Tras-eros. Velos y desvelos. Por Mariana Castielli y Marisa Rosso

Imagen: She hides in frames. Derwee Rogue @derwee_goes_rogue

Cuidado editorial: Helga Fernández


El erotismo es lo propio del hombre. Al mismo tiempo, es aquello que lo abochorna. Pero nadie conoce el medio para escapar a la vergüenza que el erotismo impone. El erotismo es la ratonera donde el más prudente se deja atrapar. Quien piensa que está afuera, como si la trampa no le concerniera, desconoce el fundamento de esa vida que lo anima hasta en la muerte.Y quien piensa dominar ese horror asumiéndolo, no está menos engañado que el abstinente.

Georges Bataille(1)

Hace un tiempo escuchamos en la columna de un programa de radio bastante popular, en el que se habla de la sexualidad de parejas famosas del ámbito de la cultura(2), la siguiente pregunta: ¿por qué la gente esconde su cosa? Una pregunta acerca del objeto que podríamos formular así: “¿por qué la gente esconde su objeto?”

Lo soportado por el objeto es, precisamente, lo que el sujeto no puede develarse ni aún a sí mismo, algo inaprensible, que se encuentra al borde del secreto más grande. El sujeto se desvanece ante el objeto “en el punto clave del deseo”, esto hace que el objeto tenga precisamente la función de significar el punto donde aquel no puede nombrarse, pero lo muestra a él.

Eduardo Orenstein, fundador del Museo Erótico de la Ciudad de Buenos Aires, dice en una nota publicada en Pagina 12(3): “(…) a  mí me interesa el erotismo en tanto misterio. Yo creo que el erotismo es uno de los últimos reductos misteriosos del individuo… ¿Quién puede definir lo que es el límite entre el placer y el dolor? Es una frontera muy lábil. Lo que a un individuo lo satisface o lo excita es algo muy particular, y eso para mí es el misterio que encierra lo erótico”.

Estos recortes de lo escuchado y leído en esos días, nos llevaron a recordar la película “Une liaison pornographique”, de Fréderic Fonteyne, 1999. La misma fue traducida al español como Una relación “particular” o “privada” o “pornográfica”, tres modos de intentar nombrar lo que en realidad está en juego: la condición que hace al erotismo (particular, privada, y pornografica), como la puesta en juego del cuerpo que se ofrece y que es el nudo de lo que ahí se cuenta, porque eso es lo que “cuenta”. 

Ella, la protagonista, quiere realizar una vieja fantasía: tener cierta práctica sexual con un desconocido. Para concretarlo pone un aviso en una revista pornográfica proponiendo este tipo de relación. Él responde a este llamado, y se encuentran.  Aquel encuentro contingente, azaroso y en el anonimato con “cualquiera”, pasa a ser un encuentro necesario con ese cualquiera que resulta no ser cualquiera, sino alguien coincidente en lo fantasmático, en su costado de condición erótica(4). Ese cualquiera, con el devenir de los encuentros, se vuelve alguien necesario, que comienza a hacer falta, por ende a causar el amor. Se reconoce algo en el otro de su manera de gozar, que resuena con la propia modalidad de goce inconsciente, el signo de este sujeto puede provocar el deseo y ser el comienzo del amor que viene a velar el goce. Detrás del brillo agalmático, de ese color preferencial, está la dimensión real del amor, y por ende de la transferencia.

Dice Lacan en Radiofonía y Televisión: “De la pareja, el amor es valentía ante fatal destino”, fatal destino porque, más temprano que tarde, tiene que arreglárselas con lo real. 

En lo que sería su última cita los protagonistas vuelven a “encontrarse” en su cobardía para aceptar ese amor y sus avatares, al modo de una conclusión precipitada tal vez por temor a perder la ilusión de que la relación sexual pueda escribirse. O como diría Daniel Sibony: “Es solo un riesgo, y este mismo miedo del comienzo protege al Otro y al sujeto en su rígido cara a cara. Este miedo de empezar –miedo de terminar con el “otro”– produce una falta de seguridad en cuanto a la duración de vida del “otro». Algunos temen el “comienzo” como si fuera un final. Y en parte lo es”(5).

Orenstein señala el carácter misterioso, enigmático(6), podríamos decir, que conlleva la condición erótica. Al estar hecha de rasgo y por su costado en relación al goce,  se hace difícil hablar de ello, incluso en un análisis. 

Al intentar abordar el tema en un espacio analitico, estas cuestiones referidas al erotismo son introducidas a través de frases que suenan a confesión: «te voy a decir algo que nunca te dije»;  «hoy vine decidida/o/e a hablar de algo que me cuesta mucho hablar»; “me da verguenza pero te tengo que hablar de algo”; “ay! me da vergüenza decirte!». Seguido, en ocasiones, de la apertura de alguna pregunta por la condición erótica: «¿qué elección estoy haciendo?»; “¿por qué me gustan de esta manera?; “no lo entiendo»;  «¿Sabes que es lo peor?, que aunque me hace mal, me pone en posición de mierda, igual me sigue calentando».

Cada vez que se pone en juego la división del sujeto o el develamiento de la posición del sujeto como objeto a, aparece el pudor, el cual es estructural en el sujeto; es decir, es efecto de su división. El pudor no es lo mismo que la vergüenza, ésta es, junto con el asco y la moral, uno de los tres diques de la pulsión(7). La vergüenza es una elaboración secundaria al pudor, como dique anímico respecto de la pulsión ver-exhibir; es el indicador de que se ha tocado algo del orden del pudor. La aparición del pudor es correlativa al develamiento del objeto, o de lo relativo a una posición de goce. Surge en el momento donde algo que estaba velado u oculto es develado, y queda expuesto a la mirada. Así el pudor releva el velo que otorgaba la posición. Se levanta el velo y ahora es el pudor el que protege al sujeto de la mirada, de aquello que estaba, le estaba oculto.

En la película “Une liaison pornographique” los espectadores no llegamos nunca a saber cuál era esa fantasía, condición erótica que al principio los encuentra. Ambos “por separado”, al ser entrevistados prefieren callar ante la pregunta. La ficción pone en juego de esta manera lo que es imposible de develar o de articular por estructura: lo que  sucede en la intimidad de la escena sexual es mantenido ahí, en secreto,  bajo el modo de una preferencia, con la consecuencia de que sigue conservando su misterio y sosteniendo su función de velo.

Aunque los protagonistas sepan cuál es la fantasía que los juntó y decidan mantenerla en secreto, el fantasma “que la sostiene” les es opaco. El investimiento en el objeto a está presente y en reserva a la vez, es por eso que el sentido de su posición fantasmática, eso por lo que están allí, “eso”, el sujeto no puede decirlo. Ese es el punto esencial: afánisis. Vemos, en el fantasma, que la afánisis no es en tanto que afánisis del deseo sino afánisis del sujeto.

Entonces retomamos la pregunta del inicio y atinamos a responder, a su vez, con otra pregunta: ¿Por qué no esconder el objeto? ¿Por qué habría que mostrarlo? ¿Sería posible mostrarlo sin que eso resultara en una mostración? 

En estos tiempos, a veces el imperativo de mostración y su consecuente obediencia de exhibición, de no ocultamiento, parece obturar la posibilidad de hacerse siquiera alguna pregunta y por ende también la de asumir una posición sexuada. En esas ocasiones, como consecuencia, no entra en juego la función de velo y por ende lo que aparece es la obscenidad. Al no haber relación de proporción sexual, la única virtud es el pudor, “el pudor lo que hace es velar el punto del horror ante la inexistencia de la relación sexual”(8). 

Esta pretensión de transparencia absoluta, la no decisión de ocultarle algo al otro, implica el intento de eludir la división. Si entendemos que el sujeto se divide por el objeto, el hecho de mostrar el objeto todo el tiempo es como el intento de anular la división por el objeto. Lo tengo en  la mano y te lo muestro, el objeto se presenta como abyecto rompiendo la escena, no funciona ni como resto ni como causa. 

Cuando escuchamos  que se intenta normativizar la relación con el otro,  leemos una pretensión de eludir la división subjetiva y por ende la contradicción y la angustia;  pareciera como un modo de querer “asegurarse”. “Asegurarse contra lo Otro –contra lo real que se sustrae o contra uno mismo– suscribir o ‘contratar’ un seguro, es tan banal que se pierde de vista lo que se juega en él. Pero es una manera de inmovilizar el entre-dos con lo Desconocido. Una partición facticia que diría: aquí está mi parte, lo que se me escapa, y ya que lo sé, nada se me escapa…”(9). La idea de haber firmado un seguro contra la angustia de lo Desconocido es en sí misma angustiante. Son precisamente entonces  los que no saben caer en la trampa del inconsciente -en la estructura del inconsciente- los que se equivocan. Se termina rechazando el amor por la dimensión de apuesta que implica. 

La apuesta del psicoanálisis es siempre al sujeto, que como tal no es sin su división por el significante y por el objeto. Nuestra  apuesta es entonces a poder soportar la no transparencia, la no mostración, el misterio, lo enigmático, las no garantías, los no seguros; por ende, apostamos al riesgo de encontrarse con otro, que también  implica el riesgo de encontrarse con la angustia, término medio entre el goce y el deseo, indicador del rumbo de pasaje; la angustia no indica de qué objeto se trata pero es la señal subjetiva más patente de la aparición del objeto. 

El discurso epocal deja de lado el amor, rechazando al mismo al acusarlo de romántico, y le otorga a la angustia una mala prensa, pareciera que, a lo que ya la estructura tiende a evitar con sus diversos modos, se le agrega un imperativo: “no hay que angustiarse”, “no hay que dejar que los chicos se angustien”, “no hay que enamorarse, no se usa”.  Pero mal que pese, sin el pasaje por la angustia o por el amor como medio y su función de anudamiento, es decir, sin el encuentro con el otro, con “lo otro”, no se pudo, no se puede, ni se podrá pasar a otra cosa. 


  1. Georges Bataille. La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944-1961. 4ta. edición. Adriana Hidalgo editor.
  2. Columna de Juan Sklar, en el programa Todo pasa. Urbana Play.
  3. https://www.pagina12.com.ar/411957-la-historia-del-museo-erotico-de-la-ciudad-de-buenos-aires.
  4.  Ese anonimato está representado en la película por la ausencia de nombre de los protagonistas.
  5. Daniel Sibony, Entre-dos. El origen compartido. Co-edición Ediciones Archivida y En el margen papel. De próxima aparición ( Para adquirirlo con descuento en Preventa, escribir a edicionesarchivida@gmail.com).
  6. La condición erótica tiene un costado misterioso,  imposible de asir, que permanece inentendible, y otro enigmático difícil de entender, cifrado, plausible de desciframiento e interpretación.
  7. Sigmund Freud. (1905) Tres ensayos de teoría sexual. En Obras Completas, tomo VII. Buenos Aires: Amorrortu editores.
  8. J. Lacan, Seminario Los no incautos yerran. Seminario nro. XXI. 1974, Editorial Paidos.
  9. Daniel Sibony, Op. Cit.

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