Dos preguntas a Darío Gigena.

Responsable de la sección: Yanina Marcucci

Cuidado editorial: Leticia Gambina y Yanina Marcucci

Dirección editorial: Helga Fernández


—¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?

—Agradezco a la revista En el margen esta oportunidad, una ocasión para decir que el psicoanálisis constituye una abertura.

A mis doce años encontré en la biblioteca familiar un libro enigmático. Mi padre coordinaba aquel mueble nutriéndolo con ejemplares dispares y tomos excéntricos hallados en las bateas de calle Corrientes. El volumen desentonaba en medio de la solidez de los códigos jurídicos, manuales de derecho y tratados contables; llevaba por título Dos dimensiones clínicas: síntoma y fantasma, de Jacques-Alain Miller y La teoría del Yo en la obra de Jacques Lacan, de Diana S. Rabinovich. Lo hojeé con frialdad, curiosidad, sin tiempo —afuera me esperaban los chicos y nuestros vitales vagabundeos en bicicleta—. Puedo suponer que el carácter anómalo de ese objeto habrá sembrado la semilla que años más tarde germinaría como deseo de saber.

Mi formación escolar católica me impregnó de preguntas básicas: el bien y el mal, la existencia/inexistencia de Dios, el libre albedrío, Atenas y Jerusalén. En mi caso, el discurso de la religión no ahogó de sentidos la sed de respuestas, sino que fue un hervidero para los interrogantes que me lanzarían unos años después al mundo.

Con ese lastre llegué a la universidad pública y a su carrera de Psicología, tras sendas charlas de orientación vocacional en el Colegio Nacional de Buenos Aires. En la Universidad tomé clases con una de aquellas autoras y con Germán García, Roberto Mazzuca y muchos otros. Una vez, en la sede de Independencia, escuché a un profesor leer y comentar Psicopatología de la vida cotidiana con rigurosidad exegética y fino humor. Con él inicié mi análisis a los dieciocho años, tras acercarle unos cuentos que había escrito de niño y que nadie había leído hasta entonces. Bajo la excusa de esperar su devolución, cedí el servicio incondicional al Otro. Simultáneamente, me inicié en el estudio de la obra de Sigmund Freud. Faltaba muy poco para que los seminarios y escritos de Jacques Lacan comenzaran a teñir aquellas primeras lecturas.

Gela Rosenthal me derivó mi primer paciente.

Mi llegada a la práctica hospitalaria —que continúa hasta hoy— fue una luna que, sin saber, espejó el brillo del gesto freudiano primero (lo digo sin presunción; cualquier analista alguna vez habrá retirado su creencia ciega en que el Saber lo es todo); aquél que lo llevó a declinar la investigación dura, de laboratorio —siguiendo la recomendación del profesor Brücke— para volcarse de lleno al deseo de curar, comprometiéndose desde entonces a rastrear sin descanso una dirección que nunca existe por anticipado. La cura, dirá Freud más tarde, ocurre por añadidura. 

Supervisar mi trabajo con Jorge Fukelman, David Kreszes, Liliana Negro, Mirta Divita, Norberto Buchsbaum, Enrique Millán, Silvia Baudini, Daniel Rubinsztejn, Daniel Paola y otros fue un privilegio que sigo reconociendo; tanto como el cotidiano intercambio con otros discursos que habitan el campo de la salud mental y que llevan a interrogar, de modos renovados, los fundamentos del discurso analítico en relación con la locura y la debilidad mental.

No fue un descubrimiento, porque en esa travesía no hubo un conquistador —más riguroso es decir que fui un conquistado— y porque al psicoanálisis lo sigo descubriendo en su táctica, su estrategia y su política. O, mejor dicho, porque aún persisten los velos que lo preservan de ser no-todo conquistable. Y aquello no cesa de cubrirse/descubrirse. En cada sesión donde el enjambre discursivo del soñante deja caer un resto ininterpretable, en cada ocurrencia que fractura el sentido e introduce la agudeza, en cada lapsus que desvía la marcha como brújula del deseo, en cada tope que convierte al delirio en el andamio para un trabajo posible, en cada avatar de la transferencia que abre una hendidura para el amor, el psicoanálisis es para mí una cartografía viva para un territorio en el que el acto es posible, todavía.

—¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?

—En su voracidad sedativa, nuestra época parece sustituir el malestar en la cultura por una gestión eficiente del dolor; prefiere el diagnóstico y su farmacología que amordaza la pregunta, el algoritmo que anticipa el deseo antes de su formulación entre-dicha y la tiranía de una auto-optimización como puro rendimiento. En este rebaño de individuos sin sujeto, donde la angustia es tratada como una falla del sistema, la oferta es anestesia, entretenimiento continuo y un consumo compulsivo que promete más y más gadgets destinados a cicatrizar la brecha constitutiva. Ya no es tan seguro El triunfo de la religión, sino El triunfo de la FA (Fe Artificial), y su culto al promt.

En este contexto, y sin poder imaginar hacia dónde vamos, el psicoanálisis no tiene asegurada su supervivencia.

Y sin embargo, en muchas ocasiones fui testigo, otras veces partícipe, del modo en que la práctica analítica promovió para alguien la posibilidad de un singular modo de vivir, contra el más reaccionario y menos obvio de los deseos: el deseo de permanecer enfermo, que es una forma de refugiarse en un rincón al costado de la vida. Hablo de un singular modo de vivir, que no resulta ni mejor ni peor que otros, pero que es para cada uno y cada una, y no encamina hacia la soledad. Pues eso se distribuye, porque el análisis produce efectos que se diseminan. Pasar por un análisis, de hecho, reduce notoriamente la capacidad que tiene el síntoma de molestar al semejante.

Dicen que el planeta tierra no ha de tolerar tanta explotación de sus riquezas y que, tal como lo conocemos, desaparecerá. Que las democracias resultan cada vez menos afines a los propósitos del Gran Capital y que, así como son, serán disueltas. Dicen que la IA llevará a la especie humana a su extinción, lisa y llana.

Psicoanálisis: dícese de un quehacer humano limitado, abocado a la tarea de resistir a la desaparición al suscitar el decir analizante, por una apuesta decidida a la reconstrucción incesante de la historia, a la destitución de toda idea de destino y a la invención de un porvenir. Sus condiciones mínimas requieren de dos hablantes capaces de escucharse, dispuestos a que algo cambie. Exige el encuentro; reclama la palabra del que busca con preguntas; pide presencia; lleva a la responsabilidad. Se nutre de los logros de las ciencias, sin ser una ciencia y de la sabiduría de las artes, sin ser la octava. Su política es hacer de lo que no inventó, un derecho humano universal: el derecho humano a la palabra. Ello no garantiza que se cumpla, más bien delata que tal derecho está permanentemente amenazado.

Así, creo que su aporte es el de una ética inédita que sale de un nuevo lazo social. Contra la segregación, la servidumbre voluntaria, la auto-vigilancia y el empuje al consumo, la experiencia analítica interroga la posición de un sujeto frente a la pulsión: propone responsabilidad por el goce en singular. De aquí parte una vía al bien decir, un decir que no degrada la palabra a un mero parloteo, sino que abrocha la verdad semi-dicha del deseo a la vida. Todo lo cual no reniega de una vida en común. 


Darío Gigena es psicoanalista, Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y especialista en Psicología Clínica (MSN). Desarrolló su recorrido institucional en el Hospital de Emergencias Psiquiátricas «Torcuato de Alvear» (GCABA), donde se desempeñó como residente, jefe de residentes y, actualmente como psicólogo de planta permanente en el Equipo de Adolescencia de Consultorios Externos. Su labor en el ámbito asistencial se complementa con una constante actividad docente y formativa. Es docente clínico en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Kennedy, habiendo ejercido también la docencia en las asignaturas Psicoanálisis I y II de la Universidad de Belgrano. Asimismo, se desempeña como supervisor y docente en diversos equipos de salud mental, y dirige cursos de formación profesional a través de la Dirección de Capacitación del Ministerio de Salud del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En su faceta como autor, ha publicado los libros: A propósito de la pubertad, el salto (Lugar Editorial, 2026) y Fragmental. Notas, crónicas, preguntas y aforismos del psicoanálisis (Letra Viva, 2012). Es coautor de obras colectivas como: Conversaciones sobre el Ideal del Yo y los ideales (2014), El sujeto por-venir (2018), Homenaje a Lacan (2020) y ¿Qué discuten el psicoanálisis y los feminismos? (2021). Sus escritos y ensayos figuran también en publicaciones especializadas como la revista Psicoanálisis y el Hospital, Clepios, elsigma.com y espectros.com.


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