Como siento que estamos entre amigos y amigas (con un acento especial en ese entre, que el libro de Helga tan bien subraya: entre amigos, en una zona liminal, un territorio compartido, un jardín del cosmos, un lago de luna, entre otras tantas figuras bellísimas que nos ofrece), como estamos –digo– entre amigos y amigas, en confianza, les comparto una confidencia; una confidencia de lector: no me pasa muy seguido hacerle un doblez a tantas hojas de un libro.
Doblar la punta de las hojas de un libro es un recurso –entre otros– que tenemos los que resaltamos compulsivamente aquello que leemos. Es decir: resalto con fibrón de color aquello que me parece, inicialmente, más importante; lo que me llama la atención. Luego –segunda etapa–– subrayo, dentro de lo resaltado, alguna palabra o frase en particular, hago anotaciones al margen, destaco algo especialmente. A veces hay una tercera etapa, en que me veo llevado, al leer nuevamente un libro , a resaltar otras partes con otro color. Y así… Lo que ocurre es que, finalmente, acaban siendo tantos los resaltados y subrayados que termino doblando el extremo de algunas hojas (para intentar orientarme en cuáles fueron mis páginas preferidas y poder volver más fácilmente a ellas en caso de necesitarlo).
Bueno, esa tentativa de reducción al mínimo, en el caso de este libro de Helga, resulta particularmente fallida: son tantas las hojas que tengo dobladas, que me encuentro como aquel Colegio de Cartógrafos, fabricado por Borges en el relato titulado Del rigor en la ciencia.
(No sé si lo recuerdan: es aquel cuento donde “el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia”, llegando a la absurda idea de confeccionar “un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”).
Así de desmesurada fue mi tentativa de cartografiar este libro de Helga. Si les pasara sus hojas, como en un cinematógrafo, lo que se vería en continuado es un manchón de colores, rayas y dobleces. Afortunadamente, el libro tiene sus propios umbrales. Diría, incluso, que todo el libro es un cuidadoso y detenido elogio de los umbrales.
Por un lado, vía la función del amigo, la amistad aparece como un umbral. Un umbral “donde los límites entre yo y tú se vuelven difusos” (p. 19). Nos muestra, por ejemplo, la relación de amistad entre Freud y Fliess como un umbral, en contra de cualquier imagen de Freud como un “héroe intelectual aislado del mundo” (p. 22).
Esto, que ya había sido señalado por Lydia Marinelli y Andreas Mayer en su libro Soñar con Freud (donde las autoras realizan una genealogía de la interpretación de los sueños, mostrándola como una obra colectiva y no el simple producto de la persona individual de Freud), esto mismo, Helga lo lleva más lejos todavía: no sólo es evidente la injerencia de otros en los textos de Freud (amigos, lectores, colegas), sino que ella se pregunta “¿por qué no pensar que la piedra angular del psicoanálisis fue la práctica de la amistad?” (p. 15) (una práctica de co-composición; es decir, el encuentro de Freud y Fliess –pero también su ruptura– como fundante del psicoanálisis).
El lazo horizontal entonces, propio de la amistad, para Helga, no es un resto del análisis, sino una de sus condiciones de posibilidad.
“En muchas ocasiones –escribe Helga– es un amigo quien sugiere o deriva a determinado analista, a veces es el amigo mismo quien abre la puerta al psicoanálisis. No desde un saber: desde un umbral que también lo inquieta” (p. 71).
La amistad como “un territorio que antes no existía y que ninguno de los dos produce solo” (p. 105). No se trata de interacción, sino de intracción (un término que Helga recupera de Karen Barad, para designar “esos procesos donde las entidades no preceden a la relación sino que emergen de ella”). O sea “un umbral que se cruza, una suspensión que no dura, un interregno donde las estructuras se disuelven para que algo pueda ocurrir […] una transformación que ninguna de las dos orillas produce por sí sola” (p. 109).
Le llama, siguiendo a Victor Turner, zona liminal. Otro nombre para los umbrales: la zona liminal –escribe Helga– “es un umbral que hay que franquear” (p. 124). La amistad como zona liminal no produce “una pura exterioridad, algo tan radicalmente otro que no podría aprehenderse. Es otra cosa: una alteridad mediada por el umbral mismo” (p. 117).
“El umbral puede ser una puerta, un gesto, una frase; lo que importa es que marca una discontinuidad, un paso: de este lado, el mundo ordinario; del otro, otra cosa […] El umbral existe para ser cruzado; eso lo distingue del muro. En su función como frontera, el umbral crea una separación entre dos estados: rivalidad y creación, posesión y complicidad, repetición y novedad […] Lo que define al umbral es que articula dos cosas a la vez: es límite y es pasaje, y no se reduce a ninguno de los dos. Cruzarlo tiene algo de irreversible: una vez del otro lado, ya no se es quien se era” (p. 119).
“El umbral no es un sitio donde quedarse; es un sitio de tránsito, no una morada, ni un refugio donde guarecerse […] Lo que hace posible atravesar el umbral puede ser la ironía, la metáfora, el humor. El chiste, de hecho, podría ser la práctica de la amistad por excelencia: alguien lo lanza, otro lo recibe, un tercero lo sanciona con la risa, y en ese triángulo fugaz algo se inventa que no existía antes” (p. 130).
“El umbral no es sólo una puerta; es el inicio de una lengua nueva, la condición para que un lazo inédito pueda nombrarse” (p. 124).
“La aproximación a la alteridad como acto de reconocimiento mutuo requiere habitar el umbral con una delicadeza que es al mismo tiempo firmeza” (p. 125). Podríamos agregar que la amistad se rige por un principio de delicadeza, tal como Jean Allouch lo extrae de Roland Barthes: la delicadeza como una determinada consideración de la alteridad; [como aquello que] indica la alteridad por pinceladas, “destaca un trazo” y lo hace “proliferar en el lenguaje” […] Es “algo así como un estado amoroso” desvinculado del querer-asir.
Y podría seguir compartiéndoles la insistencia del término umbral, a lo largo de todo el libro de Helga, como una de las figuras de la función del amigo…
Pero el elogio que este libro hace no es sólo un elogio conceptual de los umbrales. Helga los usa. Usa los umbrales. Se sirve de la figura del umbral, no simplemente como un modo de caracterizar la función del amigo, sino que los introduce en el objeto-libro; se sirve materialmente de los umbrales, los utiliza en la composición misma del libro. Es un libro con umbrales.
El lector encuentra estos umbrales cada cierta cantidad de páginas, al interior de cada capítulo. Cada parte está, no separada (no es un muro), sino conectada con la siguiente por un “umbral”.
Son umbrales que funcionan como un fundido a negro en el cine; una pausa para que el lector asimile una emoción intensa. Pero también son umbrales que se dirigen a la libertad del lector: son una invitación (lo invitan tanto a detenerse, como a renovar, cada vez, la decisión de continuar leyendo). El lector está invitado a franquearlos (podría no hacerlo; lo que se indica es una posibilidad).
Como si cada tanto se le recordara al lector que él forma parte de la experiencia de la lectura, que no es un receptáculo de letras ajenas. Debe decidir, a cada paso, si continuar o no con la lectura (esto que es tácito en cualquier libro, aquí se lo explicita). Y esto hace que leer el libro de Helga sea una experiencia física.
Estos puentes, estos lugares de paso entre los distintos apartados del libro, tampoco son simples hojas negras, insertadas en el libro; contienen letras, palabras, escritura. En estos umbrales del libro la autora acompaña al lector a cruzar; no lo deja solo. En cada uno de ellos, se dice algo del camino recorrido y algo del por-venir del libro.
Ahora bien, en sentido estricto, todo libro tiene sus umbrales (como nos enseña el escritor y crítico francés Gerard Genette, en su texto titulado –justamente–Umbrales). Genette le llama “umbrales” a los distintos paratextos que hacen que un texto nunca se presente desnudo, sino acompañado, rodeado, prolongado por una serie de producciones que lo presentan (en el sentido de darle presencia, de asegurar su existencia en el mundo).
Estos umbrales o paratextos son “un conjunto heterogéneo de prácticas y discursos de toda especie y de todas las épocas” (p. 8) tales como: el título, el autor, las dedicatorias, el prefacio, los epígrafes, las notas al pie, los intertítulos, etc. Cualquier libro se compone de todos o algunos de estos umbrales que lo hacen existir como libro.
Por ejemplo: el libro que estamos presentando tiene –obviamente– un título (LA FUNCIÓN DEL AMIGO), un título secundario o subtítulo (UNA TENSIÓN DESEANTE), y una autora (HELGA FERNÁNDEZ). Tiene 144 notas al pie, una veintena de epígrafes y casi la misma cantidad de intertítulos… pero no tiene un prólogo. Esto me llamó mucho la atención. Si bien no es una regla estricta, los prólogos no suelen estar a cargo del autor, sino de algún tercero (y en un número no infrecuente de casos, a cargo de algún amigo o amiga).
¿Es posible que en un libro como éste, que hace de la amistad su asunto, estén ausentes los amigos? Todo lo contrario. Sólo que las marcas de la amistad hay que buscarlas en otra parte.
¿En dónde? En principio, uno diría que en los agradecimientos (puesto que allí, efectivamente, se consignan algunas personas y las razones por las cuales, a cada una de ellas, hay algo para agradecerles).
Pero hay otro umbral o paratexto mucho más misterioso y enigmático en este libro: me refiero a lo que se consigna como la dedicatoria.
Y acá tengo que confiarles una segunda confidencia. Esta no es mía, sino de la propia autora. No es una infidencia (que supone traicionar la confianza de alguien), sino una confidencia, ya que le pedí a Helga su autorización para compartirlo. Es que la dedicatoria del libro, donde se lee “A María Sol Cobas” (sin ningún otro tipo de aclaración, sin alusión a ningún motivo de por qué era a esta persona que el libro estaba dedicado), me intrigaba tanto, que le mandé un mensaje a Helga preguntándole algo así como “¿quién es, para vos, María Sol Cobas?”.
La respuesta en un audio, que transcribo parcialmente, fue la siguiente:
María Sol Cobas es mi primera amiga, la primera persona que fue mi amiga, que la conocí en primer grado […] Ella aprendió a leer y a escribir muy rápido, nos sentábamos en la misma mesa (creo que éramos cuatro, pero sólo me acuerdo de ella). También tenía una familia muy distinta a la mía y me dio un afuera que yo desconocía por completo. Fuimos amigas toda la primaria, después ella se fue a vivir a Barcelona, y bueno, seguimos siendo amigas igual, aunque no nos vemos cotidianamente.
Es fuerte, ¿no? Al menos a mí me impactó. Me dije: una persona que dedica un libro, acerca de la amistad, a su primera amiga, debe ser una muy buena amiga. Y me alegré de contarme entre quienes estamos compartiendo esta mesa, porque evidentemente Helga no elige a al azar a las personas que van a estar en relación a su libro.
Entonces, siento que quienes estamos presentándolo hoy somos un poco amigos y amigas, entre nosotros, amigos y amigas de Helga y de su libro. Hoy somos inter-cesores. Con ese guion en el medio que coloca Helga. No intercesores, en el sentido habitual (de quienes interceden ante alguien, ante una figura de autoridad), sino inter-cesores: es decir, aquellos que, junto a otros, entre-otros, entre-amigos, ceden el objeto para que este continúe circulando.
Hoy nos toca hacer de umbral, de lugar de pasaje, de tránsito; tratar que nuevos lectores y lectoras, pasando por estas palabras-puente, se puedan encontrar con y en este libro. Ojalá lo hayamos logrado.