inconsciente. El analista como alto constructor de puentes. Aquí, una humorada quizá de Daniel, no-toda reñida con la verdad: el analista, vía el amor de transferencia, se valede esa cuota de religiosidad ineludible que llamamos sujeto supuesto saber. “Quizás el amor sea solo un puente entre soledades,” para que sea dado el paso hacia una nueva convicción: la del inconsciente.
Se trata de un puente que, según dice el autor, “atraviesa sentidos coagulados, para dar paso a sinsentidos, que habitan las paradojas. Un paso que es donador de un nuevo sentido y Dios nos salve de que sea sexual! Torpeza, vergüenza, quizás… antesala de la angustia.”
Es por el testimonio que Rubinsztejn ofrece acerca del modo en que el psicoanálisis ha pasado por él que digo que este libro es un viaje y a la vez un puente. Rubinsztejn puede ofrecer del modo en que el psicoanálisis ha pasado por él, en él, y de cómo él ha pasado por el psicoanálisis hasta acá. Este paso nos incumbe a todos. Es también un puente a la espera de un lector dispuesto, desde otra parte, a recibir a este viajero y a alojar, como bitácora de viaje, una nueva y singular transmisión del psicoanálisis.
En abril de este año el presidente de la asociación de psiquiatras de Argentina habló en el congreso de Psiquiatría de Mar del Plata ante un auditorio de más de mil profesionales, entre ellos psiquiatras y neurobiólogos respecto de la incidencia de las nuevas tecnologías y la IA en su campo. Allí afirmó que ésta reemplazará la tarea de muchísimos médicos. No obstante dijo, “lo que será irreemplazable será el lugar y la función del analista,” sustentando su afirmación en la naturaleza de la transferencia, lo que le valió el aplauso entusiasta de todo el auditorio.
Daniel Rubinsztejn no polemiza con otros psicoanalistas. Realiza una invitación a pensar las resistencias del análisis -que llegan por la distancia que en cada momento se produce respecto del núcleo traumático- antes que las resistencias al análisis, que según entiendo, son tanto más aguerridas cuanto que proceden de los propios partidarios del psicoanálisis.
Una de las frases finales del libro dice “Freud, nombre de una transmisión que no cesa.” Mientras comienzo a escribir la página aún no escrita de este libro —a la que el autor alude— agrego: “Rubinsztejn, nombre de una transmisión que no cesa.” Gracias.
- Diccionario de la lengua española. dle.rae.es
- Borges, J. L., Obras completas. Buenos Aires, Sudamericana, 1996. Vol. II, p. 232.
- Lacan, J. Seminario 21, Los no engañados yerran/Los nombres del padre. Inédito. Trad. Ricardo Rodríguez Ponte.
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