Responsable de la sección y cuidado editorial: Yanina Marcucci
Dirección editorial: Helga Fernández
—¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?
—Para responder a esta pregunta necesito recurrir al gerundio, que es el tiempo verbal de los procesos ligados a esta práctica: Fui descubriendo el psicoanálisis, sigo descubriéndolo.
Mi primer contacto fue a los 15 años, había muerto mi papá. Llegué a un primer encuentro con una analista en estado de llanto absoluto y sin palabras. Me propuso ir dos o tres veces por semana, a la usanza de la época, y de la A.P.A. Yo asistía religiosamente, me sentaba, lloraba durante cincuenta minutos y me iba con la misma tristeza con la que había entrado. Ella me miraba en silencio, a la espera de alguna palabra. En esa experiencia, que duró seis meses, surgieron muchas preguntas que me atraviesan todavía. ¿Cómo se aloja el sufrimiento? ¿Cómo se le hace lugar a la lógica del dolor de cada sujeto en cada consulta? ¿Qué debe silenciar un analista para poder escuchar y que debe decir, hacer, ofrecer, en cada caso? En estas inquietudes ubico el origen de mi interés por el psicoanálisis. Lo que es seguro es que entonces comprendí que hacer silencio no siempre es suficiente: a mí el silencio me enmudecía.
Tres años después de esa experiencia, en 1973, decidí estudiar psicología. Yo ya había empezado un análisis. El verano anterior a inscribirme en la facultad, un amigo de mi hermano, había organizado una sesión de hipnosis en la casa de verano de mi familia. Observar la seguridad con la que, al despertar, alguien ejecutaba sin saber porqué, una orden recibida mientras estuvo hipnotizado, fue para mí una revelación: fue como si hubiera visto el inconsciente, como tocarlo.
La lectura de Freud en la facultad la hice con el entusiasmo que me despertaban las preguntas ligadas a todo lo nuevo que transitaba en esa época de mi vida: los inicios en la política y en el amor.
La situación política que atravesaba el país en los años 70 y mi militancia, determinaron también los avatares de mi llegada a esta práctica. En 1974 cerró la facultad. Yo había aprobado siete materias. Retomé la carrera cuando reabrió, en 1976, pocos meses después del golpe de Estado, pero en agosto dejé el país.
Cuando volví en 1979 la dictadura seguía en pie. Fue en esos tiempos oscuros que conocí a María Rosa Nodar. Me analicé con ella y más tarde me integré a un grupo terapéutico que conducía junto con Felipe Wainstein. Esa experiencia para mí fue fundante. La posibilidad de alojar el padecimiento y de aliviarlo se construye por caminos muy enigmáticos y particulares, quizás en el devenir de cada encuentro late el misterio de ese saber hacer. Ellos sabían hacerlo. De qué está hecha la transferencia es una pregunta que persiste en mí; la respuesta se construye caso por caso.
Me inscribí en Psicopedagogía en la Universidad del Salvador; terminé la carrera cinco años después. Empecé a atender pacientes como psicopedagoga y en paralelo a estudiar psicoanálisis en grupos de estudio. Me marcó el estilo de la lectura de la obra Freud que tenía Enrique Millán, así como sus propuestas de investigación. En el encuentro inicial, cada participante planteaba cien preguntas a mano alzada, como le gustaba decir, las que surgían de forma espontánea. Había un tiempo de trabajo sobre ese listado, que culminaba con la emergencia del tema de cada investigador. Después de un año de indagar la temática, en conversación con los compañeros del grupo y con un coordinador, el texto de cada uno se leía en una jornada y luego se publicaba un libro. Todos podían transmitir su clínica, sus preguntas y su pensamiento, desde el principio de la práctica. Había una idea distinta a la de un saber concentrado en unos pocos que debía ser repetido. Eso me interesaba.
De aquella experiencia surgió en mí la idea de lo que es hoy el grupo Escrituras de la clínica que coordino hace dieciocho años, un trayecto de lecturas de textos de distintos autores que surge de las preguntas gestadas en los análisis que conducimos y que después de un recorrido conjunto, se transforma en una escritura propia. Es una propuesta alternativa al grupo de estudio, una concepción de formación y de transmisión del psicoanálisis distinta a la habitual.
Mi participación en los grupos de Jorge Fukelman fue otra vuelta en el proceso de descubrir el psicoanálisis, también de inventar una manera propia de practicarlo. Fukelman pensaba el padecimiento de los niños como un juego que, por algún motivo vinculado a la sexualidad de los padres, no puede ser jugado. Ilustraba esta idea diciendo que si un niño pasa el tiempo de los recreos aislado, sentado en un rincón del patio, mirando como los demás juegan, podríamos elegir diagnosticarlo. Él, en cambio, elegía invitarlo a jugar; si el niño en cuestión, aceptaba la invitación podría jugar a ser el rey, y aislarse, como lo hacen los reyes, pero de jugando. La posibilidad de transformarse en un personaje, le permitiría pasar a ser jugador. Lo escuché contar la historia de un niño que llegó a su consultorio dando saltitos, en vez de caminar; tenía un diagnóstico de autismo. Él le preguntó si era un conejo, el nene se rió, le contestó que era un gato y así comenzó el juego en el tratamiento de este paciente. Las ideas de Fukelman, su pensamiento, cambiaron mi manera de pensar la cura. Aquello que un paciente pone a jugar en transferencia, le permite un pasaje a un lugar menos sufriente. Hacerle lugar al dolor en el vínculo paciente-analista, la apuesta ficcional que ofrece la transferencia, dignifica y alivia. No solo en el trabajo con niños.
Un tiempo después ingresé al equipo de atención de adolescentes del Pirovano. Me producía felicidad caminar por los pasillos del hospital y cada vez que lo contaba, me sorprendía el asombro de quién me escuchaba; mucha gente no entendía porque me ponía tan contenta trabajar en forma gratuita y de alguna manera ilegal en una institución pública. Digo que era ilegal porque la entrada a los equipos dependía de una decisión de quién los coordinaba. No había, en ese entonces concurrencias, ni residencias. No estábamos inscriptos en ningún lado. Empezar era hacerse un lugar un poco a los codazos.
En el Pirovano se atendía en una sala enorme, en el primer piso, alrededor del hueco de la escalera. Había muchas sillas, colocadas de a dos, enfrentadas; cada par era una sesión analista-paciente. Nadie escuchaba nada más que lo que se decía en la sesión en la que estaba participando. La magia de la intimidad en juego en nuestra práctica se dejaba ver en esa disposición. Ese debe haber sido el origen de mi interés por entender la potencia de aquella intimidad que construía paredes.
Además atendíamos en la sala de mujeres, escuchábamos a pacientes jóvenes que habían tenido intentos de suicidio. La primera vez fui con Alejandra Storchi, entramos de la mano. A la primera paciente que atendí ahí, seguí viéndola durante muchos años.
Trabajar en el Pirovano me hizo decidir dar las materias necesarias para obtener también el título de psicóloga.
Con Raquel Gerber nos conocimos por una amiga en común. En ese encuentro supe que cuando los otros aceptan de nosotros aquello que fue siempre rechazado, nos transformamos. Aprendí también, que había un modo de habitar la amistad que yo desconocía: otra manera de descubrir lo que nuestra práctica propone. A veces pienso que el psicoanálisis es un modo de vida.
A Viviana Garaventa y a Nicolás Touloupas los conocí en una institución a la que me acerqué quizás, precisamente, para conocerlos a ellos. Con Vivi se abrió una posibilidad de leer a Lacan desde los problemas que se presentan en la clínica, de conversar los conceptos, de apropiarnos de lo que leíamos, de pensar con otro construyendo teoría. Con Nico tuve dos experiencias novedosas, la primera fue la de compartir una entrevista con los padres de un paciente que los dos atendíamos, él como ¨psiquiatra¨. El modo en que transcurrió me hizo saber que algo nuevo se había puesto en juego; intervenir con otro en el trabajo con padres requería una honda coincidencia, un respeto, un saber cuándo y cómo. La segunda fue acercarnos juntos durante un año, todos los meses al colegio de otra paciente para ¨garantizar¨, firmando un certificado cada vez, que nada malo iba a suceder, tenía que ser un ¨psiquiatra¨ el que lo hiciera y evaluara la necesidad de medicación, por eso lo convoqué a Nico y, fundamentalmente, porque que se dedica al psicoanálisis. No hubo medicación.
Ya con el título de psicóloga, mi acercamiento al Cesac 10, un centro de salud en Parque Patricios, resignificó una vez más mi relación con el psicoanálisis. Me habían invitado a supervisar un equipo que se estaba creando, un tiempo después armaron una concurrencia y más adelante decidieron organizar un Seminario, me propusieron participar desde la coordinación docente. Se consumó en esta apuesta la posibilidad de llevar más lejos todo aquello que me había marcado.
Mi encuentro con Lisa Pelacoff y Cecilia Illia, en el Cesac 10, fundó los lazos en los que hoy, veinticinco años después, se apoya una apuesta a la transmisión de la potencia transformadora que el psicoanálisis propone. El Seminario sigue sosteniendo su apuesta. Son los lazos los que sostienen.
—¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?
—Al volver sobre el relato de cómo fui descubriendo el psicoanálisis me doy cuenta de que fue desde los encuentros con otros que despertaron entusiasmo en mí. Puedo afirmar que el psicoanálisis es una práctica que requiere del lazo social. La apuesta a generarlo es lo primero que aporta a una contemporaneidad que tiende a su ruptura.
El lazo que ofrece es la transferencia, que tiene el poder de restar sufrimiento. Hay dos operatorias que la componen, el relato: la reconstrucción de la historia del analizante (con los lapsus, los olvidos, los sueños) que de alguna manera la ¨reescribe¨, y la repetición en el vínculo con el analista de aquello que se nos juega en la ¨vida real¨. Decimos que la transferencia es la puesta en acto la realidad del inconsciente, que es sexual. La dos operatorias son ficcionales. El psicoanálisis le aporta a la realidad una dimensión ficcional, que le da espesor a una modalidad actual que la achata, y le aporta también una temporalidad histórica al modo de entender la realidad, opuesta a una lectura en presente continuo.
El psicoanálisis cuenta con una potencia transformadora, es por eso que tiene una función política. Mi militancia, que en los setenta pretendía cambiar el mundo, está presente en mi práctica psicoanalítica, aunque de manera distinta: se apoya en un ética que propone la transformación del sufrimiento en deseo. Nuestra práctica busca posibilitar ese pasaje, abriendo un espacio para la singularidad del deseo de cada sujeto, el vínculo con lo colectivo está incluido. La práctica psicoanalítica no se asienta en lo ideológico, sino en una ética fundada en descubrir el deseo que suponemos atrapado en el padecimiento.
Según Ulloa la crueldad se define por la ausencia de una ley reguladora. Se trata de una encerrona trágica en la que no hay tercero de apelación, y en la que siempre está en juego un dispositivo sociocultural. La encerrona trágica tiene múltiples maneras de jugarse en la vida contemporánea, con su cara más feroz en las metodologías de las que en Argentina hizo uso la dictadura, como la tortura o la desaparición de personas, pero puede estar jugada en distintos modos de opresión o de sin salida económica.
El encuentro con Ulloa me permitió profundizar el descubrimiento de la potencia del psicoanálisis que, como sabemos, cuenta con una operatoria contrapuesta a la crueldad, incluso cuando la crueldad funciona como política de estado. Me refiero a la sublimación, motor de la transferencia en tanto transforma el sufrimiento al alojarlo. Sublimar es producir ese pasaje que, vía el amor de transferencia, aloja el dolor psíquico despejando el entusiasmo enredado en él. Así, la posibilidad sublimatoria se apoya en la ternura; Ulloa no la piensa como lo blando del amor, sino como la instalación de una ley que da una nueva regulación al sufrimiento. El abrigo, el buen trato son formas de poner en juego una ley alternativa que ofrece salida a la encerrona. Se trata de una ética que funda lazos regidos por la legalidad del cuidado.
Me animo a pensar que el psicoanálisis también aporta la potencia de la intimidad, tan ausente en esta época en que todo puede estar ofrecido a la mirada. El poder transformador de la intimidad, no es del encierro, si no que se relaciona con la protección de aquello que la requiere. En la intimidad siempre hay un otro. En ella se juega un efecto dignificante, eso que ocurre cuando el dolor más secreto o vergonzante es alojado.
Que el psicoanálisis opere dentro de los consultorios, no quiere decir que sus sus efectos recaigan en lo individual: su eco en lo social es innegable. El trabajo desde el Seminario del Cesac 10, mencionado anteriormente, es una tarea política sostenida durante ya veinte años, que funda en acto un modo de transmisión, basado en una manera de habitar el lazo con el otro. Solemos sorprendernos de los efectos de esta apuesta, de cómo los trabajos que producimos dialogan entre sí, de que haya surgido una producción colectiva en la que se escuchan muchas voces.
Algunas ideas, como la de lo amistoso o la de la hospitalidad (esta última recortada del texto de Derridás y Doufourmantelle), las tomamos para pensar los lazos que están en juego en la operatoria analítica y en la transmisión del psicoanálisis. Entendemos lo amistoso como el espacio que nos permite poner en juego con otros el pensamiento de cada uno, para escapar de lo dogmático; me gusta pensarlo como una complicidad, como lo plantea Diego Sztulwark. A su vez, pensamos la hospitalidad como la donación del tiempo que requiere el proceso de cada quién. En hebreo invitar se dice leasmin, y puede traducirse como donar tiempo. Lo amistoso y la hospitalidad son también donaciones del psicoanálisis a la época.
El seminario, así como otras formas de lazo entre analistas, la práctica clínica en centros de salud y en consultorios, son apuestas a darle lugar a la ley del deseo. Es en este sentido que el psicoanálisis es político y le aporta una ética a nuestra contemporaneidad.
Alicia Rozental se dedica a la práctica del psicoanálisis, a la supervisión clínica en hospitales públicos y en el ámbito privado. Participa como coordinadora docente en el seminario que organiza el Cesc 10. Publicó, con colaboradores, El juego, historia de chicos. Ed. Noveduc. Compiladora, junto con Lisa Pelacoff, y autora en los libros: Los hilos de la transferencia; Sublimación y escrituras en la ética del psicoanálisis; Duelo, sublimación, y reescritura subjetiva, de Editorial Entreideas.
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