La dimensión poética de la topología. Por Helga Fernández.

Cuidado editorial: Patricia Martínez


Te adjunto algunos despojos que la última marea depositó en la playa. Estoy haciendo anotaciones sólo para ti, y espero que me las guardes. No agrego nada como disculpa o explicación: sé que sólo son unas vislumbres, pero de todas estas cosas algo ha salido…” S. Freud, 1897, Carta 64.

La imagen de portada de este texto es un estereograma. Si apoyas la nariz en la pantalla, te pones bizcx y distancias el dispositivo de a poco, es probable que ante tus ojos aparezca lo que antes no. También podes entrar en la experiencia a través de otro método: aleja la pantalla e intenta mirar los colores oscuros como si fueran una línea en el horizonte. Tu mirada tendría que abrirse al espectáculo que antes no estaba ahí. Es probable que «la profundidad» no aparezca en los primeros intentos, sino poco a poco, como si hubiera que ir aclimatando el cuerpo. Pero, una vez que se ingresa, es más fácil volver a entrar, pese a que nunca está garantizado.

Pocas cosas en la vida causan más impotencia, y a veces dolor, que tratar de mostrar algo a alguien que no ve o no escucha. Cuanto más ímpetu se pone, la fuerza de la necedad de quien no puede mirar, y tal vez no quiere, rebota en quien lo intenta. Es extenuante y la más de las veces inconducente, como cavar un pozo en el agua. Quizá es más ciego y sordo quien pretende hacer entender lo que alguien no percibe, que quien no acepta que existe lo que no está a su alcance o peor, dice entender pero no obra en consecuencia.

Edwin Abot escribió una novela distópica, Planilandia, desde la que se captan los diferentes modos de entendimiento y sensibilidad de los habitantes de las ditmansiones: El Punto, La Línea, El Plano y El Espacio. 

El narrador, un cuadrado, es un ser que pertenece a El Plano: una realidad bidimensional con longitud y anchura, pero sin altura, en la que convive con otros cuadrados, triángulos, círculos y hexágonos. Los moradores de Planilandia pueden moverse libremente en su superficie, pero al igual que las sombras, no pueden ascender ni descender por la misma. Sin embargo, ignoran esta limitación, siendo incapaces de imaginar y experimentar una tercera dimensión. Como un hecho excepcional, a El Cuadrado le fue permitido habitar en sueños El Punto, La Línea y, gracias a una revelación, también, la dimensión de El Espacio. Así llegó a sentir las restricciones de quien vive en la ditmansión de la no-dimensión y en la de una, y a advertir lo obtuso de su mundo por haber estado, también, en la tercera dimensión, circunstancialmente.

El habitante de El Punto, confinado en el abismo de la no-dimensión, es su propio mundo, su propio Universo. Por conocer sólo su existencia, no advierte otra que la de Él mismo. No accede a la longitud, ni al ancho, ni a la altura. No puede concebir la pluralidad porque no conoce el dos. Él es Uno: único y total. Se autosatisface por completo. No hay modo alguno, siquiera, que se figure otras existencias. Y si, por ejemplo, un ser de otra dimensión le habla, cree que la voz es su propio pensamiento. La no-dimensión absorbe la otredad.

El monarca de La Línea cree que su Reino es el universo entero. Se encuentra incapacitado para moverse de arriba a abajo, y apenas puede hacerlo hacia esos sitios que los habitantes de El Plano y de El Espacio llaman derecha o izquierda. Por mucho que lo intente, sólo ve un blanco por fuera de la línea. Un blanco que no es nada. Un blanco que también podría ser llamado negro. Un blanco inerte. La manera en que los habitantes de su mundo interactúan entre sí también se cierne a esa estrechez. Y, si bien el narrador intenta hacerle comprender al Rey que existe otra manera de mirar y le acerca evidencias al respecto, éste no puede ni quiere aceptarlo. Si lo hiciera debería reconocer sus propias limitaciones. Pero es tal el temor que le causa abandonar su realidad que prefiere vivir en lo malo conocido que en lo bueno por conocer. El rechazo a la diferencia lleva al Rey a acusar a El cuadrado de ser un hombre sin razón, insensato e impertinente.

Los habitantes de El Plano no entran en la espesura de la profundidad. Viven en un mundo de dos dimensiones, en el que también la sensibilidad y la percepción quedan supeditadas a tal estrechez; figúrense que allí no existen los agujeros. Dado que el narrador pertenece a este mundo, la ideología que se expresa en la descripción de su hábitat nos deja escuchar que en el mismo, y por causa de tales limitaciones, las mujeres son concebidas inferiores y los seres irregulares, monstruosos. Nada que nosotros no conozcamos, viviendo también en Planilandia: patriarcado, terraplanisno, cierta sofisticación de la eugenesia y la cohabitación de un decir y un hacer en las antípodas uno del otro. El ser hablante es un ser infinitamente plano1 –dice Lacan, y vaya si tiene razón.

Podría creerse que La Esfera, habitante de El Espacio y conocedora de varios mundos, estaría dispuesta a concebir que existen otras dimensiones, la cuarta, la quinta, la sexta, en las que, incluso, su modo de percepción resulta estrecho. Pero no quiere saber nada al respecto. Sea cual sea la dimensión en la que alguien vive, siempre presentará objeciones para reconocer la estrechez de la misma; ni el reino de “la profundidad” facilita la salida de sus propios límites. En otras palabras: es y será una una herejía2 afirmar la posibilidad de una existencia menos constreñida.

Planilandia nos sumerge en lo irrisorio que implica que dos seres hablantes, parados en dos mundos distintos, hablen sin jamás entenderse. También nos confronta con el hecho de que algo puede captarse, figurarse, intuirse, racionalizarse y, sin embargo, no dimensionarse.

Por momentos se hace insoportable y aburrido continuar leyendo esta novela, es como si renglón tras renglón se denotara que cualquier mentalidad es débil, deficitaria y boba para aprehender lo que, si se aprehende, sólo se aprehende con la experiencia que conlleva otras formas del cuerpo que la imaginaria.

Planilandia también nos recuerda que entrar esporádicamente en las bondades de otra ditmansión no garantiza la perpetuidad en la misma y tampoco la espesura que la caracteriza.

Una vez escuché a una chica intentando contarle a otra lo que había significado para ella la apertura del inconsciente. A medida que se esforzaba por describir tal cosa, se percibía una creciente frustración en su tono. Por lo que concluyó diciendo: «Bueno, sé que lo digo suena con la profundidad de una palangana agujereada, pero en análisis, a veces, hablar es como esos libros que cuando se abren despliegan lo que estaba aplastado».

Es difícil o imposible explicar a quien habita en El Plano lo que existe en El Espacio, dado que el primero no cuenta con las palabras ni las representaciones para nombrar lo que en su mundo ni siquiera es necesario. ¿Pero, entonces, cada ser está condenado a morir bajo el aplastamiento de su finitud?

Uno de los aspectos más interesantes de la descripción acerca de El Plano es que, a partir de las intervenciones del arte, sus habitantes son liberados de la planicie que sepan o no padecen. Algo así como un ábrete sésamo que, cada tanto, aporta la salida del aplastamiento y de la pesadez de lo cotidiano. Aunque también suscita ansias de censura en los déspotas que ante la probabilidad de perder aquello en lo que se sustenta su poder –lo establecido– intentan erradicar y desaparecer cada cifra de apertura.

La inhibición, el síntoma y la angustia se irradian en el pasaje o la dificultad de una a otra dimensión, pero me rehuso a seguir estableciendo analogías entre lo dicho hasta aquí con la escucha del analista. Sólo diré que orientarnos por los esquemas de la primera y la segunda tópicas freudianas, por los registros RSI o por éstos dimensionados, hace a la clínica de la dimensiones y, más todavía, a la dimensión de la clínica. Una dimensión en la cual no-todo se puede decir con palabras y figuras, por lo que para transmitir lo que allí acontece, tanto como para propiciar la entrada en ella, no basta con leer: hay que salir de la planicie de la hoja y animarse a transitar la experiencia.

La experiencia por excelencia es la experiencia del análisis, pero la formación permanente del analista precisa todavía de un poco más para sacudir la chatura de Planilandia. Uno de los artilugios que Lacan propone es el de la manipulación del nudo borromeo. Pero, éste sólo nos permite el acceso a su ditmansión a condición de tener en cuenta, al menos, tres cuestiones:

– que se entra con la misma dificultad que a la visión ampliada de la imagen estereográfica,

– que tenemos fuertes resistencias para hacerlo, por estructura,

–  y, que, igual que los seres de El Plano, sólo accedemos ahí gracias a lo poético. Puesto que por mucha geometría que exude la topología, también comporta una dimensión poética. 

Lo poético –que no reside sólo en la palabra, también en sus distintas formas: plástica, verbal, musical, visual, escritutaria, psicoanalítica– objeta la seguridad de lo visto y lo oído, transportándonos hacia un mundo un poco menos opresivo y más suelto.


1- Seminario La identificación.

2- RSI, hérésie.

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Helga Fernández. Psicoanalista. Ejerce la práctica hace 23 años. Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Directora editoral y columnista de Revista En el Margen. Coeditora de Archivida, libros que escuchan. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de Convergencia. Formó parte de la Escuela Freudiana de la Argentina durante 20 años, hasta 2020 como A.M.E. Co-autora de: Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As 2016; La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007; Feminismos, de Leticia Martín y otras. Letras del Sur, 2017, y, Acuerdo en el desacuerdo. Qeja, 2019. Identificación, nombre propio y síntoma: Una lectura del seminario IX. Ediciones Kliné, 2020. Ser sin orillas. Ensayo sobre Ofelia, de M. Trigo y AAVV. En el margen, 2020. Autora de Tramoya o la maquinaria de una voz novelada, Milena Caselora y “para un psicoanálisis profano”, Archivida, 2020. Próximo a publicarse, por Archivida, Escrituras clínicas, junto con Victoria Larrosa, Horacio Medina y Fernando MontañezEscribió artículos en diferentes revistas: LALANGUE; Lapsus Calami; N-1; La Mosca; En el margen, entre otras.

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